Este es el texto dos mil de El Visir de Abisinia. Los primeros aparecieron hace diecisiete años, la edad del blog. Que no sea la mía no sé si provoca lamento o privilegio. Como no se sabe la vida que va a tener este artilugio, tampoco sé si es una publicación adolescente o ya vetusta. ¿Por qué pongo en segundo lugar lo que pienso? La métrica de estos textos es siempre la misma, cien palabras. Lo decidí así para no confundir lo que escribiera para el blog con lo escrito para el papel. Al final, el confundido he resultado yo.
jueves, 23 de julio de 2020
Dietario de sensaciones, 76
La luz se sienta a la puerta de una casa a coser el tiempo que no está. Una bufanda de lana gruesa para cuando no quede ninguna de las flores que ahora lucen animosas en los balcones ni los árboles se enorgullezcan del verdor con el que los mece la brisa. Cuando los abrigos, doblados en lo alto del armario, esperen en el colgador del vestíbulo y las botas avancen paso a paso clavándose en la capa de nieve que cubra la realidad. Lo que no se recuerda, la luz lo teje en la época liviana, festiva, de las sensaciones.
domingo, 19 de julio de 2020
Dietario de sensaciones, 75
Por la página en blanco de la mañana las botas van escribiendo un versículo. Ha nevado durante la noche. Se ha quedado la blancura con cuanto era conocido. El empedrado, los parterres, las señales, los edificios, los árboles. Todo lo borra de la visión. Y así voy calle adelante, inaugurando la realidad. Y por encima, los pasos que describen la peripecia. Un poema sobre la nieve, efímero, pero también eterno porque respira sin necesidad de caligrafía que lo conserve. Vive de su propio vivir. Lo escribe la diaria escritura. No necesita copias. El libro es, en cada pisada, ejemplar único.
miércoles, 8 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 03
Agua de hierro, el filo de la doladera del tiempo. Grieta. El color de la sangre cuando se coagula a la intemperie, cauce. Serenos el cielo, las antiguas locomotoras de la explotación minera, la herrumbre de los vagones, los pinos, la fábrica de los hangares, las balsas oscuras. Serena la corriente que mana como una herida que ya no duele. Los pasos crepitan sobre la grava de los caminos. Y la luz, que se compadece de sí misma por convertir lo diáfano en inquietud roja, agarrada a los herrajes junto a la puerta de los túneles excavados en la jornada.
miércoles, 1 de mayo de 2019
Septeto fluvial | 01
Una vez violines, violas, violoncelos y contrabajos ocupen el cauce, la barca de un piano aparezca amarrada en la orilla, flautas, clarinetes, oboes y fagots revoloteen como pájaros por la fronda del bosque de ribera de trompas, trompetas, trombones y tubas, y bajo mis pies suenen los timbales, tambores y el xilofón de los guijarros del camino, cuando levante los brazos y de nuevo los empiece a mover la música del río inundará la sala de conciertos del atardecer con una cadencia de ritmo asonantado, dulzor melancólico y la carta que a diario escribe la belleza sin destinatario ni remite.
martes, 23 de abril de 2019
Dietario de sensaciones, 55
Los aromas identifican lo que no
se ve. El del café, olor del tiempo que arranca con su engranaje de minutos y
horas. Y el del pan tostado, que lo es del otro tiempo, el que se lleva dentro,
el que evoca los lugares donde corrían niñas, niños, luego adolescentes y hasta
adultos, aunque todavía con la ilusión infantil en la mirada. Los aromas dan
identidad a lo que se ve. El de las calles mojadas por la lluvia, la fragancia
de las flores madrugadoras, los que abren los espacios y muestran su densidad interior.
La salida de la cueva.
miércoles, 28 de noviembre de 2018
07 | El cuaderno de páginas de azogue
En tardes de verano, viendo tejer a mi abuela junto al balcón, empecé a escribir versos. A su lado o cerca, tal vez yo estuviera sentado afuera. Pero aprendía también de ella, que contaba los nudos, las vueltas y el lugar por donde deslizar la aguja. Así, mis dedos numeraban las sílabas y distribuían los acentos. Y mientras mi abuela avanzaba en el jersey que le tejía a mi hermana menor, mis poemas se extendían por la hoja del cuaderno como un entramado de nudos y vueltas. Si me preguntan para qué sirve, aún sigo diciendo que un poema abriga.
sábado, 24 de noviembre de 2018
06 | El cuaderno de páginas de azogue
Ya no sé bien qué es un libro. Si lo que era o lo que es ahora. Lo malo del tiempo no es que le envejezca a uno, eso resulta fácilmente soportable desde una vivencia del presente, de hecho, no hay mejor edad que aquella que se disfruta en cada momento, pues las contiene todas. Lo insoportable del tiempo es que cambia la condición de cuanto existe. Aquello en lo que uno creía como sustancial no es ahora más que un pasatiempo. Así los libros. Aprendí en su carencia a necesitarlos. Los imprescindibles. En su provocativa inanidad no sé despreciarlos.
