En el estante donde los coloco por orden alfabético, mis libros forman un cauce. Más que un río, pienso en un arroyo de montaña. Unos son más altos, a otros les basta para expresarse la encuadernación en octavo. Esta irregularidad significa ímpetu, igual que baja el agua de los torrentes. También los lomos son diversos. Los de piel lucen más oscuros; los de cartón recurren, como las flores, a cualquier gama de color. A veces pienso que el anaquel de los libros es un bosque. Entre si me arrastra o me adensa, no me decido. Quizá solo sea un espejo.
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lunes, 27 de julio de 2026
jueves, 23 de julio de 2026
Séptimo libro de odas (6)
Nadie la recuerda. A algunos les suena, o por piedad hacia mí dicen que les suena. La compuse cuando era tan joven que ni siquiera supe que aquel tiempo que vivía no era eterno. Con esa convicción llegó a mi silencio su melodía, sobre la que las palabras que había escrito en un cuaderno escolar encajaban con asombroso acierto. La canción se ganó un éxito inmediato. La gente pedía escucharla una y otra vez, en bucle. He pasado la vida cantándola. Ahora ya solo actúo en bares de carretera, pero ya nadie me la pide. Mientras la interpreto, continúan charlando.
sábado, 18 de julio de 2026
Séptimo libro de odas (5)
Sueño con el leve crujido de hojas secas extendidas sobre el camino como una alfombra dorada. De ahí, el tacto de los pies al caminar me traslada al interior de una jaima en una arenosa llanura. La luz de la luna llena sobre las dunas ilumina la mirada que extiendo sobre las montañas sentado, con los pies al aire, en una almena de la torre señera en un antiguo castillo que vi una vez ilustrando un anuncio, en una revista, lo recorté y aquí está colgado en la pared junto al resto de fotografías con las que a diario sueño.
martes, 14 de julio de 2026
Séptimo libro de odas (4)
La ciencia llegó también un día a estos montes, próximos a la frontera, donde crecen desparejados brotes de cereal de antiguas siembras y los frutales se convierten en intrincados arbustos. Hay quien le pone número a los fallecidos y quien da cuenta de los excesos bélicos. Se atribuye el abandono de los caseríos a la dureza del clima y a la obstinación del viento. Estos parajes, tan repletos de explicaciones como de sombras, se han convertido en un hueco. Aquí he elegido vivir desde que me echaron de la fábrica. Donde descubro sus restos, mantengo extensos diálogos con los manes.
jueves, 9 de julio de 2026
Séptimo libro de odas (3)
El arco es silencioso. Cuando el cazador lo levanta del suelo donde reposa, el rutinario piar que habita en las copas de los árboles continúa como si en el bosque no existiera ninguna amenaza. Mientras un brazo lo sostiene en el aire, el otro retira una flecha del carcaj, que sale con un casi inexistente rumor. La coloca en su punto, perpendicular a la cuerda, con un gesto sutil. Despacio, templa el arma. La dirige hacia un bulto que el arquero distingue entre los troncos. Una danza callada parece el movimiento que realiza. Apunta. Tensa. Casi simultáneos, suenan dos chasquidos.
sábado, 4 de julio de 2026
Séptimo libro de odas (2)
He soñado que llamabas desde la puerta de la calle golpeando la aldaba dos veces primero, por el piso, y una tercera, separada, por la puerta de mi hogar. Y me atropellaba a mí mismo por no olvidar abrigo, sombrero y paraguas, y al mismo tiempo bajar los escalones lo más rápido posible. Y cuando lo logro, en el portal no encuentro a nadie, porque nadie ha pulsado mi interfono. Son mínimas alucinaciones por haber pasado la noche leyendo los poemas que escribiste hace cien años. Tan próximos los siento en la lectura que espero tu visita para comentarlos juntos.
miércoles, 1 de julio de 2026
Séptimo libro de odas (1)
El coro de ancianos, en las mesas últimas del café, junto a los lavabos, interpreta con los chasquidos de las fichas de dominó sobre la falsa resina de la fórmica una pieza para percusión y suspiros. La escucho como partitura del libreto escrito con las noticias de la víspera que trae el periódico de ayer que leo. Me siento junto a la cristalera que da al paseo, pero no queda lejos la época en la que tendré que aprender juegos de mesa para sobrevivir. De niño me aburrían solemnemente. También recuerdo el propósito de irme lo antes posible de aquí.
