martes, 10 de noviembre de 2009

Habitación 134

Los huéspedes de este huidizo hospedaje no lo abandonan, sino es para salir y no querer volver. Hay un número en la puerta de cada habitación y dentro los atributos de la noche. Por los corredores idénticos pasean raras parejas de ser humano y palo con ruedas y botella invertida, cogidos del brazo. Sombras blancas van arriba y abajo continuamente. A veces una entra en el cuarto sin llamar y desaparece sin despedirse. Domina una quietud de acuario: todo se mueve, pero nada parece avanzar; el tiempo, menos que nada. La vida dormita; una enfermera la despierta jeringuilla en mano.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Aarhus

Sale del hotel el sábado al atardecer para dar una vuelta por la Ciudad Antigua. El camión con su mudanza no llega hasta el lunes; y el mismo lunes por la tarde se inaugura la oficina de la filial que le han encargado dirigir en Aarhus. El fin de semana es un cuenco vacío, se dice Lennart Grønkjær, ansioso por resolver los problemas que se le vienen encima. «Tantas cosas por hacer y no poder adelantar nada hoy.» De plaza en plaza, deambula por calles solitarias como empujando el día fuera del tiempo: qué desperdicio de jornada para su currículum.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Vidas de la vida

En los Encantes aparece por los suelos una biografía en forma de biblioteca. Gruesos volúmenes de jurisprudencia, alineados, señalan a un juez. En otra esquina: una serie de novela policíaca barata, encuadernada en tomitos de piel. Enciclopedias de la historia y la geografía de Cataluña hablan del patriota, junto a una pequeña selección de libros sobre Franco —acaso escondida—. Unos cuantos libros religiosos recuerdan al hombre cabal que compró, sin embargo, excesivos títulos de la colección «Otros mundos» —de Plaza & Janés— dedicada a asuntos paranormales. Toda biblioteca tiene siempre una cara A y otra B. ¿Cuál leería más?

martes, 3 de noviembre de 2009

Luna de noviembre y azoteas

Luna del 3 de noviembre. Foto JAC
Igual que la joven que ha trasnochado y la noche le parece breve, la luna llena de noviembre señorea sobre las azoteas, sin arrimo de cansancio. En el añil aún no cuajado del cielo, limpio por la ventolera, la vieja seductora camina erguida entre chimeneas, antenas, barandas y falsos tejados de uralita sólo por arrancar un suspiro de admiración a los recién levantados en la ciudad. Qué poca atención le prestamos a la luna. Si no fuera por su inconformismo constante y su continuo saltarse horarios, joven díscola, pensaríamos que el universo acaba en el receptor de canales por satélite.

domingo, 1 de noviembre de 2009

El territorio de la mirada, y 5

Jane Dickson. Green Garaje, 1983
—Eh, tú.
—¿Yo?
—¿Quién va a ser?
—No trabajo aquí. Vengo a buscar mi coche.
—¿Y qué?
—No podré ayudarle, señorita.
—Eso depende.
—No trabajo aquí.
—Al parecer nadie curra en este antro.
—El vigilante habrá salido.
—Estará borracho.
—No puedo saberlo. Vengo a retirar mi coche.
—Ya lo has dicho.
—Disculpe.
—Qué amabilidades. Oye, ¿no quieres acercarte?
—¿Acercarme?
—Un poco. Sí.
—Mi...
—Ya, tu coche. Ven.
—No.
—¿No? ¿Una dama te pide que le ayudes y dices no?
—No. Quiero decir, sí.
—Acércate.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque estamos solos, los dos.
—He de sacar mi coche. Sorry.

jueves, 29 de octubre de 2009

El territorio de la mirada, 4

Jane Dickson. Hotel Girl, 1983
En el anfiteatro de la calle, un tranvía interpreta la partitura que fue a la lavadora en la chaqueta de John Cage. Jeroglífico no descifrado, la noche borra identidades: familia, domicilio, profesión, ahorros. Los dados corretean por el tapete verde con seis caras en blanco. La ciudad se convierte en el seno materno que acoge jovial a cualquier transeúnte como a un hijo pródigo. Su nombre de diosa: Hotel. Mientras la vida —perro degollado en un callejón— se desangra, una mujer se asoma al balcón y no grita. No espera a nadie. No huye. Ni siquiera está mirando cuando mira.

