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domingo, 11 de febrero de 2018

Aquí y allá | Encuentros | FNP


Uma ginginha —oí a mi espalda antes de ni siquiera haber podido pronunciar una sílaba cuando el tabernero me preguntaba qué quería. De inmediato me di la vuelta con cara de ningún amigo y lo vi. Anteojos redondos, bigotillo ralo, rostro fino y algo desmejorado. Que sejam duas—gritó, aunque había entrado solo. Me dijo que se llamaba Ricardo o Alberto, quizá Fernando, ¿quién recuerda ya un nombre en el apelotonamiento de los días? Cuando nos las sirvieron, ofreció su copa para brindar. ¿Qué celebramos? —le pregunté. É horário laboral e no entanto cá estamos—y le brillaron los ojos.

miércoles, 14 de enero de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 31


Esquinas, rincones, recovecos. Los lugares. Universos en miniatura. La mesa de la cocina. El tronco de la acacia. La marquesina de la parada del autobús. Cada lugar con su memoria, el relato de una conversación, de una caricia, de una mirada. Los lugares humildes, casi sin historia, sin prestigio. Son los que se eligen para permanecer, para charlar, para quererse. Se impregnan de una historia, una memoria y ofrecen su gratitud, su no pedir nada a cambio, su hacer sentir tan a gusto. Los lugares minúsculos, donde la época no se detiene. Ni siquiera los mira. Los propios, los inolvidables.  

martes, 23 de septiembre de 2014

Café il tempo 10


Había conservado las cajas y folletos, también las etiquetas con el nombre y dirección de la tienda donde los había comprado tras despegarlas del papel del envoltorio. Guardaba recortadas las páginas de periódico donde anunciaban los modelos que adquiría. Se hizo una foto a color —aunque ahora los colores hayan virado hacia un amarillo verdoso, casi gris— con unas cuantas piezas colocadas en ambos brazos. Sonreía con cara de estar haciendo una travesura. Luego la enmarcó y aún señorea sobre la colección de relojes que, perdido ya su cuidado, campan por el puesto de venta poco ordenado de los Encantes.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Café il tempo 05


Desde la ventana, los días lluviosos, veo pasar a los transeúntes, salvo al confiado que se dejó el paraguas en casa, resguardados por su reloj. Un reloj sin manillas ni numeración, pero redondo como una pieza de Chejov. Sé pocas cosas mirando el desolado nylon que cubre a los viandantes. Reconozco el sexo. Negro, varón. La prisa. Y puedo seguir el rastro de cualquiera con mayor facilidad si, por ejemplo, entra en un comercio. A la salida lo distingo sin confusiones. Es decir, el reloj que cubre cuando llueve desnuda a las personas. ¿Hay algo más que se necesite saber?

domingo, 20 de octubre de 2013

Caligrafías / 12


Aunque solo sea un vistazo por encima del periódico y entre el bosque de piernas del que me protege si voy sentado, al ver el nombre de esta parada regreso a la melancolía de mis quince años. Me senté en Green Park media hora antes de la hora. Apenas entraba o salía gente. Un domingo de invierno. Se hizo la hora. Me puse nervioso. ¿Qué significa quedar con alguien? Caminar, ¿hacia dónde? Tomar algo, ¿en qué lugar? Tantas cosas por pensar que ni me di cuenta de que había pasado una hora. Luego dos. Dos y media. ¿Y mi cita?

viernes, 18 de octubre de 2013

Caligrafías / 11


¿Quién dijo que era esta estación el centro del mundo? ¿Que desde aquí se podía ir a cualquier parte? Una apreciación curiosa. El gesto de quienes aguardan el metro no desvela ni un ápice de interés por un destino novedoso. Se diría que cada persona ya sabe a dónde va. Y no por vez primera. Cuando se abren las puertas de los vagones, sí es cierto que baja gente que procede de todos los rincones de la ciudad. Eso parece más sensato: aquí se llega desde cualquier parte. Como a los círculos del infierno. No de fuego, sino de horarios.

martes, 15 de octubre de 2013

Caligrafías / 10


Para sentarse, ni un hueco. Y al andén no paran de llegar. Ni el paseíto le dejan a uno. Y el estruendo que suena… de otra línea. Si hubiera combinado con la lila. Sí, es un transbordo más, pero menos estaciones. Ya estaría dentro y sin esperas. Y no se da tanta vuelta. Es más directo. Y al pasar por el centro, se liberan antes los asientos. Es otro transbordo, pero no muy largo. Aquí no deja de llenarse, ¿cómo vamos a entrar en el vagón? Cada vez estoy más convencido, debería haber tomado la otra ruta. ¿Qué hago aquí?

