sábado, 27 de marzo de 2021

Cuentos del hada jubilada (trigésimo tercero)

De la poción mágica, me cuenta el viejo druida junto a la cancela de acceso a su casón de aire primitivo, mantengo solo el hábito de la primera parte: la búsqueda de los ingredientes, su tratamiento, la elaboración, el fuego, el humo, el sabor, el tiempo. La magia de lo perceptible. Me gusta más que la moderna ingeniería tecnológica. Las puertas que se abren sin que nadie las abra, los teléfonos que hablan con las personas, los convoyes de metro que prescinden de conductor, las vacas que se ordeñan solas, máquinas que aprenden. La magia ya no tiene ninguna gracia.

martes, 23 de marzo de 2021

Cuentos del hada jubilada (trigésimo segundo)

Los poemas eróticos poseen un serio problema conceptual. Pueden ser del pasado, reminiscencias de acciones que ocurrieron en un instante que desapareció. Desde este punto de vista, se convierten en elegíacos. No celebran el amor, sino el amor que ocurrió. También pueden ser de futuro. Presagian un instante de acción que, obviamente, no está sucediendo. Son poemas de deseo, pero no eróticos, porque el erotismo es una propiedad del presente. Aunque resulta difícil, acaso imposible, escribir un poema erótico en un presente erótico. O se escribe o se abraza. Este es el problema de los poemas eróticos, resultan demasiado teóricos.

viernes, 19 de marzo de 2021

Cuentos del hada jubilada (trigésimo primero)

La O tiene el 0. También la a. El de la o es más grande. Los de la a y de la e son breves. I y u no tienen. Bueno, los tienen de otra manera. Son grietas en sí mismas. Una i, una ranura. Una u, una hendidura. Pero la o, o la O mayúscula, son oquedades que se pierden al otro lado de la palabra. Resquicios en la opacidad blanca de la hoja. Fisuras a través de las cuales se vislumbra. Bien aquello que se busque, bien lo que necesite una rendija para ser descubierto en la palabra.

domingo, 14 de marzo de 2021

Cuentos del hada jubilada (trigésimo)

Se diría, si observo en el plano el itinerario de los recorridos que he realizado en los últimos meses para desplazarme mientras cumplo las tareas de repartidor de paquetería, que prefiero los atajos que alargan el camino. Elijo aquellos que acortan el trayecto hacia un lugar que se encuentra distante de la dirección a la que me dirijo. De modo que llegue lo antes posible muy lejos del sitio a donde voy. Es una forma de abreviar la ruta de la manera más dilatada. Así retraso el hecho de entregar, al mismo tiempo que apresuro el hecho de no entregar.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Cuentos del hada jubilada (vigésimo noveno)


Jugar es la forma de tomarse en serio el mundo. El espíritu infantil que no desparece con la infancia, sino que se transforma en una manera de sentir que no cree que la realidad sea la única responsabilidad del alma. La lectura imaginaria del tiempo es posible. La risa como crítica es viable. El lenguaje entendido como carrusel deleita. Uno monta un caballo blanco, con las crines al viento; otro, un camión de bomberos, con su campana enloquecida. Y las vueltas del tiovivo escriben un presente puro, que ni siquiera va a necesitar memoria, por su cualidad de tiempo continuo.

viernes, 5 de marzo de 2021

Cuentos del hada jubilada (vigésimo octavo)



El batín que viste el paisaje en mañanas de invierno. Despeinado, aún. Sin el dorado del sol en las mejillas, prefiere que nadie lo vea. Las nubes le son solidarias. Los pájaros le cantan desde la nada. Entre matorrales que no existen, al moverse hace ruido algún animal. Desde el porche de la casa, con una taza de café en la mano, busco ver algo tras la tela que lo cubre. Algún destello del paisaje. Una rama aislada, el color de una flor que desafía grisuras, un brote de lechuga entre los terrones del huerto. Nada, todo borrado. Solo niebla.

