miércoles, 16 de octubre de 2019

Candida, chante avec nous


La mañana en la que te subiste al tren por primera vez, Cándida, cuando bajaste en Ingolstadt habías memorizado todas las estaciones hasta Hamburgo. Las que recorrerían los vagones con el asiento de ventanilla donde te habías sentado vacío. Sin embargo, en el andén te era imposible reprimir la sonrisa de colegiala de internado en día de excursión. Del oeste llegaban unos nubarrones oscuros. El viento lo hacía todo más difícil. Los pasajeros que se habían apeado contigo ya eran solapas alzadas y gorras hundiéndose escaleras abajo. Pero te sentías feliz porque aún estaba pendiente un viaje, el de vuelta.

viernes, 11 de octubre de 2019

Cândida, canta com a gente


Los toques del despertador suenan sobre el atril antes del que primer gesto de batuta, poner un pie dentro de la correspondiente zapatilla, dé inicio a la sinfonía de la jornada. La música del vivir. O tal vez sea un único golpe seco el que dé arranque a la grabación de los días, una serpiente aún en celuloide donde los movimientos son el fruto de la redundante quietud. La película de la vida. Suena el reloj cada mañana a las siete, Cándida, para que no empiece nada que no esté previsto en la partitura o en el guion que sigues.

domingo, 6 de octubre de 2019

Candida, sing with us


Hay palabras, Cándida, con las que paseas a menudo, aunque no te pertenezcan todavía. Pudiera ser cualquiera, te dices. Este, aquel, elegante, informal. No hay estilo que lo entorpezca. Pero ninguno da el encuadre que sueñas para las frases en las que aparece la palabra «novio». De niña los veías llegar desde abajo, como casi todo, pero los novios de las vecinas eran siempre más altos y una aureola acompañaba cada gesto. Aprendiste enseguida a admirarlos y ahora ya sabes el halo que ha de brillar en los ojos que te hablen. Es el que tienen todos y ninguno posee.

martes, 1 de octubre de 2019

Cándida, canta con nosotros


Te leen los libros por dentro. De par en par el balcón de tus ojos y los personajes sin necesidad ni siquiera de usar la puerta. En el sillón se tumban con los pies sobre el vidrio de la mesita baja, el mantelito de punto de cruz hecho una boñiga, las figuritas de porcelana por el suelo, el cenicero de cristal a rebosar de colillas. Abren los cajones de la cómoda y la intimidad de tus prendas en oleaje. Descuelgan tus vestidos del armario para olerlos. Se limpian los dientes con tu cepillo. Y tú, Cándida, sin decir nada, leyéndolos.

jueves, 26 de septiembre de 2019

Práctica del espejo VII



Roto, el cristal se convierte en un territorio surcado por afluentes cuyo caudal va de uno a otro sin que la corriente descubra cuál es el río que va a dar en la mar. Su manera de dibujar lo real también cambia. Lo desglosa y cada fragmento establece una frontera con lo que siempre se había sentido junto. Hay un ojo que se desliga de su nariz. Y una mano que cuenta las sílabas de un verso en dos partes diferentes. De ahí que nadie quiera hablar de un espejo fracturado. Ni siquiera para acabar lo que no tuvo principio.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Práctica del espejo VI



Mercurio que tiembla, la noche, si enciendo la lamparilla y el cuarto se contempla a sí mismo a través del cristal de la ventana. Sin exterior. Y así, verte ocurre cuando te miro y cuando dejo de mirarte. No sé por qué el sueño lo desbarata. Un aliado de la mañana no sería tan fiel. Ni siquiera frente a cualquier espejo. No los necesita el instante. Basta con que estire el brazo en lo oscuro y dé con el cable, lo siga hasta el interruptor y prende una llamita en el silencio. Para que me vea a mí, así, contigo.

martes, 17 de septiembre de 2019

Práctica del espejo V



Se había quedado tan solitario como yo. Me apenaba más el suyo que mi desamparo. Era más alto, proporcionado, minucioso. La mimaba antes de que saliera a la intemperie. La dibujaba idéntica a su sueño. Tan exacta como quería ser la despedía. Procuraba yo no borrar la imagen impregnada en la memoria del azogue. Cuando definitivamente se fue, los dos nos quedamos sin ella. Un día arrimé una mesita al espejo, coloqué el tablero, me senté delante y le pregunté: ¿te apetece una partida? Me sonrió con mi misma sonrisa. Lo aproveché para mover el peón del rey una casilla.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Práctica del espejo IV