domingo, 7 de abril de 2013

1960

Luis Cernuda va al cine en Coyoacán

En la parada, el tranvía traza un charco de sombra rectangular. Por ese costado se salta desde la plataforma con engaño. El empedrado hierve, pared contra pared con el infierno. Y cuando el trole empiece a echar chispas y un repentino estruendo lo aleje, el sol ya habrá anegado la avenida y la tarde. Lo veo cruzar entre carros y algún que otro vehículo que vigila de reojo. Traje de lino, camisa cruda, sombrero claro. La boca pintarrajeada del palacio del cinema está a punto de comérselo, engatusando su blancura con la grata oscuridad del tiempo sin densidad de tiempo.

sábado, 23 de marzo de 2013

Becqueriana / 7


Se sientan a la mesa del Café las tardes de verano. Cuando les alcanza el ventilador giratorio melenas y rizos tiemblan un instante. Uno, con ojos inventados, explica cómo escribe la partitura para una sinfonía de la ciudad. Cuando ha de sonar una moto con el tubo de escape recortado, la dibuja en el pentagrama. Otro cuenta que se acerca con sigilo cada noche hasta su sueño para descubrirse soñando. El súbito oleaje del ventilador vuelve a erizar sus cabellos a su paso. La espuma de las cervezas consumidas, émula acaso de los artistas, graba sus abstracciones en los vasos.

viernes, 27 de enero de 2012

El descansito de media mañana

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Está a una calle y media. Tres minutos a paso de ida, cuatro de regreso. Un minuto pedir el café y elegir un bollito. Los hay de todo tipo: sin azúcar, sin mantequilla, integrales. Mejor minuto y medio. Dos para que se lo sirvan a uno. En treinta segundo se abre el sobrecito de azúcar y se vacía completo en la taza. Primer sorbo. Pedacito de bollito sin azúcar. Minuto y medio. Segundo sorbo. Bocado. Ultimar, minuto y medio. Pedir la cuenta. Monedero. Ver que no alcanza. Billetera. Treinta segundos. Cambio. Treinta segundos. Mirar el reloj: aún quedan cuatro minutos.

jueves, 29 de septiembre de 2011

La corsetería de Córcega

Una mesa, un ordenador, un póster en la pared y un empleado, eso era todo en el local que una aseguradora tenía en la calle Córcega. Tal vez no necesitara más para vender miedo. Pero los negocios cambian. Hoy paso y veo que han abierto una corsetería. Aleluya: algo que mirar en ese instante del recorrido. Me llaman la atención los maniquíes, aunque carezcan de cabeza, brazos y piernas, dan la impresión de no hacerle ascos a una buena paella. Luego las fotos, el anverso de la anorexia. Y lo comprendo. Quieren vender sujetadores a mujeres reales: otra vez aleluya.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Cœurs périphériques: fesses

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Musée du Louvre
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No se ha dado la vuelta para irse, como en el poema de Leonard Cohen, ni me cruzo con ella, vestida de negro, en un semáforo de París, sino que camina por delante en el paseo, entre la muchedumbre del verano. Como dos esferas que hubiera labrado la expansión constante del Big Bang, sus nalgas, huidas de una prenda que apenas se propone señalar límites, evocan algún mundo ideal. De repente se estanca cuanto se agita en la ciudad y sólo permanece el compás exacto, dúctil, bamboleante; un lugar para ir a vivir sin posesiones, sin memoria, casi sin muerte.

sábado, 19 de junio de 2010

Lembrança

A plomo cae la luz sobre las fachadas esta mañana blanca de junio camino de la panadería. La vivencia puede que sea mía, quién sabe, pero la frase con que la comprendo no, la aprendí en Eugénio de Andrade. Dudo que coincida con algún verso suyo, pero esa manera de derramarse la luz sobre la ciudad transformándola en un regalo recién desenvuelto o en la primera caricia de la persona largamente ansiada no es mía. Quiero decir, ya es mía porque me la dejó en herencia Eugénio de Andrade. Sin él, el paseo por las calles hoy carecería de imagen.

miércoles, 2 de junio de 2010

Porcelana oral

Al que llaman el turco voceaba esta mañana en los Encantes «libro barato, libro barato». Pronunciaba todos los sonidos, pero oírle daba la misma impresión que ver una tacita de porcelana con una melladura en el borde. En una esquina del puesto tenía alineados unos librotes. Alguien le ha tendido un volumen de aire tristón y ha respondido: «Cuarenta euro» —ya sin asa la tacita—. Ha desaparecido deprisa el comprador, y el turco se ha explicado: «Si elige solo uno entre tantos, por algo será» y lo ha retirado del montón. A partir de aquí Mamet escribió American Buffalo.

