jueves, 10 de diciembre de 2015

«Ensayo sobre el lugar silencioso», de Peter Handke (díptico)


Es difícil encontrar otro escritor capaz de redactar cien páginas sobre los váteres de su vida donde haya una única frase irónica. En la página 50, como mojón medianero, quizá. Ironía que ni siquiera hace gracia, desafortunada incluso. Esta sensatez, sin embargo, no aparece a la hora de titular el libro. No es un «ensayo»: ¿será su segunda ironía? Prosa memorialista, sí, de interés. Y tampoco su «naturaleza es fragmentaria» como afirma en la página 48. Aunque separe los párrafos y los inicie con versalitas, todo el texto sigue un único curso, cohesionado y coherente. Sin teselas, un solo trazado.

Conocemos los lugares nombrables de quienes hacen memoria. Raramente los innombrables. Sí los compartidos o sociales (tugurios, burdeles o playas solitarias), pero no es frecuente descender de ahí hacia los lugares subjetivos intrascendentes. Donde nada ocurre. Nada decible. Lugares efímeros que poseen, sin embargo, una densidad que el tiempo (ajetreado e indeciso entre pasado y futuro) desconoce: son presente en un presente. Y quizá solo por eso se incorporan, sin que haya razón alguna para revivirlos, al recuerdo. Intransferibles, por endebles e inanes. Estos son los espacios que Hanke revela: su geografía secreta (y seria) de «retretes» y «lugares retirados». 

martes, 8 de diciembre de 2015

«Como um hiato na respiração», de João Barrento


Este «Diario del día siguiente» es el libro de los saberes y de los deseos convocados para cuando ya no exista día. Celebración a la que por primera vez no se va a poder asistir, sin que ni siquiera sea necesario excusarse.  Y sin embargo, imaginado, ese día venidero, acompañado por el pensamiento que deja una señal por donde pasa, iluminado por las luces que han brillado en el instante antes de apagarse, ese día —el de la muerte libre, como escribe João Barrento (1940)— le proporciona al tiempo la hondura de la que carece, la vida que le falta. 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Dietario de sensaciones, 5


La brisa de poniente baila melodías románticas con la ropa que hay tendida a secar. Abraza los vestidos por la cintura, aletea en el dobladillo de las faldas, acaricia la seda de las blusas, se enamora de los colores de las camisetas. Da vueltas alrededor de los pantalones variando la tonada para que sus perneras se agiten al ritmo casi frenético de la modernidad. Arranca un tango con el jersey de cuello alto que bocabajo parece el rey de la indolencia. La brisa no se pierde nunca un baile antes de que las sombras clausuren la fiesta. Tampoco las sábanas.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Dietario de sensaciones, 4


Cada hogaza, cada rosca, cada torta son piezas únicas. Por similares que parezcan bien ordenadas en la panadería, jamás hay dos iguales. Amasadas por unas manos hábiles, pero no mecánicas, atravesadas cada día por un pensamiento. Horneadas por un fuego que cada noche se inventa su manera de arder. Enfriadas por una temperatura diferente. Cada pan es la concentración del tiempo en un instante. Y cada instante es una creación del vivir. Cada pieza luce las formas y las características de un presente. También su sabor varía en cada barra, se vive de manera distinta en cada beso, digo, bocado.

martes, 1 de diciembre de 2015

Dietario de sensaciones, 3


La niebla reescribe la realidad con sus fantasías. Borra el horizonte, oculta la torre de la iglesia, diluye las copas de los árboles entre las nubes bajas, matiza los colores, permite que las hojas lloren con desconsuelo, deja a la hierba recién salida de la ducha, ciega los cristales de las ventanas y a quienes los miran, juega al escondite con las señales de tráfico, oscurece la arena del parque, alimenta los charcos, rejuvenece el cutis de las losas, da de beber a los pájaros, adorna con destellos acharolados las fachadas, crea enigmas. Nada se parece a como era ayer.

sábado, 28 de noviembre de 2015

El pabellón dorado [y 30]


Mi sueño favorito se parece a mí. Quiero decir, lo conozco tanto como me conozco a mí, que nunca me he visto e ignoro cómo es mi expresión, qué aspecto tiene mi piel, cómo me sienta el flequillo medio tieso que tantas veces al día me recoloco. Tiene un nombre, como yo, el sueño que prefiero. Y lo sé todo de él de tantas veces que lo he soñado, aunque esté formado por dos palabras vacías, como mi rostro para mí. Ni sé lo que es «pabellón» ni sé cómo destellan sus «dorados». Sin embargo nombrarlo me emociona. Mi sueño.