martes, 27 de octubre de 2009

El territorio de la mirada, 3

Jane Dickson. Gaiety 2, 1994
Inválida, la noche vagabunda
que tropieza en bordillos y adoquines,
cien taxis amarillos siempre a punto
de atropellarla, me condujo a ciegas
hasta el umbral. Quería y no quería
dejar mi huella sobre el terciopelo
de las cortinas. Alargó su vara
la noche hasta mi espalda y di aquel paso.
Oscuridad y luces se partían,
agua y aceite, la respiración.
Me senté entre las sombras: mi atributo.
Bajo la luz un cuerpo ya giraba,
desnudez en silencio, ante los ojos.
Bajo destellos, en mitad de un túnel.
Música inane, toses, sonaderas,
griterío, gargajos, estornudos
brindaban armonía al dolce idilio.

domingo, 25 de octubre de 2009

El territorio de la mirada, 2

Jane Dickson. Camille on the Stairs, 1985
Como acompaña siempre la puerta hasta el cuadro con cuidado, no sé si ya está dentro, en el portal, o sigue en la calle, esperando que vuelva a tirar de la cuerda para abrirle. Y cuando me asomo a oír sus pasos ascendiendo por la escalera, tan tenues, la corriente de aire me zarandea el camisón y me despeina, pero continúo atenta al gemido sutil de la madera al contacto con sus zapatos y trato de adivinarlos desde arriba, y el frío que me recorre la piel incendia algún rincón de mi cabeza donde el no oírle es ya presencia.

viernes, 23 de octubre de 2009

El territorio de la mirada, 1

Jane Dickson (1952), Peep Land, 1984
Un charquito de luz sucia parpadea en la fachada, al final de la calle. Bombillas encendidas y apagadas conviven en el nombre del local. La cortina de terciopelo ennegrece. Como si la humedad de la noche se hubiera refugiado en el zaguán, éste exhala el vapor agrio de un borracho. Sobre las tablas del entarimado los días sedimentan su paso, su pelusa. Las paredes sudan, las placas del techo se agrietan y desprenden, el escay de los asientos gime, las inciertas alfombras añoran su pelaje bajo el manto de la iluminación. Al salir, alguien enciende un cigarrillo. Bostezan sus sueños.

miércoles, 21 de octubre de 2009

«El cielo es azul, la tierra blanca», de Hiromi Kawakami, en Acantilado



Con mínimos elementos narrativos —dos personas, una ciudad y los ratos perdidos al final del día—, cuya sencillez acaricia el abismo de lo inane, Hiromi Kawakami (1958) escribe una historia de amor que no evita tampoco la cursilería del propósito. Pertenecientes a dos generaciones distintas, los protagonistas encarnan las sosegadas y reposadas virtudes del Japón tradicional, uno, y el desorden y atropellamiento del mundo actual, otra. La autora sabe acercarlos y alejarlos con el ritmo sincopado de la vida urbana. Al final, en la mejor tradición narrativa, el diálogo salva la novela y convierte a los personajes en verdaderos.

domingo, 18 de octubre de 2009

La heladera de Venecia

Como pequeñas montoneras de escombros desperdigadas por un solar, algunas nubes oscuras afean las fotografías de los turistas en Venecia. Bianca contempla el cielo detrás del mostrador y lo hermana con el helado de kiwi que ha batido aquella mañana. Los kiwis que llegan al mercado de Venecia son siempre amargos. Y demasiado caros para lo que son. La cubeta del heleado de kiwi permanece esponjosa, intensamente verde e intacta; aunque se lo pidan, Bianca se niega a servirlo. Elige otro, este me ha salido demasiado ácido —se justifica. Y al día siguiente recorre la ciudad en busca de kiwis.