lunes, 27 de abril de 2026
Sexto libro de odas (7)
Es quien deja la pelliza sobre el respaldo de la primera silla que encuentra al entrar, se despreocupa y corre a sentarse en la mesa que hay al fondo. Sonríe y baraja los naipes con la vista alzada mientras encara el rostro de quienes aún permanecen en pie, a su lado, dudando. Una lámpara industrial, que cuelga desde el techo hasta situarse justo encima del tapete verde, ilumina sus manos diestras y ágiles al mezclar las cartas, el resto de la habitación permanece en penumbra, no existe. La realidad se va reduciendo a una sola dimensión y un único instante.
miércoles, 22 de abril de 2026
Sexto libro de odas (6)
Llevo un tiempo discutiendo con él a diario. Se empeña en decirme, a cualquier hora en la que nos crucemos, que soy yo ese. Y me señala con el dedo, como hacían en la escuela los niños maleducados. Si lo sabré, que no soy yo quien se empeña en indicar. Le da lo mismo lo que le diga. Las pruebas que deje encima de la mesa. Aquellas pilas de fotografías en papel que lo demuestran. Ni las mira. Incluso algún recorte de periódico donde salgo especialmente favorecido. Nada, lo desprecia igual. Me desespera tanto su empecinamiento; ah, este maligno espejo.
viernes, 17 de abril de 2026
Sexto libro de odas (5)
Mi padre trabajó en una estación que queda alejada de la ciudad que le da nombre. Ahí teníamos nuestra vivienda. Toda la gente que vi durante mi infancia estaba en tránsito. O esperaba para irse, o regresaba, también yéndose de inmediato. O se asomaba a la ventanilla para pedir que le llenara la cantimplora en el grifo del andén. Eran unos minutos efervescentes. Estruendo de locomotoras, precipitación de personas, voces, bultos, confusión. Después, la nada. Me hice una idea extraña de la vida de los demás, que solo duraba unos instantes. Nacían para esa vorágine y desaparecían después para siempre.
lunes, 13 de abril de 2026
Sexto libro de odas (4)
Zumba el viento en la vela y la proa no teme a las olas que va cortando decidida con su impulso. Bajo el toldo que me cubre el cuerpo, mantengo aferrado el timón y miro a lo lejos la costa, indiferente, sin atender a nada en concreto. Los dos remos permanecen acosados en un lateral, ociosos como mis brazos. Ignoro qué pesca se dará hoy. De vez en cuando, el agua salpica sobre la madera como si tarareara una canción de juventud, de esas que se quedan en la cabeza sin que uno ni siquiera supiera que le habían gustado.
miércoles, 8 de abril de 2026
Sexto libro de odas (3)
Entre las piedras que trazan la circunferencia del pozo han prendido algunas matas que crecen muy finas y se estiran tratando de alcanzar el brocal, donde aún llega un ápice de luz. Cuando subo un cubo de agua, a veces su vaivén arranca una hoja que la humedad pega al zinc. Al alcanzar la altura de la polea, su verdor se ilumina con un rayo justo antes de que mis dedos la arranquen y la dejen caer al suelo, donde llega mariposeando como quien va donde no quiere ir. No puedo decir que no sepa que es mi exacto retrato.
sábado, 4 de abril de 2026
Sexto libro de odas (2)
Hay un momento de la larga tarde del verano en el que la luz entristece. Aunque, por mi parte, me alegro. La mula, que ha pasado el rato rebañando hierbas entre arena reseca, comparte sentimientos con la claridad del aire. El carro, quieto bajo una sombra, sin embargo, está a punto de confirmar mis impresiones. Engancho el animal y solo con sus movimientos de ajuste los cascabeles empiezan a cantar. El camino de regreso a la aldea desoye cualquier pensamiento. Por más honda que asome la noche tras los montes por donde el sol se oculta, nada queda por decir.