jueves, 26 de noviembre de 2015

El pabellón dorado [29]


Me gusta soñar. También cuando duermo. Los sueños desordenan. Desobedecen las normas de causa y efecto que tan aburridas resultan. En un sueño uno no tropieza y se cae. A veces se cae sin haber tropezado. El espacio se olvida de mostrar su vestido de esquinas y obstáculos. Se desnuda para el durmiente. Cobra una realidad volátil. Está sin estar. No aprisiona. Ni asusta. Tampoco el tiempo, que sencillamente no aparece. No hay salas de espera en los sueños. Por eso los disfruto tanto. Las voces surgen y se borran, los sonidos se insubordinan. Nada hace caso a la materia.

martes, 24 de noviembre de 2015

El pabellón dorado [28]


He vuelto a soñar contigo, madre.
¿Y cómo sabías que era yo?
Porque te he visto.
¿En el sueño?
Claro, ¿dónde iba a ser?
¿Y estaba guapa en tu sueño?
Siempre serás la más guapa.
¿Había ido a la peluquería antes de aparecer por tu sueño?
Eso seguro, no te he visto nunca despeinada.
Ni cuando me levanto.
Ni cuando te levantas.
¿Y estaba elegante en tu sueño?
Espectacular. Sobre una alfombra roja.
¿Has soñado también la alfombra roja?
Eso no lo recuerdo.
Creo que me estás engañando.
En absoluto. Eras tú. Tenías la voz más dulce de cuantas conozco.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Becqueriana / 80


El cuerpo es el libro donde se lee el alma. El alma es la escritura de los días sobre la piel. La piel es el cajón de las metáforas de los sentimientos. Los sentimientos son las noches con estrellas bajo los párpados. Los párpados son la cubierta que se cierra en las manos cuando se acerca el sueño. El sueño es el dibujo de un paisaje antes de ver el paisaje. El paisaje es el símbolo de los pensamientos. Los pensamientos son estremecimientos que el sol del mediodía ha evaporado de las aguas del río. El río es el cuerpo.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Becqueriana / 79


Se entretienen mis dedos en los ojales de tu vestido. Con los botones juegan. En el estampado recogen flores para un ramo. Restablecen dobleces en el cuello y lisura en la caída de la falda. No dejan ninguna hechura por repasar. El dobladillo vigilan. La tela planchan con espíritu nómada. Nada queda secreto en tu vestido a la curiosidad de mis dedos. Lo transitan por encima y lo examinan por debajo. Lo estiran, deshacen arrugas, lo alinean con los hombros, arreglan las mangas y solo se sienten satisfechos cuando queda ajustado a la perfección a tu cuerpo. Entonces, te desvisten.

martes, 17 de noviembre de 2015

Dietario de sensaciones, 2


Hay un pájaro que picotea entre las macetas del balcón. Nos ha dejado de repente en silencio. Inmóviles. Por ver cómo da saltos de un lugar a otro, confiado, sin darse cuenta de que hay alguien cerca observándolo. Sus plumas oscuras reflejan el sol de la mañana y sus ojos parecen orbitar alrededor de la cabeza. La situación casi hace reír. En cuanto la descubra, echará a volar. Es solo un instante el que regala su paso en busca de insectos. En cuanto algo se mueve, ya no está; pero el encanto permanecerá picoteando entre las macetas cuando las miremos.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Dietario de sensaciones, 1


Leo. Lo que anda alrededor desaparece por completo. Lo que me muestra la luz amaneciendo lo borra la blancura de la página y sus hileras de hormigas. Lo que me cuenta la flor que anoche puse en un jarrón lo olvidan los ojos pendientes de cuanto ocurre en otro lugar, en otro tiempo, con otros nombres. Lo que me dice el gato lamiéndose la pata en el alféizar no lo oyen los oídos, que escuchan solo el sonido de las palabras. Pero cuando cierro el libro y miro alrededor, de repente entiendo mejor la luz, la flor y el gato.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Encuentros en la tercera frase


