martes, 19 de mayo de 2009

Alberto:

está bien que vayas escribiendo mientras aguardas —o la buscas, da igual— la llegada de la poesía. Como posiblemente se retrase, no por ella, que suele ser dama puntual (un oxímoron como otro cualquiera), sino por ti, que la recuerdas como una pequeña emoción efímera cuando acaso ya sólo sea una conmoción cerebral, pues no está mal escribir otras cosas, de otro modo, contarlo incluso si uno no sabe de qué hablar. De hecho, cuando haya pasado el tiempo tal vez descubras que su ausencia es lo mejor que te ha dado. Ella es así. Kafka la llamó la metamorfosis.

domingo, 17 de mayo de 2009

Mompou

Barcelona, composició decorativa, 1932. Óleo.
En cuanto uno se detiene a observar los cuadros de Josep Mompou (1888-1968) expuestos en La Pedrera descubre no pocas paradojas en el remanso de su coherencia. La que más sorprende: que siendo un pintor culto que encubre las citas con discreción y elegancia, su mirada hacia la realidad coincida siempre con la tópica del paisajista de fin de semana. Su afición a las naturalezas muertas contrasta con una aspiración colorista inquietante. La distancia sentimental que impone a los motivos, propia del convencionalismo burgués, no logra ocultar un aire cosmopolita. Y al revés, su cosmopolitismo se tiñe de tristeza provinciana.

viernes, 15 de mayo de 2009

Económicos economistas

La consecuencia más cargante y antipática de la crisis es que vaya uno por donde fuere siempre encuentra a alguien hablando de economía. La economía es la única ciencia cuyo conocimiento tiende a la simplificación y generalización máximas. Dicen «3% de PIB» como si fuera una revelación. Suelo compararlo, entonces, con alguien que al regresar de Estambul afirme «los turcos usan bigote» como sublime exponente de su experiencia. Con todo, estas simplificaciones resultan lo más sensato que se escucha decir a los economistas; cuando se ponen a hablar de la sociedad y la analizan con más palabras, provocan vergüenza ajena.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Hildur

Ayer, en la cripta de La Central del Raval alumbramos Hildur. Oficia sobre la memoria Mauricio Wiesenthal, proustianamente. Toni Montesinos, impaciente por condición, habla «bien e tan mesurado» de la paciencia. La literatura órfica estrena su novela sobre Eurídice. No sé por qué el regreso de Orfeo a las tinieblas uno se lo imagina camino de los cielos. Acaso porque el infierno esté siempre en la orilla de aquí. Hildur/Eurídice emprende el aciago viaje a la vida en busca del busto de sal de su amado. Aunque la sal le entre por los ojos, por la boca, por el alma.

domingo, 10 de mayo de 2009

Multatuli (tríptico)

(1)
En Ámsterdam, conforme se sale de este café, a la derecha, en mitad del puente que cruza el canal, donde antiguamente se alzaba una torre carcelaria, hay una escultura de piedra oscura que evoca la figura de Multatuli, seudónimo del escritor Eduard Douwes Dekker (1820-1887). Su novela más célebre es Max Hávelaar (1860), cuya traducción del neerlandés por Francisco Carrasquer ahora se reedita. La importancia de esta novela tiene fundamentos sociales: la denuncia del injusto trato a la población asiática en las colonias —hoy Indochina— bajo el amparo del rey de Holanda. Pero el valor emana de su dimensión literaria.

(2)
Multatuli, que regresa a Ámsterdam con la experiencia amarga de la vida en la colonia, no se limita a relatar su caso; sino que despliega la denuncia en una asombrosa multitud de niveles de expresión, que reúne el simbólico —las fábulas sobre la vida de los indígenas—, el dramático —las conversaciones entre los colonos—, el naturalista —los casos concretos—, el satírico —dando voz a los perpetradores de injusticias—, el documental —con un conjunto de cartas oficiales estremecedoras— y, finalmente, la intervención directa, en las páginas finales, donde el propio Multatuli, en su nombre, clama su denuncia.

