martes, 19 de febrero de 2019

Becqueriana / 153



Viven los amantes inscritos en círculos. El día los descubre unidos saliendo del sueño que no se sueña, sino que se vive con vaho de agua caliente y aroma de café. La luz los escinde y los entrega a los redondeles diminutos. El de la o, la pe, el partido de la e y el abierto de la c. Escribirse es su modo de continuar mirándose a los ojos. Viven los amantes construyéndose en esferas. El atardecer los reúne en el aro de la taza de té y en el anillo del abrazo, y el anochecer cierra la circunferencia soñándolos.

viernes, 15 de febrero de 2019

Becqueriana / 152



Tan hermosa es la música que lo es incluso cuando no suena. Pero se la oye. Tal vez porque se lleve dentro. O quizá, no sé, porque el ritmo tenga frecuencias que el oído humano no sepa escuchar. A veces la música es capaz de redimir con su armonía donde nadie la interpreta. Impulsados por ella, saltarines en el silencio, guiados por una cadencia que está en la respiración del mundo. En otras ocasiones se siente la necesidad interior de lo rítmico. Sin un aparato cerca, ni siquiera una radio a pilas, los cuerpos se acercan y la música baila.

martes, 12 de febrero de 2019

Becqueriana / 151



Ordenados, simétricos, artificiosos son los jardines franceses. Los ingleses, desordenados, agrestes, espontáneos. Los portugueses son jardines escondidos entre tomateras y árboles frutales. Los españoles, descuidados. El jardinero fuma sentado a las puertas de la caseta mientras los setos crecen desparejados y las copas se desfiguran porque nadie las ha podado con gracia. Somos coleccionistas de jardines. Nos gustan todos. Los nórdicos abusan de las praderas. Los alemanes subrayan la tristeza de los tilos. Los marroquíes son privados, hay un vigilante en cada puerta. En todos descubrimos un banco solitario donde reencontrarnos con una lejana adolescencia sin cuarto propio, nuestro lugar.

sábado, 9 de febrero de 2019

Becqueriana / 150



Una campanilla colgada en la puerta resuena diciendo adiós al abandonar el Café. Es el último sonido de una tarde en que las palabras han hablado por los codos. En la calle sombría, se han quedado a solas los pasos y el lejano graznido de una gaviota. Por escucharlo, caminamos en silencio. Ya cerca del puente, el río resuella como alguien que durmiera entre los juncos. La mano en el hombro, el brazo por la cintura. Una furgoneta cruza emborronando el instante. Casi ni la oímos, atentos solo a los sonidos que no suenen. A veces, entre farolas, nos detenemos.

martes, 5 de febrero de 2019

Becquieriana / 149



En las cornisas más altas de la cara norte. Dentro de la enredadera que viste por completo la tapia de algún huerto. En las copas de los robles y de las encinas. A veces también en los erguidos pinos. Entre las paredes derruidas de algún viejo molino. Bajo la piedra que cierra un dolmen megalítico. En las azoteas de los edificios, a la sombra de las sábanas tendidas a secarse. En el cuenco de las antenas parabólicas. En el canal de una teja que el viento ha sacado de su lugar dándole la vuelta. Lugares donde los pájaros se aman.

viernes, 1 de febrero de 2019

Becqueriana / 148



Paseamos. La tarde también camina delante de nosotros. Aunque va con el paso más ágil. Como si tuviera prisa por llegar a la oscuridad después de una jornada de luz insegura. Es el invierno, pensamos. Ya despertará a la sensualidad de la luz cuando cambie la estación y se remansará en el paseo y aún continuará mucho después de que nosotros regresemos, cansados, a casa. Se va yendo, la tarde. Hacemos el gesto de querer alcanzarla, pero ya está pasados los árboles, donde el sendero gira. Y aquí nos deja, en un paisaje de sombras propicio a las pausas breves.

lunes, 28 de enero de 2019

Bergen suite ::::·



Con botas de goma negras, delantal y guantes de piel el día vierte el cubo de oscuridad que le ha sobrado de iluminar las horas. La masa de opacidades fluye, un curso de agua desbocado que anega en su silencio las estrechas calles de Nøstet. Las farolas bostezan hacia el suelo, avergonzadas de su somnolencia. Solo siente orgullo de la luz que emite la vela que arde solitaria en el alféizar de una ventana. El lugar que debería ocupar un jarrón con flores, una figura de cerámica o un barco de marquetería. Los signos con los que habla la vida.

