sábado, 12 de julio de 2008

Passer domesticus

Foto de Luna Miguel
Atléticos, los gorriones —humildes habitantes del cielo de la ciudad—dibujan rayotes sobre el vacío de la hora. Pían, y su piar desacompasado ocupa el hueco que dejan los esporádicos vehículos que circulan. Carecen de prestigio estos pajarillos feos, desconfiados, tristes. Camino por las aceras que el verano aletarga, busco el cielo entre los edificios por adivinar en sus posos las señales del día y los descubro a ellos, trazando diagonales entre azoteas con tanta indiferencia. Me digo: merecerían un buen poeta. De hecho, los dos lo mereceríamos. Los gorriones en busca de almas y yo a por el pan.

viernes, 11 de julio de 2008

Bucintoro



Sedentario sin que quede otro remedio, tampoco sé soñar con el viajero que no he sido nunca. Como quien sube a un tranvía, atiende a su osco idioma de herrajes en movimiento y cree comprenderlo, así he descubierto el placer del nómada al entrar por segunda vez en el hotel donde estuve alojado hace quince años. Lejos del hastío de lo repetido y nada que ver con la incomprensión de lo desconocido, los espacios vagamente familiares reconfortan durante el desplazamiento. El hecho de saber por dónde baja la escalera proporciona una sensación placentera. Aunque haya cambiado la decoración, no importa.

jueves, 10 de julio de 2008

«Pais de sombras ríos», de Johannes Bobrowski, en Linteo

Foto de Roger Melis
El poeta alemán Johannes Bobrowski (1917-1965) vivió en los años cuarenta la guerra como soldado y prisionero en la URSS, y al final de su vida escribió libros como País de sombras ríos (1962) donde aparecen los paisajes espectrales —con frecuencia anota la fecha en el título— de aquella época: aldeas abandonadas, bosques invernales, viejos ríos, llanuras bajo la nieve y días en los que el viento dicta los versos. Lo descrito cobra vida y voz en sus descripciones de una naturaleza desdichada y de un mundo rural desolado: «Vamos / a esparcir paja. A recoger / el silencio bajo el tejado».

miércoles, 9 de julio de 2008

Ugarit

Esta tarde, dando un paseo, he descubierto en Gracia un restaurante sirio llamado Ugarit. En la ciudad de Ugarit, mil quinientos años antes de nuestra era, adaptaron los signos cuneiformes para crear un auténtico alfabeto, acaso anterior al fenicio. Con él escribían en arameo a los egipcios. El orden que impusieron a los sonidos y el nombre de algunos signos han llegado intactos hasta el abecedario que ahora uso. Cuando en 1928 descubrieron las ruinas de la ciudad apareció una biblioteca con miles de tablillas. Nunca he ido a cenar al Ugarit; lo que escribo tampoco lo guarda la arcilla.

martes, 8 de julio de 2008

Después, 2



Mientras resuena el timbre en el aparato recorro mentalmente el piso vacío donde se esparce en aquel momento el sonido. Es un lugar más mío que el mío al que no volveré nunca más. Cómo cambian las cosas en unas semanas. Arriba, abajo, la vida es una montaña rusa despiadada. ¿Dónde encontrar un instante de sosiego, una rama a la que asirse para que la corriente no me arrastre, un sentido a este pasar los días sin sentido? Cuelgo. Mi amado ha muerto. Ha muerto con su hijo. Los dos habéis muerto, quien fue mi amado y mi hijo desconocido.

domingo, 6 de julio de 2008

Venecia

Tan trivial por los colores desajustados de los turistas, todo para sacarles la calderilla del bolsillo y seguir mimando la antigua fortuna de la ciudad. Y, sin embargo, una esquina más allá: un puente, un canal, el viejo palacio, el callejón sin nadie y el silencio, tan denso, tan de verdad. Los movimientos caóticos de los visitantes cuyas lenguas en ningún momento oscurecen el dialecto recio, laberíntico, de los venecianos, que se impone en cualquier calle. Tantos tópicos como prodigios. El vaporetto recorre la laguna y entre la neblina una línea muy tenue escribe en la lejanía un nombre: Venecia.