jueves, 15 de noviembre de 2018
04 | El cuaderno de páginas de azogue
Hubo un tiempo en el que disfrutaba con las voces. En transparencia creía verlas bajo los recursos expresivos que este o aquel vertía sobre su decir. Lo contemporáneo me dejaba boquiabierto bajo el cielo incendiado la noche de los fuegos artificiales. Deseaba estudiarlo, también. Lo peor del tiempo es que continúa a pesar del brillo de cualquier presente. Y ahora, aquel fulgor solo lo descubro en lo más remoto. Donde ni siquiera existe la noción de tropo y la poesía emerge directa no se sabe de dónde. Y en especial, en esas veladuras que son los fragmentos perdidos para siempre.
sábado, 10 de noviembre de 2018
03 | El cuaderno de páginas de azogue
Entre las pilas y cajones de libros viejos del mercado anticuario en ocasiones creo reconocerme. Rara vez doy con mi nombre, y si aparezco hago como que no me veo. Para que sea otro quien pueda reconocerse en él igual que entre cientos de títulos ajenos, tantos como rostros en las avenidas de la ciudad, me fijo en un libro, a veces maltrecho por los años de andar de un almacén a otro. Solo con asomarme a sus páginas advierto cómo se convierten en agua que dibuja cuanto la contempla. Y colocándolo en un estante, lo salvo de la sequía.
jueves, 1 de noviembre de 2018
01 | El cuaderno de páginas de azogue
Hay objetos que hoy parecen triviales, pero hace cuarenta años no lo eran tanto. En un rincón cualquiera de mi primera adolescencia encontré —es el verbo que más se acerca a la difusa memoria— una libretita en octavo con las hojas en blanco. Completamente en blanco. Es decir, un libro sin ninguna letra. Aún. La ilusión con la que empecé a llenar las páginas es quizá el único recuerdo fiable. Había escrito antes algún diario escolar, sin vértigo, y no sabía muy bien qué era una novela, pero tenía claro lo que quería escribir: todo cuanto no me había ocurrido.
sábado, 1 de septiembre de 2018
Maga Losnay, dietario # 601
Cuando agosto se pasea por la estación donde llegó con todo su calor a cuestas y se detiene a anotar los horarios del tren que ha de coger de regreso al calendario, es, sin duda, época de moras silvestres. Un sombrero de paja, una camiseta de las que están a punto de quedarse para trapos, una cesta en el antebrazo y por recorrer los caminos tantas veces recorridos. El placer de coger moras no procede de su sabor, astilloso y casi amargo, sino de la memoria. De las tardes que salí a buscarlas siendo la misma niña que ahora soy.
jueves, 15 de febrero de 2018
Aquí y allá | Encuentros | JAF
Abriste la cremallera de la mochila y extrajiste un libro. Bien, pensé. Acababa de levantarme para que accedieras al asiento de ventanilla. Volviste a introducir la mano y salió otro. Prevenido, añadí para mis adentros. No te quitaba la vista de encima, tú seguías a lo tuyo. Un tercero. Vaya, el viaje a Filadelfia resultará largo. Luego, un cuarto. Hay que cruzar el Atlántico, es cierto. Cuando apareció el quinto no sabía qué decirme. Fugitivo: no piensa regresar, se lleva la biblioteca consigo. Ante el sexto, Jesús, ya no pude reprimir algún triste tópico: ¿Es por si pinchamos una rueda?
miércoles, 7 de febrero de 2018
Aquí y allá | Encuentros | RPE
Rafael: aquel mediodía portugués en Troia ya estaba sentado cuando ocupaste la última silla de la mesa del costado. Y bebía el vino de una cooperativa del norte que parecía pisado en un lagar de la época de Livermoore. El de tu mesa, elegido por un entendedor que jugaba en campo contrario, era común. Al poco me preguntaste mi nombre y, agradecido, te serví una copa de la ambrosía. Mientras el tiempo se detenía para ti tras ese sorbo, el mío se estancaba escuchándote elogiarlo. Hicimos un gesto y juntamos las mesas que el vino y las palabras habían unido.
jueves, 25 de enero de 2018
# 579
No es de nadie. Si alguien al paso le lanzara una mirada de las que colocan un libro en su estante, entre dos letras no consecutivas. Pero tampoco. Si se detuviera apremiado de improviso, tan atento a los símbolos como a la naturaleza. Ensoñaciones. Los lugares de nadie que he hecho míos no son de nadie. Rincón que solo reconoce el olfato de un perro cuya dueña se ha detenido frente a un escaparate un momento antes de estirar de la correa para alejarlo de lo que no existe. Extrañas posesiones las del recuerdo, tan aficionado siempre a los olvidos.
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