viernes, 25 de enero de 2019

Bergen suite ::::



El día en el que busco el antifaz. No para salir a la calle con los ojos cerrados, ya quisiera. Tampoco para no ver la cocina, donde me aguardan todos los platos disponibles apilados en el fregadero, aunque cuando pase delante mire hacia el barco que navega la ventana. La mañana, quizá, en la que las botas de invierno me molesten en el atrio y descuelgo el plumón y pienso que debería guardarlo y después, tras acordarme de las hojas que corrían frente al portal, sentarme a escribir el poema del día en el que busco el antifaz para dormir.

lunes, 21 de enero de 2019

Bergen suite :::·



Por la calle subían las hojas. A paso ligero, girando sobre sí mismas. Como si supieran dónde iban. Más certeras que yo en su dirigirse a ninguna parte. El viento, otros días, durante décadas, las ha dispersado, pero las que recuerdo son de aquella mañana, solitaria, de domingo. También a mí me arrastraron por rutas inhabituales que me alejaban del cuarto que entonces compartía con quien, en aquel instante, tenía un destino amoroso más feliz. Justo hasta el momento en el que se abrió el portal de la casa azul y se arremolinaron todas las hojas caídas de la ciudad.

jueves, 17 de enero de 2019

Bergen suite :::



El reflejo de las luces del ferry en la superficie del agua, la dimensión el universo. El ruido del motor, la música de la oscuridad. El escaso pasaje de la hora, hundido en los asientos. Absorto cada cual en el rayo de luz que emerge de su móvil. A veces, a lo lejos, parpadea la luz de una casa. En la cubierta de popa el frío es intenso y golpea su aspereza aun pegado a la marquesina que protege la entrada, pero la belleza de la oscuridad lo hace soportable. Abro los ojos como si los mantuviera cerrados: ese consuelo.

sábado, 12 de enero de 2019

Bergen suite ::·



La sábana que ha tejido la ceniza del día y que la ventana vierte sobre la mesa, antes de que se decida a encender la lámpara, se extiende por el cuaderno que acaba de abrir. Una niebla que tacha, sobre el papel, cuanto todavía no ha sido escrito. Pero está detrás, o debajo. Mientras el tenue tintineo de las pulseras acompaña el movimiento de la mano, escribir es una manera de borrar lo que ve para que lo rayado por el presente brote. Una forma de raspar la grisura en busca de los temblores que no están en la luz.

lunes, 7 de enero de 2019

Bergen suite ::



Hay otro yo que se queda en el atrio de la casa cada día. Es mi invitado, les digo a los fantasmas que con seguridad aún permanecen por este lugar, acurrucados junto al radiador. Pero no sé muy bien si él es un doble mío o yo un doble suyo cuando me enfundo el abrigo térmico, los pantalones impermeables, el gorro de piel y las botas. Dentro debo de ser yo, pero fuera ya no estoy tan seguro. Como tampoco la nieve es la piel propia de la ciudad ni la oscuridad su cielo. El invierno disfruta siendo el Otro.

martes, 1 de enero de 2019

Pequeño cuento de Año Nuevo



Ya hemos llegado, te digo. Miras alrededor: ¿Estás seguro? No del todo. Continúas observándolo, desconfiada. Se parece en algo al anterior, me dices. Tiene un aire de familia, será la década. ¿De verdad que ya hemos llegado? Bueno, es lo que pone, te digo. ¿Lo has leído? Aún no, pero es lo que debería de poner. Ah. Solo dices Ah, pero tu mirada inquieta dice algo más. ¿Crees que todavía no hemos llegado? No es que no lo crea, me dices, es que no lo veo por ninguna parte. Cierra los ojos, te digo. Ahora sí lo veo, me dices.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Bye, bye 2018



Iba a escribir la fecha de hoy sobre la humedad de la arena para que al llegar una ola la borrara a mis pies cuando he empezado a dudar. Por una parte, parece que hoy sea 31 y por otra estoy casi seguro de que ya es día 1. A veces pienso que es lunes, y otras creo que es martes. Tampoco el mes me cuadra. Ni siquiera el año. Trato de recordar cuándo he visto un calendario por última vez. Tampoco me lo aclara. Así que dejo que llegue la ola y se vaya sin que pueda borrar nada.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Bergen suite :·