—No habíamos coincidido antes aquí, ¿verdad?
—¡Ah! ¿Me lo dices a mí?
—Sí, a ti.
—¡Vaya! No te había visto.
—Claro, vas siempre tan alterada.
—¡Puaj! La vida que llevo.
—Tan encorsetada.
—¡Bah! Y todo para nada. Nadie me hace caso.
—No digas eso. Yo me preocupo por ti.
—¡Rayos! ¿Y tú quién eres?
—Me llamo Artículo Indefinido, aunque la gente me llama Un.
—¡Hola, Un! Es verdad que no solemos coincidir mucho.
—Bueno, como soy algo impreciso a veces ni se me ve.
—¡Quiá! No digas eso, te veo perfectamente detrás de esta exclamación.
—¿Por qué no la quitamos?

miércoles, 11 de noviembre de 2015

«En la tierra de Nod», de Pedro Juan Gomila


Desterrado En la tierra de Nod, Caín se convierte en fugitivo de sí mismo. Yo y al mismo tiempo Otro, desdoblándose solo para ser él y para conocer la devastación. Pedro Juan Gomila (1967) escribe esta crónica de amor despiadado y crimen sobre su propia memoria, también desdoblada entre el licor de Eros y la sed de la culpa: «¡le tientan tantos labios que muerden al besar!»  Ayudada por mitos bíblicos, clásicos y actuales, su escritura hereda el vigor y espanto de las historias antiguas. Y su poesía se adentra en el territorio, siempre indisociable, del bien y del mal.

lunes, 9 de noviembre de 2015

«Hielo seco», de Isabel Bono


Ante esta colección de «aforismos» no sé si decir que la escritura de Isabel Bono (1964) ha sido siempre aforística o que estos aforismos son poemas disfrazados. En todo caso el género sirve para comprenderlos: al carácter de sentencia o regla, a la que aspira el modelo, Isabel Bono le da la vuelta y lo escribe del revés —como si el adagio se mirase a un espejo— convirtiéndolo en una leve paradoja de lo desigual y efímero. Un proverbio que se palpa nervioso los bolsillos porque ha perdido su máxima. «Si me quedo sin este dolor, ¿me quedo sin nada?».

sábado, 7 de noviembre de 2015

«Serie», de Vicente Luis Mora


Deja Vicente Luis Mora (1970) en blanco la página donde transcribe su poema de la «rosa», tras una lúcida reflexión sobre la imposibilidad de continuar con una tradición discursiva que ya no coincide, en la comprensión de lo real, con la idea y el conocimiento que hoy se tiene de la realidad. Este tal vez sea el primer esfuerzo de la poética de Serie, la creación de un lenguaje poético que revele lo que la comprensión está viendo. Y el siguiente paso es cuestionarse en qué ha cambiado la sensibilidad ante las pulsiones de un mundo a ritmo de píxel.

jueves, 5 de noviembre de 2015

«Los días extraños», de Manuel Rico


Hay poemas de Manuel Rico (1952) que el lector ve crecer en la mirada de quien al observar desentraña cuanto le rodea como «lecciones del tiempo». Otros, sin embargo, prenden en desvaídos legajos del recuerdo que, embebidos ahora en palabras, consiguen recobrar la luz original y el significado que tuvieron sus matices. Estos poemas y aquellos forman la gramática de la memoria, un idioma con el que comprender los sentidos que la vida acumula entre los años y una lengua, también, para atrapar los lugares y objetos donde perviven «esos días / en que fuimos felices sin saberlo del todo».

martes, 3 de noviembre de 2015

«Niños enamorados», de Mariano Peyrou


La poética de Mariano Peyrou (1971) no admite duda: «la comprensión / estorba y es patética como un dibujo / figurativo». Esta «irrealidad» no es, sin embargo, una cuestión retórica, sino una auténtica percepción de la realidad como encrucijada de todos los tiempos, como confusión de los contrarios y como indefinición esencial de cualquier definición. Con estas premisas Peyrou revisa ideas líricas —deseo, seducción o paternidad— con resultado sorprendente. Agrimensor de vacíos, traza un pensamiento que se arremolina en el lector y le conduce por donde nunca ha ido antes y tiene la sensación de que tampoco está yendo ahora, mientras va.

domingo, 1 de noviembre de 2015

ਡਿੱਗ


Resuella al avanzar. Recorre el bosque por las sendas donde los jabalíes han removido las raíces y la maleza ha borrado la tierra apretada por la memoria de los caminantes. La acémila le sigue con dificultad. Los cascos rebotan con un ritmo pausado. Como el de su andar. El hombre de los tintes de vez en cuando se detiene en un claro. Suelta el barreño, que al caer dibuja un círculo en la hojarasca. Desata los sacos, los que contienen sus colores preferidos. Ocres, granates, dorados. La mula busca brotes verdes entre la hierba seca. La tarde se siente herida.

