jueves, 4 de febrero de 2010

¿Regresan?

La luz entra en el aula tras una ardua pelea con el polvo antiguo del ventanal. El viento, sin embargo, se desliza con agrado entre las cavidades abiertas en los marcos por la carcoma. Los niños escriben en sus cuadernos. El frufrú desacompasado e inhábil de las plumas, que pasea de la mano con la ingravidez del ambiente, se rompe de súbito por el niño que, en pie, chilla: «Chaím está judío». Chaím, unas mesas más allá, empieza a llorar. El maestro reprende al que ha clamado: «¡Se dice es!». «Chaím es judío», grita de nuevo. El maestro sonríe, satisfecho.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Diez euros

Hoy no encuentro, en el suelo de los Encantes, la biblioteca de quien fuera juez o médico con más o menos gusto por otras lecturas. El muerto es el humanismo. Los libros se agolpan, mal alineados unos y amontonados otros; han perdido el amparo de un humanista: clásicos latinos en francés, italiano o inglés, ediciones de referencia siempre, títulos emblemáticos de filosofía, libros literarios, ciertos caprichos: Horacio en polaco. Sólo desentona algún volumen de tapa dura y premio —regalo de compromiso, sin duda—. Elijo tres títulos, pago 10€ y peno por esta biblioteca que nadie soñaría, ay, reunir hoy.

lunes, 1 de febrero de 2010

«Ha venido la muerte: era una furgoneta o un gorrión» Eduardo Moga

Era una furgoneta, sí, la que se llevó por delante al niño que salía corriendo frente a mí, otro niño también, acaso un poco mayor, camino del colegio, de hecho, frente a sus puertas, en el cruce de San Juan Bosco y la plaza Artós. Se apresuró a cruzar quién sabe si aún en rojo, si ya en verde. Me adelantó un instante antes de que viera cómo tropezaba, asustado ante la desmesura del vehículo, justo para que le golpeara el parachoques en la cabeza. Acabó de caer, hecho un ovillo, inerte. Así, desde entonces, me dejó a mí, paralizado.

jueves, 28 de enero de 2010

Crítica de la razón pura

ESCENA I
—No quiero volver a ponérmelo.
—No digas bobadas, Immanuel, si es un anorak fantástico.
—Pues en mi clase dicen que es de chica. No quiero hacer el ridículo.
—Immanuel, por favor. Ven y dime: ¿en qué lado están los botones?
—En el derecho.
—Claro, como que es de hombre. Mira mi blusa: ¿en qué lado están los botones?
—En el izquierdo.
—Las prendas de hombres y mujeres se abrochan hacia lados distintos.
—No lo sabía.
—Pues ya los sabes. ¿Te convences ahora de que es un anorak de hombre?
—Les contaré a los de mi clase lo de los botones.
.
ESCENA II
—No quiero volver a ponérmelo.
—Immanuel, pero si lo compramos anteayer y te gustaba tanto.
—Pues no quiero ponérmelo.
—Y ahora ¿qué le pasa a tu anorak?
—Que en mi clase dicen que es de chica.
—¿Les habrás explicado lo de los botones, no?
—Claro que se lo he explicado.
—¿Y no lo han entendido? ¿Tan cortitos son?
—Sí, creo que lo han entendido.
—¿Entonces?
—No quiero ponérmelo más.
—¿Por qué?
—Porque es de chica.
—No digas tonterías.
—Pues en mi clase han dicho que lo de los botones les importa un pito, que es de niña y ya está.

miércoles, 27 de enero de 2010

Trazados

Ramón: entiendo mejor lo que me cuentas de tus viajes: Murcia, Cádiz, Lisboa: la ruta periférica parece trazada por una de esas figuras geométricas que estudias con tanto secreto. Y si el final está en Lisboa, sin duda un dictado hermético mueve el argumento que te conduce hasta sus adoquines exasperados. Sí, es verdad, Lisboa fue mi ciudad en 1983 y en 1984. Ya estaba a punto de escribir que no sé dónde andará aquella ciudad casi medieval que fue la mía, y sin embargo lo que debería decir es que no sé dónde estará aquel joven que fue suyo.