Amarillean las velas, lo sé. Los cabos se sueltan, los palos se tuercen, la madera se pudre. Un desastre tras otro. En las ranuras se acumula polvo desde hace tanto que el plumero resulta inútil. Pero no soy capaz de retirarlo de la ventana. Ni sé los años que luce ahí, presidiéndola. A veces hasta doy un rodeo para llegar a casa por la calle desde donde mejor se ve. El barco en el alféizar. Ni siquiera lo considero un barco. Para mí es un día. Verano. Ni una nube. El mercadillo. Aquel viejo artesano, barbudo, que nos lo vendió.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Bergen suite :



Si ha de jugar contra sí mismo no se siente ni de blancas ni de negras. Le reconforta el chasquido de cada pieza al ocupar su nuevo lugar en el tablero. La lluvia, que repiquetea en los cristales desde la mañana, cesa cuando el director del coro alza la mano y cierra el puño. Con la misma exactitud. Si mueve los dos bandos, no tiene favorito. Aunque le guste ganar, sabe que una parte suya saldrá perdiendo. Después de la partida, sube al desván y contempla la calle desde el ventanuco. Con las luces, la realidad parece envuelta para regalo.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Bergen suite ·



Costras de hielo sobre las botas. La puerta de golpe ha silenciado el discurso delirante de la ventisca, a solas ya en mitad de la pelea con las luces del puerto. Al avanzar descalzo la madera le susurra frases de quien se entiende en una lengua foránea. Un montón para los calcetines, los pantalones húmedos, la camisa. La lamparilla parpadea, pero la luz está sujeta a las paredes con clavos y el recuerdo sigue amarrado al noray. En la pila vierte la bolsa de plástico donde trae los arenques para freír. Abre el grifo. Busca un cuchillo en el cajón.

martes, 11 de diciembre de 2018

# 606


Es verdad. A veces —diría incluso que cada vez más veces— lo que mis ojos están viendo no se corresponde con lo que se diría que ven. O mejor, con lo que otros ojos verían si miraran donde lo que estoy viendo ocurre. Porque lo que veo, un bosque —de hecho, son dos bosques, uno vegetal y otro aéreo, formado por cientos de pájaros que lo sobrevuelan y armonizan—, solo yo lo estoy viendo a través de la ventana. Y si otro mirara, no lo vería. Pero no importa. Lo que habla es aquello que los ojos cerrados contemplan.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Maga Losnay, dietario # 605


El deseo es una alfombra blanca frente a una puerta a la que se llega con botas embarradas por el temporal. La duna de tierna arena donde se hunden hasta las rodillas las piernas que intentan ascender por la pendiente. Un collar de pétalos de amapola una tarde de ventisca. La torre construida con copas de cristal frente a la botella recién descorchada. Y quien un día camina con pies descalzos o se desliza pendiente abajo, luce la fragilidad o brinda con la copa en alto olvida que el deseo es aquella melodía que estuvo sonando dentro de un silencio.

sábado, 1 de diciembre de 2018

08 | El cuaderno de páginas de azogue



¿Has traído un libro?, me pregunta mientras alzo los remos, los coloco dentro de la barca y dejo que sea la tarde quien la gobierne. Sí, respondo. ¿Vas a ponerte ahora a leer?, me insiste. Claro que no —digo—, esta luz, esta calma, tu conversación, ¿crees que puedo abstraerme del momento? ¿Y entonces, por qué has traído un libro?, inquiere. La verdad, no lo sé. Creo que no sabría salir de casa sin un libro bajo el brazo. No por mí, sino por el libro, para que se tranquilice al saber que cuando no estoy leyendo también sé vivir.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

07 | El cuaderno de páginas de azogue



En tardes de verano, viendo tejer a mi abuela junto al balcón, empecé a escribir versos. A su lado o cerca, tal vez yo estuviera sentado afuera. Pero aprendía también de ella, que contaba los nudos, las vueltas y el lugar por donde deslizar la aguja. Así, mis dedos numeraban las sílabas y distribuían los acentos. Y mientras mi abuela avanzaba en el jersey que le tejía a mi hermana menor, mis poemas se extendían por la hoja del cuaderno como un entramado de nudos y vueltas. Si me preguntan para qué sirve, aún sigo diciendo que un poema abriga.