martes, 27 de octubre de 2015

Becqueriana / 78


Escribas de los designios de la lluvia, artesanos del barro de las palabras, el lenguaje es la piel donde, al ser acariciados, se estremecen los cuerpos. Con más realidad que la realidad, las metáforas se encuentran, se cubren unas a otras con la saliva de los besos, se comunican extensos códices en el contacto de sus lenguas, las manos tañen con sabiduría el instrumento que produce el suspiro más dulce. Las metáforas se despeinan, sudan, gimen. Amanuenses de la disposición de los guijarros en los caminos, menestrales del metal de los sonidos, desnudamos el lenguaje para abrazarnos en su interior.

domingo, 25 de octubre de 2015

Becqueriana / 77


La melodía del bosque suena. Los pasos firmes, su armonía lenta. Una música que se baila con los pensamientos sosegados, casi detenidos, los ojos sin dar abasto, las manos nómadas entre la maleza. Una luz tenue, que la fronda protege de estridencias, moteada por destellos sobre aquello que se ve. Un sin nadie que es al mismo tiempo una multitud. El bosque. La inmensidad íntima. El lugar donde las horas viajan a lomos del diente de león acabado de soplar. La senda que el caminar traza le conduce a cada uno a sí mismo. Palabra, espacio, instante. Crepitación de hojarasca.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ y 45


La lluvia deja caminos de agua en la ladera, cauces tumultuosos que dan saltos infantiles sobre las rocas, que serpentean entre los árboles o que corren hasta quedarse sin aliento. Ofrece una prosa exuberante escrita sobre las hojas, sobre la arena, sobre las piedras; en cualquier parte su caligrafía brillante y húmeda atestigua su paso. Interpreta melodías de exquisita belleza, el goteo de un canal de desagüe en el tejado, el murmullo nervioso de un torrente o arrullo de un arroyo por el prado. Hay que leer la lluvia con devoción de discípulo. En ella uno aprende a pasar inadvertido.

jueves, 15 de octubre de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 44


La granada es el único fruto que muestra con orgullo la pátina del tiempo en su piel. Cuadro expuesto durante años junto a una ventana, el polvo de las estaciones ha oscurecido sus colores. Bronce que culmina la piedra blanca de una fuente, la intemperie ha escrito su épica ciega sobre los antiguos destellos. Es también el fruto con mayor densidad en su interior. Es a las frutas lo que los rascacielos a la ciudad. No resulta fácil descascar una granada. Hay que utilizar los dedos con el arte que admiro en las manos al rondar por un cuerpo emocionadas.

sábado, 10 de octubre de 2015

El pabellón dorado [27]


Escribir es una incisión. Aunque no pueda leerlos, me seducen los libros impresos en tipografía. Los antiguos. Cuando cada letra producía una hendidura en el papel. Una señal del paso de la escritura por su trama. Leerlos, creo, será como ir excavando con los ojos las palabras en la duna de la página. Así lo imagino. Los libros de ahora, sin embargo, no se distinguen en absoluto de las hojas en blanco de mis libretas. Idéntica lisura. A veces escribo sobre otras escrituras volátiles sin darme cuenta. Escribo, fijo una marca en la superficie del tiempo para que la transporte.

miércoles, 7 de octubre de 2015

El pabellón dorado [26]


También me gusta escribir. Me imagino mis libretas llenas de garabatos. Sin embargo, cuando alguien me ve trabajar se sorprende siempre de las páginas en blanco, una tras otra, que voy dejando atrás. Disfruto con los chistes que inmediatamente se me ocurren para burlarme de la ingenuidad de los videntes. «Sí —les digo muy serio—, es una ventaja. No se tiene nunca miedo a la página en blanco». Qué incómodos les presiento. Y cuando me ven con la regleta y el punzón añado: «Y no me mancho los dedos nunca de tinta». Se ríen con cierto temor a reírse.

viernes, 2 de octubre de 2015

El pabellón dorado [25]


Leo. Me gusta leer. Tiene algo de melodía interpretada en el piano. También de caricias sobre un cuerpo soñado. Cuando leo que el personaje de una novela roza con sus dedos los hombros desnudos de la amada son mis dedos los que acarician las palabras que evocan la espalda de la amada. Hay un punto en el que el tiempo de lo leído y el tiempo del lector se confunden. Se enredan. Y al leer no solo conozco, sino que actúo dentro de la historia que leo. Siento a través de la piel lo que experimenta quien lo ha escrito.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Falden engel, og 14