lunes, 25 de enero de 2010

«Dar la espalda», de Jordi Bonells






Sobre el género de su libro, Jordi Bonells (1951) escribe: «esto que no sé cómo llamar, si novela, autobiografía, ensayo, poema, drama, culebrón o farsa», y de hecho, de todo hay en este libro que también le «da la espalda» a todos estos géneros. A la autobiografía, mediante las historias de fantasmas que contiene; a la novela, con los interesantes datos sobre los nazis en Barcelona; al ensayo, con el ingenioso pastiche de un Gombrowicz reencarnado en cartonero. Quizá sólo no satisfaga la extensión; Bonells le ha dado a su novela muchas más páginas de las que la historia necesitaba.

sábado, 23 de enero de 2010

Crónica de un latrocinio

Sólo el helor de mañana de invierno sin nubes deambula por las calles tan temprano. Dos gaviotas se detienen en mitad de la calzada sin que ningún vehículo las espante. Luego emprenden el vuelo y al desplegar las alas empequeñecen los edificios. No es gran cosa lo que veo, pero es mío. De repente, envidiosa tal vez, la alarma de un comercio inunda el aire con su desesperación sonora. Sus ondas persiguen el frío con descaro. Las gaviotas no son ya ni un recuerdo. El timbre desproporcionado impone su prepotencia. Se queda con la gelidez, con las imágenes, con todo.

jueves, 21 de enero de 2010

El sueño del monstruo engendra emociones (Cortometraje 1’40’’)

Plano detalle 12’’: Mano de varón blanco, uñas de impecable manicura, dedos gruesos, de persona obesa, y ligeramente peludos, en el anular un gran anillo de oro con sello; entre el corazón y el índice sostiene un puro humeante. Gran plano general 18’’: distrito de negocios de una ciudad occidental vista desde el interior acristalado de un piso alto en un rascacielos. Un hilo de humo cruza el plano de abajo hacia arriba. Plano detalle en movimiento ascendente 8’’: manga de un buen traje. Plano medio contrapicado 12’’: joven muy delgado, ojos claros, dulce sonrisa, franca, que mira al frente.

Plano detalle 6’’: nudo de corbata bajo el traje bueno abrochado sobre una barriga prominente. Plano general 6’’: despacho enmoquetado, madera, sin objetos sobre la mesa salvo un marco de plata con una fotografía. Plano detalle en movimiento descendiente 6’’: pernera de pantalón de traje bueno, calcetín de seda semitransparente, pierna gruesa, de persona obesa, zapato pequeño, brillante. Plano contrapicado 10’’: el joven delgado, sonriendo, dice: «Haití». Contraplano detalle picado 10’’: nariz gruesa donde un grueso dedo entra y hurga. Voz ambiente: «Sí». Pausa. «No es mala idea». Plano medio 12’’: joven delgado, bondadoso: «De hecho, no es una idea».

martes, 19 de enero de 2010

Ante los precedentes





Algún día se verá que los blogs han creado un género literario propio. Género que, como todo en literatura, ya existía antes de se inventaran los blogs. Sospechaba que los microgramas de Robert Walser eran un buen precedente, pero Ante la pintura no admite conjeturas: es un auténtico blog. Ahí está la mezcla y revuelto de géneros, la intimidad textual, la opinión espontánea, el juego con el presente, la combinación de conocimientos, el lenguaje tumbado a echar una siesta, la confesión de ignorancia, el almuerzo recién acabado, la imaginación, el artículo perdido, la pereza. Y hasta la ilustración del post.

domingo, 17 de enero de 2010

Subamos al tranvía

John Sloan (1871-1951. Gloucester Trolley, 1916
Hay un célebre lienzo de John French Sloan, «Sol y viento en la azotea», de 1915, donde una mujer tiende la colada en Nueva York, que siempre me ha parecido una inquietante metáfora de la vida que nos aguardaba en las ciudades del siglo XX. Es lo que suele ocurrir con los cronistas urbanos: anécdota trivial y símbolo sobrecogedor comparten imagen. En «Gloucester Trolley», de 1916, se revela el encanto infantil de los tranvías, su carácter festivo y transgresor: mágico invento que destruía la imposición de la distancia entre el centro y los suburbios. Espejismo y añoranza de otra vida.