(3)
Multatuli engasta su historia en un diestro juego de autorías —los narradores son un comerciante burgués y un joven idealista alemán— tan cervantino como borgiano. Y pessoano, pues él mismo se desdobla en dos personajes: Hávelaar y el escritor desgraciado, Chalman. Su portentosa ironía utiliza dos curiosos recursos: el vivo diálogo y apelación constante al lector, y las sarcásticas observaciones metaliterarias sobre la propia escritura de la novela. Ambas características lo hermanan con otro escritor de la misma época, pero del otro lado del planeta: Machado de Assis (1839-1908). El inicio del capítulo IV se diría escrito por el brasileño.

viernes, 8 de mayo de 2009

Haworth's notebook, & 3

Daba igual contar de mayor a menor que de atrás hacia delante, siempre me tocaba en medio. Mis dos hermanas, la grande y la pequeña, en las ventanillas, que atesoraban cuanto podíamos necesitar durante el viaje: aire fresco si nos mareábamos, gente curiosa cuando cruzábamos poblaciones. Nunca descubrí el modo de alterar el orden para evitar el odioso asiento trasero central del coche cada vez que mi padre se sentía nostálgico del pastel de ciruelas de la abuelita y embarcaba a todos, hasta los ositos de peluche, en la gran travesía desde nuestro barrio hasta el pueblo en las colinas.

jueves, 7 de mayo de 2009

Haworth's notebook, 2

Un cartelito inane, en una calle por la que nunca antes se ha transitado, sugiere de repente otra cotidianidad. Y al mirar hacia la ventana es el reflejo de uno mismo lo que se ve tras los visillos, con una taza de té en las manos, dándolas calor, y los ojos prendidos en la lluvia que no cae en Haworth; tarde de nubes obesas que se pavonean por un cielo extraído de la paleta de un mal pintor. Y el verso en el que esté pensando le deja a uno pensativo. Una casa en alquiler invita siempre a otra vida.

martes, 5 de mayo de 2009

Haworth's notebook, 1


Para Yolanda Soler Onís, que me contó esta historia

Jamás soñé de niño con el oficio que me llevaré al Más Allá. Di tumbos hasta que me acogió el Reverendo Brontë en su parroquia y me enseñó los nadires de la tipografía funeraria. Para labrarla me sobraba maña y paciencia. Incluso aprendí, con los años, el primoroso inglés con que una vida merece ser llorada por sus familiares durante generaciones. Para labradores y artesanos sin hidalguía yo mismo rebuscaba palabras que les otorgaran eternidad. Mucho más que mi propia lápida me costaba esculpir el papelito que el Reverendo me entregó tras la muerte de cada uno de sus hijos.

domingo, 3 de mayo de 2009

Anotaciones a la vuelta, y 5

Cuando llego a la estación del aeropuerto, un tren acaba de partir. Me siento a esperar el siguiente en el andén vacío. Diez minutos después me acompañan unas pocas personas. Veinte minutos más tarde, sólo algunas más. En los diez minutos últimos un río de gente invade mi antigua soledad. Si cada tres minutos aterriza un avión, y el flujo de personas es necesariamente aleatorio, ¿qué ley explica este importante crecimiento de su intensidad ante la inminencia de la salida ferroviaria? No sé qué dirá la matemática; la sociología conoce bien la atracción de las multitudes hacia las recompensas inmediatas.

sábado, 2 de mayo de 2009

Anotaciones a la vuelta, 4

El avión entra en la península por el cielo de Cádiz y su ruta continúa hacia el norte paralela a la costa. Cuando sobrevuela el delta del Ebro me sorprende y excita que el paisaje se parezca tanto a los mapas donde aprendí geografía. Imagino que buena parte de las emociones estéticas nacen de esta coincidencia de lo real con lo que nos enseñaron —pensamos o creemos— que es la realidad. Celebramos la desaparición de los dualismos. Y sorprende esta identidad porque tal vez lo normal sea que la realidad ni siquiera se parezca a lo que creemos que es.

martes, 28 de abril de 2009

Anotaciones a la vuelta, 3

Leo durante el vuelo el tercer tomito con los diarios de Eugenio Padorno. En esta ocasión no hay erratas en la cubierta, pero sí en las tripas. Un montón. Compite con las ediciones malagueñas en el descuido tipográfico. Hasta faltas de ortografía. Qué pena, porque —en el libro siempre leo «por que» sic— la prosa densa, pétrea, atlántica, cada día más gnómica, me seduce como pocas. Su argumento es lo suficientemente reducido como para evitar la contaminación lumínica de las noches mundanas: un poeta obsesionado por convencerse — a sí mismo, con razones sociales y personales— de la condición que posee.