lunes, 1 de marzo de 2021

Reflejos | 8



Dibuja con negros. Matiza con grises. El blanco no rayado simula los movimientos. Le gustan las capas. Por los pliegues y, sobre todo, por la sensación de frío que transmite. Y también de inseguridad, pero fuera de la capa, en los lugares donde la mirada, pájaro que ha perdido el norte, trata de posarse sin conseguirlo. Resbala. Dos bultos, tres. Transitan por una angosta cañada. Fisuras blancas sobre la superficie cubierta a carboncillo evocan el reflejo, gélido, de la luna, en lo más alto. Con los dedos, impregnados de polvo, oscurece el contorno del dibujo. Con una chincheta lo cuelga.

viernes, 26 de febrero de 2021

Reflejos | 7



Los constructores de piscinas suelen sentarse a media mañana en el borde, con el papel de estraza que envuelve el bocadillo en las manos y las piernas al aire. Durante media hora. Al sol, si es en invierno. Dejen en un costado una cerveza, que van bebiendo de sorbo en sorbo. Lanzan después los envoltorios y botellines al saco donde se acumulan los escombros que extraen para crear el vacío que necesita una piscina para existir. Cuando los bañistas se sienten en el borde, sus piernas permanecerán sumergidas. Y tampoco podrán comer junto al agua porque las normas lo impiden.

domingo, 21 de febrero de 2021

Reflejos | 6



En invierno, el turno de noche concluye antes que la oscuridad. En el momento de salida de los operarios, a la puerta de la fábrica acuden las luciérnagas que ya se han extinguido en los bosques. Diminutas bolas de fuego que aumentan su incandescencia a cierta altura y luego, al descender, se debilitan. Con un paso más apresurado llegan los empleados del primer turno. Apenas bultos que se apresuran ante quienes continúan fumando, sin prisa por regresar. Un cruce de trenes en una estación, mientras aguarda el más lento en el andén secundario, el rápido circula en persecución del destino.

miércoles, 17 de febrero de 2021

Reflejos | 5



Por debajo de la gabardina, abotonada, una cenefa de la bata de andar por casa y la caña de algodón aterciopelado del pijama. Confía en no cruzarse con nadie, pero siempre hay alguien que al pasar baja los ojos y sonríe por dentro al descubrir la bola de plumas sobre el empeine de la zapatilla. En la negrura de la bolsa de basura, la luna. Es lo que ve desde la ventana del autobús la mujer que regresa del turno de tarde en la caja. La ha visto también en el cartelón de un anuncio y estampada en un escaparate.

sábado, 13 de febrero de 2021

Reflejos | 4



La hiedra que asciende por la tapia como un vestido de invierno asiste desinteresada a la charla del encuentro casual. Está acostumbrada a los sonidos. Hay pájaros que se emboscan entre sus ramas al atardecer, antes de acabar sus cánticos. Menos costumbre tiene del humo del cigarrillo que uno de los dos bultos ha encendido. Lo ha extraído del paquete, que ofrece compartir. La otra persona lo rechaza con un movimiento de cabeza. La llama del mechero, un corazón diminuto, ha brillado lo justo. Alzan los brazos al conversar. Solo la enredadera de las flores blancas sabe de qué hablan.

martes, 9 de febrero de 2021

Reflejos | 3



La tipografía iluminada del bar nocturno esparce pigmentos rojizos sobre la melena de quienes, en pie sobre la acera, charlan. Azules difuminados en la ropa que ha extraviado los colores, algún amarillo que dibuja brillos desparejados en lo oscuro. De repente, la magia cromática desaparece. El dueño, a continuación, impulsa la persiana con un estruendo que zanja la conversación, y con un crujido seco cierra el candado. La noche se espesa sobre los bultos que permanecen donde estaban, ahora en la condición de sombras. Solo de vez en cuando, si los faros de un automóvil los encaran, cobran momentánea realidad.

viernes, 5 de febrero de 2021

Reflejos | 2



Una fogata que alimentan ramas de un árbol caído en mitad del bosque. Ante las llamas, las manos extendidas recogen su calor. La luz se advierte concentrada solo en desvelar la verdad de los ojos que miran. La certeza se asienta en el crepitar de lo que arde. Sendas mantas cubren las espaldas de quienes la rodean. El invierno no transige. El olor de la pieza de carne que están asando se esparce por el claro y se pierde en la oscuridad. La noche es un río detenido. El destino, un dado que aún sigue dando vueltas en el aire.