Frente al espejo hay algo con más interés que uno mismo. Mayor que cuanto por andar ahí se le abre. A uno mismo. La superficie de la cómoda, un jarrón menudo, las pertenencias alineadas —la cartera, las llaves, el móvil, la tarjeta agotada del transporte, unas monedas—. Uno mismo. Tal vez la libreta donde anote tácticas para huir de lo real. Como la de dejar un libro cuyo título, frente al espejo, resulte ilegible. Lo conocido se desvanece en su valor de estar ahí y no como ausencia. Uno mismo desaparece si la mirada, de repente, camina hacia atrás.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Práctica del espejo III



Rosácea mancha en la superficie del vaho. Óptica desenfocada en la que los ojos no descubren dónde han de meditar. Acaso un pomo de armario de baño si lo hubiera. Busto de piedra calcárea, que los siglos han erosionado, en una pantalla sin conexión eléctrica. Es así cómo me ve quien me está observando al otro lado del desconcierto de trazos. Un borrón sonrosado por el fluorescente del techo. Una palabra tachada entre las líneas de este escrito, partitura impresionista en manos escolares. Antes de que la humedad del aire se disipe. Ese segundo de lucidez que precede al tratado.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Práctica del espejo II



Idilio, el de los orines y el ambientador, vertido sobre el suyo. Si alguien golpea la puerta, hay otra puerta que se abrirá antes que la nuestra. Un cerrojillo. Densa prosa de los anversos. Así abrazados, me aboca al cuneiforme de los sentidos. Sus suspiros se los lleva el remolino de la cisterna vecina vaciándose. Llenándose. También en el suelo, feraz lirismo. Entremos a un lugar donde te pueda ver. No es una frase que ofrezca lecturas, aunque la continúe leyendo. En el oleaje, encaro la pila. Agrietada. Y al otro lado de la ventana que hay encima, dos desconocidos.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Práctica del espejo I



Unos pétalos azules sobre un círculo vacío, lo que veo cuando me miro. Y si un día solo existe la geometría regular de las baldosas sé que no he devuelto la cortina de baño a su extensión Unos pétalos grandes, suspendidos en la luz turbia del plástico. Se amoldan a los pliegues con naturalidad gimnasta. Se conforman en su mera flotación. No creo que vuelva a encontrar un diseño igual. Nada permanece, como si el tendero se cansara de vender dos veces el mismo producto. Cuando esa corrosión ambarina de la humedad haya escalado, tendré que cambiarlas. Y seré otro.

miércoles, 28 de agosto de 2019

06 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Atleta que se ejercita junto al estanque, el torso desnudo y los ojos fijos en la superficie, se desentiende. Culturista de la desmemoria, se vanagloria sin embargo de las gestas memorables que ampara. Tantos primera vez casi como existen. Pese a la umbría remodelada día a día por el jardinero municipal, cuya paciencia remunera un sueldo fijo, el verano manda al asilo a los muertos. Recogen las cruces de piedra y los ángeles de piedra, la grava de los senderos, las flores mustias en guirnalda, el jarroncillo con tulipán y agua sucia, los retratos ovalados. Y se quedan donde están.

sábado, 24 de agosto de 2019

05 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Un maestro que corrija dictados no pondrá tantos acentos como los vencejos la semana de junio que llegan. Sombras fugaces sobre las tumbas. Un pintor expresionista no volcará en el lienzo tantos goterones desde los cubos agujereados. Destellos vivaces en lo sombrío. A verlos me acerco hasta el cementerio y en lo monumental de alguna piedra me he sentado. Por capturar una imagen encuadro el cielo y cuando disparo las aves que venían ya se han ido. No me queda más remedio que darle la vuelta a la cámara y fotografiar al que siempre está aquí. Aunque se haya ido.