martes, 1 de julio de 2008

Después

Dejo la maleta en el vestíbulo y recorro mi casa como animal que reconoce su territorio, pero los objetos y su disposición me resultan ajenos. Recuerdos de ciudades distribuidos en los estantes, papeles sobre la mesa del estudio, libros por leer apilados, folletos con información de la bicicleta que llevo meses queriéndome comprar. Mis ojos tienen la impresión de ser los de una intrusa que husmea. Antes del viaje, aquellos objetos sumados daban como producto mi persona. Ahora carecen de valor para mí. He de empezar de nuevo a darle significado a todo esto. A descubrirme en cuanto he perdido.

sábado, 28 de junio de 2008

Caligrafía de la mañana

Sobre la acera leo la caligrafía de la mañana, las sombras de los árboles dejan estrechas franjas para que el cálamo de la luz trace sus efímeras inscripciones. Alguien, que se ha desprendido de un cigarrillo, inserta un humeante diacrítico entre la pureza de las líneas solares. Servilletas y pañuelos de papel arrugados conviven con las hojas de los plátanos, arremolinados por el viento de la víspera; se esparcen sobre los jeroglíficos matinales como signos de un humilde alfabeto que aguarda el final de las civilizaciones aéreas para imponer su pequeñez, su cualidad de hormiga gráfica, tan insignificante como perenne.

jueves, 26 de junio de 2008

Elegía turca

Me gusta ver partidos de fútbol cuando intuyo que el juego, azaroso y trivial, puede adensarse en un argumento. Ocurre en raras ocasiones, pero si sucede despierta la literatura mítica que se agazapa en cualquier acción humana (literaria a veces; subliteratura, otras). Anoche un Alemania-Turquía presagiaba trama: ¿otro Goliat contra David? Y surgió, insospechada trama: Turquía se creyó Goliat: jugó mejor, marcó primero, se impuso. Su único error fue cederle a Alemania el desválido papel de David, que, por cierto, supo aprovechar en el último minuto. A la turca. Turquía, David arrogándose la grandeza de Goliat, pereció como cualquier gigante.

miércoles, 25 de junio de 2008

Variaciones sobre un motivo de Blai Bonet (díptico)

Un timbre amarillento devuelve su espesura de yeso que ha cuajado al rellano. Aquella pesadez blanca y húmeda, tiznada sólo por voces distantes que atraviesan muros, esculpe cada movimiento. Los dos, cara a cara, se miran a los ojos, tardan en abrir, y una mano se posa sobre su espalda, atrayéndolo con ternura hacia el pequeño fuego, apenas cuatro palos, hojas secas, unos cartones viejos, que se acababa de prender en aquel rincón de la noche. Si la ternura es la cara opuesta de la lujuria, cuando la moneda echa a rodar por el aire el resultado siempre es incierto.
II
Al caer la moneda sobre la losa, la bruma impregna el suelo con una baba oscura y la cara de la ternura deja en la piel del muchacho la cicatriz de una confusión. El amor agita el estandarte de lo aéreo mientras el fuego consume arterias secas y músculos astillados. El amor, imposible ternura, podrá esconderse tras dos puertas que, frente a frente, suspiren por el idílico momento en el que la brigada de derribos, con sus palas y piquetas, les ofrezca una posibilidad, utópica, de reunirse y abrazarse al cabo de tantos años en el montón de los escombros.

lunes, 23 de junio de 2008

Cuestiones de retórica

—¿No te preocupan esas chicas tan monas? ¿Cómo va a sentirse una bien si ellas existen? Ayer descubrí el antídoto, cuando explicaron la metonimia. ¿Recuerdas?
—Vagamente
—Mi error estaba en compararme con esas chicas monas de una manera absoluta cuando la belleza es metonímica. Lo que nos enamora de una persona es algo concreto.
—Los ojos.
—Y ese algo concreto permite afirmar que soy igual de bella.
—No te entiendo.
—Me puse a buscar en qué era yo más guapa que esas niñas. Y lo descubrí.
—¿En qué?
—En mi flequillo. Tengo el flequillo más gracioso y atractivo del mundo.