lunes, 1 de febrero de 2021

Reflejos | 1



Tras el zumbido del reloj, breves movimientos en la cama, rumor de sábanas al acoger conciencias que despiertan. La persiana vibra con el impulso del viento al amanecer. Bisbiseo entre voces que se hablan muy cerca. Murmullo de zapatillas donde viajan cuerpos. El grifo, que dirige la orquesta del agua, da leves toques de batuta sobre el atril. Suena el entusiasta aplauso del café cuando empieza a hervir. El cazo con leche se sienta sobre los dedos del fogón. La ropa se despliega para adaptarse a los cuerpos la mar de contenta. Cerrada, una puerta se va a quedar sola.

miércoles, 27 de enero de 2021

Cuentos del hada jubilada (vigésimo séptimo)

Una tarde de viento, una ráfaga coló por la ventana abierta un inquieto punto rojo. Dio algunas vueltas sobre los muebles, como un pájaro que luciera un plumaje vistoso, y después fue a caer sobre el sofá, en aquel momento desocupado. ¡Mira —dije al levantar con los dedos el cáliz de una amapola— es una amapola lo que ha traído el viento! En la clase de ciencias naturales saqué buena nota; en la de creación literaria no creo que aprobara. Como sonreíste, no me importó. En un jarroncillo su acento rojo brilló unas horas sobre la caligrafía gris del día.

sábado, 23 de enero de 2021

Cuentos del hada jubilada (vigésimo sexto)

La luna, una lámpara que la lejanía enciende. Platea las tejas de la casa, las hojas de la buganvilia y las flores de jazmín caídas sobre la hierba. Con un hatillo de penumbras en la espalda transita las carreteras a horas en las que nadie circula. Brilla en los cristales de la ventana cuando los durmientes apagan la luz, una vez cerrado el libro que les ha acompañado hasta el sueño. Extiende su gélida calma sobre lo ido. En invierno pasea con un abrigo de brumas sobre el bulto de las montañas e inspira la pluma de los cuentistas insomnes.

lunes, 18 de enero de 2021

Cuentos del hada jubilada (vigésimo quinto)

La casa se oscurece. En su blancura, la cal se encoge, sábana bajo las mantas. Los aromas llegan con la brisa desde lejos. También rumores, murmullos. Dentro, muebles, libros en las estanterías, discos, cortinas, la lámpara apagada. Ahora, meros bultos, desde su sombra se convierten en niños que en cualquier sitio cierran los ojos para dormir. Los mayores se han sentado en el porche, de cara a la nada, y sus voces resuenan por las habitaciones. El tiempo es el único que se ha ido a otro lugar, tan ausente que, como en los cuentos, solo parece existir lo eterno.

jueves, 14 de enero de 2021

Cuentos del hada jubilada (vigésimo cuarto)

Desde el otoño las viñas languidecen. Desasiste el verdor a sus hojas, el viento las arranca, las lluvias las devuelven a la tierra. Su fruto se fue en cestos a rebosar, sobre un tractor que parecía ronco. Ahora llega el frío y con él la tijera que acaba con sus melenas. Apenas quedará un tronco retorcido antes de que marzo regrese con el milagro de las ramas, las hojas y el apunte de los racimos. Desde otoño las viñas se encierran en sí mismas, parecen no contar ningún cuento, pero los memorizan en la savia que hiberna en su interior.

domingo, 10 de enero de 2021

Cuentos del hada jubilada (vigésimo tercero)

La primera vez que entré en la estación de la mano de mi papá, con qué nitidez lo recuerdo, me sorprendieron lo grande que eran las locomotoras. Aún me aguardaba una sorpresa mayor. Que se fueran. Creí que para siempre. Cada tren se construía para irse. La idea creció en mí al comprobar que nada se iba nunca: ni las horas de colegio, ni mis compañeras, cada año más tontas. Nada tenía la libertad de arrancar un día y desaparecer. Por eso, cuando me dejaron salir sola quise visitar la estación. A contemplar lo que se va sin dejar rastro.

martes, 5 de enero de 2021

Pequeño cuento de la noche de Reyes

Junto a la ventana, un plato de cerámica con frutos secos, una pastilla de chocolate y algunas galletas de hojaldre. Un vaso con agua. Unas hojas de lechuga para el camello. Preside la escena una maceta donde florece una poinsetia cuyo rojo dormita en la penumbra de la sala. Al lado, un espacio vacío que parezca un lugar propicio a las descargas. La iluminación del tenue reflejo de las farolas, la persiana se ha quedado levantada, bastará como guía. Frío de enero. La luna ya en cuarto menguante. Los sueños emparentados con los deseos. La noche. Prisas para que acabe.

