sábado, 29 de marzo de 2008

En lo que voy pensando camino de la panadería

A las ocho, camino de la panadería, esta mañana desabrida se parece a los lectores de entonces. Anoche, en el Libro de esbozos de Kerouac descubrí un par de versos con los que animar también esta grisura de hoy. Mientras escribía esos poemas que desgarran la lengua y los ojos, los editores le rechazaban una y otra vez En la carretera. Necesito, con el periódico bajo el brazo, una frase así para continuar, porque también yo tengo una novela inédita que nadie quiere imprimir. Una novela que añora incluso aquellos rechazos. Ahora no se dice nada. Se habla con silencios.

jueves, 27 de marzo de 2008

«Trabaja desde tu propio lado de la literatura & la obsesión por las habitaciones, no desde los de la industria editorial» Jack Kerouac


De mi juventud recuerdo frases cuya hipérbole se justifica por la edad: «Soy el primero que en Barcelona ha leído el libro de Bataille». Cuando me embelesaba alguna maravilla descubierta en el mercado dominical de libros viejos, en Sant Antoni, sentía siempre la satisfacción añadida de pensar que seguramente era la única persona en el planeta que estaba leyendo ese día aquel libro. Por eso no entiendo que en el metro los lectores del mismo libro (inútil para el verano, por cierto) se ufanen exhibiendo la misma cubierta. Otro mundo, éste, donde el lector ha dejado de ser un solitario.

martes, 25 de marzo de 2008

Diálogo del diálogo

—Sería conveniente que hablásemos.
—Es verdad. El diálogo es conveniente.
—Siempre hay que hablar.
—Opino lo mismo. Soy un hombre dialogante. Soy un político dialogante. Un diputado electo dialogante. Soy un diputado. Soy.
—Hemos de hablar, sí.
—Perfecto. Tengo talante dialogante. Tengo acta de diputado. Y talante. Y dialogante.
—Esta vez hablaremos claro.
—Claro que hablaremos. Dialogaremos. Con talante, claro que sí.
—Esta vez no dejaremos nada por hablar.
—Ni dejaremos nada por dejar. Ni hablaremos nada por hablar.
—En esta ocasión.
—Nada hay mejor que ser dialogante. Con talante, sin enfado. Con acta de diputado.
—Hablaremos claro.
—Claro, hablaremos.

lunes, 24 de marzo de 2008

El afinador de pianos

Aceptaba lo que le dieran. Al final del año sumó lo reunido trabajando como afinador de pianos, le pareció razonable y dijo: «Quiero ganar esto cada año». Así que contó los pianos, dividió y estableció la tarifa. Al siguiente año, el número de pianos había crecido y los ingresos también. En lugar de alegrarse, se asustó. No quería ganar más, así que el primer día hizo la misma operación y aplicó una reducción en la tarifa. Como la venta de instrumentos aumentaba, se sentía feliz por trabajar siempre un poco más y que los clientes pagaran siempre un poco menos.

sábado, 22 de marzo de 2008

Las hojas

Tras una noche de viento enfurecido, los únicos habitantes de la acera son las hojas —verdes, mínimas, recién aparecidas y ya por el suelo— y los papelillos saltarines. Encuentro desolado al quiosquero. Hamletianamente se pregunta si ha de retirar de la venta el periódico que compro. Me enseña el albarán. «Lo ve, un euro y veinte céntimos», y con el dedo me señala la cabecera: «1 €». Si te dijera lo que han hecho conmigo las erratas, pienso. «Que hay gente muy borde y si pone un euro, no pagan más; prefiero no venderlos». Las hojas, los papelillos; la melancolía.

jueves, 20 de marzo de 2008

Aniversario




Regreso a la ciudad en la que cumplí 23 años, hace 25. Para mi pasmo, todo está en su lugar: los mismos charcos en las aceras, las puertas salpicadas por la misma mansa llovizna. El hijo del dueño del «Tronco», junto a la antigua cárcel, donde comía y cenaba los domingos, ahora atiende el restaurante. «Sólo padre falta» — se lamenta. Palabras que había olvidado llegan a mi memoria y dibujan la esfera armilar de quien fui. Para celebrarlo compro las Obras de Carlos de Oliveira, que leí lentamente en la biblioteca, y descubro el mismo brillo que me deslumbró entonces.