domingo, 22 de junio de 2008

Se vende

En el Babelia de ayer veo una página de publicidad a la que se ha prestado un tipo al que de vez en cuando le publican algún libro. Por ser morales, los principios los coloca cada cual donde le dicta su conciencia, y por sus conciencias les conoceréis. Hay sin embargo una cuestión ética en el aire. Este tipo ha dicho que vive —y de hecho vive— de los premios de novela en los que participa como miembro del jurado, convocados por entidades públicas. ¿De verdad se puede confiar en la dignidad de un tipo que se ha puesto precio?

miércoles, 18 de junio de 2008

Wagneriano

Si tuviera paciencia para revisar papeles daría con la fecha. Recuerdo un día nublado, desabrido. La víspera había leído sus poemas en el Aula Magna. Con bastante público. Por la mañana no tenía nada que hacer y me brindé a acompañarle por la ciudad. En la calle Lledó, donde evocamos el paseo de Garcilaso y Boscán, nos cruzamos con el grupo de saltimbanquis que aparece en un poema de Los Campos Elíseos. Frente al antiguo edificio de Catalana de Gas le dije: Tiene un aire wagneriano, por Otto, el arquitecto. Es cierto, replicó tarareando una melodía, por Richard, el músico.

viernes, 13 de junio de 2008

La tertulia de ayer sobre blogs no cesa (tríptico)

Osías: la proporción de tablillas mesopotámicas burocráticas no se diferencia de lo que ocurre con la escritura en cualquier época. Del siglo XIII se conservan montones de legajos... y una obra literaria: El Cantar de Mío Cid. De Sumer se conserva el Gilgameš. Hoy, nuestros movimientos dejan rastros escritos que se procesan: sacamos dinero en el cajero, en el super compramos... todo genera inadvertidos procesos de escritura, entre los cuales una mínima parte corresponde a la cuarteta escrita al caer el día. La proporción no es tan diferente a la mesopotámica. Tampoco la memoria: Cid, Gilgameš, nuestra cuarteta... De momento.
II
José Luis: uno no entra en un blog para quedarse. O sí. Nosotros entramos en los libros para quedarnos en ellos, ¿hay alguna diferencia entre un libro y un blog que permita pensar que lo malo o bueno de uno no lo es del otro? Cada vez es más difícil, si quieres que te sea sincero, quedarse en los libros: espurios, fantasmas, con insoportables combinaciones de literatura y subliteratura. En los blogs es al revés: cada vez hay más aportaciones literarias en medio de las escrituras triviales. Se trata de situarse en lo que decae y en lo que nace.
III
Alberto: un apego al papel similar a la desconfianza hacia las pantallas tiene detrás razones que comprendo. El papel le guarda fidelidad a la literalidad alfabética, que a su vez es (o parece) garantía del habla. Las letras que las pantallas muestran son un simulacro, el efecto de un traductor aplicado a la escritura informática —sólo inteligible para expertos— grabada en los discos. Un disco no se puede leer sin la mediación del programa adecuado y un aparato en conexión. Los libros ocupan espacio; un blog está y no está. ¿Nos acostumbraremos a prescindir de la materialidad de lo escrito?

jueves, 12 de junio de 2008

Al preparar la tertulia de esta tarde en el Ateneo

Algunos historiadores han subrayado el paralelismo que existe entre los actuales técnicos informáticos, en cuyas manos está hoy la transmisión de la información, y los escribas mesopotámicos. Es sugerente: en ambos casos la escritura real está fuera del alcance de los usantes del conocimiento —oral, entonces; alfabético, hoy—. Descubro paralelismos más optimistas. La escritura cuneiforme contenía en sus signos el recuerdo de toda la cultura pasada, que se hacía presente en la lectura —acaso porque la transmisión oral aún era reciente—; la singularidad del texto informático —su capacidad de hipertexto—, evoca aquel valor inicial de la escritura.