sábado, 24 de noviembre de 2018

06 | El cuaderno de páginas de azogue



Ya no sé bien qué es un libro. Si lo que era o lo que es ahora. Lo malo del tiempo no es que le envejezca a uno, eso resulta fácilmente soportable desde una vivencia del presente, de hecho, no hay mejor edad que aquella que se disfruta en cada momento, pues las contiene todas. Lo insoportable del tiempo es que cambia la condición de cuanto existe. Aquello en lo que uno creía como sustancial no es ahora más que un pasatiempo. Así los libros. Aprendí en su carencia a necesitarlos. Los imprescindibles. En su provocativa inanidad no sé despreciarlos.

lunes, 19 de noviembre de 2018

05 | El cuaderno de páginas de azogue



Publicar ahí (o sea, aquí) es como cantar en el metro, dice. Ya quisiera, respondo pensando en un sombrero hasta arriba de monedas. De todas formas, matizo, hay una diferencia. Grandes estrellas del rock se vanaglorian de haber empezado tocando en la calle. Eso no me dice nada. Mi maestro fue Nino Mallorca. A finales de los ochenta actuaba a diario en la Avenida Gaudí con la orquesta dentro del radiocassette. A veces desplegaba delante páginas de diarios de los años 60 con grandes fotos y entrevistas. Unas cuantas. De nada vale empezar en la intemperie, hay que acabar ahí.

jueves, 15 de noviembre de 2018

04 | El cuaderno de páginas de azogue



Hubo un tiempo en el que disfrutaba con las voces. En transparencia creía verlas bajo los recursos expresivos que este o aquel vertía sobre su decir. Lo contemporáneo me dejaba boquiabierto bajo el cielo incendiado la noche de los fuegos artificiales. Deseaba estudiarlo, también. Lo peor del tiempo es que continúa a pesar del brillo de cualquier presente. Y ahora, aquel fulgor solo lo descubro en lo más remoto. Donde ni siquiera existe la noción de tropo y la poesía emerge directa no se sabe de dónde. Y en especial, en esas veladuras que son los fragmentos perdidos para siempre.

sábado, 10 de noviembre de 2018

03 | El cuaderno de páginas de azogue



Entre las pilas y cajones de libros viejos del mercado anticuario en ocasiones creo reconocerme. Rara vez doy con mi nombre, y si aparezco hago como que no me veo. Para que sea otro quien pueda reconocerse en él igual que entre cientos de títulos ajenos, tantos como rostros en las avenidas de la ciudad, me fijo en un libro, a veces maltrecho por los años de andar de un almacén a otro. Solo con asomarme a sus páginas advierto cómo se convierten en agua que dibuja cuanto la contempla. Y colocándolo en un estante, lo salvo de la sequía.

lunes, 5 de noviembre de 2018

02 | El cuaderno de páginas de azogue



No creo, dije, que el presente sea el destinatario de lo que escribo. Publicar, que ya fue sinónimo de aparecer, cada vez más lo es de enterrar. Cuando ya no se le puede dar más vueltas a un escrito, se le deja en paz sobre el sudario de las páginas de un libro o en la pantalla de efímera perennidad. Pessoa, que era un optimista enmascarado, decía que sus lectores estaban en el futuro. Pero no acertó, porque no hay vida en el futuro. Me queda una única opción, aventuré, escribir solo para el pasado. Para que Pessoa me lea.

jueves, 1 de noviembre de 2018

01 | El cuaderno de páginas de azogue



Hay objetos que hoy parecen triviales, pero hace cuarenta años no lo eran tanto. En un rincón cualquiera de mi primera adolescencia encontré —es el verbo que más se acerca a la difusa memoria— una libretita en octavo con las hojas en blanco. Completamente en blanco. Es decir, un libro sin ninguna letra. Aún. La ilusión con la que empecé a llenar las páginas es quizá el único recuerdo fiable. Había escrito antes algún diario escolar, sin vértigo, y no sabía muy bien qué era una novela, pero tenía claro lo que quería escribir: todo cuanto no me había ocurrido.

lunes, 29 de octubre de 2018

Cinco aforismos



Lo que no deja la mañana sobre el mantel, Rosalía, ahí está, se ve con solo mirarlo.

