miércoles, 6 de abril de 2016

# 552 oiɿɒƚɘib ,yɒnƨo⅃ ɒǫɒM


Un razonamiento no vale más ni menos que el papel moneda. Ambos sirven para lo mismo: que algo pase de una mano a otra. Certifican pertenencias. Y no lo hacen ya por certidumbre ni convicción, sino únicamente por cantidad. La razón, sin embargo, no se vende; compra. Los argumentos son el papel moneda que somete voluntades. Es la libertad que las encauza. Las autopistas se alzan como gran monumento a la racionalidad. Para escribir quedan los prefijos: lo asistemático, lo irracional, lo desorientado. Cuando el convencimiento se convierte en sinónimo de conquista, solo se intuye una huida: el pensamiento desleído.

lunes, 4 de abril de 2016

# 551


A lo que queda por nombrar nadie lo ve. Y en el no oír un nombre, hasta lo innominado se desconoce a sí mismo. Se confunde con la nada, siendo algo. No hay confusión más absurda. Convierte a un inocente en reo de la galería de los penados a perpetuidad. Y como nadie lo ha nombrado se le atribuye idéntica condición a la que posee lo que ha perecido, existiendo aún. Y en el no ser leído su nombre ignora dónde habrá de darse la vuelta, cuándo tendrá que alzar la mirada, cómo sonará el lugar que replique sus pasos.

sábado, 2 de abril de 2016

# 550


Como más reales se perciben las calles de una ciudad es con su ausencia. El olor de la fritanga a mediodía, el vocerío perpetuo, la incomodidad del tráfico, la dureza del empedrado. Donde no están se huelen, se oyen, se disfrutan tal como nunca se olieron, ni se escucharon, ni seguramente produjeron gozo alguno. Solo con no caminarlas, la seducción de las calles crece. Su incertidumbre se añora; la posibilidad —ilusa— de que entre tantas cosas que ocurren sobreviva algo. Y solo ahora, cuando sucede el mayor acontecimiento, que es que nada pase, la nostalgia de lo nimio las engrandece.

miércoles, 30 de marzo de 2016

# 549


Al muro del viejo molino hace tiempo que se le voló la partitura con la que interpretaba su lugar. Le queda al desmemoriado su sola memoria para trenzar los sonidos que crean consistencias. Amontonados los sillares que han caído, hechas añicos las tejas, las vigas festín de la carcoma y la inmundicia como único residuo del tiempo. Cuando levanto la pierna para acceder a lo que fue un círculo que hablaba con el viento imagino que al devolverla al suelo no oiré nada. Y sin embargo, un chasquido. Aún la palabra muro alzada. Melodía antigua que pervive con otras letras.

lunes, 28 de marzo de 2016

# 548


No posea, tal vez, corporeidad de tiempo. Ni extensión de tiempo. Ni siquiera propicie el olor o el tacto que el tiempo entrega a los cuerpos. Tampoco acerque la apatía y el cansancio que el tiempo acarrea entre sus bultos. No es el tiempo del tiempo, sino otro tiempo el de la escritura. Tiempo poético. Tiempo que levita sobre el tiempo. Leve nube en cielo azul. Sombra de sauce en día de verano. Fuente que mana entre dos piedras. Un tiempo construido con la realidad de las palabras. Con su convicción. Con su intimidad. Con su consistencia. Un poético existir.

sábado, 26 de marzo de 2016

# 547


El manto que los jazmines han tejido sobre la tapia de un jardín. La calle. En la luz de invierno, los ciruelos florecen. El caminar me lleva de uno a otro. El viento agita las ramas. Una paloma aletea para alzar el vuelo. Los pasos de quien calza botas detrás. Un furgón de reparto los borra, pero su lejanía me los devuelve. Así es como se va comprendiendo el oleaje de lo real. Una frase que me regalan los muchachos que caminan hacia el instituto. Alguien que tiende la colada desde una ventana. Pensar, ir de una a otra sensación.