viernes, 1 de enero de 2021

Pequeño cuento de Año Nuevo

En cada inicio se esconde una falacia. En el de las palabras el fraude del significado, fruto cuyo dulzor deja la promesa de una semilla que se lanza al otro lado del camino. En el de los cuentos, la farsa de que la memoria los ha conservado, miel dentro de un tarro en lo alto de la alacena, a lo largo del tiempo que hubo una vez. En el de la escritura el embuste de que fue regalo de los dioses, un mar que nutre los ríos y los arroyos y alcanza el manantial y se adentra en la roca.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Cuentos del hada jubilada (vigésimo segundo)

Os diré lo que me ocurrió el año pasado. Minutos antes de la medianoche decidí subir a las almenas para desde la altura despedirme del viejo año. Ascendí por la escalera de caracol, a oscuras a aquellas horas y al llegar arriba encontré cerrada la verja. Me di la vuelta y descendí casi rodando, pero llegué demasiado tarde. Alguien había clausurado la puerta de acceso. Grité, claro, pero mis berridos se perdieron en mitad de la algazara general por la venida del nuevo año. Solo, sin copa con qué brindar, muerto de frío, abandonado. ¿Habré de despedir dos años este?

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Cuentos del hada jubilada (vigésimo primero)

El desierto es sed que se manifiesta con el vacío. No es grito, como los bosques. Tampoco oración, como son los ríos. Ni la melodía de las nubes. El desierto, cauce de un deseo. Agua que no está regando. Sombras que no habitan. Es voces que no celebran. Una mirada sedienta de realidades, el desierto. A veces, también, un oasis. Un hilo de humo que sutura lo real en lo irreal. Las palmeras, una rana que chapotea por la orilla. El oasis es un desierto que ha dejado de tener sed. Deseos que se transforman en una mata con flores.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Cuentos del hada jubilada (vigésimo)

Los cisnes avanzan por el centro del río. Se han lavado y limpiado con el pico, y han realizado sus cantos rituales. Ahora desfilan. Uno tras otro. Son los amos del tiempo. Por no verles, cuando atraviesan su territorio, los patos sumergen la cabeza en el agua con más frecuencia que de costumbre, como si de repente les entrara un ataque de hambre. Las gaviotas les graznan. Reunidas en su reducto, aprovechan su cualidad de muchedumbre para abandonar su descanso y lanzarles, a coro desangelado, sus chillidos. Los cisnes, ni se inmutan. Han nacido solo para posar en cuadros románticos.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimonoveno)


 Abandonado entre las flores queda un botón de oscuridad que la noche olvida recoger. La abeja lo encuentra. Sin atreverse a acercarse, se acerca. No percibe aromas en las inmediaciones ni su color presagia dulzores. Es más bien un agujero mal colocado en la realidad. Algo atrae al insecto hacia el fragmento oscuro. Tampoco es sonido ni textura. Quizá sea una idea, quién sabe. Pero lo cierto es que nada de cuanto ve delante está contemplado en las instrucciones del trabajo que en nombre de la reina de la colmena desempeña a diario. Y si fuera algo prohibido, ¿cómo perdérselo?

miércoles, 9 de diciembre de 2020

La siesta de un fauno | L’âme

No dejará la luz ningún destello, ni siquiera sobre la superficie del lago, ciega de tan ávida por mostrar cuanto ve. Ningún sonido en el vacío creado por el sueño de los durmientes. Y aunque me desvele, no sabré descubrir otro camino que no sea el del regreso. La ropa usada dentro de una maleta y, fuera, las canciones cuyos estribillos tararea la memoria sin saber qué dicen. Un ir que ya se parece a volver en el gesto distendido de quien pretende saludar a quien ve en el espejo. La luciérnaga que no salta de un tronco al siguiente.