jueves, 15 de octubre de 2009

Sudestada, y 3

«El río cambia. A veces es duro y amargo, pero otras veces parece hecho a la medida del hombre». Este podría ser el lema del Boga, inolvidable protagonista de Sudeste, la primera y estremecedora novela de Haroldo Conti (1925-1976?). También podría ser emblema de la novela, de la literatura y de la vida, porque a todos estos campos metafóricos alcanza la narración de un verano y un invierno en el delta; soledades que persiguen un sueño —un barco— sobre las maderas podridas de un viejo bote, y acaban por caer de bruces en la brutalidad de una sociedad insensible, despiadada.
(2)
La escritura precisa, los diálogos secos y ásperos, la admirable recreación del ambiente del río convierten esta novela en una experiencia de lectura sobrecogedora. Pero hay algo más. El Boga parte con su miseria en busca de un ideal, que está a punto de conseguir cuando los otros interfieren en su vida y le arrastran hacia un destino completamente ajeno a su sueño. Con qué clarividencia narró Conti, en 1962, su propio final. Como al Boga, a Conti le gustaba recorrer brazos de río y canales en solitario; como al Boga los otros, una sudestada se lo llevó en 1976.

martes, 13 de octubre de 2009

Sudestada, 2

Río de la Plata, 1929
El cielo es el cielo y a la tierra pertenecen los campos, el río, el delta y dicen que las altas montañas. Lo estudiaba de niño en el librote manoseado que don Gabriel se había traído de donde no se habla como hablábamos nosotros. Para contemplar estampas parecía no importar: el cielo azul, el mar azul y copas de los árboles talladas como esmeraldas. Así aprendí los colores que de nada sirven para nombrar el lodazal del cielo y las aguas terrosas que saltan diques y se plantan a las puertas de casa invitándose cada vez que sopla el sudeste.

domingo, 11 de octubre de 2009

Sudestada, 1

Foto: Masterafg. Rafael Obligado, 2008
El viento sudeste llega en ocasiones sin remite, como el sobre blanco de una carta con ribetes negros. Se asienta sobre los caminos y sus alamedas, junto a las tablas secas en las paredes de los cobertizos y hacia el horizonte, que ya no se ve, una niebla densa, pegadiza, incómoda. Los postes de la electricidad se adentran con pavor en ella, y los ojos los ven perderse. De ahí el malhumor con que se le grita al perro y se fustiga al caballo. Bajo el humo nada avanza. Ni la patada al balón del niño encuentra jamás la portería.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Voces

El miércoles es, en los Encantes —mercadillo de lo inverosímil—, el día de los libros. Sobre un lecho de papeles revueltos, álbumes de cromos y volúmenes desparejados descansan en paz diez enormes cráneos vacunos con sus cornamentas. El azar sitúa una de las cabezas mayores —de las que sólo se ven en las películas del oeste— junto a las Obras Completas de Cela, encuadernadas en verde. Sonrío —ingenuo— al imaginar que pertenecen al mismo lote. En una esquina del revoltijo me llama una palabra desde un libro menudo, blanco: Voces. De Antonio Porchia. 1965. No salgo indemne del puesto.

martes, 6 de octubre de 2009

A vueltas con «Doménica»: ¿qué demonios quise contar? (pseudotríptico)