lunes, 27 de abril de 2009

Anotaciones a la vuelta, 2

En el aeropuerto, frente a un mostrador de embarque, contemplo una larga cola de aficionados tinerfeños. Pregunto: van a San Sebastián. El sueño de que su equipo suba a primera les empuja a cruzar medio Atlántico y toda la península. El otro día fueron mil seguidores del Español a ver cómo empataba con el Numancia. En este caso, el sueño que les movía era el opuesto: no bajar a segunda. Me pregunto si no será su inmutabilidad la razón del escaso interés que despierta socialmente la cultura: los de primera siempre están arriba y los de segunda, en ninguna parte.

martes, 21 de abril de 2009

Anotaciones a la vuelta, 1

La última mirada antes de abandonar un cuarto de hotel se la dedica el huésped a sí mismo. Concienzudamente se asegura de que nada suyo queda perdido —prendido— en la estancia. Abre las puertas del armario donde estuvo colgada su americana, la que lleva puesta, porque necesita la postrera comprobación de lo obvio. Revisa los folletos informativos sobre la mesa donde dejó algún libro, la pluma y el teléfono, que abulta en el bolsillo. Estira colcha y sábanas; mira dentro de los cajones. Cuando regrese y le pregunten por el hotel, no sabrá qué responder: nada ha dejado allí olvidado.

domingo, 19 de abril de 2009

De poëziealbum van een landschapschilder, en 7

Los dos soldados se quedaron al otro lado de la calle, al borde mismo del canal que les impedía situarse aún más lejos. Cuando abrí, el oficial esperaba ante la puerta y dijo un nombre, que no recuerdo. Me tendió un petate, al que me abracé. Al besarlo, mis labios se impregnaron con la arenilla que lo ensuciaba. Los tres permanecieron en silencio un buen rato, hasta que tuve fuerzas para agradecérselo. Dentro: camisetas, calzoncillos, una toalla, dos camisas, un pantalón, un monedero, hojas de papel doblado, una pluma y estos siete libros que desde entonces son mi única lectura.

viernes, 17 de abril de 2009

De poëziealbum van een landschapschilder, 6

Anciana leyendo (c. 1631) Gerrit Dou
Libros y lectura son motivo habitual en la pintura holandesa y casi obsesión en las naturalezas muertas y en los interiores de Gerrit Dou (1613-1675). Hay una composición muy hermosa —«Escuela nocturna» (1665)— donde niñas y niños aprenden a leer a la luz de una vela: el pincel refleja el gesto dubitativo al pronunciar las palabras desconocidas. Los hombres suelen leer en relación con sus oficios —pintores, músicos, astrónomos, ermitaños—. Para las mujeres, sin embargo, la lectura carece de finalidad y objeto. Es un espacio íntimo. Acaso Dou, sin darse cuenta, haya reflejado los primeros pasos de una liberación.

martes, 14 de abril de 2009

De poëziealbum van een landschapschilder, 5

Foto MCP
Una irisación en tonos verdosos tamiza el sobre a través de la botella de vino que, lavada y limpia tras la celebración, decora la repisa donde ha dejado la carta. El oro blanco de la tarde reclama la autoría de esta pequeña travesura del color y aun de otros reflejos que cruzan la estancia: el lomo de los libros donde estudió artes de navegación, los cabos de cuerda con los que ensayaba diferentes nudos, el marco dorado de la fotografía que le echaron durante su primera travesía. Retoza la luz y juguetea con el sello del Ministerio de la Guerra.

lunes, 13 de abril de 2009

De poëziealbum van een landschapschilder, 4

Foto MCP
La mañana que de un salto se subió a la caja del camión, había dejado la bicicleta apoyada en la baranda del puente que cruza el canal. Estuve observándole desde la cocina, y ni siquiera se dio la vuelta para despedirse de ella. Ni de mí. Pronto empezó a oscurecerse el metal de sus engranajes y a soportar la suciedad de los pájaros. Una tarde, el vecino tomó prestada una de las ruedas. El invierno la convirtió en un bulto blanco. La derribó un día el viento y algún transeúnte la apartó a un rincón, junto al poste del tranvía.

