miércoles, 21 de octubre de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ y 45


La lluvia deja caminos de agua en la ladera, cauces tumultuosos que dan saltos infantiles sobre las rocas, que serpentean entre los árboles o que corren hasta quedarse sin aliento. Ofrece una prosa exuberante escrita sobre las hojas, sobre la arena, sobre las piedras; en cualquier parte su caligrafía brillante y húmeda atestigua su paso. Interpreta melodías de exquisita belleza, el goteo de un canal de desagüe en el tejado, el murmullo nervioso de un torrente o arrullo de un arroyo por el prado. Hay que leer la lluvia con devoción de discípulo. En ella uno aprende a pasar inadvertido.

jueves, 15 de octubre de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 44


La granada es el único fruto que muestra con orgullo la pátina del tiempo en su piel. Cuadro expuesto durante años junto a una ventana, el polvo de las estaciones ha oscurecido sus colores. Bronce que culmina la piedra blanca de una fuente, la intemperie ha escrito su épica ciega sobre los antiguos destellos. Es también el fruto con mayor densidad en su interior. Es a las frutas lo que los rascacielos a la ciudad. No resulta fácil descascar una granada. Hay que utilizar los dedos con el arte que admiro en las manos al rondar por un cuerpo emocionadas.

sábado, 10 de octubre de 2015

El pabellón dorado [27]


Escribir es una incisión. Aunque no pueda leerlos, me seducen los libros impresos en tipografía. Los antiguos. Cuando cada letra producía una hendidura en el papel. Una señal del paso de la escritura por su trama. Leerlos, creo, será como ir excavando con los ojos las palabras en la duna de la página. Así lo imagino. Los libros de ahora, sin embargo, no se distinguen en absoluto de las hojas en blanco de mis libretas. Idéntica lisura. A veces escribo sobre otras escrituras volátiles sin darme cuenta. Escribo, fijo una marca en la superficie del tiempo para que la transporte.

miércoles, 7 de octubre de 2015

El pabellón dorado [26]


También me gusta escribir. Me imagino mis libretas llenas de garabatos. Sin embargo, cuando alguien me ve trabajar se sorprende siempre de las páginas en blanco, una tras otra, que voy dejando atrás. Disfruto con los chistes que inmediatamente se me ocurren para burlarme de la ingenuidad de los videntes. «Sí —les digo muy serio—, es una ventaja. No se tiene nunca miedo a la página en blanco». Qué incómodos les presiento. Y cuando me ven con la regleta y el punzón añado: «Y no me mancho los dedos nunca de tinta». Se ríen con cierto temor a reírse.

viernes, 2 de octubre de 2015

El pabellón dorado [25]


Leo. Me gusta leer. Tiene algo de melodía interpretada en el piano. También de caricias sobre un cuerpo soñado. Cuando leo que el personaje de una novela roza con sus dedos los hombros desnudos de la amada son mis dedos los que acarician las palabras que evocan la espalda de la amada. Hay un punto en el que el tiempo de lo leído y el tiempo del lector se confunden. Se enredan. Y al leer no solo conozco, sino que actúo dentro de la historia que leo. Siento a través de la piel lo que experimenta quien lo ha escrito.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Falden engel, og 14


Del viejo aserradero queda un cobertizo que nada protege cuyo tejado juega al ajedrez con el agua cada tarde de lluvia. Las limaduras que volaban por el aire forman familia en el suelo con la maleza y las bolsas de plástico que arrastra el viento. Alguien se entretuvo en arrancar el cartel que ahora, bocabajo, nombra el cielo para los insectos que lo habitan. Si camino por la antigua carretera suelo desviarme donde lo hacían los carros cargados de troncos. El último transporte permanece apilado en un extremo, formando una pirámide de círculos blancos que al anochecer aún fingen refulgir.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Falden engel, 13


Cada árbol abatido por la tormenta, mal encajado entre los troncos erguidos que el viento zarandea, se convierte lentamente en un libro. Lo abraza la hierba como si quisiera compensar con su verdor la sequedad del caído. Las arañas se dan prisa en vestir los huecos que deja la definitiva quietud. Conforme la humedad va abriendo grietas en lo que fue edad, una población de escribas se distribuye por su interior para caligrafiar con signos algo cuneiformes la memoria del bosque. Un libro en el que todo queda inscrito para que nadie lo lea. Para que lo deshaga el tiempo.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Falden engel, 12