viernes, 15 de enero de 2010

«Ciudad iluminada», de Juan Antonio Marín, en Vitruvio

A diferencia del verso, el poema en prosa carece del inacabable juego de moldes que la tradición acumula en la alacena de la escritura. A diferencia del relato, el poema en prosa se resiste a ser amasado con los hábitos narrativos, por humildes que sean. El poema en prosa presenta siempre una exigencia de género antes incluso de ser escrito: la búsqueda de su forma de ser expresión. O eso, o seguir por roderas. Ciudad iluminada es, en sí mismo, un tratadillo del poema en prosa, o como lo llama Juan Antonio Marín (1968), «un rato de voz sin estrategia».

miércoles, 13 de enero de 2010

Banda sonora del poema del 13 de enero (día de playa)


Cuando esta tarde tu mano esté entre las mías, en el aparato tal vez cante Helpless Neil Young con guitarra acústica y armónica, los Housemartins nos encandilen con The light is always green o Paolo Conte entone un himno devastado como Azzurro. Quizá elijamos Motives for writing de Wim Mertens, un disco de Michel Nyman, las piezas para piano de Philip Glass o Different trains de Steve Reich. La sala posiblemente se colme con los sonidos de La lontananza nostalgica utopica futura de Luigi Nono, de la Rothko chapel de Morton Feldman o con John Cage y su sobrecogedor Thirteen.

domingo, 10 de enero de 2010

Manos

Viajan con nosotros y nuestras maletas casi sin darnos cuenta. Comen para nosotros y nuestras apetencias como un cubierto más. Aman por nosotros cuando más amamos, y también cuando menos. Las utilizamos impunemente para acciones restringidas a la intimidad, como hurgarse la nariz o rascarse la espalda. Escriben nuestros versos al dictado, teclean nuestros pensamientos sin equivocarse. Cuando se equivocan, saben rectificar. La cartelería—«No tocar»— nos previene de su carácter insumiso; aunque, acostumbrados a su obediencia, raras veces prestamos atención a este temperamento rebelde. Ni se nos ocurre pensar que sean las manos las que gobiernan, nosotros sus súbditos.

viernes, 8 de enero de 2010

Paraguas dormidos

Foto con y gracias a JAF
Llueve, y el agua diluye la sobriedad de las líneas con que está dibujada la ciudad. Las calles se convierten en una acuarela pintada sobre una plancha de zinc. El chispear atlántico de estos días dura toda la tarde, pero permite pasear sin que los zapatos se sumerjan en una pesadilla veneciana. La lluvia, sutil, deslavazada, disuelve poco a poco colores, luces, objetos y, posiblemente también, transeúntes. Lo intuyo por los paraguas que encuentro abandonados en estaciones de metro, en las papeleras de las avenidas o en callejas. Paraguas —hermosos, elegantes, honestos— cabizbajos por la repentina pérdida de su favorito.

jueves, 7 de enero de 2010

Felicidad

—Dakarai, tú eres un tipo raro, ¿verdad?
—Nací en una isla.
—Pamplinas.
—Las islas están rodeadas de agua.
—Vaya con el catedrático. Y eso qué tiene que ver para que no fumes, nunca te quejes de los turnos y sólo bebas de la jarra.
—Estoy trabajando.
—Va, si los tranvías van solos. Tienen raíles.
—¿Y la manivela?
—Y un pitillo, una cervecita, ¿no te apetecen?
—Soy isleño.
—Siempre con la misma canción.
—Cuando era chaval, mi padre me dijo: ves esas montañas, detrás no hay nada.
—¿Qué me quieres decir con eso?
—Que ahora miro y no veo ninguna montaña.

martes, 5 de enero de 2010

Pequeño cuento de la noche de Reyes

Pontós. Foto con AC, FH y FH junior
El entusiasmo con que Áxel se ha levantado este año oculta una sospecha. Alguien le ha dicho algo. Mientras abraza paquetes con griterío, de refilón lee los signos: el cuenco de agua mediado, cáscaras de nueces y avellanas en el platito, una magdalena medio mordida. Parece, en efecto, que por la esquina del comedor donde había dejado los zapatos han transitado camellos y personas. Advierte cierto desorden en el sofá. Acaso se sentaran un momento a descansar. Pero lo único que le libra de la sospecha, este año, es el alborozo de los adultos. Si hubiera algo, ellos lo sabrían.