sábado, 15 de marzo de 2008

El hígado de Piacenza

Cuando el arúspice seccionaba un hígado de oveja para realizar sus presagios, lo que esperaba encontrar en el dibujo sanguinolento de la entraña era el retrato del cielo. Un célebre bronce etrusco —«El hígado de Piacenza»— muestra el mapa de los astros como quien traza el plano de su ciudad. De hecho, el arúspice no conocía interrupción o hiato entre la entraña, la ciudad y el universo. Todo formaba parte de una única concepción de la vida. Hoy las vísceras las tratan los veterinarios, la ciudad la programan los modernos eremitas y el cielo es una palabra de aspecto desmejorado.

jueves, 13 de marzo de 2008

De un correo a MP

Dices que de tu primer libro sólo te gusta algún poema. Lo mismo le ocurrirá al lector inteligente: apreciará los que le sirvan para comprender lo que has escrito después. Únicamente un lector subnormal (especie que, infelizmente, no está en extinción) fija su interés en tanteos y ecos que hay en toda escritura inicial. Me gustan mucho los libros juveniles de los poetas que conozco bien: se descubre la exigua senda que conduce al camino que nos ha seducido. Y al mismo tiempo, cómo esos primeros pasos se dieron con el poeta rodeado de maleza, acaso bajo una lluvia torrencial.

lunes, 10 de marzo de 2008

Carta a F sobre poéticas

Tu reflexión me parece exacta. La sigo contigo al pie de la letra. El problema es que cualquier reflexión tiene un límite: el poema. Si llega, echa por tierra todo cuanto se ha pensado sobre la poesía. El poema crece o no crece, con independencia absoluta del tiesto, la tierra y los riegos que uno programe. Pero sin tiesto, sin tierra y sin regadío es el poeta quien se queda sin nada en qué ocupar su atención entre poema y poema. Por eso me gustan tanto las poéticas: son una suerte de jardinería inútil, para plantas en patios de cemento.

sábado, 8 de marzo de 2008

En Nápoles, esquina Rosellón

Sobre esta vieja tapa metálica sé que no es cierto eso —que digo con frecuencia— de que la ciudad ahora ya es otra, una desconocida. Ni es verdad que pasee por ella como turista o advenedizo. De repente esta vieja tapa. Acaso cuanto diga es sólo un subterfugio —¿o un simple refugio?—, un arrogarse la irresponsabilidad del turista en relación al tiempo. Si la ciudad no hubiera cambiado tanto, tendría tanto pasado como yo, y los dos, de la mano, seríamos insoportables. La mudanza nos aligera el peso, a la ciudad y a mí. Pero de repente: esta lápida.

miércoles, 5 de marzo de 2008

JULIETA: Aún no he oído cien palabras tuyas / y ya conozco el eco de tu voz (Shakespeare)

Hay quien piensa que cien palabras es tramo demasiado corto para expresar opiniones y argumentos. Puede ser, aunque a la mayoría de opiniones que uno escucha le sobran, en general, noventa y cinco palabras: «Ese tío es un cretino». En cuanto a los argumentos que uno advierte debajo de las palabras se puede aplicar la misma cuenta. Con un «quítate tú pa’ ponerme yo» se resume la mayoría. Para lo único que no sirven cien palabras es para vender escritura a peso. Cien palabras apenas mueven el fiel de la balanza (¿a quién guardará fidelidad el fiel que se inclina?)

martes, 4 de marzo de 2008

Antes de ir a pasar la tarde al Versalhes

Una tarde subimos los cuatro a la habitación que compartías con el otro estudiante de Salamanca. Nos acompañaba un tipo venezolano. Te recuerdo tumbado en la cama, con las piernas cruzadas. Fumabas. Los otros dos se atareaban con la gomina, las camisas, el peine, se aconsejaban, se miraban al espejo. A mí me recuerdo sin saber cuál era mi lugar en aquel cuarto. Entonces, señalándolos, dijiste: «Aún creen en los milagros», y ya supe qué hacer. Me tumbé en la otra cama. Estábamos en Lisboa, en 1980. Éramos estudiantes de filología. Todo lo que media desde entonces estaba por ocurrir.