martes, 20 de agosto de 2019

04 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


—¿No te gustaría llamarte Juan Ramón?
—¿Para qué? Ya tengo nombre.
—Es elegante. Sonoro. Te pega.
—Ah, ya. Para que tú te llamaras Zenobia.
—Quita. Qué nombre más feo.
—Regular.
—Suena a zanahoria.
—También es elegante.
—¿La zanahoria?
—Cuando quieres, te vuelves imposible.
—Si tú te llamaras Juan Ramón y yo Zenobia…
—¿No habíamos quedado que no te gustaba?
—Ay, déjame acabar… podríamos estar aquí…
—Ya lo estamos, ¿o no? Y con nuestros nombres.
—…para siempre.
—¿Ahí debajo? ¿Igual que esos?
—Para siempre. Juntos. ¿No suena bien?
—No estoy convencido.
—¿No querrás que te entierren a mi lado?
—Claro. ¡Solos!

viernes, 16 de agosto de 2019

03 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Tipo solitario, al frío no le interesan, sin embargo, las tumbas. Tampoco le atraerían los espejos en armarios roperos si le permitieran el acceso a las habitaciones. Nada que le recuerde a sí mismo le puede gustar. Lo que le obligue a encarar la nada que anida en su interior. Es lo que desalienta del invierno, aun cuando se haya ido y queden en la losa los nombres acostados sobre un viejo colchón de cifras. Aunque al hablar no se congele el aliento, las palabras al pie de la boca se petrifican si alguien se da la vuelta por mirarlo.

domingo, 11 de agosto de 2019

02 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Dicen que aquí no ha nevado desde el 54. Ni falta que hace, repiten, no hay mayor blancura que el encalado de las casas alineadas en las calles. Hay quien recuerda también los pétalos de azahar sobre el empedrado. Son disputas que armoniza el tintineo de las copas cuando el camarero las junta para llenarlas de un único vertido. Afirman unos que debió ver la nieve por segunda vez —la primera, en las calles donde no nieva y siempre está nevado— en Madrid; otros, en Nueva York. Luego piensan en la losa de pétrea piedra, pero sobre eso nada saben.

martes, 6 de agosto de 2019

01 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Las hojas que zarandea la tarde ventosa escuchan de lejos el ulular de la ambulancia que se lo lleva a la capital, y siguen cayendo. Nadie en el cementerio sabe del percance. El otoño ha empezado a arrastrar los bajos de la túnica, las zapatillas de esparto, el coscorrón del cayado. Las primeras, con el verde del silencio aún entre los nervios, abrigan el nombre de Zenobia. Las segundas, las fechas. Un día llegará al camposanto para no salir el jardinero. Mientras la junta tramita el puesto, la hojarasca continúa borrando los muertos. El nuevo funcionario se tomará su tiempo.

jueves, 1 de agosto de 2019

Dietario de sensaciones, 60



La noche deja en ocasiones una maraña de sombra sobre la copa de las encinas y de los robles, un cielo desplomado sobre bosque, una luz húmeda que es el título de un cuadro, «Invierno», caligrafiado en el reverso del lienzo por el pintor. Abandona la tiniebla un fardo del aire frío que ha vertido en las laderas del valle y frente al que los rayos del sol fracasan en su propósito de seducción. En silencio, por no helar las palabras, camino por el sendero que se adentra en la niebla. Bajo el anorak presiento el calor del próximo verano.

domingo, 28 de julio de 2019

Dietario de sensaciones, 59



Están llenos las calles y los adustos paseos del tiempo con guirnaldas de recuerdos. Un mal cineasta decoraría fachadas y árboles con objetos simbólicos, colgados aquí y allá, y tras filmarlo lo insertaría después de un encuadre del personaje, a modo de plano subjetivo. Es decir, mostrando no la realidad sino lo que cada uno ve al mirarla. Bueno, a los cineastas les gusta contar cuentos. A la gente, vivirlos. Y las avenidas y los senderos están llenos de sus paseos. Donde recuerdan un circo que vieron de niños, hay un circo; donde piensan en el ausente, florece un clavel.

miércoles, 24 de julio de 2019

Dietario de sensaciones, 58



Cada muro, denso, arrogante, tiene una rendija. Por ella transitan las hormigas de uno al otro lado trenzando una cuerda invisible que lo ata a sí mismo. Y se escurren las lagartijas de la posibilidad de perder sus colas traviesas. En su hueco se acumulan las semillas que transporta el viento y entre la aspereza de lo rocoso crecen, en primavera, flores amarillas, tan diminutas como intensas manchas de color sobre el gris. Cada día tiene una rendija por donde transitan las hormigas del pensamiento y por donde el deseo se escurre de la realidad. Donde las semillas esperan florecer.