viernes, 1 de enero de 2010

Pequeño cuento de Año Nuevo

Una verbena salvaje: toda la noche bailando es lo último que Guido había pensado antes de sumergirse en una siesta que compensara el turno de guardia recién acabado. Al despertarse, aturdido, le cuesta reconocer la realidad. Una lucecita indica en la penumbra del cuarto: 7:37. El tiempo justo para emperejilarme. Es nochevieja. Le choca que no se oiga jugar a los renacuajos del piso de arriba, ni escuche conversaciones nerviosas de vecinas en el patio mientras cuecen las lentejas. Una verbena inolvidable: calzoncillos rojos... está repitiéndoselo cuando vuelve a mirar con mayor detenimiento el despertador: 7:38. ¿Qué quiere decir 7:38?

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Bye bye 2.9

Niles Spencer (1893-1952) La buhardilla, 1927
Cuando me levante pasado mañana por la mañana, me desperece y salga al camino del 2010, este año será —como todos— un montoncito de cenizas que humea. Si me entretuviera en dar una patada al polvo y tratar de adivinar lo que ardió en las ascuas aún incandescentes, vería en el rescoldo vestigios de aquellos muebles nobles largamente anhelados: un año sin horarios, una novela en tapa dura. De hecho, no todo arde con el tiempo: la humilde cerámica de lo escrito, el metal denso del amor permanecen, pero maderas y anhelos se calcinan con sus molduras de ebanista engatusador.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Lectoras

Reginald Marsh (1898-1954)
Los Marsh, ambos pintores, vivían en París sobre un Café cuando nació Reginald. Y aunque enseguida se fueran a América, los griegos sabían que los signos irradian desde el nacimiento: la mirada de sus cuadros se intuye casi siempre sentada en la butaca de un Café con el asa de la taza sujeta por dos dedos. Marsh pintó neoyorquinas —a un lado y otro de la cristalera—: madamas fatales muy vestidas y con paso firme por la calle, o la inocencia desnuda entre trajeado hieratismo. Y pintó, sobre todo, lectoras —en el metro, de pie—; diosas sobre sí mismas.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Lectores





Leída en estos tiempos, La canción de amor y de muerte, que uno había considerado una obra menor, justificada sólo porque le proporcionó la mayor parte de los ingresos por derechos de autor a Rilke, cobra un nuevo significado. Quienes agotaban y ensalzaron esta prosa agridulce durante décadas nada quisieron saber, posiblemente, de la obra mayor del poeta. Era la sombra que oscurecía esta delicada pieza: un título para otros lectores. Hoy lo que me asombra es exactamente lo contrario: qué altura y qué sensibilidad la del público mayoritario de entonces, emocionándose con este Rilke, literatura purísima. Y qué envidia.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El abracadabra calvo (díptico sin numeración)

El ilusionista se quita el sombrero de copa, lo enseña, nada por aquí, lo cubre con un paño. La varita lo acaricia y cuando retira el trapo no se ve salir un conejo. Ni una paloma. Si le da la vuelta al sombrero apenas resbalan hacia el suelo unas motitas blancas: «Caspa» —dice el mago de la cabeza afeitada—. Y, como nadie comenta nada, no le queda más remedio que continuar: «Antes se sentaba por ahí quien después descubría dónde está el truco, pero últimamente su butaca siempre está vacía, así que tendré que ser yo quien os lo cuente»:

Esta prosa, que escribo con cierta frecuencia y reparto en mínimos moldes de papel antes de meterla en el horno para que salga no un pastel, sino una bandeja de magdalenas, busca la proximidad con la experiencia en las antípodas del costumbrismo y, sobre todo, del periodismo. En el polo opuesto de la actualidad y de la sociología. Cada vez que abro la libreta pluma en mano recito: no hablaré de nada que se hable en los periódicos ni en la solapilla de las novelas contemporáneas. Sólo hablaré de la caspa que se desprende de mi comprensión alopécica del vivir.