martes, 10 de junio de 2008

X

X, que no empieza por equis: xenofobia, xenófobo y xenófoba, xenón, xi —que en griego sí empieza por equis—, xifoideo y xifoidea, xifoides, xilófago y xilófaga, xilófono, xilografía, xilográfico y xilográfica, xilógano, xión y ahí se acaba la lista. No sólo hay pocas palabras con X, sino que además no hay por donde cogerlas. En el diccionario no aparece una acepción de mi juventud: Cine X. Eran salas sin nombre donde acudían hombres sin otra cosa que hacer a ver películas sin argumento en días sin memoria. Todo tachado por la X. Letra sin sonido propio. Como tantos.

domingo, 8 de junio de 2008

«De la elegancia mientras se duerme», del Vizconde de Lascano Tegui, en Impedimenta



Un dato alerta al curioso: Lascano Tegui publicó un libro como Rubén Darío, hijo. «Travieso» seguramente añada el lector cuando cierre el volumen. Aquel movimiento grandioso y espiritual hacia la belleza tuvo, en el tardomodernismo, un final que, por esquivar el cliché en el que se había convertido, supo cruzar a la otra parte: las menudencias de la ironía y lo cotidiano. A eso se dedica el pseudovizconde, a las traseras del brillo parisino: habladurías de cocheros, burdeles… Él mismo rebusca en su trastienda y habla de su infancia. Y de don Juan trata el aspecto más humano: su sífilis.

sábado, 7 de junio de 2008

Tetragrama de sábado

El camino hacia la panadería tiene algo de juego de niños: un saltarín ir esquivando los orines de perro. Se da uno cuenta de qué poco basta para desordenar el mundo: tres motos tumbadas en la acera por el efecto de un dios beodo. Y con qué nada se ennoblece: la ausencia de tráfico deja libre por la calle, de repente, el canto de un pájaro; miro hacia el cielo, ¿vendrá de la copa de un plátano o de un balcón donde esté enjaulado? Una muchacha habla a voces por su móvil: ¿qué poesía nacerá de esos jirones de frases?

jueves, 5 de junio de 2008

Yo

¿Quién, yo? Tan diferente sería decir eu, io, I, pero el idioma ha tomado la opción consonántica; ese aire mayestático: yo-el-rey. Y uno no se libera así como así de la monarquía de uno mismo que la lengua ha instaurado en él. Aunque prefiera las vocales en sueños complacientes, lo que de verdad emerge cuando hablo es ese yo áspero, rocoso, enfático. Su corona esconde. Su corona da por hecho. En su corona, ¿qué escondo? Me gusta que crean que también mi yo impone la evidencia poco evidente, lo firme sin firmeza; sin embargo, tal vez oculte que nada oculta.

martes, 3 de junio de 2008

Agua

En el aula de escritores del Ateneo, una habitación encajada en un hueco de escalera, ayer cabía Méjico. Lo presencial languidece en la era de las seducciones virtuales. Dos poetas mejicanas leían su obra, llena de sorpresas, ante casi nadie. Jeannette Lozano Clariond (1949) practica un lirismo de bohemia aristocrática; sus sensaciones la aíslan de la urbe en mitad del estruendo de las multitudes. Gloria Gervitz (1943) lee con una voz que emerge de latigazos sustantivos, secuencias verbales eléctricas, fragmentos perdidos de una narración sin trama, teselas de sentido de un aforismo decapitado por añorar quien no se ha sido.

domingo, 1 de junio de 2008

Autorretrato


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Foto de Alice Saga
«Me», de Polina Barsky

Un blog es una forma oblicua de autorretrato. Entre el sujeto y el soporte, que está en su mano, no hay distancia para encuadrar, ordenar el espacio, favorecer la perspectiva y permitir que actúe la mirada. Compensa estos defectos del resultado —su oblicuidad— el hecho de que no se haya necesitado la aprobación o el trabajo de otra persona para existir (en la fotografía no hay fotógrafo, en el blog no hay editor). Y también porque el resultado ejerce la seductora e inmediata función de espejo. El espejo, ya sabéis, obnubila a Narciso, pero a Plotino le revela el alma.