sábado, 20 de julio de 2019

Dietario de sensaciones, 57



Sentado en un banco del parque veo cómo se acerca una bicicleta. Alcanza pronto mi altura y luego desaparece. Durante un instante he visto cómo, al pasar, sus ruedas giran y en su trazar siempre el mismo círculo, avanzan. De hecho, parece una vieja aporía. La rueda gira sobre sí misma, siempre igual, y ese girar sobre su centro le supone al ciclista un avance en el espacio. Me quedo un instante debatiendo la implicación metafórica. Todo gira con los días, es cierto. Pero hay ruedas que giran sin moverse y otras que giran avanzando. ¿Cuál es la del reloj?

martes, 16 de julio de 2019

Coche de línea



En la estación de autobuses de Belgrado hemos subido al que va a Voivodina. Ruidosos, alborotados, mis amigos se instalan en la última fila. Nada más sentarse, cantan y ríen. No sé por qué me quedo despistado junto al conductor, quizá pagando, y al darme la vuelta para unirme al grupo en el segundo salto me detengo. Junto a la ventanilla, en la tercera fila, una muchacha me devuelve la sonrisa con la que me burlo de mis compañeros.  A su lado, un asiento vacío. La miro, los miro. Un dilema. Ellos tan divertidos, ella tan silenciosa. Ni lo dudo.

jueves, 11 de julio de 2019

# 612


Un simple bollo de pan partido en dos, una galleta, una pastilla de chocolate. Al dividirlos en dos partes, solo ambas se pueden volver a reunir. Una parte diferente, cortada de otro bollo, galleta o pastilla nunca daría el conjunto original. Así, cuando alguien toma de la mesa un panecillo y lo parte con la mano y entrega una mitad, solo esa mitad y la que conserva consigo podrán reconstruir el panecillo primigenio. Igual ocurre con las conversaciones. Son también una tableta compartida. Cada uno dice una parte de la unión de dos. De nada sirve juntarlas a otra mitad.

sábado, 6 de julio de 2019

# 611


Puertas, arcos triunfales, atrios. Es mejor no entrar nunca por donde se entra. Ni salir por donde se huye. Pórticos, portalones, porches. Nada me dicen. Hay que desentenderse de las señales que los indican. Pasar de largo. Una vereda perdida entre las huertas conduce lejos por donde solo algún labrador cansado pasa. Un sendero entre maleza devuelve, por detrás de los campos de frutales, a las calles acostumbradas. Conozco las fisuras del territorio y solo por ellas deseo transitar. Prefiero las rendijas a los ventanales y las grietas en la arena al tupido asfalto. Busco la ruta de los solitarios.

lunes, 1 de julio de 2019

Maga Losnay, dietario # 610


La taza de té te mira. Taimada, sus suspiros dibujan en el aire figuras huidizas. Desde el reposo le gusta verte. A veces únicamente atisba la mano y el brazo, que pasan por encima y regresan con una galleta de avena. Otras, te ve pensando, si te quedas pensativa frente al líquido áureo. Y te observa. También cuando te acercas con el tarro de la miel y una cuchara de dulzura que viertes. O, en invierno, al entrelazar las manos frías alrededor de la cálida porcelana. La taza habla, igual que lo haría un espejo que reflejara solo la ausencia.

viernes, 28 de junio de 2019

Ventanas de Dachau | Crematorio



De repente, los muertos. Los miembros inútiles, la color extraña, el impenetrable silencio. Un garabato en el suelo, sobre una litera, trazado de cualquier manera. No hay lugar sin cuerpos abandonados. Las duchas, la sala de fumigación, los barracones, los senderos, las letrinas. Cuantos más vivos, más muerte. Juntos forman montículos que no van a ninguna parte. Su quietud expresa la rebeldía que no se puede contener. Que no acepta ya sometimiento. El grito callado. Mirada acusatoria en ojos áridos. El gemido de las ruedas del carro que retira los cadáveres. Uno, luego otro. Retumba al caer su peso muerto.

lunes, 24 de junio de 2019

Ventanas de Dachau | Alambrada



Alguna especie de corporeidad poseen. La del pájaro extraviado que en vuelo rasante se araña el vientre y esparce diminutas gotas de sangre sobre las hojas que soy capaz de ver cuando sueño. Los rasguños en la cabeza del lince que persigue una presa y cree que puede atravesar el muro de aire que sujeta los espejismos del ensueño. El bulto de la comadreja que ha quedado atrapada en las espirales de espino y cuyo silencio se convierte en una oración nocturna. Alguna consistencia, materia o grosor han de tener para que no consigan tampoco los sueños traspasar la alambrada.