lunes, 21 de diciembre de 2009

«El otro mundo», de Hilario J. Rodríguez, en Ediciones del Viento

Una temporada en Nueva York. O en Hinojal, Cáceres. O en la cocina de un restaurante londinense. El lugar donde ocurre la vida que se puede contar es la memoria: es el juego o paradoja de esta novela, que no se pudo escribir en Nueva York —este es, de hecho, su argumento—, pero que se escribió, acaso en Zaragoza. El lugar donde ocurre la vida es también un apartamento en Brooklyn: su línea telefónica, su casera, las toses de los vecinos. El cruce entre memoria y cotidianidad fragmenta y disloca conciencia —bolitas de mercurio del termómetro roto— y escritura.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Un café, un libro, un euro

Viejo desmemoriado, el Libro juega al mus en la sala ambarina de un Café. Nadie diría, ante su aspecto enfermizo, que vivió una guerra en las trincheras; ante su barba descuida pocos creerán que conoció los nadires insospechados del amor. Pelo cano, camisa raída, gafas con los cristales sucios, el Libro mueve la mano ligeramente temblorosa para enseñar una carta a la que ningún otro jugador le da la mínima importancia. Como hacen los demás clientes, el Libro mira atentamente la máquina tragaperras —luces, sonidos y vacío que entretiene— mientras la taza de café muestra su porcelana sucia al bostezar.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Biografías en venta

La aparición de un nombre entre la disparatada antología de objetos que reúne cada vendedor en su puesto de los Encantes despierta la elegía que duerme en ellos escondida. Dos placas de plata falsa —el óxido se las come— agradecen los servicios de don Bernabé Gómez Montero en el colegio Menéndez Pelayo del Prat. Con fecha de 1980. (En Internet, la memoria del futuro, aparece una sola entrada: el traslado a Barcelona en 1960). Empezaba a presentir su elegía cuando de repente me he preguntado quién comprará por pocos euros estas placas y las colgará —ave fénix— en su comedor.

martes, 15 de diciembre de 2009

«De lo observado»

Foto Andrés Ferrer
Fernando: Andrés Ferrer me ha parecido —en De lo observado— un fotógrafo magnífico, sobre todo porque sabe hacer las fotos que a mí me gustaría tirar y que nunca consigo encuadrar con mi cámara infantil de dos megapíxels. Si fuera fotógrafo —pienso— haría instantáneas como Andrés Ferrer: habitaciones reventadas por la humedad, techos hundidos, fábricas abandonadas, carteles herrumbrosos, tipos paseando bajo el paraguas en una ciudad a punto de desaparecer, una moto aparcada frente a un palacio, un baile de carnaval de estatuaria romana, los caballos amontonados antes de montar los caballitos... Allí donde peligra el realismo de la realidad.


sábado, 12 de diciembre de 2009

Nunca

Igual que ocurre con los verbos, la palabra «nunca» conjuga tiempo. Su forma de presente señala la rabieta de quien rasga la baraja porque no le ha tocado el comodín ausente en la mano. Es un uso trivial e imberbe. Como tiempo de futuro, nunca enmascara la creencia vergonzante en epifanías y revelaciones. Es el uso más extendido y también corrompido. Acaso su proliferación haya contribuido a su podredumbre: no decir lo que se piensa es quizá ni siquiera pensarlo. A mí me gusta nunca como tiempo de pasado. Agridulce sensación: nunca volverá aquel paseo; nunca volveré a Santa Perpetua.

jueves, 10 de diciembre de 2009

En el fondo

Ediciones Generales, Barcelona, 1956. 35 ptas.
Los libros recientes por el suelo del mercadillo provocan indiferencia. La indiferencia es ibupofreno para el vértigo de quien escribe hoy día. El libro inesperado, rescatado del montón de olvidos, produce sin embargo una súbita euforia. Me llama la palabra ciudad desde el título y enseguida descubro con sorpresa a su autor. Ahí, en pie, aún sin pagarlo, leo la solapilla y me deslumbro: «En el fondo, la especialidad de Lorenzo Gomis es contemplar el mundo en que vive. Y, como su oficio es escribir... procura decir lo que ve, piensa o imagina». Nada más actual para definir un blog.