domingo, 2 de marzo de 2008

Tríptico ZM (1)

Mientras recorro la sala de exposiciones de La Pedrera doy en pensar que hay pintores novelistas y pintores poetas. Veo clara la diferencia entre unos, muy numerosos, y otros, más raros, en el umbral de la comprensión de la vida. En el esfuerzo por entender el mundo y mostrarlo tal como se ha aprehendido hay una voluntad narrativa, con independencia del estilo pictórico en el que se milite. No son la belleza, ni la luminosidad, ni la pureza las fronteras que cruza la pintura poética, sino la radical incomprensión de la vida, la mirada descentrada del sinsentido: Zoran Music (1909-2005).

(2)
En 1947 Zoran Music pinta acuarelas con paisajes venecianos. Son estampas coloristas, con perspectiva cerrada, torpes, desenfocadas. Elige los mismos lugares. Los títulos se repiten, como si resultara más urgente ponerse a pintar cualquier cosa que seleccionar un motivo. El color está subido de tono, como en los reclamos de las atracciones de feria que han de animar a los visitantes. Alrededor del papel traza un punteado de colorines a modo de cenefa. Lo que impresiona de estas acuarelas —hasta el estremecimiento— es lo que no pinta: lo que ha vivido meses antes en el campo de concentración de Duchau.

(3)
Entre los cuadros de la exposición, contemplo uno titulado «Ciudad». Muestra unas vistas nocturnas. En el centro se alza, en sombra, una torre. A su pie la masa informe de las calles y edificios iluminados. El cielo permanece oscuro, se diría que indiferente a los esfuerzos enmarañados de la luz. La luz se amontona sobre la superficie de la ciudad como una montaña de sal a las puertas de la mina. O un montón de escombros donde estuvo la casa. La luz se acumula en el suelo de la noche como desperdicios en el vertedero. Como cadáveres en el campo.


Zoran Music, Nosotros no somos los últimos

sábado, 1 de marzo de 2008

Vertedero de novelistas



Un hombre de apariencia indefinida, un jubilado, espera en la parada del autobús. Ojea las primeras páginas, como haría un comprador de libros, de un grueso volumen que mantiene enfundado en una bolsa de plástico blanca, de esas que a uno le dan cuando compra en un comercio sin nombre. Por una esquina vislumbro las tres últimas letras del título, impresa en dorado: «Generaciones». Emerge de la memoria su autor: Cristóbal Zaragoza. El volumen está más que fatigado, francamente sucio. El papel amarillea. Me pregunto —en la ciudad aún por despertar— dónde irán a parar los novelistas del pasado inmediato.

lunes, 25 de febrero de 2008

El círculo mágico del fragmento

Leo los microgramas de Walser. A Benjamin le parecían mágicos estos fragmentos donde el escritor, en su taller, integra, «los duros reveses de fortuna o el dulce sueño». ¿No parecen textos de un blog escrito a lápiz? Los Diarios de Kafka, Libro del desasosiego, Dirección única, Breviarium vitae, ¿no serían hoy nombres de algún blog? La pregunta es, en efecto, irrelevante. Más interés tiene darle la vuelta a la cuestión: ¿Puede un blog convertirse en un modo de trabajar el fragmento que sea —como quiere Gil-Albert— una «especie de compendio que nos asegura al andar que todo viene con nosotros»?

domingo, 24 de febrero de 2008

Ah, el amor, el amor.