jueves, 24 de marzo de 2016

# 546


Líquido que el aire bebe durante el día, la luz abandona poco a poco el cuenco de lo real y en su fondo queda el sedimento de lo que hubo, concentrado ahora en la sequedad y en la nada de la noche. En la intensidad de lo que no está se descubre el valor de lo que no se ha ido. Los cristales en el suelo bajo el pie descalzo del que se ha desvelado. La sal de las horas que el tiempo no logra desleír. Y los afectos, también los afectos, la gasa que limpia las hendiduras del resplandor.

martes, 22 de marzo de 2016

Maga Losnay, dietario # 545


Género redundante, lo es el diario cuando copia el tiempo que ha sido. Si se ha ido, ¿qué le añade lo escrito? ¿La permanencia? Pero no amarran las palabras el tiempo como los cabos sujetan el barco al noray. ¿Qué le añade, entonces, al querer así fijarlo? El buque retenido en puerto —mientras los marineros engordan y las arañas aprovechan los orificios de la cadena que tensa el ancla para sus delirios geométricos—, ¿continúa siendo navío? Al diario le corroe idéntica quietud. Solo le libera desentenderse del tiempo: contar lo que ocurra cuando una ya no esté. Ser espacio.

sábado, 19 de marzo de 2016

1960


Tal día como hoy también cayó en sábado. Por la plaza Orfila apenas pasan transeúntes, una Vespa traquetea el aire. Desangeladas islas que asedia el oleaje del empedrado. Una la preside un simple farol. En la otra, la boca del metro por donde aparecen dos sombras apresuradas. Delante asciende mi padre, cabizbajo, nervioso; detrás, la mujer, que va a lo suyo. En la mano, el maletín sanitario. Es la hora de comer. En los árboles, secos y clamorosos de la plaza hay lunares verdes a punto de brotar. El sol se entretiene contando palomas. Y yo, con ganas de llorar.

jueves, 17 de marzo de 2016

Becqueriana / 88


Es biógrafa. Estudia la vida de las palabras. Cuándo se levantan cada día, qué piensan de sí mismas, cómo se relacionan con el aire al ser pronunciadas, dónde se sienten más a gusto. Observa sus matices, sus inflexiones, su cansancio o euforia. Confecciona con los datos estadísticas y leyes que anota en el cuaderno de los versos. Es biógrafa de las palabras, pero de vez en cuando se olvida del trabajo y de su objeto, se diría que se va de vacaciones, que silencia los vocablos para no tener que acumular más saberes sobre ellos. Es cuando se deja besar.

martes, 15 de marzo de 2016

Becqueriana / 87


El carmín que habla desde la servilleta donde ha quedado grabado construye un lugar. Piedra y argamasa, vigas de pino, tejas oscuras. Enciende el fuego al caer la tarde, en invierno, y abre las ventanas de par en par cuando la luz se alía con los sueños. Encuadra una esquina de cielo, una pincelada de bosque, el caballo blanco que balancea su cola. Y de vez en cuando la alza. Otras tardes da al mar. Una rosa recién cortada contempla la estancia en su jarrón de cristal. La música abraza los silencios. Y el carmín habla quedo en los labios.

sábado, 12 de marzo de 2016

Becqueriana / 86


En el cesto de mimbre reposan las mazorcas de maíz. Cada una tiene la forma de una galaxia. Llena de soles. Tanta luz condensada desconcierta. El labrador lo alza, sin embargo, sobre el remolque del tractor que, en marcha, lanza un humo negro alrededor que se esparce sin estrellas. Luego arranca y se va dejando la huella de los neumáticos en el camino como un sello de lacre que cerrara una carta secreta. La que guarda la intimidad de la tierra mientras gesta la llegada de la primavera. Cada universo tiene un universo dentro y nosotros, al pasear, lo desentrañamos.

jueves, 10 de marzo de 2016

Becqueriana / 85


Tus zapatos de muchacha que llega tarde al colegio te alejan del beso de despedida que acabamos de entregarnos como vitualla para el día. Veo aletear calle abajo tu falda de color duna diciéndome adiós con ansia de pañuelo ferroviario. Adiós le respondo con los ojos y la mano se me alza para agitarse a su ritmo. Imagino el bamboleo de tus pendientes de celosía en flor, fieles guardianes de la idea de misterio. Al poco solo me queda la mancha de pintura de tu blusa verde sobre el lienzo por pintar de la mañana. Que va a permanecer blanco.