martes, 8 de diciembre de 2009

Mamá, quiero ser actriz, como Trini Alonso

O como Sonsoles Benedicto. O como Gloria Cámara. O como Lourdes Ceyba. O como Pilar Clemens. O como Irán Eory. O como Rosa Fontana. O como Esperanza Grases. O como Diana Lorys. O como Cristina Maestre. O como María Mahor. O como María Martín. O como Maribel Martín. O como Mikaela. O como Asunción Molero. O como Conchita Núñez. O como Lisia Paradis. O como Lucía Prado. O como Emilia Rubio. O como Yelena Samarina. O como Lolita Sevilla. O como Elena María Tejeiro. O como Paloma Valdés. Quiero ser famosa. (Cineguía. Directorio del cine español. Madrid, 1966. 150 pesetas).

sábado, 5 de diciembre de 2009

Seriaciones

En un bar cualquiera, pequeño y estrecho, de esquina, veo a través de la cristalera cuatro cruasanes en fila, en cuatro mesas y con cuatro tipos delante. La estampa parece significar algo. En la acera voy caminando con la única compañía de los reflejos del primer sol como legañas en los edificios. Han abierto las peluquerías, pero sus espejos no tienen trabajo. Vuelvo a mirar hacia el bar. Cuatro hombres, uno en cada mesa, en fila, frente a una taza y un sembrado de migajas. Siempre he sentido devoción por el minimalismo, esa suerte de ornamento barroco a la inversa.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Poética cuántica de la relatividad

Entre retales encuentro la primera edición de Entre visillos. La abro: «19-3-1958. A mi querido padre con todo el cariño y la ilusión en que le guste este modestísimo regalo... Su hijo Pedro». Modesta es la dedicatoria, sí, y su final en los Encantes; no el libro. Sigo mirando el lote. Volúmenes de química —padre o hijo debieron estudiarla—. Qué poco se molestan los químicos en buscarle título a sus publicaciones. Me llama la atención uno: Teoría cuántica de la relatividad. Lo ojeo. Busco traducir poéticamente una de sus intrincadas fórmulas: «Te quise poco, pero tú me quisiste menos».

martes, 1 de diciembre de 2009

Naranjas con miel

Calle Sant Pere més Baix
El hijo del paisajista carga con los espráis de pintura en dos bolsas de plástico. Al caminar, con el balanceo, chocan los botes entre sí y contra las esquinas; su cantinela metálica le acompaña por las callejas del barrio. Tiene una puerta que pintar. Lleva tres noches soñando con su superficie; primero en blanco y negro, luego fueron apareciendo colores. Si supiera cuáles no tendría que acarrear con tantos. Cuando llega, suelta las bolsas y los espráis saltan por el adoquinado. Hermosa puerta. Volcará su saber en ella. Como quien escribe en un blog, se lo regalará a la intemperie.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Elegía con águila y poeta

Temprano, como corresponde al horario de las ligas infantiles, circulamos por autopista. Apenas hay tráfico, sólo monotonía. De repente, G dice: «Mira el águila sobre la torre de alta tensión». Me pierdo la imagen del ave, pero en esta frase fortuita pronunciada por un niño veo inmediatamente a José Viñals. Su nombre nada me decía la tarde que abrí un libro suyo en Laie. Aún recuerdo la mirada de águila del poema «Barcelona»; luego me alcanzó la fortuna de conocerle, su pausada, laberíntica y acerada conversación, sus maravillosos libros. José Viñals señoreará siempre sobre la alta torre de la poesía.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Presagios

Un bodegón académico —jarra y vaso con agua; naranjas, una entera, otra a medio pelar y la tercera desgajada— me sorprende. No por la pintura, sino por la firma: «Etienne». Mientras me doy la vuelta, preguntándome aún si el personaje de la novela que escribí podría haber pintado el cuadro, enfrente me asalta un título: El viejo de las naranjas. Lo rescato. Edición de 1960. Dos puestos más allá, me entretengo con un proyector de cine mugriento; en una esquina leo: «Inauguración 11-9-1960». Los signos me abruman: ¿será mi vida la que está ya a la venta en los Encantes?

martes, 24 de noviembre de 2009

Ñaque

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Aquí estamos. Somos dos y malavenidos. Mi cuerpo, yo y un camino pedregoso. ¿Será posible que en realidad seamos tres? Mi alma, mi cuerpo, yo y un sendero que se comen las matas. ¿Conseguiremos algún día formar media compañía? Mi amor, mi alma, mi cuerpo, yo y el lindero entre dos tierras. ¿Veremos una dama en el papel de dama? ¿Una dama de verdad y no un niñato con delirios palaciegos? Mis sueños, mi revelación, mi esperanza, yo, las nubes que amenazan lluvia. ¿Una compañía entera para ponerle voz a todo un Lope? Dos, yo y yo. Acabamos de llegar.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Ámsterdam