jueves, 29 de mayo de 2008

Hectoblog

El panel de control del programa, que con tanta generosidad lo anota todo y hace las veces del secretario que no puedo pagar, me avisa de que al llegar al final de este canapé de texto el bloc habrá anotado, exactamente, diez mil palabras. No es gran cosa, pero da para detenerse a pensar. Cuando abrí este tenderete lo hice con cien razones detrás. Con el paso de los meses, en cada entrada se rezagaba una. Llego a las cien desrazonado. No sé por qué he de seguir escribiendo aquí, y este es el mejor regalo de aniversario que encuentro.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Zorotroco

Heredé esta palabra una tarde de mi adolescencia. El sol entraba en la estancia como una visita conocida. Sobre la mesa había desplegado mis cuadernos y tras cuadrar el pequeño fajo que alternaba folios y hojas de calco, lo introducía en el rodillo con cuidado de no descuadrarlo. En el comedor la abuela hacía ganchillo y hablaba. El resto de la familia cruzaba, intervenía, empujaba para hacerse un hueco ante mi impertérrita vocación de escritor. Una de aquellas tardes lo dijo: Ese era un zorotroco. Anotaba en un papel las frases que mi abuela decía, escribía reseñas de libros, soñaba.

lunes, 26 de mayo de 2008

Innovación

—Se acabó la desnudez.
—El sudor. La grasa.
—Pero…
—Se acabaron las dietas.
—Los sueños. Nunca más soñar con el cuerpo de otra.
—Pero… ¿No es muy caro?
—Muerte al envejecimiento, ¿tiene eso precio?
—Cristal líquido, una capa finísima que recubre la piel. ¿Puede ser eso barato?
—Y…
—Se acabaron las preocupaciones.
—La envidia. Los ansiolíticos.
—No sé… ¿Y funciona con…?
—Una pila de energía injertada en la piel. Microscópica.
—Seleccione un modelo en la pantalla. El cristal líquido lo convierte instantáneamente en su auténtico cuerpo, no el de carne y hueso.
—¿Y no hay un modelo más… más… económico?

jueves, 22 de mayo de 2008

De un robador de zarzas

Foto Isabel Bono


Nunca he robado rosas en las tapias de un cementerio. Nunca he alzado la mano para arrancar una naranja en un jardín. No lo he hecho porque no se me ha ocurrido: ¿para qué querría una naranja? O porque no tenía una navajilla a mano, quizá. Aunque posiblemente no haya cortado rosas para no enfrentarme a la idea. Siempre he sido así de pánfilo. Ahora lo sé porque dos veces por semana arranco brotes de zarza en caminos y taludes para alimentar los phylliums que hay en casa. Tijera en mano, me preguntó: ¿a quién le estaré robando esta zarza?

martes, 20 de mayo de 2008

El caso de una imaginación derramada

Alberto Tugues ha hecho una revolución en el rito de presentar libros. Empezó como celebración de El espía del ramo marchito, un acto divertido e inolvidable. Allí, una de sus novias de alquiler nos detalló cómo se había rasurado la vulva para asistir al evento mientras las manos jugueteaban impúdicas bajo la mesa. Fue una experiencia insuperable. Pero hoy, al presentar El caso de una sangre derramada, ha conseguido ir más allá, donde nadie osa llegar. Ahí delante estaban, en carne y hueso, sus personajes, retándose a antiguas cartas de amor, interpretando con lágrimas reales la partitura de su prosa.

lunes, 19 de mayo de 2008

La última página

La furgoneta deja una densa nube negra en el lugar donde arranca. Como no hay brisa, le cuesta deshacerse. La observo y creo ver que el humo dibuja una palabra sobre el azul de la tarde. Abro el cuaderno por copiarla, paso las páginas atiborradas de caligrafía y he de llegar a la última para descubrir un pequeño espacio libre. No era en absoluto consciente de haber escrito tanto y de que, por ello, me quedara tan poco por contar. Cierro el cuaderno y lo deposito en el fondo del hatillo, incompleto. ¿Descubrirá algún día que he aprendido a engañarle?

viernes, 16 de mayo de 2008

El regreso

Estamos solos el piano y yo, tan cerca de Gong como lejos se hallan los sucesos que he descrito en las hojas del viejo cuaderno con tapas de cuero. Cada palabra, guardada en él como cuenco que ha recogido el agua de lluvia, es un paso que me aleja de la ciudad donde nací. Cada renglón un desgarro en el hatillo que necesito para mi marcha. Cada página una razón para atrasar el regreso. Cuando me inclino sobre su blancura asediada por las incisiones de la pluma, huye y cae una gota de la herida que aún no ha cicatrizado.