martes, 8 de marzo de 2016

Maria Gabriela Llansol, charla (y 8)


Tras tanto tiempo viviendo en los puntos suspensivos, en carromatos que circulan por la página con las cortinas echadas, como las otras hermanas, o unas mujeres beguinas, o el viento aquella tarde estropeaba la caligrafía del humo… Cisca se sorprendió al ver su nombre escrito con letra de la cronista sobre el pergamino del Libro de Horas. Pensó, al principio, que se trataba de un apelativo de la Romana, o incluso de un error. Cualquier cosa que la mantuviera donde siempre había estado. Pero al saberse ella misma reflejada, y no otra, sintió angustia por la pequeñez de su nombre.

sábado, 5 de marzo de 2016

Maria Gabriela Llansol, charla (7)


Las hormigas y sus trazados geométricos. Las arañas y sus tableros de ajedrez transparentes. Los gatos y sus elipses. En la quietud lee Blanca el movimiento. Y con los dedos inquietos sobre el mástil del laúd dicta las leyes que lo comprenden. Observa el debate entre silencio y relincho. E imagina notas delicadas sobre la crin de una yegua lunar. Estudia la composición de las mazorcas despojadas de sus hojas y ensarta las palabras en las canciones que entonará el amanecer cuando coloree los campos. En la soledad adivina la voz de Blanca los amores que interpreta. Y yo escucho.

jueves, 3 de marzo de 2016

Maria Gabriela Llansol, charla (6)


Bergamota se ha cansado de ir de un lado para otro. De hacer el hatillo sin siquiera saber lo que echaba dentro, lo que quedaba fuera. Viajar se había convertido en una manera de permanecer siempre en el mismo sitio. El lugar que no cambia de lugar cuando cambia de lugar, por decirlo con gracia juglaresca. Se ha hartado. Ni siquiera se le advierte un ápice de nostalgia cuando las hermanas se recogen el pelo, se calzan las sandalias de suela gruesa y parten. Y si me acerco a consolar sus soledades, me desdeña y desaparece. Como cuando se iba.

martes, 1 de marzo de 2016

Maria Gabriela Llansol, charla (5)


Cestos de mimbre a medio llenar, o medio vacíos, arrumbados bajo un soportal. Cántaros que dan de beber al sol. Gallinas que estrenan la libertad. Basta el paso por las callejas del mercado de Marta y María, las dos hermanas beguinas, para que lo perentorio extravíe sus razones. También a mí me ocurre. Por seguirlas con la vista descuido cualquier negocio que tuviera entre manos. Y ni siquiera voy a susurrarles severa cuestión al oído y escuchar su consejo con pasmo en el rostro. Ni desdoblo las mil dobleces de una carta para oír cómo transforman los garabatos en palabras.

sábado, 27 de febrero de 2016

Maria Gabriela Llansol, charla (4)


Entrelazadas, sobre la falda, las manos. Como abandonadas entre las telas, ignorantes de cualquier voluntad. Nunca he lamentado tanto no haber estudiado los secretos de la pintura para suplir lo que la memoria no sabrá guardar durante el tiempo que viva. Aquello que contemplaba Hadewijch de Bravante tampoco hubiera podido representarlo porque mis luces solo me permitían ver un carpe blanco de tronco ancho y abotargado. Empecé a comprender el sentido de la visión cuando desvié la mirada hacia la abertura de sus ojos cerrados, la respiración alterada, el cuerpo desprendido y, sobre todo, las manos temblorosas y tan ajenas.

lunes, 22 de febrero de 2016

Maria Gabriela Llansol, charla (3)