Del viejo aserradero queda un cobertizo que nada protege cuyo tejado juega al ajedrez con el agua cada tarde de lluvia. Las limaduras que volaban por el aire forman familia en el suelo con la maleza y las bolsas de plástico que arrastra el viento. Alguien se entretuvo en arrancar el cartel que ahora, bocabajo, nombra el cielo para los insectos que lo habitan. Si camino por la antigua carretera suelo desviarme donde lo hacían los carros cargados de troncos. El último transporte permanece apilado en un extremo, formando una pirámide de círculos blancos que al anochecer aún fingen refulgir.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Falden engel, 13


Cada árbol abatido por la tormenta, mal encajado entre los troncos erguidos que el viento zarandea, se convierte lentamente en un libro. Lo abraza la hierba como si quisiera compensar con su verdor la sequedad del caído. Las arañas se dan prisa en vestir los huecos que deja la definitiva quietud. Conforme la humedad va abriendo grietas en lo que fue edad, una población de escribas se distribuye por su interior para caligrafiar con signos algo cuneiformes la memoria del bosque. Un libro en el que todo queda inscrito para que nadie lo lea. Para que lo deshaga el tiempo.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Falden engel, 12


Taparse, como quien se cubre con una manta; acaso, sumergirse. Dejarse invadir por la levedad de granates y ocres, por su frondosidad ahora a merced del viento. O de las botas de los caminantes. Caer cuando caen. Sentir el otoño como una huida. El río detenido que de repente alcanza el mar. Un mar amarillento, castaño, rojizo. A merced de la intemperie. Casi duna en lugar de mar. Crepitación, chasquido, rumor. Suelo sin rigor de suelo. Sin el estiramiento. Montón que se hunde con el peso vertical, cúmulo que incita a desaparecer. Arroparse, desnudarse quizá, con las hojas que caen.

martes, 22 de septiembre de 2015

Falden engel, 11


Con mano imprecisa de escolar ante la libreta de caligrafía donde aprende a escribir, cada día el río bosqueja la torre medieval. Su esbelta altura, las almenas con forma de punta de lanza, los penachos de verdura que han prendido en los resquicios entre las piedras. No se olvida de ningún detalle. El agua, que todo se lo lleva hacia la nada, la hojarasca y los plásticos, las promesas y las vanidades, respeta la imagen de la torre, sin acabar nunca de dibujarla del todo, siempre en el mismo lugar. Y casi impresiona más contemplarla así, temblando sobre la corriente.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Falden engel, 10


No se me parece en nada. Carraspea al decirlo mientras camina alrededor y los tacones resuenan en la iglesia vacía. No solo mis honorarios sino la propia vida se tambalea a cada paso. Hasta los dos años de desbastar y lijar con mimo el alabastro regalaba a cambio de la congoja de tallar el sepulcro de quien me lo ha encargado. Hoy vestido para la entrega con las mismas ropas que imita la piedra. Me mira con indiferencia y de repente empiezo a respirar. Y menos mal, porque este es un muerto y yo estoy vivo, ¿cómo iba a parecérseme?

jueves, 17 de septiembre de 2015

Falden engel, 9


Sumergido en la piscina, la verticalidad propia de la especie se convierte en horizontal. Es la forma con la que se avanza dentro del agua. También es el modo natural de mirar las cosas. La severa cuadrícula de las baldosas, el tapón de un oído que ha extraviado algún bañista, los recuerdos que entretienen la mente cuando se nada. El mundo vertical que se yergue al aire cuesta mantenerlo dentro, inmediatamente se acuesta sobre el eje perpendicular. Se echa, dormita, yace. Es difícil de determinar, aunque entretiene pensarlo mientras cada brazada deja atrás lo mismo que encuentra delante.

martes, 15 de septiembre de 2015

Falden engel, 8


Allí donde los ciervos han pasado la noche se ve la maleza hundida por el peso de los cuerpos. Es el vestigio que deja su movimiento. En el refugio donde he pasado la noche recojo la colchoneta, el saco de dormir y los restos de la cena, que amontono en una bolsa que voy a tirar en el primer pueblo por el que atraviese. Procuro así que cuando llegue el próximo caminante no sepa nada de mi tránsito por el lugar. Y nada sabrá hasta que pase por este claro de bosque y descubra las hierbas aplastadas. Recuerdo que compartiremos.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Falden engel, 7