domingo, 12 de abril de 2009

De poëziealbum van een landschapschilder, 3

Al entrar en el cuarto tengo la sensación de que continúo en la calle. Los transeúntes caminan a un paso de donde me he sentado para descalzarme. Comprendo entonces que el problema no está en la habitación holandesa que me acoge con honestidad, sino en cómo los hoteles alzan su frontera con el exterior. Como si el viajero necesitara olvidar que se encuentra en tierra extraña con la ilusión de un hogar. Son interiores exacerbados: se empeñan únicamente en preservar la intimidad con su mala iluminación. La única ley que se respeta aquí es la del disfrute de la luz.

sábado, 11 de abril de 2009

De poëziealbum van een landschapschilder, 2

Para Germán Gullón
En el viejo Ámsterdam, cerca de la plaza Dam, existe una estrecha calleja sin salida donde crece la hiedra en las fachadas sin que los carros se enmarañen en ella ni los mulos la arranquen de cuajo de una dentellada. Quienes cruzan por delante juntan las manos sin saber por qué, evocan un nombre que sólo ellos conocen y después limpian en los cristales de sus gafas las gotitas de llovizna que los motean. El canal que pasa al otro lado nunca ha conseguido pintar en el óxido de sus aguas la entrada al pasaje de la Oración Sin Fin.

viernes, 10 de abril de 2009

De poëziealbum van een landschapschilder, 1

Foto GCC
El cielo primaveral del primer año de guerra se ensimisma en los charcos del camino antes de que las botas de los soldados enturbien su cristal. Se extiende el mantel de los domingos sobre la madera reseca de los campos que nadie ha querido cultivar. Una mata de narcisos se apropia del único rayo de sol que ha atravesado los nubarrones cansados, en retirada. Cuando el aire retumbe a lo lejos, no serán ellos los únicos culpables. Una mujer transita la senda sorteando en su bicicleta los charcos removidos. Dentro de la cesta, con los baches, se pelean unas manzanas.

jueves, 9 de abril de 2009

Las ideas y los libros

Me ha dado la impresión —estos días que trato con tanta gente— de que soy un escritor excesivamente complicado, quizá incomprensible. Suena raro: lo explicaré. Quienes viven del mundillo literario —editores, periodistas, libreros, críticos— ni han leído ni leerán jamás una línea mía, sin embargo muestran gran interés en hacerse una idea sobre qué tipo de escritor soy. Es su oficio. De la mayoría de escritores tienen una noción muy clara sin necesidad alguna de leer sus libros, de eso me doy cuenta enseguida. Y con la misma intención me hacen preguntas. Pero al responderlas compruebo que siempre les decepciono.

viernes, 3 de abril de 2009

Poética de ascensor

Cuando se cierran las puertas del ascensor pienso en Marc Augé; en el más insulso, aburrido y célebre de sus libros: ¿es mi ascensor un no lugar? En los no lugares se puede hablar por teléfono o leer un periódico; en el ascensor, no. El ascensor será, si acaso, un no tiempo. Un tiempo vacío que a veces cobra corporeidad de tiempo: aspiro el intenso perfume de una vecina y me abruma la paradoja de sentir el olor y no contemplar ninguna presencia. La misma paradoja que me asaltó el día que encontré, en el suelo del ascensor, un imperdible.

jueves, 2 de abril de 2009

La incomprensible lógica de los programadores

Ayer, cuando tecleaba «Gilles» el programa lo corrigió él solito y puso «Pilles». Me hizo gracia; olvidaba que antes me había provocado maldiciones: escribía mi apellido en el ordenador y el programa inmediatamente cambiaba la inicial. Una tortura hasta que pude desactivarlo. La extraña y diabólica lógica de estas correcciones programadas es que ocurren siempre en los nombres propios. El programa es incapaz de corregir la mayoría de errores habituales y sencillos en términos comunes, pero en cuanto aparece una palabra con mayúscula inicial —que no debería corregir jamás—la modifica. Escribo «Garcilaso», pero en pantalla aparece un tal «Gracilazo».