La nostalgia de réplicas la suple Eleonora gracias a una pequeña maceta con siete bulbos de narciso. Si el terciopelo de los nubarrones cuelga como cortina ante la ventana, la coloca en el alféizar. Si una frase adolece de esta ausencia de voces por los corredores de su construcción, la deja entonces en la mesa, sobre el montón de folios escritos. Sin precaución, a veces, por regarla, vierte la jarra del agua y me apresuro trapo en mano a limpiar tierra y humedad antes de que la tinta abandone las palabras, salte de unas a otras, las confunda, las ciegue.

viernes, 19 de febrero de 2016

Maria Gabriela Llansol, charla (2)


Árbol ojival, el níspero camina a paso lento por la senda lateral y de soslayo te sonríe, María Gabriela, cuando ni siquiera lo ves porque pasas atareada con las manos en los bolsillos del delantal. Extiende la tarde su mantel de meriendas sobre los parterres sosegados. Canta una calandria entre las hojas desmemoriadas del árbol lunático. El Eriobotrya Japónica apoya su bastón para avanzar con lentitud entre los macizos de dalias y cuando atraviesas el jardín con los ojos pendientes del papel que garabateaste anoche, tus zancadas dejan atrás la leve inclinación de cabeza con la que siempre te saluda.

lunes, 15 de febrero de 2016

Maria Gabriela Llansol, charla (1)


Un charco de luz donde flotan las ramas que el viento del otoño ha arrancado. Encuentro a Ana de Peñalosa en la cocina. Escribe. El cuaderno abierto sobre el mantel de cuadros rojiblancos. La escucho con la espalda apoyada en los azulejos de la pared. Con el frescor recorriéndola. El rumor de la pluma al arañar el papel. La atiendo ensimismado. Sé que podría decir algo en cualquier momento, y Ana levantaría los ojos para mirarme. Pero entonces dejaría de oírla, así que callo. Y sin embargo hay una conversación. Las ramas del tilo que caen en la blanca alberca.

viernes, 12 de febrero de 2016

Dietario de sensaciones, 9


Este pequeño parterre, isla en el cruce de dos avenidas e inaccesible para los peatones a través del puente de listas blancas que facilita atravesarlas, tiene trazada una escueta senda en su ajardinado césped. Se puede caminar por las losas que lo cercenan, pero también yo, incívico rastreador de atajos urbanos, prefiero la tierra húmeda. Es curioso: este inmenso contenedor de memoria que es la ciudad, acaso el mayor que pueda existir real, es incapaz de recordar sus caminos, siempre sobre piedra o asfalto. Un andar desmemoriado, siempre, que no deja nunca el mínimo cauce. Salvo aquí, donde nadie pasa.

martes, 9 de febrero de 2016

Dietario de sensaciones, 8


Los sueños nos cuidan. Estiran el edredón sobre el cuerpo si se destapa. Mantienen alejados los ruidos y desvían las luces estridentes. Acarician la espalda para que la sangre la recorra con más entusiasmo. Calientan los pies cuando se quedan fríos. Esparcen aromas de flores en la almohada. Nos besan en las mejillas para que cobren color. Provocan cosquillas en la cara interior del brazo que se mueve. Colocan el pelo en su lugar si se alborota. Nos susurran al oído melodías armoniosas que imitan el silencio. Cuelan bajo los párpados imágenes sosegadas, dulces, para que se encandile el sueño.

martes, 2 de febrero de 2016

Dietario de sensaciones, 7


La platea está inclinada hacia el escenario. El suelo, alfombrado. Las butacas son de terciopelo rojo. La altura de la sala es enorme y está flanqueada por cinco círculos. El frontal de los cinco pisos y los palcos brillan decorados con molduras doradas. También el arco del proscenio luce laberintos áureos que encierran tres ojos con pinturas contemporáneas. El telón, con ondulaciones carmesíes, aguarda el momento de ser alzado. Una gran lámpara cenital, en el centro de un artesonado de fantasía, ilumina. Cuando se apague, todo quedará en silencio y sonará orquesta. En el camerino, los cantantes calientan la voz.