Taparse, como quien se cubre con una manta; acaso, sumergirse. Dejarse invadir por la levedad de granates y ocres, por su frondosidad ahora a merced del viento. O de las botas de los caminantes. Caer cuando caen. Sentir el otoño como una huida. El río detenido que de repente alcanza el mar. Un mar amarillento, castaño, rojizo. A merced de la intemperie. Casi duna en lugar de mar. Crepitación, chasquido, rumor. Suelo sin rigor de suelo. Sin el estiramiento. Montón que se hunde con el peso vertical, cúmulo que incita a desaparecer. Arroparse, desnudarse quizá, con las hojas que caen.

martes, 22 de septiembre de 2015

Falden engel, 11


Con mano imprecisa de escolar ante la libreta de caligrafía donde aprende a escribir, cada día el río bosqueja la torre medieval. Su esbelta altura, las almenas con forma de punta de lanza, los penachos de verdura que han prendido en los resquicios entre las piedras. No se olvida de ningún detalle. El agua, que todo se lo lleva hacia la nada, la hojarasca y los plásticos, las promesas y las vanidades, respeta la imagen de la torre, sin acabar nunca de dibujarla del todo, siempre en el mismo lugar. Y casi impresiona más contemplarla así, temblando sobre la corriente.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Falden engel, 10


No se me parece en nada. Carraspea al decirlo mientras camina alrededor y los tacones resuenan en la iglesia vacía. No solo mis honorarios sino la propia vida se tambalea a cada paso. Hasta los dos años de desbastar y lijar con mimo el alabastro regalaba a cambio de la congoja de tallar el sepulcro de quien me lo ha encargado. Hoy vestido para la entrega con las mismas ropas que imita la piedra. Me mira con indiferencia y de repente empiezo a respirar. Y menos mal, porque este es un muerto y yo estoy vivo, ¿cómo iba a parecérseme?

jueves, 17 de septiembre de 2015

Falden engel, 9


Sumergido en la piscina, la verticalidad propia de la especie se convierte en horizontal. Es la forma con la que se avanza dentro del agua. También es el modo natural de mirar las cosas. La severa cuadrícula de las baldosas, el tapón de un oído que ha extraviado algún bañista, los recuerdos que entretienen la mente cuando se nada. El mundo vertical que se yergue al aire cuesta mantenerlo dentro, inmediatamente se acuesta sobre el eje perpendicular. Se echa, dormita, yace. Es difícil de determinar, aunque entretiene pensarlo mientras cada brazada deja atrás lo mismo que encuentra delante.

martes, 15 de septiembre de 2015

Falden engel, 8


Allí donde los ciervos han pasado la noche se ve la maleza hundida por el peso de los cuerpos. Es el vestigio que deja su movimiento. En el refugio donde he pasado la noche recojo la colchoneta, el saco de dormir y los restos de la cena, que amontono en una bolsa que voy a tirar en el primer pueblo por el que atraviese. Procuro así que cuando llegue el próximo caminante no sepa nada de mi tránsito por el lugar. Y nada sabrá hasta que pase por este claro de bosque y descubra las hierbas aplastadas. Recuerdo que compartiremos.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Falden engel, 7


Tan fácil como es rodar por el suelo al pisar un pavimento húmedo, siempre tuve precaución al cruzar el vestíbulo que limpiaban a la hora del almuerzo. Paso a paso, cimentando el equilibrio desde los tobillos. Casi una técnica. O la cantidad de desniveles y hundimientos que acumulan las aceras, sobre todo cuando se anda con prisas, como siempre anduve, sin embargo le presté atención a cada saliente para asegurar la zancada. Desprecié las ganas de tumbarse en la arena, sobre la hierba, o sentarse donde no hay asiento. Y cómo lamento el no habernos besado nunca sobre las losas.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Falden engel, 6