miércoles, 19 de junio de 2019

Ventanas de Dachau | Torre



Cómo a los lejos, si siempre está tan cerca. Cómo tan cerca, si se alza en la lejanía del campo. No hay manera de comprender la paradoja. Quizá nadie esté vigilando allí donde se vigila. Si el soldado ha posado el fusil en el suelo y el recuerdo de una noche en la que sintió el vigor de los dioses en su cuerpo le vence y el sueño pasa por delante de las bien aprendidas instrucciones, aun así, la vigilancia sigue impertérrita. No es la mirada legañosa del recluta el vigía. Lo son los ojos de los vigilados, siempre vigilándose.

viernes, 14 de junio de 2019

Ventanas de Dachau | Foso



Cauce quieto, y de ahí la amenaza. Cuadrangular, cerca. No es el río que corre por el centro de la población y permite decir que uno está a un lado o al otro lado con solo cruzar uno de los puentes. No hay puentes. Razón por la que jamás podrá parecerse a un río, pese al hueco hendido en la tierra. Circunscribe, no atraviesa. Se queda, no va a ninguna parte donde alguien desee viajar, aunque tampoco le importe no ir todavía. Permanece como quien lo rodea por descubrir el cerco de todas las querencias. Nuestras vidas son el foso.

lunes, 10 de junio de 2019

Ventanas de Dachau | Barracones



Dentro, la madera aprende a ser piadosa y acoge. El lugar donde el tiempo se sienta en el suelo con su mono de presidiario arrugado y las manos agrietadas sobre el rostro para que no le vean aquellos a quienes no deja de mirar. El frío, expectante en los cristales empañados. Crepitación de guijarros cuando las botas de la patrulla los alteran durante la noche que jamás duerme. La lengua, cada una de las lenguas, posee palabras que se guardan en el monedero como calderilla. Existe casa. Y pueblo. Y ciudad. Aves que echaron a volar y cruzaron la verja.

miércoles, 5 de junio de 2019

Ventanas de Dachau | Duchas



Ha cerrado los ojos a la luz. A la reverberación sobre su voluble vestimenta. A la inquietud que les hace a las gotas jamás sentirse quietas. Cauce continuo, borboteo, apremio. El agua. La túnica simbólica con la que oculta su insaciable infancia. La he visto cerrar los ojos y pasar por los cuerpos arracimados con la opacidad de la incertidumbre, agua que transita por tuberías gélidas y regresa a la tierra en sumideros por donde abandona lo real la realidad. Desnudeces que no ve porque ha cerrado a la luz los ojos de su esencia. Porque no ha podido callar.

sábado, 1 de junio de 2019

Ventanas de Dachau | Verja



No mienten las palabras. Nunca. Dicen, expresan, a veces sienten. Por eso abochorna verlas mentir. Aunque no las veamos afrontar la vedad, ellas no son las que falsean. En la verja de entrada al campo de concentración de Dachau, el hierro junta dos vocablos hermosos. Trabajo y libertad. No solo son auténticas todas las palabras, sino que otorgan credibilidad a quien las usa. A quienes se visten con su túnica, les proporciona honores. Confianza a quienes se acercan a escucharlas. Dádivas a quienes con ellas comprenden. De ahí que la mentira resulte tan cruel. Un crimen como el crimen mismo.

martes, 28 de mayo de 2019

Septeto fluvial | 07



Regato que el mediodía dejará en breve hundimiento, en oscuro trazo sobre la arena; mientras aprovechas la pendiente para recorrerla, inventas. Un camino. En el mío, que atraviesa el tuyo, se ha necesitado una tradición de gente que vaya de un lugar a otro para consolidarlo. Una lluvia de primavera, un exabrupto de gotas, basta para tu sinuosa afirmación sobe el día. Arroyuelo, cómo aprenderé filosofía en tu fortuita existencia. Cómo extraeré de lo trivial una lección de poética con la que pueda escribir el poema que me ha sugerido tu paso. Esta mañana. Yendo a ningún lugar hasta encontrarte.