Se muestra irritado hoy el camino. Insidiosos guijarros, maleza, nubarrones. Aunque le hable con delicadeza, responde con ingratitud.

Cuando levante el vuelo el mirlo habrá desaparecido una sombra en el bosque.

Cariñosa el agua se arremolina alrededor del pilar del puente. Con picardía le salpica y se ríe cuando parte hacia el mar sin darse la vuelta para ver el estremecimiento que deja.

Ya solo se acerca a la fuente, aunque sepa que hace años que no mana, quien aquí un día bebió.

jueves, 25 de octubre de 2018

1885



Si cerrar la ventana o dejarla así, de par en par a la luz de julio. Si puede acodarse a contemplar lo que no ve, pero sabe que está en algún lugar, o debe regresar al pie de la cama junto a quien ya no se encuentra donde ha quedado el cuerpo. Entre tantas cosas que madre le enseñó de la vida, Monsieur, votre chapeau s'il vous plait, nunca le quiso decir a Alejandra qué hacer en este momento. Si dejarse acunar por el oleaje que solo quien ya se ha ido escucha o conformarse con llorar. Madame, votre mer…

sábado, 20 de octubre de 2018

1870. Rosalía en Simancas



Cada ausencia mece su dolor con una cantiga que, como enredadera, se abraza al tronco de un castaño y asciende entre las ramas para que en lo alto la letanía suene. Pero en la ventana desde donde aún no sé asomarme solo escucho en el aire silencios. La manta que se extiende sobre el cadáver cuando no hay nadie que lo reclame porque ninguna canción haya evocado su nombre. Con el sol a plomo sobre los senderos, qué más da que alguien parta o regrese. Cuando logre salir oiré solo el bisbiseo de las espigas que se rozan al viento. 

lunes, 15 de octubre de 2018

1867. Rosalía recibe la invitación a los «IX Jochs Florals de Barcelona»



Una tarde, de paseo, la arranqué del talud donde florecía después de cada lluvia porque me pareció hermosa. Al llegar a casa la coloqué en un jarroncito de porcelana con un dibujo azul que ganaba polvo en el desván. Cuando se secó, al poco, la guardé entre las páginas de un libro. Han pasado diez años y La flor, que no ha vuelto a brotar al pie del camino, ha ido creciendo y multiplicándose por ahí sin que sepa ya gobernar su destino. Barcelona tiene un mar azulado que con certeza inspira a los ceramistas. Pero queda tan lejos todo.

jueves, 11 de octubre de 2018

1855. Gustavo Adolfo y Rosalía visitan juntos el Cementerio de San Isidro en Madrid.



Cuchillo que corta el pan en rebanadas, el sol de la tarde divide sobre el seto de cipreses el mundo. Una grieta que solo los dos jóvenes ven. Entre bromas saltan de uno al otro lado, riendo, sin averiguar aún qué costado prefieren, si el de la luz o el de las sombras. Rosalía les habla a las figuras femeninas, cabizbajas, para escuchar su acento neblinoso. Gustavo se alza sobre los mármoles para acariciar las alas de los ángeles. «¡Arden!», grita y un puñado de gorriones echa a volar. Aún debe de haber carbonilla de humeante locomotora en sendas melenas.

sábado, 6 de octubre de 2018

1852. Rosalía escribe su primer poema en la Huerta de la Paz



Bajo el torso del cielo cuando se tumba sobre la hierba a descansar, sombrío, no somos más que hormigas en trajín. Y aplastada por la musculatura gris y negra del día, esta mesa de piedra donde escribo no pasa de diminuto guijarro. Idéntico a aquel con el que, bajo el papel, la pluma tropieza para torcer el trazo rectilíneo de la ele. Me pregunto si mientras duren poema y caligrafía quedará memoria en un verso de la gravilla que le molestó. O, de igual modo que las nubes se olvidan al día siguiente cuando aparecen con otro rostro, nada permanece.