Si tuviera una cámara aquí a mi lado la apagaría. No es posible que en un rectángulo quepa lo que estamos viviendo. Con las cabezas acostadas sobre la arena húmeda de las dunas, delante de los ojos una galaxia se despliega entera con una grandiosidad que no pertenece a la imaginación. Sobre el océano, al que oímos mecerse doméstico, gato que se lame las patas, la luna habla consigo misma. Si apenas cabe en una vida, cómo buscar encajarlo en un mensaje de pocas palabras. Nadie lo iba a creer. Tampoco cuando cerramos los ojos para sentirlo de otra manera.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Falden engel, 5


La noche de verano se acerca de puntillas, con cuidado de no ser oída. Nadie quiere saber nada de ella en el banco más apartado de la plaza, al otro lado del sauce. Si no llegara, o si viniese para traer otra página nunca leída de la realidad, el brazo olvidado sobre la pierna, la espalda sobre los listones de madera, el pie que desconoce el destino de su sandalia, la pequeña colección de palabras inventadas que salmodian la tarde podrían continuar más allá de horarios, fechas, cursos, notas, como siguen tumbados en la hierba las figuras de los cuadros.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Falden engel, 4


No siempre es. Aunque tampoco se puede simular. O solo su simulacro. Lo que no es para comprobar que no lo es. No es una obviedad. Nada de cuanto la concierne es una obviedad. No siempre es. Aunque se hayan cerrado los ojos para no ver, y los brazos y las piernas y la boca permanezcan inertes. Y solo se quiera oír lo que está dentro y no se quiera admitir que haya nada fuera que entre. Aun así, no siempre es. La hormiga que se adentra con curiosidad en el orificio de la nariz desvirtúa la voluntad del silente.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Falden engel, 3


Las aguas del río bajan color café con leche y da apuro bañarse. La corriente parece pintada con pinceladas gruesas, de las que gotean óleo sobre el lienzo. Nada más dar cuatro brazadas en cualquier dirección desaparece la minúscula playa. Entre las ramas de los árboles, que caen como lianas, y los juncos no hay donde acercarse a la orilla. Si se hace pie, el limo del fondo produce en la planta una sensación desagradable. Si hay peces no se ven, y si hubiera otros bichos, tampoco. Nada más llegar, ya chapotean todos en el agua mientras, tumbado, sigo pensándomelo.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Falden engel, 2


No había alcanzado el seto cuando acabó de contar. Lo hizo así: veintitreintacuarentaycinco, cuarenta y seisietochnue y cin-cuen… Creí que podía esconderme antes de que se diera la vuelta y me viera y tuviese que declararme muerto, una vez más el primero. Tras el seto no me hubiera visto en años. Estaba lejos, pero me daba tiempo de sobra. Al oír contar así, de repente el cincuenta, me lancé sin dudarlo tras el olmo. Como babeaba pelusa a los demás les daba asco. Ya antes de aterrizar de rodillas vi el charco de barro y dentro mis pantalones recién estrenados.    

martes, 1 de septiembre de 2015

Falden engel, 1


El camión de las fábulas llegaba a mediodía seguido por una polvareda delatora. A la sombra de la parra el alcalde meneaba la cabeza en su partida de mus. Se interpretaba como signo de que habían empezado a asfaltar las carreteras, pero por aquí ni se acercaban. El motor se detenía con un relincho ahogado y dos operarios bajaban con un cigarrillo en la boca y un mono que pudo ser azul. Lo primero que montaban era la caseta de la taquilla y nosotros corríamos a robar una paca donde por la noche tumbarnos al otro lado de la tapia.

domingo, 30 de agosto de 2015

El pabellón dorado [24]


Aquello a lo que considero conocimiento carece de valor. ¿De qué sirve saber la dirección del viento y sus componentes, adivinar la presencia de una flor antes de que la tapia permita verla, distinguir la especie de los insectos por el sonido del vuelo, anunciar quién se acerca por el callejón con solo oír cómo resuenan sus pasos, señalar el sur en cualquier cruce de calles, afear al pianista las notas que ha errado en el concierto? ¿De qué vale deslindar las medias verdades de las mentiras en el discurso del embaucador si ya me consideran todos un pobre engañado?

martes, 25 de agosto de 2015

El pabellón dorado [23]