miércoles, 1 de abril de 2009

Capitán Ahab

Leo un libro de Gilles Deleuze. Los efectos narcotizantes de su prosa son inmediatos. No sé ni de qué habla, pero me deslizo por sus páginas como quien admira en el escaparate un coche muy caro. Llego a un ensayo sobre Melville, sigo sin entender nada, pero Ahab evoca mi primer contacto con los libros. Por ahí debo de tenerlo: una edición ilustrada, infantil, de Moby Dick. Me lo prestaron en el colegio. Pasado cierto tiempo, tenía que entregarlo. Nunca me lo reclamaron. Cada mañana lo miraba y me apenaba desprenderme de él. Otro día —pensaba—, hoy preferiría no devolverlo.

lunes, 30 de marzo de 2009

Carta a VLM sobre algunos aspectos de la novela

La necesidad de un contrapunto en el presente apareció cuando la historia del pasado empezó a ser escrita. Se impuso como una exigencia del argumento: la creación de dos tramas que se cruzaran en diferentes planos: argumental, estilístico, formal y estructural. Quizá sea una necesidad de la novela contemporánea: su fragmentación esencial astilla las decisiones que vertebran la narración —punto de vista, marco espaciotemporal, acción... imposibles de mantener con validez durante todo el argumento— de modo que sólo es posible ir construyendo el amparo narrativo de la historia pedazo a pedazo, sin importar cómo hayan sido contados los fragmentos contiguos.

viernes, 27 de marzo de 2009

Vuelo nocturno

Zoran Music. Ciudad, 1988. Óleo sobre tela

Desde la ventanilla de un avión las ciudades —también las grandes metrópolis— poseen un tamaño que sorprende por su reducida dimensión: es posible dibujar su contorno. En el vuelo nocturno, un brasero de luces que cintilan sobre la oscuridad muestra una imagen que evoca los mapas escolares. La palabra «ciudad» nombra esta luminiscencia y también la sucesión de muros y fachadas que encuadra la ventanilla de un autobús que transita. Un autocar en la ruta nocturna —visto desde el margen de la carretera— es como una ciudad contemplada desde el avión: un trazado fugaz de luces minúsculas que amontona vacío.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Destino

Foto MCP
Al fracaso la gente se prepara a conciencia. Conozco el caso de Ezequiel Egea Erena que nació en enero, en Estépar, y siempre creyó que aquello era un signo del cielo. Cuando visitó Estremera decidió quedarse. Compró un piso en la calle del Eruelo trece, tercero tercera. En la calle de Enmedio salió otro más holgado por idéntico precio, pero al ser en el número ocho y cuarto, no lo quiso. Todo cuadró hasta el día de su boda; al ir a firmar los papeles descubrió su desgracia: el nombre de la novia elegida especialmente no era E... sino Helena.

sábado, 21 de marzo de 2009

¿Hoy día mundial de la poesía? Eso he oído en el boletín de noticias de la radio. ¿En las noticias? Nada menos.

Abandona el poema sobre un banco del paseo. Cuando se levanta, el sol se sitúa detrás y de un salto le adelanta su sombra; así juntos, en esa lánguida compañía, les verá alejarse bulevar arriba quien descubra la hoja y al desdoblarla no sepa el idioma en el que ha sido escrita. Convertida en una bola que busca comprensión entre colillas y flores de jacarandá, el poema regresa al territorio que gobiernan las escobas municipales. Un perro lo confunde con la pelota que le han lanzado y se la devuelve al niño, que aprovecha para construir un avioncito de papel.

viernes, 20 de marzo de 2009

La reunión

—Aplastaremos esa huelga.
—Se han puesto de acuerdo los sindicatos.
—Gentuza. Vayamos al grano. Acciones positivas.
—Aunque no toque, el banco podría enviar un informe sobre el fondo de pensiones para funcionarios.
—Encárgate de eso. Más.
—Un artículo en la revista sobre los beneficios sociales del departamento.
—Lo preparas. Más.
—Los medios.
—Lo de siempre. Más.
—Quizá...
—Nada de quizá. Al día siguiente se ha de hablar de otra cosa. ¿Qué tenemos por ahí alterado?
—¿Bolonia?
—Me gusta. Encárgate.
—¿Desalojo?
—No es suficiente para una portada.
—¿Manifestación, altercados?
—Me gusta. Pero olvidaros de los estudiantes. Quiero una portada en todas partes.