lunes, 1 de octubre de 2018

Rosalía



Hay dos poéticas que admiro en la obra de Rosalía de Castro. La paisajista, sobre todo, que supo abandonar el gabinete de la memoria como lugar de escritura y se puso a recorrer los caminos con la caja de acuarelas de la escritura en la bolsa. En sus versos, la naturaleza suena, huele, hechiza y responde. El pensamiento prende y florece siempre en el lugar y desde el lugar, que entrega sus razones a lo que existe. La otra Rosalía admirable, parece una paradoja, es la metafísica. No hay mirada ni descripción que no suscite una pregunta sobre la permanencia.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Dietario de sensaciones, 53



El lago conserva las últimas luces del día y las mantiene encendidas cuando las sombras han cubierto por completo el paisaje. Sobre la piel del agua dibujo con guijarros círculos en los que la veo estremecerse. Pronto asomará la luna y verterá sobre la superficie su melancolía. El lago sueña, las barcas en la orilla duermen. El silencio recoge el chasquido de los pasos como quien cuida el polluelo que se ha resbalado del nido antes de saber volar. Los ojos guardan la última luz del lago al abrir la puerta del coche. Cuando se cierra nada desaparece, al desaparecer.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Dietario de sensaciones, 52



La sesión matinal del cinematógrafo programa cada día la misma película y cada mañana resulta una película diferente. Es un cine impropio, esa es la verdad. En lugar de reflejar el movimiento en la pantalla y dejar a los espectadores quietos en sus asientos durante la proyección, el cine de las mañanas transporta a los espectadores a lo largo de una realidad quieta —las avenidas, los árboles, los edificios, los escaparates, la luz—al otro lado de la pantalla de cristal con motas. Me acomodo en la butaca y mantengo la máxima atención. El director de la película soy yo.

martes, 18 de septiembre de 2018

Dietario de sensaciones, 51



He mirado con desánimo el cuaderno. Palabras de caligrafía incierta anotadas en desorden hace días, tachaduras y un mínimo dibujo geométrico que sustituye la frase que quedó en el aire. El resto, casi toda la hoja, en blanco. O quizá, en negro. Tampoco el lápiz se ajusta a la mano, parece entre los dedos alguien que nunca ha navegado cuando sube a un barco en día de oleaje. De pronto oigo, en el vacío de la página, el piafar de un caballo. Y el caballo aparece allí y el jinete lo detiene frente a quien ya está escribiendo, bosque adentro.

jueves, 13 de septiembre de 2018

# 604


La madrugada arrastra por los suelos el bajo de sus faldones. Amplios, acampanados, de otro siglo. Las rozaduras han desvirtuado el encaje que remata el vestido y sobre su calado el polvo inscribe un zócalo oscuro. Se mueve con lentitud y cada gesto olvida un sonido en el aire. Con una bandeja vacía en las manos recorre las estancias. Nadie ha sabido si trae o retira algo. Ni qué. En los suelos de madera el tacón de sus zapatos resuena como música de los campanarios. Sobre las baldosas, da golpes de percusionista novato. Ni qué deja ni qué se lleva.

sábado, 8 de septiembre de 2018

# 603


El barco de papel que alguien hizo con la hoja arrancada de una libreta escolar navega casi invisible a mitad del cauce y casi inverosímil en medio de una corriente que arrastra ramas y troncos río abajo. El barquito con unas cuantas, pocas, palabras escritas a lápiz en el endeble papel que les da consistencia sortea cada instante del multitudinario empuje de las aguas y sus adversidades. Asciende por la cresta de las ondulaciones, salta cuando la superficie de súbito desciende. Nada le turba en su destino de barco que navega hacia las manos que lo desplieguen y lo lean.

martes, 4 de septiembre de 2018

# 602


No necesito un escenario. Mesa de roble, papel verjurado, tintero lleno. Tampoco su vertiente contemporánea. Pantalla de cristal líquido, teclado inalámbrico, ratón tridimensional. No requiero las paredes forradas de libros, ni paneles de metacrilato de colores pastel. Lo cierto es que para la escritura solo necesito un papel cualquiera —la cuenta de un comercio, una servilleta, un folleto publicitario— y cualquier cosa que escriba, sea lápiz o sea bolígrafo. Ni siquiera una mesa preciso. Escribo contra la barra del asiento delantero en el autobús, en la barandilla de un puente o sobre las piernas. Lo importante nunca es dónde escribo.