El senador y candidato se reclina sobre el periódico. El asesor le abraza.
—Son unos canallas.
Era tan bonita. Me acuerdo de la cena donde tomaron esta foto, tan puñeteramente bonita, estaba preciosa con ese vestido, tan jodidamente bonita.
—No le dé más vueltas, senador.
Tan…
—Ya tiene listo el comunicado.
Tanto. Nos divertíamos tanto. ¿El comunicado? Y por la noche en el hotel.
—Su mujer y sus hijos preparan otro en su apoyo.
Su piel, tan blanca… ¿comunicado?
—Dejará claro que no mantuvieron relaciones sexuales.
Su boca… su cuerpo: un delfín entrando en el agua, mi cuerpo ¿sexuales? ¡Jamás!

sábado, 23 de febrero de 2008

Escatología

En mi paseo matutino hasta la panadería, y vuelta, he contado siete —cómo lo diré— caquitas —o tal vez porquerías— de perro. El mundo cambia, medito. En mi infancia, las mierdas de perro eran unas bolas blanquecinas, secas, pétreas. Uno podía chutarlas sin que se deshicieran. Para los niños de hoy, los excrementos caninos son como los de persona. De hecho, también los perros merecen nuestra humana «a» en el complemento directo: «Ahí veo a mi perro», exclama alguien. Preposición «a», por cierto, que no conservaremos siempre. Decimos: «Veo a Herminio», y un día diremos «Veo el cadáver de Herminio».

jueves, 21 de febrero de 2008

¿Son sonetos o abetos?

Vicente: Me ha gustado mucho el texto de Eladio Orta que citas en tu análisis de los sonetos agónicos. No estoy seguro, sin embargo, de que el suyo sea un ataque directo contra el soneto. Para mí dice algo más interesante: la poesía contemporánea está compuesta esencialmente por versos de ritmo libre, y el ritmo libre es tan poderoso que puede germinar también en las formas cerradas de un soneto, siempre que rompa su sonsonete. Ocurre entonces igual que cuando una dictadura encierra a un librepensador: la libertad no se puede encerrar: desde dentro del soneto ensalza el verso libre.

lunes, 18 de febrero de 2008

Luz de la tarde



Repaso las páginas escritas con cierto alborozo. Nunca antes había sido capaz de pronunciar el nombre de Shā Yú, tantos años guardado en líquido biliar. Sé que puedo hablar de él finalmente sin rencor. No sé si ahora, en este momento, hoy. En el curso de la narración, que ha de llegar hasta esta herida en la frente y hasta este vertedero, habré de pasar por su recuerdo como he evocado el de Kông Què, cuyos cerezos secos me proporcionan amparo. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que empecé a escribir? El sol parece haberse contagiado del cansancio de mi brazo.

sábado, 16 de febrero de 2008

A veces no es tan sencillo como comprar un periódico

Como se avecinan elecciones y a las ocho la ciudad ni siquiera se ha desperezado, medito qué haré con mi euro ante los montones de periódicos por vender en el kiosco. Si fuera nacionalista y quisiera leer en catalán, compraría el Avui; si, con la misma ideología, prefiriera el castellano, La Vanguardia. Si no fuera nacionalista, pero me gustara conocer el mundo en catalán, elegiría El periódico cabecera azul; si me decantara por el castellano, veo la cabecera en rojo del mismo diario o El País. Y si —la nación no lo quiera— fuese antinacionalista, El mundo y La razón.

viernes, 15 de febrero de 2008

Imagen en febrero

En un callejón del Puerto, el nombre de una boutique cerrada —como todas— subtitula este día de febrero: «La Nada». Las nubes reflejan su oscuridad sobre el encalado. Más arriba, en Dalt Vila, sólo albañiles que trabajan como supuso Freud que trajinaban los sueños mientras dormimos. Desde los baluartes, el mar hace esfuerzos por parecer más amenazador que el cielo. Tiene algún arte a su favor: sabe rugir. Y escupe iracundo contra las rocas. Hacia la ciudad, los áticos esperan estoicos el verano, con sus inútiles tumbonas y parasoles. Emerge una seducción extraña del frío, de la quietud, del abandono.

martes, 12 de febrero de 2008

«Diario de un acercamiento», de Vicente Valero, en Pre-Textos


Vicente Valero ha puesto en prosa los tres elementos que han acompañado desde niño la prosa de sus días. A veces aparecían de fondo, como figurantes, en los poemas que miraban siempre hacia cimas de mayor envergadura. En este libro es la poesía la que ha quedado de fondo, como la ocupación de quien, en primer término, está viviendo. Tres son los condimentos que siempre le acompañan: el verano, como una forma de vivir la insularidad; el paseo, como un diálogo con la naturaleza y con la realidad; y la lectura, como una manera específica, diría, de mirar el mundo.