Tan fácil como es rodar por el suelo al pisar un pavimento húmedo, siempre tuve precaución al cruzar el vestíbulo que limpiaban a la hora del almuerzo. Paso a paso, cimentando el equilibrio desde los tobillos. Casi una técnica. O la cantidad de desniveles y hundimientos que acumulan las aceras, sobre todo cuando se anda con prisas, como siempre anduve, sin embargo le presté atención a cada saliente para asegurar la zancada. Desprecié las ganas de tumbarse en la arena, sobre la hierba, o sentarse donde no hay asiento. Y cómo lamento el no habernos besado nunca sobre las losas.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Falden engel, 6


Si tuviera una cámara aquí a mi lado la apagaría. No es posible que en un rectángulo quepa lo que estamos viviendo. Con las cabezas acostadas sobre la arena húmeda de las dunas, delante de los ojos una galaxia se despliega entera con una grandiosidad que no pertenece a la imaginación. Sobre el océano, al que oímos mecerse doméstico, gato que se lame las patas, la luna habla consigo misma. Si apenas cabe en una vida, cómo buscar encajarlo en un mensaje de pocas palabras. Nadie lo iba a creer. Tampoco cuando cerramos los ojos para sentirlo de otra manera.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Falden engel, 5


La noche de verano se acerca de puntillas, con cuidado de no ser oída. Nadie quiere saber nada de ella en el banco más apartado de la plaza, al otro lado del sauce. Si no llegara, o si viniese para traer otra página nunca leída de la realidad, el brazo olvidado sobre la pierna, la espalda sobre los listones de madera, el pie que desconoce el destino de su sandalia, la pequeña colección de palabras inventadas que salmodian la tarde podrían continuar más allá de horarios, fechas, cursos, notas, como siguen tumbados en la hierba las figuras de los cuadros.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Falden engel, 4


No siempre es. Aunque tampoco se puede simular. O solo su simulacro. Lo que no es para comprobar que no lo es. No es una obviedad. Nada de cuanto la concierne es una obviedad. No siempre es. Aunque se hayan cerrado los ojos para no ver, y los brazos y las piernas y la boca permanezcan inertes. Y solo se quiera oír lo que está dentro y no se quiera admitir que haya nada fuera que entre. Aun así, no siempre es. La hormiga que se adentra con curiosidad en el orificio de la nariz desvirtúa la voluntad del silente.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Falden engel, 3


Las aguas del río bajan color café con leche y da apuro bañarse. La corriente parece pintada con pinceladas gruesas, de las que gotean óleo sobre el lienzo. Nada más dar cuatro brazadas en cualquier dirección desaparece la minúscula playa. Entre las ramas de los árboles, que caen como lianas, y los juncos no hay donde acercarse a la orilla. Si se hace pie, el limo del fondo produce en la planta una sensación desagradable. Si hay peces no se ven, y si hubiera otros bichos, tampoco. Nada más llegar, ya chapotean todos en el agua mientras, tumbado, sigo pensándomelo.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Falden engel, 2


No había alcanzado el seto cuando acabó de contar. Lo hizo así: veintitreintacuarentaycinco, cuarenta y seisietochnue y cin-cuen… Creí que podía esconderme antes de que se diera la vuelta y me viera y tuviese que declararme muerto, una vez más el primero. Tras el seto no me hubiera visto en años. Estaba lejos, pero me daba tiempo de sobra. Al oír contar así, de repente el cincuenta, me lancé sin dudarlo tras el olmo. Como babeaba pelusa a los demás les daba asco. Ya antes de aterrizar de rodillas vi el charco de barro y dentro mis pantalones recién estrenados.    

martes, 1 de septiembre de 2015

Falden engel, 1


El camión de las fábulas llegaba a mediodía seguido por una polvareda delatora. A la sombra de la parra el alcalde meneaba la cabeza en su partida de mus. Se interpretaba como signo de que habían empezado a asfaltar las carreteras, pero por aquí ni se acercaban. El motor se detenía con un relincho ahogado y dos operarios bajaban con un cigarrillo en la boca y un mono que pudo ser azul. Lo primero que montaban era la caseta de la taquilla y nosotros corríamos a robar una paca donde por la noche tumbarnos al otro lado de la tapia.