Eso no puedes saberlo.
Madre, ¿por qué? ¿Porque no lo veo?
No, no es eso. Tampoco es tan importante verlo.
¿Entonces?
Nada, no puedes saberlo. Confórmate.
¿Conformarme?
No todo el mundo ha de saberlo todo.
Son ideas muy extrañas, madre.
No, son las ideas, nada más.
Creo que eso sí puedo saberlo.
Podrías, claro.
¿Entonces?
Nada, tampoco vale la pena que lo sepas. No es nada.
Si no es nada, ¿por qué no saberlo?
Me estás enredando.
La que ves el cordel eres tú.
Yo no veo ningún cordel.
¿Entonces con qué te enredo?
Solo sabes decir entonces, entonces.
¿Entonces?

domingo, 23 de agosto de 2015

El pabellón dorado [22]


El don más extraño de la ceguera es la asimetría. A aquello que sabemos nosotros se le llama ignorancia y cuanto desconocemos se tiene por conocimiento. Saber que se acerca una bicicleta, la dirección del viento que sopla en una calle, intuir que los excrementos de un perro no fueron retirados por su dueño de la acera. Lo que no sabemos: que hay cristales de botella rota en el pavimento, que los charcos guardan la memoria de la lluvia largo tiempo, que la pelota huida del parque infantil cruza por el aire. Lo que denominan conocimiento es lo que desconozco. 


viernes, 21 de agosto de 2015

«La ciudad de las desapariciones», de Iain Sinclair


Desde la primera frase que leo en este primer libro que se traduce de Iain Sinclair (1943) me descubro a mí mismo como discípulo suyo desde siempre, aunque hasta hoy lo haya sido sin saberlo. También como vecino, colega, amigo. Como lector. Discípulo de su estilo metafórico, hiperactivo, visionario, tan hiperbólico como a veces necesita la realidad para ser captada con exactitud. Pero sobre todo de su manera de pensar desde el espacio. Busca, primero, el lugar desde el que contar lo que ocurre; encuentra, después, en el lugar los símbolos que lo sostienen; describe el lugar, siempre, para pensarlo.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Becqueriana / 76


Las rendijas de la persiana cuelan con la luz una imagen abstracta de la realidad. Entre las tiras negras brillan verdes luminosos donde da el sol y verdes apagados en las sombras, azules centelleantes, destellos color teja y otras mezclas cromáticas difíciles de definir. Sus líneas paralelas trazan en la pared un dibujo geométrico de una escuela pictórica formalista. En medio se encuentran los caminantes inadvertidos del museo de arte contemporáneo de las tardes de verano. Un mismo pintor capaz de desarrollar con una única pincelada dos estilos contrapuestos. Igual que los cuerpos, a veces, que siendo dos devienen uno.

lunes, 17 de agosto de 2015

Becqueriana / 75


Las manos interpretan la realidad. La partitura de la realidad. Son el instrumento que convierte los signos en melodía. Las manos. Cuando se acercan, cuando se entrelazan, cuando acarician. Una música que emerge de inmediato para convertir las palabras y los pensamientos en sonido. Notas inertes cuyo súbito revivir solo conocen las manos. Al acercar una cabeza al pecho, al recorrer con delicadeza los senderos blancos del cuello, al sosegar la inquietud de un brazo. La melodía desconocida de las cosas que las manos tornan diáfana. Un estribillo, un baile, una fiesta. Cuando la realidad pasa a ser una emoción.

sábado, 15 de agosto de 2015

Becqueriana / 74


Tramoyistas, las aves no cesan en su empeño de fijar en su sitio las grandes telas del cielo, de pintarles nubes blancas e infantiles, de extender las alfombras que simulan bosques y arrugar el papel de estraza de los caminos por donde circulan los tractores. Infatigables maquinistas, los pájaros preparan cada amanecer los decorados del gran escenario de la realidad. Basta con situarse, aún en pijama, en el centro y empezar a entonar el aria del día. No importan tampoco las notas. El coro de camelias y de nomeolvides recién abiertas las acompaña. Se canta el gozo de estar cantando.

jueves, 13 de agosto de 2015

Sin relato


Mamá, pregunta el niño, ¿dónde vamos cuando nos morimos? A ninguna parte, desaparecemos. Lo dice sin pronunciar todas las sílabas, como sin decirlo. El niño, que posiblemente no lo haya entendido, lo traduce: ya sé que cuando nos morimos vamos al cielo. Mamá, vuelve a preguntar el niño tras darle a la idea dos o tres vueltas, y cuando nos morimos, ¿podemos llevarnos todas nuestra cositas? La madre, en el mismo idioma confuso, le responde algo así como no vamos a ningún sitio, no llevamos nada. El niño se queda contrariado. Qué escasa poesía ha dejado el existencialismo, me digo.