jueves, 28 de enero de 2016

Becqueriana / 84


En el hogar el fuego, charlatán irredento, ensaya un monólogo hamletiano. Sus versos arropan aunque no se les haga demasiado caso. Hoy preservan también del frío la chaqueta de las caricias y la blusa de los besos. Dos cuerpos tumbados sobre la alfombra azul de lana navegan el mar del tiempo. Un trío de cámara, el que forman un piano en el tocadiscos, el chisporroteo en la chimenea y el violín de los suspiros, le pone melodía a la danza de las estrellas. El gozo viste los cuerpos, el deseo abriga los corazones. La noche ciega con recato las ventanas.

sábado, 23 de enero de 2016

Becqueriana / 83


Donde el espacio nunca se degrada
por la luz o las tinieblas, u otro tiempo.
G. UNGARETTI

Apareciste en el portal
vestida de rojo
G. UNGARETTI

En los espacios que no degrada el tiempo siempre te encuentro. Apareces, sin haber llegado de ningún sitio ni haber entrado por puerta alguna, vestida con una camiseta de color rojo que también es una falda muy corta. Enlazas tus brazos a mi cuello y mi camisa y la tuya se abrazan en nuestro abrazo, primero, y después continúan abrazadas, como la encarnación de una metáfora, cuando caen al suelo y son tu piel y mi piel las que se estremecen al rozarse. Y después, cuando amanece, te descubro dormida sobre mi pecho en el espacio que el tiempo alumbra.

miércoles, 20 de enero de 2016

Becqueriana / 82


Una gota de rocío al lanzarse por el tobogán de un pétalo; un copo de nieve que resbala por el tejado de una casa de piedra; una pluma desprendida del ala de un cormorán que vuela arrastrada por el viento; una hoja otoñal alejándose del bosque; una semilla en el hatillo del campesino esperando el designio de su mano; el fruto que abandona jovial el olivo cuando la vara del aceitunero agita las ramas; la luz de una luciérnaga encendida en el corazón de la noche; maneras cómo avanzan unos labios cuando van en busca de otros labios para encontrarse.

jueves, 14 de enero de 2016

Becqueriana / 81


Los poemas de amor se escriben con la caligrafía secreta de los laberintos, pero tienen la apariencia clara, sencilla y rotunda de una flor. Se leen con la facilidad que tiene el agua para encontrar un cauce cuando desciende una ladera, pero ocultan el lugar exacto de la fuente, que solo dos conocen. Un poema de amor flota siempre sobre la superficie del significado, abierto como un nenúfar con los colores mejor combinados, pero sus raíces se hunden en la profundidad del sentimiento, de la voluntad y del deseo, lugares que la luz nunca ilumina. Nacen del fondo del ser.

sábado, 9 de enero de 2016

1916

Rubén Darío regresa a la ciudad de su niñez, León. 

Un silencio bordado de piar de pájaros y el zumbido de algún insecto cubren, como el polvo que no hay, la vieja mesa de madera blanca y las sillas de enea donde se sentaban a transitar por la humedad de las tardes. Una luz taciturna envuelve la galería donde nadie ensucia los ladrillos ni ha abandonado la lata que fue transatlántico o el tronco pelado de ceiba que se podía montar como a rocín. Aún guardará la baranda muescas que recuerden mis rodillas. Cuando me siente con la vista perdida en el anochecer oiré mi voz llamándome para la cena.

miércoles, 6 de enero de 2016

Dietario de sensaciones, 6 (La mañana de Reyes)


Mañana de pies descalzos que corren pasillo arriba, pasillo abajo. De gritos ahogados. Chillidos de sorpresa. De alegría. Mañana de zapatos alineados cubiertos de paquetes. Con colores brillantes. Con lazos. Con cartas. Con enigmas por desentrañar. Mañana de papeles rasgados. De papeles emulsionados. De papeles explosionados. De cajas huidizas, voladoras, fulminadas. Mañana de sonrisas, de risas, de carcajadas. De sueños cumplidos. De ilusiones reales. De inocencias convencidas. La mañana del año. Sin siquiera tiempo para vestirse, para desayunar, para ponerse el abrigo. La mañana de las sorpresas. Del candor. De los cánticos inarmónicos con los que se expresa la felicidad.