domingo, 10 de febrero de 2008

«Lo desiscado», de Eugenio Padorno (Anroart Ediciones)


Eugenio Padorno les llama a sus diarios «Minutarios». En cubierta del primero imprimieron «Minotauro», y en éste «Minutaurio». No en vano Padorno es el autor con los títulos más enrevesados de la poesía contemporánea. El libro ha tardado dos meses en llegar. Tres veces reclamado. Lo publica la mejor editora canaria. Lo devoro la misma tarde. Los diarios de Padorno son secos, ásperos, antipáticos (como posiblemente sea él). Son mis preferidos. Están escritos a regañadientes. Pero amo dos cosas en ellos: ante el poema tiembla de incertidumbre como un adolescente. Y exige el reconocimiento de la poesía canaria; yo también.

sábado, 9 de febrero de 2008

La paseante

A las ocho de la mañana sólo han abierto el kiosco, la panadería y el café. Los escasos habitantes de las aceras juegan una partida de billar a esas tres bandas. Los atributos que cuelgan de sus manos señalan los aciertos. A veces cruza un personaje incómodo: en su mirada se advierte que juega a otra cosa. Pocas variantes admite la hora. Ninguna exige apresurar el paso. Cuando me ha adelantado tan deprisa, despeinada, con la chaqueta en el brazo y el bolso colgando, enseguida he sabido que llegaba con prisas de un país diferente, exótico: la noche del viernes.

viernes, 8 de febrero de 2008

A propósito del libro

Léelo con distancia. Tras las frases tópicas verás personajes temblando por haber perdido las ilusiones, con miedo, con la vida destrozada por tener que pronunciar esas frases tópicas que han saqueado sus vidas. Eso, debajo. Encima no hay retórica poética porque el dinero no la admite, sólo fragmentos de cuerpo social en descomposición. Un poema podría ser tuyo. Acaba así: «Lo siento, ya tenemos muchos libros». Ese vendedor que desayunaría con los vecinos somos los escritores. Nosotros, la encarnación de esa ingenuidad, al escribir. La respuesta de la sociedad a nuestro candor: «ya tenemos muchos libros». No habla de vendedores

miércoles, 6 de febrero de 2008

Palabras para Akira

Se contempla en las aguas de la noche. Les pide que no diluyan el azúcar que cae con la madrugada para aclararlas. Le asustan las esquirlas chispeantes que se adhieren a los dedos oscuros y van manchando con su albura el cielo. Se asoma al pretil de la noche y el miedo es tan intenso que no siente miedo; quizá eso la reconforte antes de que se endulcen la brisa, las ventanas, los zarzales. Sus ojos no han leído la carta de amor que le mandan las nubes, los vencejos, las hortensias; la que le has escrito tú, Akira, comprendiéndola.

sábado, 2 de febrero de 2008

Nómadas

Los adolescentes transitan por las avenidas las tardes de invierno. De un barrio a otro. Por las aceras de los polígonos. Por el margen de la carretera. Se desplazan ensanchando el mundo con sus pies, mientras los sedentarios lo reducimos a cubículos placenteros: nuestro coche. Esta mañana de sábado, a las ocho, mientras caminaba con el chusco y los diarios, me he cruzado con cuatro adolescentes que navegaban por Industria sobre sus tablas rodantes. Ellos y yo en la calle abandonada. Me he apresurado a proponerles un cambio: mi pan y mis periódicos por su patín de atravesar ciudades desiertas.

viernes, 1 de febrero de 2008

«Dinero», de Pablo García Casado



Esta colección de collages —con jirones de lenguaje, imágenes distorsionadas y fragmentos del deterioro desprendidos de la ideología del capitalismo— conforma un auténtico tratado de la desolación. Pablo García Casado ha escrito un libro con formas experimentales (el poema en prosa, la técnica del collage, la elipsis) y con un asunto que se aborda desde una objetividad radical (el sujeto, identificado con el poeta, está ausente), es decir, con los presupuestos propios de la vanguardia, pero con una intención temática que emerge desde el centro mismo de las poéticas subjetivas: la desolación ante el mundo, el desengaño ante la realidad.