martes, 11 de agosto de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 43


Cinco cuerdas paralelas sobre el blanco azulado del cielo. En el balde, la ropa húmeda. En el saco de tela, las pinzas. Se diría que voy a tender. Sería esta, sin embargo, una manera de ver las cosas con escasa visión. Lo que voy a hacer es a componer una sinfonía. La sinfonía de la mañana. Las cuerdas, el pentagrama. Las piezas de ropa, las notas. La pinzas, la pluma del compositor. Elijo una blusa, la. Una camisa, mi. Un pantalón, do. Un sujetador, sol. Una camiseta, fa. Las pinzas van fijando las notas. El viento, gran instrumentista, las interpreta.

domingo, 9 de agosto de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 42


Un piano es siempre un lápiz. Con una línea traza el horizonte. Las montañas, la niebla que las corteja. Con un sombreado es capaz de darle intensidad a la luz. La crea cuando oscurece el blanco áptero del papel. Del silencio. Las notas, en ocasiones, se entrelazan como una trama cruzada que le añade al dibujo sonoro suavidad o aspereza, una sensación en la yema de los dedos que entra por los oídos. Por los ojos. Con círculos de arpegios se construye el movimiento. Sobre la lámina, en el aire. Un impulso que acelera los objetos. Que los hace bailar.

viernes, 7 de agosto de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 41


Los acontecimientos históricos de la tarde: el brinco que da el gato para alcanzar la rama del níspero por la que trepa. El giro que insinúa la rosa más alta del rosal en dirección al sur. Los pasos de danza que ensaya sobre la mesa del jardín el gorrión para acercarse desconfiado al charco donde va a beber. Las noticias cruciales de la actualidad: el ruidoso vuelo de la cetonia que se detiene en el respaldo de una silla. La glicinia que se descuelga, como un farolillo, desde el techo del cenador. El silencio que regala la lluvia cuando cesa.

miércoles, 5 de agosto de 2015

El pabellón dorado [21]


Los ojos más certeros no son aquellos con los que se mira. Ver es la acción humana más inútil. Apenas sirve para pasar el tiempo. Una distracción. Son las palabras los auténticos ojos. Lo que traduce formas y colores a lo conocido. Ver y no saber lo que se ve es mirar con un hueco en los ojos. No ver y saber lo que se ve es mirar con los ojos del lenguaje. Nada hay que al decirlo no colme la visión. La naturaleza es un poema que no necesita que nadie lo ilustre. La mera lectura basta para significar.

lunes, 3 de agosto de 2015

El pabellón dorado [20]


No ver lo bello rara vez le resta belleza. El tacto, el aroma, el sonido son, con frecuencia, los verdaderos portadores de sensaciones. Su epicentro. Tocar, oler, oír es, muchas veces, el acceso más directo a la hermosura, sin el estorbo de la visión. Por eso al acariciar, al inspirar, al escuchar una melodía, las personas necesitan cerrar los ojos. La imagen crea un espejismo de la impresión sensual de lo bello, pero la impresión tiene un valor en sí misma que la imagen consigue sugerir, pero no proporcionar. Quien ve se hace una idea de la belleza. Sin verla.

sábado, 1 de agosto de 2015

El pabellón dorado [19]


Hay quien cierra los ojos ante la belleza. Un paisaje, un cuadro, una flor. Para atraparla, quizá. Para que le dé tiempo al alma a grabarla con el punzón del instante y el aguafuerte del vacío, es posible. Lo he interpretado siempre, aunque nadie pensara en ello al hacerlo, como un gesto solidario con quienes no podemos admirar lo que se ve de la belleza. Un pensar en nosotros cegando lo que tanta satisfacción acaba de darles. Un tenernos presente delante de la belleza como nosotros tenemos en cuenta a los videntes al abrir ostentosamente los ojos para nada ver.