sábado, 2 de enero de 2016

1616

Juan de Tassis, Conde de Villamediana, duerme en un palacio florentino 

Reposado apresuramiento, impulso en calma. Estos mármoles, los jaspes estos. Algarabía serena, pasmada celeridad. La voluta de humo dorado, el salto del corcel impertérrito. Estos suelos donde los sentimientos atrapan la piedra, estas paredes donde los lienzos se iluminan con vigilias soñadas por un ahogado. En el centro los baúles, sin deshacer, y entre las ropas, acaso pasto de la misma polilla, las cenizas de un tiempo ajeno al tacto, al olor, a las voces que le otorgaron realidad. Este flujo de sangre petrificado, los carraras estos que estancan el desbordamiento aquel. La paz en el tapiz de una batalla.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Pequeño cuento de Nochevieja


—Bueno, al fin.
—Al fin, qué.
—Ya se acaba.
—Pero si enseguida vuelve a comenzar.
—Pero se habrá acabado.
—Si no da tiempo a pensarlo. Y ya ha empezado.
—Será distinto.
—El número.
—Habrá algo diferente, digo yo.
—El número.
—No solo.
—¿Qué?
—No sé. Algo.
—Qué va. Todo lo que había continúa.
—¿Todo?
—Y, lo peor, todo lo que faltaba seguirá faltando.
—¿Y entonces?
—Un espejismo.
—¿No acaba?
—Solo lo parece.
—Yo creía que al fin había un final.
—Iluso.
—Yo creía que al inicio había un principio.
—Botarate.
—Tampoco es eso.
—Ni lo contrario.
—A mí me parecía.


lunes, 28 de diciembre de 2015

1951

José María Fonollosa se instala La Habana 

Al tratar de desanudarla, la goma que sujeta la maleta se suelta con un chasquido contra las losas, se abre y dos o tres libros ruedan por el suelo. El verde alcoholizado de las paredes se carcajea con el tropiezo, y a la cómoda no le importa ser cojitranca y tuerta para sumarse a la chanza. Lamparones antiguos, en honor de las prisas que impidieron retirarla, bailan sobre la colcha. La tarde es la única excluida en la fiesta. Enmarcada en listones sin barnizar preside el cuarto una lámina con un paisaje de abetos blancos junto a un río helado.

sábado, 26 de diciembre de 2015

1827

José de Espronceda llega a Lisboa 

Como si hubiese crecido el marco pero no la puerta, o rota la antigua la hubieran cambiado por otra menor, podría haber metido una mano por el hueco antes de abrirla. Ese extraño acento en el que los sonidos acaban antes que las letras lo escucha también en el armario con medio espejo, que solo refleja la bolsa si la deja caer, o en la cortina cuyos jirones pasarían por flecos. Y no es la pobreza lo que le habla en los pobres muebles, sino un idioma que no descifra, una luz que no comprende, una soledad ente tantas voces.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Pequeño cuento de Nochebuena


—Siempre me ha parecido una tomadura de pelo. 
—¿La navidad? 
—Claro. Verás: ¿cómo es posible que dé a luz todos los años siempre el mismo día? 
—La práctica. 
—Debe de tener el calendario por la mano. 
—A quien no se le ve el pelo es a ti. ¿Qué haces por estos barrios?
—Cada año vengo. 
 —Eso, de año en año. También tienes práctica en aparecer. 
—No, solo vengo a por una carta. 
—¿Aquí? 
—Sí, me la guardan, donde vivía antes. 
—¿Una carta? 
—Un colega de la mili. Me felicita las Pascuas, ¡desde hace cuarenta años! 
 —Y tú, ¿le contestas? 
—Nunca.

martes, 22 de diciembre de 2015

1602

Luis de Góngora se aloja en Cuenca, junto a los pinares del Júcar 

Aljofarada luz la que el ventanuco lanza contra la cal para que ejerza de rosetón sobre el camastro. Se podría perseguir su antigüedad si la paciencia fuera, además de una virtud, un consuelo. En la esquina, una jofaina agrietada musita oraciones contra la pared. Una mesa mal desbastada acoge con holgura el saco que deja encima por no confiar en la camaradería del enladrillado. El murmullo de las aguas llega tan cansado como sus huesos desde el fondo del barranco. La pajarería le añade las consonantes. Se sienta sobre la manta y al apoyar la mano no recuerda mayor tosquedad.