El protagonista, Etienne Estame, es un emblema del pragmatismo contemporáneo. La novela plantea un juego constante entre concepciones idealistas. Laborde es el idealista romántico, en el que el ideal ya está absolutamente desligado de la realidad. En Laborde ideal y vida forman dos universos irreconciliables. Pero Doménica también es una idealista, una idealista prerromántica, del mismo modo que lo fueron los barrocos: busca incorporar el ideal a la vida cotidiana. De hecho, a una vida cotidiana —en la mejor tradición barroca— plenamente satisfecha en su aura mediocritas (está contenta con su vida en el burdel, como antes lo había estado
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de sus relaciones con el jardinero). En esta estela barroca, Doménica funde perfectamente el ideal de una vida superior (aspiraciones al amor y a la belleza) con una vida cotidiana mísera, como una forma de trascenderla. Estame, de hecho, comparte aspectos idealistas románticos y barrocos, pero sin convicción. Intuye, tal vez, como Doménica, que la monótona vida provinciana que le ha tocado en suerte se puede superar desde dentro, viviéndola con intensidad; y tampoco es ajeno a los cantos de sirena románticos que Laborde le lanza. Pero en el fondo no cree en ninguna de esas dos vías. Su idealismo,
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de tan anémico, tiende a la inexistencia. En este momento Estame —apellido cuya sonoridad evoca el verbo «estar»— utiliza la fuerza y el aliento del idealismo no para sustentar un ideal —como hacen Laborde y Doménica, cada uno a su modo—, sino para autojustificar una conveniencia. Estame no cambia el modo de actuar ni el procedimiento del idealismo, sino sólo su utopía: no aspira a «ser» (y sus implicaciones morales), sino sólo a «estar» bien o a salir bien parado en cada secuencia de la vida. Este es el modelo de su pragmatismo, que tal vez resulte excesivamente contemporáneo.

domingo, 4 de octubre de 2009

Compraventa

—¡Usted no quiere vender!
—Si no le parece bien, entonces, ¿cuánto me da?
—No se trata de que yo le dé nada. Se trata de sea usted quien quiera vender.
—Dígame, pues, ¿cuánto me da?
—No, no, ese precio que me ha dicho es no querer venderlo.
—O no querer comprarlo.
—Comprar lo quiero comprar, pero a su precio.
—Diga usted, entonces, ¿cuánto me da?
—No, no, se equivoca. Quien vende es usted. Quien pone el precio es usted.
—El precio ya se lo he dicho.
—Pero no se puede pedir ese dinero por eso.
—Entonces, ¿cuánto? Dígame.
—¡Su precio!

viernes, 2 de octubre de 2009

«Crónicas de humo», de Gonzalo Manglano, en Alfama





Quizá el arte de vanguardia sea un pequeño circo de imposturas y falsedades sobre la carne viva del conflicto de un artista con su identidad imposible, sufrido desde la radicalidad. Es lo que desarrolla la historia escrita por Gonzalo Manglano en esta novela que prescinde de la voz monolítica del narrador para entregarla a un cruce de voces —en primera y tercera persona— que se alternan constantemente, con la finalidad, acaso, de crear una perspectiva superior, una suerte de superestructura en la que el punto de vista no depende ya de un narrador sino de las vicisitudes de una narración.

jueves, 1 de octubre de 2009

El corrector

Ningún escritor contemporáneo sabe escribir» —clamaba Iban Hechebendrían a las enfermeras mientras repartía por la habitación folios de la novela cuyas pruebas de imprenta corregía. Acababa de cumplir 75 años, 50 de los cuales había dedicado a enmendar originales: era su argumento de autoridad. «Un premio Nobel, tres Cervantes, incontables Nacionales. Ninguno sabe escribir. El archicélebre Casín escribe osco, sin hache; y el académico Louroño en el aplaudido libro El desafuero escribe tres veces gorjear con dos ges». Se lo repetía a quien le escuchara, médicos, enfermeros o celadores. «Algún día escribiré un libro para contarlo» —fueron sus últimas palabras.

lunes, 28 de septiembre de 2009

«Noviembre», de David Mamet, en el Teatro Goya (díptico)






Lo obvio: espléndida selección y dirección de actores, están estupendos; y lección técnica de Mamet, que empieza en situación de clímax y va subiendo y subiendo lo inaudito hasta extenuar al espectador. Más interesante será fijarse las sombras. Noviembre se construye en paralelo a American Buffalo, y en esta comparación —sugerida por la propia obra— empiezan las dudas. Primera: en American Buffalo actuaban personajes —singulares, intensos, redondos, diría Foster—, cuyas únicas referencias eran su sórdida vida. Quizá fuera una imagen de la América urbana y escondida; pero la obra era un auténtico poema de amor en mitad del vertedero.
(2)
Los personajes de Noviembre se deben a la farsa que interpretan, no a sí mismos. La virtuosidad de Mamet dándole vuelta a los argumentos exige que sean no sólo planos, sino unívocos en diversos niveles simultáneos: prodigio técnico, sin duda. Sin embargo, el teatro pierde; gana el espectáculo. Segundo: American Buffalo arraigaba en la realidad más profunda de los individuos y de la sociedad; Noviembre navega sobre la espuma de las contingencias políticas (todas locales y todas comprensibles, por cierto). Aquélla entroncaba con la gran corriente del realismo norteamericano; ésta con el costumbrismo. No va más allá. El espectáculo arrasa.