miércoles, 29 de julio de 2015

Becqueriana / 73


En una mano el hervidor y en la otra la tetera. El agua se esfuerza por mostrar su sueño de ser nube. Un ramillete de hierbabuena canturrea impaciente sobre el mármol de la cocina. En la mesa, sobre el mantel de cuadros, hay alineadas dos tazas y, en medio, un plato de barro con galletas de avena. En la emisora que está sintonizada suena un tango cantado con voz de mujer. El último sol de la tarde extiende el brazo por los hombros del clavel en la maceta del alféizar, que reclina la cabeza sobre el pecho de su ámbar.

jueves, 23 de julio de 2015

Becqueriana / 72


Sus formas rojas son las últimas en aparecer cuando una lámina de luz empieza a deshacer la oscuridad. Pero al surgir entre los otros colores ya formados en el ojo, captan toda su atención. Pequeñas bolas encarnadas y brillantes colgadas de una mata o de un arbusto, frutos caprichosos que parecen regresar a la madrugada de una noche de fiesta, aún con la euforia en las mejillas y en la ropa. Se parecen los frutos rojos a los besos. Cuando aparecen en la luz absorben todas las sensaciones de los cuerpos, hablan por las palabras, le dan nombre al gozo.

sábado, 18 de julio de 2015

Mis contemporáneos 03. Ezequiel Zaidenwerg


Aníbal me presenta a Ezequiel Zaidenwerg en el andén de una estación de metro. Sé que vive en Nueva York y que es capaz de iniciar un prólogo mencionando una reseña de Ashbery escrita en 1957. A ambos datos, tan significativos, añado ahora una camisa estampada con flores de montaña, unos ojos de azul muy tenue y una barba algo descuidada. También le escucho hablar. Mejor sería decir que le leo hablar. Sus frases encierran dentro infinitas frases sin perderse nunca en el laberinto de la sintaxis. Entrevera una ironía sutil —que pese a no conocerle, entiendo siempre—, oscura. Literaria.

martes, 14 de julio de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 40


Algunos libros que se leen durante las horas de los días calurosos. La novela que escribe la espuma de la ola al romper alrededor de los pies cuando caminan descalzos sobre la arena húmeda.  El ensayo sobre la versatilidad de los triángulos que publica la bandada de patos que se alejan hacia el oeste. Los poemas en prosa que recita el ferrocarril al cruzar el puente de hierro sobre el río. Y los poemas en verso que declama la corriente si cazan en sus aguas las gaviotas. Libros de la biblioteca de la tarde en un estante de la memoria. 

domingo, 5 de julio de 2015

Café Lehmitz #9


La tarjeta que se rasga tras la visita incómoda y al poco se descubre un posible interés y se rescata y se unen los pedazos con cinta adhesiva sin que aparezca el que contenía el número de teléfono, así las tardes en el Café. El jarrón que al desenvolverlo se golpea y agrieta y se disimula contra la pared, pero ya nunca lucirá las flores que presagiaba ni albergará el agua que les dé vida, así las noches en el Café. El libro que ha perdido sus cubiertas, muchas páginas y el índice, y no se sabe quién lo escribió.

sábado, 4 de julio de 2015

Café Lehmitz #8


Los números impares suelen ser más locuaces. Quieren que pase desapercibida su condición. Su soledad diluida en la camarilla que reclama al camarero una ronda gratis.  Aunque no todos. A quienes les gusta gustar se transforman en columnas adosadas a la pared maestra y miran con mirada adquirida en cines de sesión doble. No ven al que se acerca sino como una oportunidad de verse a sí mismos. Sueñan con convertirse un día en la persona que se proponga conquistarlos. Que se acerque con un espejo en el rostro. Amarán solo a quien los admire tanto como ellos se admiran. 

jueves, 2 de julio de 2015

Café Lehmitz #7


Abrir los brazos. Levantarlos. La cabeza hacia atrás. El pecho franco. Los ojos cerrados que miren al cielo. Abrazar a un dios que acaba de entrar en el Café de improviso con un halo de frío en la voz. Alzar los brazos. Celebración solitaria. Elevarlos para beber y ser bebido. Un momento único, antes de recoger sobre la mesa los pedazos del vaso roto o por el suelo los desperdicios de un deseo. Erguir el cuerpo. Los brazos. Haberlo dado todo por bailar una música que nadie escucha. El precio más alto que pueda pagar quien nada ha dejado atrás.