sábado, 5 de diciembre de 2020

La siesta de un fauno | Bonheur



Quien regente la mirada aún no atiende al relato de mi flauta, que como niebla permanece enmarañada con los espinos y los cactus del yermo. Incapaz de remontar la métrica con la que justifico los sonidos. Un desandar lo percibido que se confunde con el haberlo vivido. La duda entre si me arranco la flauta de las manos o las manos de la flauta. Urdimbre de cabellos desprendidos durante el sueño que la trama de dedos que la reúne convierte en símbolo. Una barca que afronta el oleaje con indiferencia hacia las tareas del pescador o a su súbito ahogamiento.

martes, 1 de diciembre de 2020

La siesta de un fauno | Mon oeil

Si el desplegar de la melena por la almohada fue, ardió. No dejó de mí más yo que aquel silencio en la sucesión de estancias cubiertas por ceniza. Una ventana que abre siempre hacia otro interior. Al que aún puedo asomarme para leer la escritura del cabello sobre la blancura de la tela. Y cerrar después los ojos por confundirlo con otro meandro. Una postal en cuyo reverso quede la alusión. El broche que cierra lo que nunca estuvo abierto. O quizá sobre la almohada no durmieran las cabezas de los durmientes aquella noche y la música continúe moteando notas.

viernes, 27 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Fuites

Y recostado sobre la página del libro abierto entonase también yo mi existencia en figuras redondas sin advertir que son, en realidad, corcheas, desdoblándose en semicorcheas. Ardido ya en el pentagrama arbóreo del bosque, la ceniza oscura cae sobre la languidez de la porcelana. Una escritura. Y quedarme ahí tal como me quede, embebido de mi desaparición estorbada por una herida, la rozadura, lo espinoso del no dirigirme a lugar alguno pese al cansancio y la sed. El emplasto en la música de las palabras. La espera de los peces a que el pescador lance la red desde la barca.

lunes, 23 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Ce doux rien

El arañazo de un arbusto en la mano que acompasa el no avanzar por ningún sendero. Un eczema en torno. El escozor en el cuerpo tumbado sobre la hierba. Dentro de la vitrina. La irritación en los pies por el sometimiento a las apreturas del calzado. Descalzo, con los pies hundidos en la corriente. Llevaderos. Un chorro de agua que emerge impetuoso del interior de la tierra y cae como llovizna sobre el paisaje desde donde ha manado. Canto o lluvia, se pregunta la leve flor que acoge las armónicas notas. Una gota de sangre esparcida por la piel reseca.

jueves, 19 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | L’heure fauve

 


Hay un arroyo que ha descendido por la ladera y la altura de un castaño de Indias tiende su generosidad hasta la orilla. Unas zarzas con el fruto granado. La canción de los vencejos. Una luz sobria al mediodía. Hay, de repente, un ramillete de sentidos que se puede recolectar entre el verdor. Y entre los signos, uno cuyo destello por su candor deslumbra. La espera tiende una manta sobre la hierba y le ilusiona desconocer lo desaparecido. Habrá una danza y un escenario para la danza, réplicas que alguien dejó escritas, una certidumbre. No habrá existido lo que existió.

sábado, 14 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Marécage

La luz áptera refleja el erial en las gotas de sudor de quien lo atraviesa a pie. El crepitar de las botas entre guijarros y matas de romero pronuncia un decir ininteligible, que es lo que las guía. El propio caminar traza el camino. Roquedales, maleza, arbustos cuyo tronco la sombra cubre con una pudorosa falda. La que rodaba, rueda de carromato, con el girar de las bailarinas en el escenario. La gándara. Su inmediatez con el olvido enciende la fogata de la memoria. Las cenizas volanderas de lo comprensible. Esa costumbre de entender solo lo quieto sobre el mármol.

martes, 10 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Souhait


Si ardí mientras crepitaban las copas de los pinos en aquel incendio, alguna señal habré de identificar alrededor. Un péndulo de reloj, detenido en otra época, que solo expanda retrocesos. Un peine dibujado en la piel que identifique la llama. Algo que arranque silencios al zumbido inmisericorde de los monólogos. Y en el interior de tal hueco, un bisbiseo apenas. Un trazo sin más. Lo que sea. Un garabato. Nada será nunca suficiente, luego una brizna basta. Cualquier muesca que quede sobre el papel tendida como un cuerpo que ha dejado de atender a los signos. Un simple, ignoto, significado.