viernes, 25 de septiembre de 2009

(Tercer paréntesis, y último)

(El azar del diseño de cubiertas de libros ha emparentado Doménica con Trasto, dos novelas en busca de una trilogía. Ambas nombran en el título a la víctima de una traición. La traición del amor, en una; la de una amistad, la otra. En las dos —contadas en primera persona— el personaje principal, que trastoca la vida anodina del narrador, aparece mediada la lectura —en Doménica irrumpe en la sala donde está el maestro de Palfre a mitad del párrafo central del capítulo cuatro, de siete—. ¿Y la tercera? No se titula Gebé, como debiera; pero ya está escrita.)

jueves, 24 de septiembre de 2009

Un inicio de novela y dos paréntesis

El día 30 de septiembre de aquel año, seis meses antes de la guerra, recibí mi primer salario como maestro suplente en el colegio infantil de Palfre, el único que había en esta localidad de la Baja Liboria. Cuando llegué al cuarto que tenía alquilado en la casa de doña Nataline cerré la puerta, corrí los visillos y de espaldas a la ventana que daba a la calle abrí el sobre que había traído, desde el colegio, apretado en un puño dentro del bolsillo del pantalón. Saqué los billetes y los esparcí, junto a las monedas, por la mesa. Volví...
:
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(Doménica tiene 45.404 palabras distribuidas en siete capítulos. Recuerdo cuándo empecé a escribirla, desde el primer instante con este título. Hacia las siete de la mañana del 15 de septiembre de 2005 me desperté con la historia completa en la cabeza y con el nombre de la protagonista. Inmediatamente me puse a redactar en la mente. Seguía en la cama porque la hora no aconsejaba otra cosa. Cuando lo escrito en la cabeza rebasaba la capacidad de memoria, me levanté. Eran las siete y media, según anoté en el cuaderno donde empecé a transcribir tal cual está el primer párrafo.)
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(El 15 de septiembre, aquel año, fue el primer día del curso. Es decir, tuve que interrumpir la escritura para ir a trabajar. Este incidente resultó esencial en la concepción de la novela. Durante unas horas conviví con un párrafo. Durante los días siguientes tomé notas sobre el argumento soñado. Estructuré el primer capítulo y me di cuenta de que el párrafo cobraba protagonismo. El capítulo uno quedó proyectado en catorce párrafos. Me sentí feliz con el número, que repetí en los demás. Una tarde lo puse en endecasílabos, un verso por cada párrafo. Escribí el soneto del primer capítulo.)

lunes, 21 de septiembre de 2009

Otoño

La víspera del otoño es el chaleco. Y unas virutas de aluminio en la aleación de la luz. Imperceptibles casi, si no fuera por la apetencia de las sombras en los edificios. Convertido ya el verano en la lista de la compra de una persona desmemoriada, la víspera del otoño inaugura congresos de alta poesía en los encuentros casuales dentro del ascensor: el tiempo que se nos va... Resuelta ya la incógnita del verano, la promesa del otoño de regresar a los jerséis y a las tardes de lectura sabe a poco. A casi nada. A apetencia de las sombras.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Sociología del charco

Foto MCP
Un chaparrón de madrugada deja el dibujo geométrico de las losas en la acera encharcado: vasos sanguíneos racionalistas, fractal apóstata. Y allí donde el terreno ha cedido, el agua se acomoda como quien se dispone a ver un programa de televisión. Yo mismo, asomándome a su campo de visión, debo de ser el primer presentador de la mañana. Alguien, por cierto, que no tiene nada que decirle a un charco. Pero como sigue mirándome con mi propia cara de desconcierto, por romper la tensión, le sonrío. Veo que se arrellana entre las losas hundidas: empieza a disfrutar con mi vacío.

viernes, 18 de septiembre de 2009

¿Y por qué lees eso?