miércoles, 1 de abril de 2026
Sexto libro de odas (1)
Con frecuencia he oído hablar de sacerdotes sin fe y de médicos que pierden la aptitud. No sé si mi caso resulta en algo similar. Soy orfebre. O lo fui durante años. Tuve un pequeño taller con una tienda minúscula. Pero un día aborrecí el oro. Sentía disgusto ante la plata. El lapislázuli ya no me encandilaba. Y tuve que abandonarlo porque los materiales que he empezado a utilizar para mis joyas —madera, pizarra, avellanas— carecen de prestigio. Ahora extiendo un trapo en el suelo y ordeno las piezas que nadie mira. Quizá sean los compradores quienes carezcan de vocación.
miércoles, 25 de febrero de 2026
Quinto libro de odas (7)
El viejo aprendió a tocar la mandolina para animar las fiestas cuando era joven. Y con
eso ya le basta. Se conforma con marear los tres únicos acordes que conoce. Va
cambiando las letras, pero la melodía es siempre la misma. Cuando se olvida el
instrumento en casa, alguien desde la puerta de la taberna asoma la cabeza y manda a
un chaval cualquiera que vaya y lo traiga. El viejo ameniza las tardes y hace llorar a los
de su quinta. A los demás nos atraviesa los tímpanos con inmisericordia. Menudo
fastidio, sin el que sería más tedioso vivir.
sábado, 21 de febrero de 2026
Quinto libro de odas (6)
Que la casa donde se llama está vacía se sabe desde el instante mismo de golpear la
puerta y percibir detrás del gesto una clara resonancia a hueco, seguida de un intenso
silencio alrededor. Aun así, quien ha caminado hasta el lugar con la ilusión de un
abrazo y quizá, también, de alzar una copa de vino por el encuentro, no puede asumir
la idea de que frente a su propósito no haya nadie. E insiste. Y recibe el mismo
retumbo y exacta desgastada quietud. Se da la vuelta. El cielo, nublado. La senda de
regreso, fastidiosa. El ánimo, hirsuto.
martes, 17 de febrero de 2026
Quinto libro de odas (5)
Cuenta que en aquel entonces comía piedras. Las retenía en la boca durante horas y
así lograba, despacio, deshacer lo que los siglos habían juntado. Nadie le cree cuando
lo explica, pero le escuchamos embobados. Alimentarse con rocas, insiste, es tan
natural como comer hierbas. Aquí alguno le discute, pero enseguida le cede la razón. Y
añade que aún, de vez en cuando, si se aburre cuando va de una población a otra, se
echa un guijarro a la boca y lo chupetea como si fuera un caramelo. Y de nuevo nos
camela y pide otra ronda que tampoco paga.
viernes, 13 de febrero de 2026
Quinto libro de odas (4)
Me apetece bajar a la playa. El pueblo se construyó en la ladera por miedo a los piratas
que infectaban la costa. Y ahí se ha quedado. Lo malo de tomar un vino en el
chiringuito no es ir, sino volver. Se sale con una alegría que ignora el regreso. Pero
choco de repente con la barra cegada por tablones y una cadena brillando en el
atardecer. Solo me queda sentarme en la arena y tirar piedrecitas a las olas. Sin
bebida, sin conversación, lanzo deseos al mar con la esperanza de quitármelos de
encima para luego enfrentar la cuesta.
lunes, 9 de febrero de 2026
Quinto libro de odas (3)
De todos los lugares extraordinarios a donde he ido, quedándome la mayor parte de
las veces boquiabierto ante tanta belleza, he vuelto. No se trata nunca de un ir al
monte, al lago, al altiplano, sino solo de visitarlo. Llego, admiro y parto. Durante unas
horas vivo en el espejismo de habitar el lugar distante. Por esta razón, recorro una y
otra vez las calles de la ciudad que descubro o repito el paseo por la misma vereda. No
intento engañarme, sino sentir el espacio tal como lo ve quien transita a diario y sueña
con viajar a mi ciudad.
jueves, 5 de febrero de 2026
Quinto libro de odas (2)
Le llaman en la aldea el Guapo. No es que lo sea más que los demás, pero se esmera.
Cuando una furgoneta levanta una polvareda en el camino, es a él a quien le trae un
paquete. Una camisa, unos pantalones, un pullover. Hasta que no me lo explicó, nunca
había sabido a qué se refería la gente cuando decía pullover. Lo mismo ocurre cuando
nosotros decimos despique y los de ciudad no nos entienden. El Guapo pretende ser
como ellos, empeñados en dejar memoria de sí mismos. Y nada hay más perecedero
que verle pasar engalanado por la plaza.
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