Frente a las iluminadas vitrinas donde las mujeres disimulan su tedio en los edificios del Barrio Rojo de Ámsterdam es fácil identificar la figura desmejorada de Peter van Naakt con una libretita en la mano. Creador de un código alfabético de desnudeces, acude diariamente a las calles del distrito para escribir al dictado de las ropas íntimas, tatuajes, teñidos y gestos de las prostitutas. Pese al interés que algunas revistas para hombres mostraron por publicar sus obras cuando un diario le entrevistó para la sección de Ocio, todas acabaron desestimándolo tras comprobar que se trataba sólo de poemas de amor.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El maletín del paisajista, y 3

¿Y si en vez de tiempo fuéramos lugar? Se siente del árbol que pinta. ¿Lo estás imitando? —preguntan los pajarillos que pían en el bosque—. Los griegos —les responde— tuvieron una alta estima por la imitación, pero hoy sólo se les valora si juegan bien al baloncesto. Tienen encanto —reflexiona— la luz de la mañana y el sosiego del árbol; materias inservibles, sin embargo, para el arte. Pero si no estuviera aquí apretando los tubitos de pintura, uno a uno, bien elegidos, para que viertan sus entrañas en la paleta, ¿de qué me serviría a mí el arte? —murmura—.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

El maletín del paisajista, 2

Desperdiciar la mañana pintando el árbol que está ahí delante le parece, como a cualquiera que lo viera, un despropósito. Una pérdida de tiempo, sin duda; es decir, la pérdida de uno mismo, pues todo el mundo sabe que somos tiempo. Unta el pincel en el verde botella de vino y traza una sombra sobre el lienzo. ¿Y cuando no quede más tiempo para perderlo así? Se imagina que quedará el árbol y también el árbol pintado. Por este, en los Encantes, un vendedor desdentado pedirá cuarenta euros, y quien ha solicitado precio se dirá: no los vale el marco.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El maletín del paisajista, 1

Ha dejado el coche en una roza al pie de la carretera que asciende a la cima. La silla plegable, el caballete, el lienzo, el maletín, la bolsa de la comida; le faltan brazos para acarrearlo todo. Se ayuda con la mirada no contemplando el sendero, la retama, la adusta umbría. Cuando el camino se abre hacia el valle amontona los utensilios y rastrea las proximidades. Se diría que busca encuadrar las vistas con las nubes, pero sólo observa con atención el suelo. Cuando halla un terreno llano, a favor de la brisa, se sienta satisfecho y abre los ojos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

La irreprimible afición a las listas

Esta de narradores contemporáneos: a todos puedo enviar una carta. Catorce: para que tenga aires de soneto. A veces no ha sido fácil encontrar sus libros. Los he descubierto poco a poco. Tengo la sensación de que olvido nombres (siempre se olvida al mejor), pero los libros de quienes anoto me han sorprendido. Del conjunto puedo decir que son la razón para seguir creyendo en la literatura, hoy: César Martín Ortiz, Eduardo Jordá, Fernando del Castillo, Fernando Sanmartín, Gonzalo Hidalgo Bayal, Gonzalo Manglano, Hilario Rodríguez, Isabel Bono, Javier Quiñones, Javier Sebastián, Jesús Aguado, Manuel Vilas, María José Furió, Toni Montesinos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Tempus sedet

En la campa de los Encantas llama la atención una enorme colección de relojes de pared, desvencijados y polvorientos, muchos sin manillas, grandes esferas de relojes comerciales, otros de cuco, mecanismos y piezas amontonados: un pequeño cementerio de tiempo. El fallecido sería relojero. La imagen le hubiera dado qué pensar a un filósofo. A mí me gusta sólo porque parece reproducir un cuadro barroco. El viejo que regenta el puesto reclama: Hassan, dile al señor cuánto vale ese. Y Hassan responde: trinta euro. Se enfada el comprador: Quia, si ni siquiera funciona. La gente pasa ajena a las horas inmóviles.