jueves, 5 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Rêve

¿Es el mismo bosque lo calcinado sobre las losas del suelo que el bosque? Que lo recorriera con un rastro de mis botas en cada charco de barro o lo atravesaran las agujas de tejer fascinaciones resulta indiferente. Si me detuve y sentado en una piedra giré el cuello a uno y otro lado por contemplar las ofrendas del paisaje o aquel día no abandoné el camastro ni las infusiones de hierbas aromáticas, nadie, ni siquiera yo mismo, puede entregar en mano una certeza. La bandada de vencejos que ha partido hacia el sur deja en el vacío un surco.

domingo, 1 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Nymphes

 

Los vientos esparcen, lejos del fuego, diminutas cenizas del bosque que arde. La incandescencia y el destello, ahora muertos, alcanzan la estancia que amuebla la música con su quietud y la cubren con el manto de las evocaciones. No me sobresaltan los lobos ni hay aullidos que estremezcan en mitad de la noche. Abrasados. Chirría la lechuza en su capitel de sombras. Insomne, le escribo al tiempo de las odas, pero solo consigo malos estribillos para el ritmo que crea la realidad desde los auriculares. La calma de las sábanas de polvo sobre los muebles. Lo desaparecido por única conciencia.

jueves, 29 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimoctavo)



Deja una mano como al azar y certera en el acercamiento. La muchacha descubre sobre sus dedos los dedos de él. Caminan por una calle alborotada. Hablan de cualquier cosa. Ella sonríe y el joven gesticula con el rostro, con el cuerpo, con los brazos. Ha dejado la mano, como por un acaso, junto a la mano que le sonríe. Los dedos se han reconocido. Dos conversaciones, lo que hablan al modular la voz y lo que las manos, en silencio, empiezan a hablar. La primera vez que sus pieles se rozan. El muchacho sujeta la mano, ella la aprieta.

sábado, 24 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimoséptimo)



Cuando escuchó en boca de un adulto la palabra carencia, la niña no la entendió, pero guardó su sonoridad en el estuche de los lápices de colores y acaba de preguntársela a la maestra. Lo primero que piensa, ahora que la conoce, es en su muñeca. No quiere que sea pobre. Aunque mientras está en el colegio, la muñeca no tiene con quién jugar. Tampoco la niña, solo le dejan llevar a clase libros. Tiene muchas compañeras, es verdad, pero no es lo mismo. Cada día le toca esperar hasta la tarde para acabar con las carencias de las dos.

lunes, 19 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimosexto)



«Nunca pronuncio pereza. Tengo un problema con esta palabra. Para mí, pereza tiene connotaciones positivas, pero la gente solo subraya las negativas. Me parece una de las pocas virtudes que hay en la vida a toque de pito que nos imponen. Ni conozco mejor manera de hacer las cosas. A lo ancho, descansando, distrayéndose, pensando en otros asuntos, adormilándose. Así es como disfruto empezando lo que me gusta y aquello que estoy obligado a acabar. Lo contrario, el incordio de la hiperactividad, el timo de la mejora productiva, me abruma», dijo el perezoso al concluir su tarea antes de tiempo.

jueves, 15 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimoquinto)



Bajo la cama es el primer lugar donde miran. Dentro del armario, con el sofocante olor de los abrigos colgados, la descubren enseguida. Al altillo no alcanza la silla ni puede con la escalera. El cuarto de la plancha se queda a oscuras si cierra la puerta. En el jardín, los aspersores se encienden sin previo aviso. Por las aceras siempre hay una mano pegada a su mano. En el supermercado no encuentra la salida. Pero un día la niña descubre el lugar ideal para irse: sentada en su pupitre, en mitad de la clase. Donde nadie la ve desaparecer.

sábado, 10 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimocuarto)



Van charlando por la calle Asturias con plaza del Diamante dos señoras de edad. La perra de una de ellas, pequeña y poco agraciada, camina pizpireta delante. Aparece un perro, feúcho, y trata de olerla. La perra se enfrenta y lo echa. Con el rabo entre las piernas el perro sale corriendo. Una de las ancianas dice: «¿Te has dado cuenta?, no se ha dejado oler por el perro». «Por supuesto —la dueña le responde con orgullo— ya le he repetido muchas veces que debe tener cuidado con sus cosas íntimas, que no ha de dejarse oler por cualquier perro».