sábado, 19 de diciembre de 2015

1901

Juan Ramón Jiménez ingresa en el sanatorio de Castel d'Andorte 

La puerta del balcón traza con la luz de la tarde una figura geométrica en el extremo del cuarto y le dibuja una falda de claridad al armario de madera oscura, enfrente. Paredes blancas, un escritorio vacío, la silla recogida. Un cuadro que refleja en el cristal la cama. La cama, estrecha. Embutida en ambos costados por una manta color arena que la hace aún más pequeña. Una bombilla en el techo. Una lámpara sobre la mesita. El sonido a golpe hueco en la tarima al dejar caer la bolsa. Un crujido para cada paso cuando se acerca al balcón.

jueves, 17 de diciembre de 2015

«Noireclaire», de Christian Bobin


Una elegía que cumple con Noireclaire veinte años. Hecha jirones. Y de cada descosido de aquella densidad, una hebra de palabras. Apenas nada. Casi sin el rastro de quien camina sobre la nieve con las suelas limpias. Sobre la página, el eco de un dolor que se ha acomodado en el hueco de los ojos. El silencio que crea en torno a sí un verso. Acaso poesía, al fin, los remiendos, pacientes, sobre el antiguo paño. La caja de latón que conserva las agujas, el hilo y el dedal como única herencia del tiempo. De quien solo guarda la escritura.

martes, 15 de diciembre de 2015

«Las guerrilleras», de Monique Wittig


Escribir es adentrarse en una tradición. En la corriente que uno elige cuando sueña lo escrito. Algunos precedentes, sin embargo, se escogen a posteriori. En una librería de viejo encuentro este libro de Monique Wittig (traducido en 1971 por Josep Elias y Juan Viñoly sic). En la composición en fragmentos del libro, de la misma brevedad e intención que siempre he deseado para lo que escriba, descubro ahora lo que he aprendido en sus páginas sin haberlas leído. Y me enseña también que una tradición nunca es temática, siempre es estilística. Esa utópica mitología femenina me ilumina desde la escritura.

sábado, 12 de diciembre de 2015

«Un año en la otra vida», de José Mateos (tríptico)


Cada vez es menos inadecuado el adjetivo «póstumo» para calificar la obra de un autor vivo. José Mateos (1967) lo sugiere desde el propio título. Cada vez es más frecuente que un autor escriba después de la muerte de las ideas que le convirtieron en escritor. O en el escritor que un día fue. Y, de hecho, cada vez será más difícil que aquel autor que aliente mantener viva una obra literaria durante décadas no deba enfrentarse a la decadencia y agonía de las ideas que le despertaron las ganas de decir lo que creía que no se había dicho.

Un año en la otra vida se presenta como un diario. O mejor, tiene su forma, aunque no lo sea. Podría considerarse una novela. O quizá un ensayo. Porque un diario en el que se ausenta la vida de quien lo escribe deja de serlo. Pese a que no del todo, pues del diario queda un imperceptible latido. Como un selfy en el que el autor se aparte en el último momento para permitir ver lo que hay detrás tampoco es una foto de paisaje. Espejo al que alguien se enfrenta solo para ver lo que hay a su espalda.

El hilo que ensarta las jornadas de este dietario entrelaza tres hebras: la elegía y el duelo por el fallecimiento de una amiga, novia de juventud; tres membrillos que, a modo de naturaleza muerta barroca, van connotando el paso del tiempo, y una serie de encuentros póstumos, esta vez sí, con amigos y conocidos que un día fallecieron y que regresan para contarle al autor lo paradójico de un estado que ni siquiera desde la muerte se puede comprender. Cada entrada diaria, sin embargo, suele tratar un asunto y sobre él la lucidez de José Mateos se despliega provocando asombros.