miércoles, 14 de mayo de 2008

«Botchan»


Con un argumento en apariencia menor —los problemas de un joven que empieza a dar clases en un instituto de provincias— Natsume Soseki (1868-1916) escribe una novela espléndida e inolvidable. La magia de su escritura se asienta en la voz del narrador, cuya personalidad impulsiva, irónica y vital seduce desde las primeras peripecias. En el instituto, el protagonista descubre poco a poco, con una lucidez escalofriante, quiénes son sus compañeros y qué están dispuestos a hacer para eliminar a sus adversarios. Si se desconoce que Botchan se publicó en Japón, en 1906, se diría que ocurre en cualquier instituto actual.

lunes, 12 de mayo de 2008

Amanecer


La mañana se ha abierto como un escenario segundos después de que se hayan apagado las luces en el patio de butacas. Lamento sólo que tanto esmero en el dibujo de la realidad obtenga como premio las montañas de escombros, los metales oxidados, los aparatos inútiles, el cemento petrificado, los ladrillos que sobraron de la obra, los muebles con amputaciones, los plásticos coloreados de una fiesta que se habrá convertido por arte de las metamorfosis, ahora, en el llanto de un bebé en su cuco. La brisa repinta los borrones neblinosos de la noche. Y para secar la tinta, sopla.

jueves, 8 de mayo de 2008

Calle San Vicente



Qué injusta la indiferencia con que se entra en la habitación de una sola noche hacia el esfuerzo del mobiliario por mostrar que todo está por estrenar, escondiendo tenazmente las rozaduras que hablan de otros huéspedes. Qué candor el de quien cuelga la chaqueta en el armario, encandilado por el espejismo de un lujo que le mima. Qué inútil resulta la memoria para los ratos en los que, echado en la cama, cambia de canal en el televisor como le gustaría al nómada que mantiene encerrado dentro cambiar de vida. El lugar donde no volverá a dormir esconde sus soledades.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Otoño en Carlisle / 1

OTOÑO EN CARLISLE, PA.

[Subway Restaurant, 22 de octubre de 2006]

Para Astrid Cabral

Nadie que no pasee desvelado
un domingo a las ocho, una mañana
de otoño por las calles de Carlisle,
sabrá cómo mis ojos han hablado

con Dios. Colores de comida rápida,
con hechuras y precios para el ruido
y mesas apretadas: en silencio.
Como una ermita, como un camposanto.

No estaba escrito que se entrara allí
para ver, en el anodino gesto
de una empleada solitaria, el hueco

de uno mismo. Con el desamparo
de un menú tan incomprensible como
esta vida que tiznan las ausencias.

Turia nº 85-86, marzo de 2008, pág. 121

lunes, 5 de mayo de 2008

El silencio

La tarde en la que, tumbado en el camastro de la pensión Láng, pensé que me era indiferente levantarme para salir con Qīng Wā o quedarme allí dormido, falté a la cita del jueves. Tampoco aparecí el domingo. Enfermo de esa maldición que se denomina juventud, no distinguí en el poso de angustia de la última calada frente a la pila de los tubos herrumbrosos, cuando los otros empleados habían regresado ya a sus puestos, arrastrando tras ellos el eco de las obscenidades que nos habían hecho reír, la nostalgia de Qīng Wā, el silencio que no aprendí a escuchar.

domingo, 4 de mayo de 2008

«El faro», de Guillermo López Gallego, en Pre-Textos


Guillermo López Gallego (1978) presenta en El faro, su primer libro, una extraña colección de estampas descentradas por donde cruzan seres despersonalizados (un hombre, una chica…) en ambientes que recuerdan a los cuadros de Hopper. En cada poema se entrelazan estampas de lugares o momentos distintos, por lo general tres, y se mezclan también la descripción y el adagio: «Desde el puente de piedra, / la puesta de sol parece un pavo real / sobre el tajo del carnicero, / la belleza / no es más que la forma / que tiene el tiempo / al pasar obviamente». Escrito con una conseguida impresión de texto inacabado.