martes, 29 de enero de 2008

Uruk


En la primera tablilla del Poema de Gilgameš, éste, al conocer la existencia de una bestia humana, envía a la prostituta Šamhat para que se desnude en el lugar donde abreva junto a los bovinos. Siete noches yacen juntos. Al cabo de las cuales él quiere regresar a la vida anterior; la mujer le desvela su esencia: «Ahora eres un hombre civilizado, Enkidu… / ¿por qué quieres correr en la estepa con los animales? / Ven, te conduciré a la ciudad de Uruk». Uruk, acaso la primera ciudad civilizada, a la que llegaban los hombres de la estepa, purificados por el sexo.

viernes, 25 de enero de 2008

Pequeña odisea

—Por favor, me puede indicar dónde encuentro un ejemplar de La Odisea.
—¿Quién es el autor? —pregunta el joven dependiente con naturalidad.
—Homero.
—Homero… —repite y se inclina servicial sobre el ordenador. Teclea. Medita. Vuelve a teclear. Se rasca la cabeza. Levanta la vista de la pantalla— Pero, ¿ese nombre va con hache o sin hache?
—¿Homero? Va con hache.
—Ajá, ¡aquí está! —exclama con júbilo, se da la vuelta encarando el otro extremo de la librería y vocea a grito pelado— Julia, guapa, búscame el libro de un tal Homero, que está por tu sección. Se escribe con hache.

jueves, 24 de enero de 2008

Guillermo Carnero recita en la Biblioteca Regional de Murcia

Es alto y didáctico: nos habla como si fuéramos alumnos de primer curso. Parece natural su simpatía, sin embargo uno intuye detrás una convicción sobrevenida con la edad: que también necesita aquello que tanto detesta —los demás. Esta impresión personal, y no su afabilidad, le hace más simpático para mí. Lee bien y mal. Bien porque transforma su voz, que adquiere el espesor y la gravedad que no muestra al hablar. Y mal porque, pese a que se quita las gafas profesorales y sus ojos prometen agua y luz, se queda siempre fuera del poema. Lo ilustra, no lo encarna.

lunes, 21 de enero de 2008

Cosas de la administración educativa

A veces creo que la literatura y el arte le llevan al pensamiento convencional de la sociedad más o menos unos ochenta años de adelanto. Es decir, hoy entre los políticos triunfan los movimientos literarios y artísticos de los años 20; en especial el surrealismo. El surrealismo impuso en la literatura lo mismo que la administración educativa persigue en su legislar. ¿Qué es lo difícil de un poema? Su significado. Pues quitémosle el significado al poema. ¿Qué no saben hacer los adolescentes? Hablar y dividir. Fuera lengua y matemáticas. La decisión onírica e irracional es la racionalidad de nuestros legisladores.

viernes, 18 de enero de 2008

La escritura

Village at the Water’s Edge, de Roger de La Fresnaye (1910)

¿Cuánto tiempo hace que escribo? El sol parece haberse contagiado del cansancio de mi brazo. Levanto la vista y sigo viendo caracteres esparcidos por el suelo, en las copas cobrizas de los cerezos secos y caracteres trazados en el cielo con la tinta blanca de las nubes que guían el camino de la pluma. Hasta las moscas, las avispas, las mariposas acuden al presente para dictar su existencia en el cuaderno. Mi cabeza lo quiere anotar todo, pero mis dedos la engañan como el soldado veterano que despierta al novato para que cubra su imaginaria y él pueda seguir durmiendo.

jueves, 17 de enero de 2008

Otoño en Carlisle / 5

OTOÑO EN CARLISLE V
[Sala de espera del Philadelphia International Airport PHL]

Para Nat Gaete

Los abrazos y adioses son pasado.
Los abrazos de bienvenida son
un deseo en los rostros que no expresan
deseo. Pienso sólo tonterías

que escribo en un papel cualquiera: éste,
con sello del aeropuerto. El margen
da para describir los huecos, ruinas,
un tiempo sin la cualidad del tiempo.

Tampoco cuando entre en el avión
ha de empezar mi viaje. Un viaje
requiere movimiento, luz, paisaje.