jueves, 19 de marzo de 2009

Las vistas pobres










En las calles estrechas, las ventanas de hotel familiarizan al viajero con los interiores vecinos que no tenía previsto visitar en la ciudad. Le muestran, en detalle, la suciedad que cualquier saliente urbano acumula y la curiosa variedad de objetos que han elegido aquel rincón para permanecer en su abandono. Como símbolo, es fácil que lo desprecie ante las expectativas del catálogo monumental que le aguarda. Como recuerdo, ni siquiera lo mira con intención de otorgarle ningún privilegio. Y mientras sale del cuarto arrastrando la maleta, el visitante ordena mentalmente las experiencias vividas, y las vistas pobres ya ha desaparecido.

lunes, 16 de marzo de 2009

¿Qué será el presente?

—Al pasar he escuchado tu voz. La reconocería entre una multitud.
—Qué alegría verte de nuevo, pequeña.
—Tu voz. Me trae recuerdos.
—Los recuerdos de nada sirven.
—Tus ojos.
—El presente. Sólo se vive en el presente.
—Enharinados como la masa que el aceite hirviendo convertirá en buñuelo: tus ojos.
—Hirviendo, buena idea. Ven aquí. Desabróchate el sujetador.
—¿El sujetador?
—Eres tú la que ha hablado de recuerdos.
—¿Crujientes o reblandecidos? ¿Cómo sabrán los buñuelos mordidos en el recuerdo?
—La falda, las medias. Quítatelo todo. ¡El presente!
—Enharinados, tus ojos.
—Tu cuerpo, desnudo.
—Tan hermoso y piensas como una cucaracha.

domingo, 15 de marzo de 2009

Le printemps

Foto MCP
Cuando llegaba esta época el profesor de francés escribía un título en la pizarra y nosotros lo convertíamos en campo de combate con la ortografía. Cómo me gustaría escribir redacciones así, pero han prohibido los tópicos. No hay peor insulto para un escritor. De nada vale que los antiguos midieran su valor por el tema elegido. De poco que la seducción oriental emane de los matices insospechados de lo conocido por todos. Quién pudiera escribir que ve florecer el gran peral del huerto de Can Carriot, los melocotoneros en la huerta de mi padre, las florecillas silvestres en los descampados.

jueves, 12 de marzo de 2009

Habitaciones vistosas









En el balcón, uno se deja ilusionar por el espíritu de propietario interino de las vistas. El puerto, que al mar educa con su enmarañada docencia de dársenas y grúas. O la plaza, donde mueren y nacen los tranvías como ave fénix que sacara unas oposiciones. Las vistas hoteleras encarnan la alteridad del alma, escribirá tal vez, si se ha dejado seducir por el encanto decorativo de la ciudad visitada. Acaso seáis, vistas efímeras, sólo la bolita cárdena del collar roto que el niño descubre bajo la mesa mientras la madre exclama: «¡Tira eso, no te lo vayas a tragar!».

miércoles, 11 de marzo de 2009

Julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo

Somos un puñado de arena en los bolsillos de la muerte
José Antonio Padilla
Un domingo premonitorio del verano, escribo mentalmente sobre el día en el que llego a Málaga. Así confiado, abro el periódico y me derriba el mismo helor elegíaco de este invierno. José Antonio Padilla, un poeta joven de quien sabía que estaba enfermo, ha muerto. Sus amigos me informan: en junio sufrió un pequeño ataque, no parecía lo que fue. No necesito contar. En la misma oscuridad entraron dos escritores que admiraba, Raúl Ruiz y Javier Lentini, durante nueve meses. Los tres —«Debajo de mi insomnio / parece que hace guardia un coche fúnebre», escribió Padilla— dieron a luz su sueño.

sábado, 7 de marzo de 2009

La ansiedad

Dos días de viento dejan el primor de un hiperrealista norteamericano en las ventanas de los ojos. Los ojos, que hace días que no escriben sobre la senda sabatina hacia la panadería, lo enfocan todo —encañonan lo poco que asoma tan temprano— escudriñando qué tendrá valor de signo y densidad de palabra. Una caja de cartón abierta y abandonada, llena de hueveras vacías, ¿qué significará? De repente me doy la vuelta y me miro a mí mismo atendiendo a todo: un tonto. Sonrío, caigo en la cuenta: sólo tiene sentido que sean los sentidos los que le encuentren a uno.