viernes, 23 de abril de 2010

Un hombre de acción leyendo

Desde el principio se creyó que el Quijote era una cosa y Cervantes algo bien distinto. Hubo quien se esforzó en mostrar lo obvio, que Cervantes estaba a la altura de su personaje. Oídos sordos. En los Encantes raro es el lote de una casa desalojada que no tenga un Quijote: enmarcado, de madera, de metal, una miniatura, un busto… la variedad es enorme, también gestos y posturas. Hoy encuentro una sorprendente: un Quijote con armadura, sentado, con un libro en las manos, leyendo. No hay mayor paradoja. Si el Quijote se detuviera a leer no sería Quijote, sería Cervantes.
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A Man of Action Reading
From the beginning it was believed Quijote was one thing and Cervantes something quite different. There were those who who went to great lengths to demonstrate the obvious, that Cervantes was as singular as his character. On deaf ears. At estate auctions rarely is a Quijote figure missing: framed, wooden, metal, miniature, as a bust... the variety of forms is enormous, as is the variety of gestures and postures. Today I find a surprising one: an armored Quijote, seated, book in hands, reading. There is no greater paradox: if don Quijote sat down to read, he wouldn't be Quijote, he'd be Cervantes.
Traducción de Mark Aldrich

miércoles, 21 de abril de 2010

Casa de pueblo en la ciudad

Me doy cuenta de que las viviendas que vacían y subastan en los Encantes son sobre todo pisos urbanos al encontrar esta mañana los atributos de una casa rural: en primer término un amontonamiento grande de útiles de campo y herramientas propias de variados trabajos artesanos. Me detengo y mi memoria de las casas de pueblo empieza a identificarlo todo: las típicas fotos de estudio enmarcadas en madera oscura, un cuadro del sagrado corazón, unos cuantos sifones, varios baúles, botellas de licor vacías, un cristo hecho con pinzas de la ropa y un único libro: una biblia de hojas doradas.

jueves, 15 de abril de 2010

Mecheros

Sumidero de vidas, en el filtro de los Encantes quedan atrapadas casi todas las obsesiones; y acaso la más simple y ñoña he visto negociarla esta mañana. Una colección de mecheros. La mayoría corrientes, de propaganda. Unos pocos casi obscenos: una pistola que al disparar saca la llama, una figura femenina que también. El vendedor, tras mostrar que funcionaban —decenas de mecheros sucios— se ha entusiasmado con el arma, a la que trataba como joya de la colección. Han discutido algo el precio. Lo han concertado en ochenta euros. Me he quedado sin saber qué pensar... de la condición humana.

miércoles, 7 de abril de 2010

Insaciable sed

Botellas. Cientos de botellas de vidrio, grandes y minúsculas, figurativas y abstractas, de bebidas y de potingues. Cada una con su etiquetita, numerada. Busco la cifra más alta: 798. Tal vez haya más. Arracimadas las grandes, en cajones las pequeñas. Toda una vida de pequeños éxitos —¡una nueva pieza!— catalogados. La vida de un coleccionista abre un vacío en quien la observa. ¿Qué sentido darle? Parece un evidente exceso de tiempo, acaso una pasión reconducida hacia el ojo de una aguja. Quizá sólo sea una ingenua partida de ajedrez con la muerte la de quien trata de vencerla comiéndole peones.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Fotografías póstumas

No sé si al antiguo propietario de esta colección de cámaras fotográficas —de variada época y condición— los familiares que la han vendido le reservaron una para dejársela entre las manos dentro del ataúd, por lo que pudiera pasar. En todo caso el dueño actual del lote lo expone en los Encantes con cuidado infrecuente: sobre una sábana blanca, extendidas y agrupadas por parecidos. Tampoco sé si estaría satisfecho con este mimo o inquieto, como el visitante que se sitúa delante del puesto y contempla el centenar de objetivos apuntándole, sin que nadie, sin embrago, intente inmortalizar ese instante mortal.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Busque, busque

Aún perplejo por la colección de figuritas de elefante que he visto, al abandonar los Encantes me llama la atención un puesto con ajetreo. El vendedor ha volcado sobre el suelo todo cuanto tenía, formando una montonera de objetos variados en la que escarba frenéticamente una docena de ancianos. Una señora, de peluquería, pregunta: «¿No tendrá una llave de paso del gas?» «¡Cómo no! Busque, busque». «¿Y una lamparita de noche? —otra de abrigo bueno— que se me rompió la que tenía». «Lo que me sobran son lamparitas de noche. Busque, busque». Cómo aburren a nuestros mayores las normativas europeas.