Creeré que regreso cuando nunca
he salido de mí mismo. O quizá
no haya un mí mismo donde volver.

martes, 15 de enero de 2008

Historia de un cuaderno

En la primera página quise copiar un cuarteto de Wang Wei; aquel que empieza En el monte vacío no se ve a nadie. Era un domingo de primavera que me pareció propicio para empezar mi cuaderno. Tras preparar la pluma, quise ver el cielo para inspirar la caligrafía. Me asomé a la ventana: delante se alzaba un bloque con cientos de ventanas abiertas tras las cuales trajinaban mujeres, niños y hombres en camiseta. Un estrépito de voces confundidas se replicaba ecoico en el patio, mezclado con el volumen de televisores y aparatos de música. Regresé al cuaderno, y lo cerré.

domingo, 13 de enero de 2008

Días de playa (el poema del 13 de enero)





Para M.

Un parque en Bellaterra, un mirador en la Arrabassada, unas manos que se encuentran en una calle de Perpignan, el jardín de un castillo del Loira, la tumba de Baudelaire en el cementerio de Montparnasse, un restaurante en Harlem, un fenicular en Río de Janeiro, la judería de Venecia, un chiringuito de playa en Comillas, las callejas de Oporto, los soportales de Bolonia, la plaza de Vic, un poema en Collioure, Petra, una mañana con Rafael en Málaga, la tienda de postales en Montpellier, una necrópolis etrusca en los alrededores de Roma, el lago de Matignano, un bosque en Viladrau.

«Las sombras», de José Antonio Muñoz Rojas, (Pre-Textos, 2007)

A pocos meses de cumplir los cien años, José Antonio Muñoz Rojas da a la imprenta un nuevo libro entrañable de poemas en prosa que, desde «la profundidad de los años» indaga en Las sombras: la de la madre cuya presencia faltó, aunque «Una mano misteriosa que en el instante último se ha interpuesto… —No, por ahí no»; la de los personajes de su niñez («Tu mano no me soltaba»), desdibujados en la memoria; y el continuo milagro de las palabras: «Me cogéis de la mano cuando menos lo espero con vuestra mano ingrávida y a perderse se ha dicho».

Piano desechado

Me miro las manos. Los dedos demasiado anchos, aplastados. Deformes, agrietados, torpes; no los reconozco. Las falanges torcidas, los nudillos abultados, las yemas amarillentas, uñas sin cortar. Cuando partí de Gong mis dedos eran delgados, mi tacto preciso, mis uñas brillaban. Era capaz de atar una cuerda tan fina como el ala de una mosca. Mi padre me dijo: «Tus manos son tu vida». Las observo y me admiran sus palabras. Mis manos son, como las teclas de este piano en el vertedero, las de un muerto, como Kông Què, a cuyo campo de cerezos no he entrado para deleitarme.

viernes, 11 de enero de 2008

Bloguerías

Montse, un blog es comunicación, claro, aunque no siga protocolos rígidos, como ocurre fuera de la red: entre un periódico y un libro de poemas, nadie se equivoca sobre el modo de comunicar. Aquí todo es más confuso. Antes de abrirlo anduve días navegando. Leí blogs de personas que contaban su vida cotidiana para sí mismas con la conciencia de que al hacerlo establecían una relación con lo escrito que no me pareció muy distinta a la de la poesía. Eso fue lo que me animó: haría lo mismo con mi escritura. Pero tú lo describes mejor en tu carta.

jueves, 10 de enero de 2008

El tiempo

Herman Posthumus, Paisaje con ruinas antiguas, 1536
*
Habrá fallecido Kông Què. Renqueante, quejoso cuando yo era un chaval. La mañana de Año Nuevo se colgaba en el pecho una medalla con la que por la calle amenazaba darnos un coscorrón sólo porque nos relamíamos al soñar con las cerezas que crecerían en sus árboles durante la primavera. A mi edad sé que de los huesos de Kông Què hace lustros que un gusano no saca ni una pizca de carne, pero al ver sus tierras, que tanto mimaba, convertidas en un vertedero, he sabido que también ha muerto cuanto significó para la aldea a la que regreso.