jueves, 5 de marzo de 2009

Quijote

De quien deja que el polvo se esparza en la madera y desliza luego el dedo sobre la superficie opaca para que el brillo oculto dibuje la senda que le da vida a cada palabra aprendí el gusto por la escritura. De quien camina ciego y tropieza con la esquina de los muebles lastimándose a cada paso la canilla de la pierna que ha impulsado el avance. De quien sueña con mondas que los insectos devoran frente a las mondas devoradas por los insectos. De quien se levanta del baúl donde se ha sentado a descansar y nada se lleva.

martes, 3 de marzo de 2009

«El cortador de cañas», de Junichiro Tanizaki, en Siruela




Junichiro Tanizaki (1886-1965) sumerge al personaje en un pequeño laberinto de citas de libros clásicos japoneses —como acostumbra— con la intención de que proporcione perspectiva y profundidad al presente de una época trivial. Pero una vez trazada esa vía culturalista y erudita para la contemplación del paisaje, un encuentro fortuito le descubre una inesperada y trágica historia de amor —extraña felicidad de tres personas que se brindan su mutua castidad— que empieza cuando el desconocido recuerda las palabras de su padre: «Vámonos, hijo mío, me dijo, te voy a llevar a que veas la luna». Y le enseñó su corazón.

domingo, 1 de marzo de 2009

De lo trivial que no erosiona el olvido o “Tengo esa conversación clavada en la cabeza”

—¿Lorena? ¿Hablo con Lorena?
—Sí... Soy yo...
—No me conoces. Bueno, tal vez sí.
—¿Quién me llama?
—A quien conoces... A quien conoces bien es a mi marido.
—A mí no tienes que llamarme.
—¿Por qué no? ¿No compartimos algo últimamente?
—No tiene derecho a llamarme.
—¿Ah, no? ¿Y tú tienes derecho a hacer lo que haces?
—Por favor, basta ya. Voy a colgar.
—Eso mismo es lo que tenías que haber hecho antes. Antes de abrir las sábanas.
—Esta conversación no tiene sentido.
—¿Ah, no tiene sentido? ¿Y sí lo tiene que mandes a la mierda una familia?
—Cuelgo.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Un inicio de novela y un paréntesis

Una mañana de octubre, en 1939, temprano, bajo un cielo plomizo y una lluvia menuda, se plantaron dos oficiales ante las puertas del instituto de Zielona Góra, el único donde se podían realizar estudios superiores en esta pequeña ciudad situada al oeste de Varsovia. Con el uniforme oscuro bien almidonado, botones relucientes y botas que parecían de cristal negro, se sacudieron las pequeñas gotas de lluvia con un ligero temblor que, sin embargo, no descompuso su hieratismo. Aunque en ningún momento tocaron la campana de entrada, el viejo conserje del instituto, Arkadiusz, que ya había modificado en dos ocasiones su...


(Al oeste de Varsovia contiene 44.291 palabras. Sus cinco capítulos están formados por siete capitulillos donde se alterna pasado —1939— y presente en secuencias diferentes: ABABABA – BABABAB – ABBABBA – BAABAAB - ABBABAB. Empecé a escribirla el día 6 de junio de 2006 y acabé la mañana del 14 de noviembre de aquel mismo año. Por la tarde leí poemas en el Café-teatro Cincomonos: éramos 14 personas. Como homenaje a Cezary Cieślak, poeta conceptual —a veces pensaba en Miguel Labordeta al idearlo—, los personajes del pasado —conforme aparecen— forman un abecedario completo y los del presente otro; éste ordenado a la inversa.)

martes, 24 de febrero de 2009

24-F

Soldado de reemplazo en una unidad de la Brunete, del 23 de febrero puedo contar tantas anécdotas, minuto a minuto. El día 24 de febrero amaneció con una orden diferente: acuartelamiento. El encierro aquel impedía el paseo por Madrid, pero sobre todo le puso cerco también a las conversaciones. Lo que había ocurrido la víspera fuera se digería con palabras, insaciable decirlo todo en cualquier parte, menos allí dentro, en Wad-Ras, donde se había decretado acuartelar los sentimientos. Aquella tarde inacabable escribí la carta más larga y solitaria que recuerdo. La eché, ingenuo, al buzón del cuartel. No llegó nunca.