jueves, 23 de mayo de 2019

Septeto fluvial | 06



El nombre de un río nunca se va con él. Se queda sobre el talud, en un cartel de latón, al pie de una carretera por donde también se van quienes lo pronuncian como un murmullo fugaz que aspira a ser recuerdo. Cuanto se está yendo deja instantes detenidos en su tránsito. Es lo que desorienta a los filósofos. Se entendería mejor un quedarse quieto para la fotografía. Incluso un no dejar rastro, pues la ignorancia es buen aliado del saber. Pero el que los ríos tengan nombre y que se pueda memorizar resulta un desafío. O quizá, una bendición.

sábado, 18 de mayo de 2019

Septeto fluvial | 05



¿Por qué hasta ahora no he percibido su indiferencia? Como me refleja en el espejo sucio si me asomo desde la baranda, la inercia me ha hecho creer que algún interés tengo para su pasar. O quizá sea porque le escribo cartas y sueño que las lee mientras la luna cabalga desnuda en su lomo. Pero por más que me desviva hablando, sé que no me escucha, sordo y cabizbajo. Ensimismado. Tal como a veces ando yo mientras paseo por la orilla, y es el río entonces quien echa el brazo de su discurrir sobre mi hombro por darme ánimos.

lunes, 13 de mayo de 2019

Septeto fluvial | 04



Por no haber tenido río mi infancia, en una ciudad de travesías secas, me siento en la orilla con frecuencia, devoto quizá con un pasado por perdonar. Las piedras que no he tirado, ahora las lanzo hacia el centro del cauce e imagino su lento descender hacia el lecho. El limo poco a poco las hará suyas y tras el vuelo permanecerán ahí, por siempre ápteras, en el fondo de un cauce que no deja nunca de irse a otro lugar, donde tampoco habrá de quedarse. Nunca he comprendido del todo las metáforas fluviales. ¿Soy la piedra o la corriente?

miércoles, 8 de mayo de 2019

Septeto fluvial | 03



Agua de hierro, el filo de la doladera del tiempo. Grieta. El color de la sangre cuando se coagula a la intemperie, cauce. Serenos el cielo, las antiguas locomotoras de la explotación minera, la herrumbre de los vagones, los pinos, la fábrica de los hangares, las balsas oscuras. Serena la corriente que mana como una herida que ya no duele. Los pasos crepitan sobre la grava de los caminos. Y la luz, que se compadece de sí misma por convertir lo diáfano en inquietud roja, agarrada a los herrajes junto a la puerta de los túneles excavados en la jornada.

sábado, 4 de mayo de 2019

Septeto fluvial | 02



A esta hora le gusta al puente dibujar paralelas sobre la cartulina oscura de la corriente. Los patos se espulgan el cuello en un acto que les parece de contrición a quienes, con el brazo al aire, fuman en las ventanas el cigarrillo de la sobremesa. La ciudad realiza sus ejercicios escolares con desgana. Quien cruza de una orilla a otra lo hace con la premura de no ser observado o con la parsimonia de quien, por no ir a parte alguna, necesita fotografiarlas todas. Nada hay que valga la pena contar. He abierto este cuaderno para volver a cerrarlo.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Septeto fluvial | 01



Una vez violines, violas, violoncelos y contrabajos ocupen el cauce, la barca de un piano aparezca amarrada en la orilla, flautas, clarinetes, oboes y fagots revoloteen como pájaros por la fronda del bosque de ribera de trompas, trompetas, trombones y tubas, y bajo mis pies suenen los timbales, tambores y el xilofón de los guijarros del camino, cuando levante los brazos y de nuevo los empiece a mover la música del río inundará la sala de conciertos del atardecer con una cadencia de ritmo asonantado, dulzor melancólico y la carta que a diario escribe la belleza sin destinatario ni remite.

sábado, 27 de abril de 2019

Dietario de sensaciones, 56



El tiempo es un perro que se queda fuera cuando la cancela se cierra. Y ladra sin que nadie le oiga, dentro. Hay un pianista encerrado en una caja oscura que no se cansa nunca de interpretar la misma melodía y una lámpara que ha dorado su luz en un mercado de orfebres orientales. En mitad de la sala el sofá navega, barca serena que se desliza por la superficie quieta de la laguna, una noche de verano. Un remo se resbala de las manos que lo sujetan y cae al agua, chof, y al hundirse deja la escena perpleja.