jueves, 1 de mayo de 2008

El cuaderno prohibido





La languidez de los cerezos impregna con su aire cobrizo los recuerdos de un tiempo que también ha muerto. Cuando levanto la vista del cuaderno contemplo cómo un tordo se posa sobre una rama seca. Agita la cabeza, hunde el pico en el plumaje del cuello. Sus movimientos nerviosos caligrafían otra memoria cuyo dictado no sé leer. Algún roedor debe de andar entre la maleza. Me llegan los latigazos de su ajetreo bajo la hojarasca. Si me cuenta algo esa música sin tono, tampoco sé comprenderlo. Es como si únicamente atendiera a la voz que se adentra en mí, buscándome.

sábado, 26 de abril de 2008

Ella

A las ocho, el único poso que encuentro de la noche en el fondo del vaso de esta mañana —en la que va a ganar el sol— es una enorme cucaracha en la acera con las seis patas hacia el cielo. Enfrente, en una ventana, una mujer en bata se esmera por limpiarle las legañas al día. No me reconozco en el brillo que reflejan los parabrisas ni en el movimiento de quienes se apresuran por llegar a alguna parte. Hasta la chaqueta, como un vestigio de otra edad, me pide que desatienda sus cuidados. La primavera es, esencialmente, impúdica.

martes, 22 de abril de 2008

A propósito de caracoles

Si hablamos de caracoles, queridos A e I, mi recuerdo corre a la catedral de Toulouse. Me había sentado en un banco a contemplar un cuadro diabólico (representaba el infierno, creo), y al levantarme escuché un tristísimo cracrac. Al retirar el zapato, vi un caracol chafado en medio de la basílica. Sin duda, aquel era el signo de un desastre. De hecho, cada vez que me rechazan un libro me digo: lo ves, chaval, es la venganza del caracol aplastado en la catedral. Hay que andar con cuidado con estos bichos. Se enroscan dentro de uno y no perecen nunca.

domingo, 20 de abril de 2008

¿Cien peces son noventa y siete peces?

De vez en cuando le asalta a uno cierta especie de hipocondría al contemplar el trabajo de un artista que no aprecia en el que descubre, horrorizado, una coincidencia. En el Museu de Serralves inauguran una instalación de Bruce Nauman titulada Fonte de Cem Peixes. Consiste, la obra, en peces de bronce, suspendidos por la sala, de los que salen chorritos de agua en todas direcciones. El hecho de que eligiera cien peces enferma mi afición a los párrafos de cien palabras: ¿también chorrearán mis texcienillos? Alguien cuenta los peces: ¡Sólo hay 97 en la Fuente de Cien Peces! Respiro.

sábado, 19 de abril de 2008

Mañana de lluvia en Oporto (para Jorge Gomes Miranda)

La ciudad está ahí afuera, desangelada e impávida, bajo la lluvia; y yo a este lado de la ventana dispongo de un reino de prodigios, hasta las doce. A mediodía, como en un cuento de hadas, mis posesiones —un sillón con reposapiés, un televisor de pantalla plana, luces para la intimidad— desaparecerá y me quedaré a solas con la ciudad y el mal tiempo. Es el espejismo de los hoteles, que un simple día de lluvia convierte en una pesadilla. Resulta curioso este emblema de nuestra época: el paraíso esta aquí, y a las doce entrarán en él nuevos huéspedes.

miércoles, 16 de abril de 2008

Meditación camino de Oporto

De los cuarenta días de navegación del primer viaje de Camilo Pessanha a Macau se conservan algunas cartas a la familia con interesantes observaciones. Al llegar a Port Said realiza un comentario en apariencia intrascendente: «No he visto absolutamente nada de lo que se explicaba en un artículo que leí…» Estas palabras triviales ocultan un sentido más complejo: si lo «que leí» representa la autoridad, admitida con inocencia, y lo que «he visto» alberga una actitud personal, igualmente ingenua; el pensamiento crítico nace en el momento en el que entran en contradicción el principio de autoridad y la impresión personal.