Basta escribir un día sobre algo leído al azar, para que no haya página abierta que no hable de lo mismo. En ¿Para qué sirve la literatura? escribe el profesoral Antoine Compagnon sobre nuestros días y los que se avecinan: «En lo sucesivo la lectura deberá estar justificada, no sólo la lectura corriente... sino también la lectura culta». Ahora veo mejor el embrollo: lectores e intelectuales ya sólo leen si está justificado que lean (¿por su profesión? ¿por su periódico? ¿por sus colegas?, por quien sea). ¿Sólo los no lectores que leen se atreverán a leer sin justificación alguna?

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Lecturas de no lectores

Conforme avanzo por el vagón del metro voy viendo repetida la misma chocante fotografía que a toda página publica un periódico gratuito. Me entran ganas de volver a la boca de entrada y solicitar el ejemplar que acabo de rechazar. En el metro todos los que no leen periódicos leen el periódico gratuito. Y quienes tienen aspecto de lectores de periódico miran, como yo, las fotografías desde lejos o los anuncios del vagón. La sociología trastorna cualquier filosofía: sólo se ve leer a los no lectores. La situación me reconforta: tanta metafísica autocomplaciente le habían echado al concepto de «lectura».

lunes, 14 de septiembre de 2009

El público lector que no lee y el público que no lee lector

Julien Gracq en 1951
Con cierto retraso (ferroviario, posiblemente) leo los fragmentos que un suplemento adelanta del opúsculo de Julien Gracq (1910-2007) La literatura como bluff. Emociona su lucidez. Y su indisciplina crítica. Tanto que dan ganas de decir que todo sigue igual. Pero la sociología nunca se detiene. Hoy aquel «público que no lee» lee y compra libros. Y le proporciona argumentos a los reseñistas. Porque quien ha dejado de leer es el público lector (intelectuales, profesores, estudiantes, periodistas, políticos...). Ha dejado también de comprar libros (a lo sumo se los pide al editor). O directamente prefiere ser «público que no lee» lector.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Signos

Foto GCC
Entomólogo de las mañanas de sábado, temprano, —a la espera siempre de encontrar una aurata, un dorcus, un lucanus entre la maleza— escudriño el vacío de las calles en busca de un signo que capturar. Sueño con que lo impregne el timol desinfectante del estilo y con que lo atraviese una aguja dorada en la caja cibernética del coleccionista de textos. Le añadiré un título y en letra muy menuda, al pie, le adscribiré un género. Y cuando cierre la caja, el brillo del cristal y la hondura del receptáculo le darán, al signo que no era nada, existencia poética.

jueves, 10 de septiembre de 2009

«A propósito de los cuerpos», de Elena Román, en Littera Libros




En la tradición del poema en prosa laten las iluminaciones que lo convirtieron en aquel artefacto literario capaz de arrasar el corazón del lector. Elena Román (1970) interpreta en su libro la partitura original con tres instrumentos precisos: una maraña retórica urdida con delicada e incisiva técnica, la ironía de una mirada que sorprende lo invisible oculto en lo cotidiano y el sesgo exacto de la distorsión. Todo en armonía para hablar de lo que la idea de «cuerpo» olvida: esa extraña colección de apéndices, vericuetos y odres que lo forma. «Porque hay que ser canoa para entender al río».

martes, 8 de septiembre de 2009

Mentiras de entonces

Algunos domingos, cuando salgo para ir a ver un partido de fútbol, el joven que fui abandona mi aura y me mira extrañado: ¿tú? ¿Si a ti no te ha gustado nunca el fútbol? ¿Si preferiste siempre un libro? Ya, ¿y qué?, le digo. De hecho, no estoy seguro aún de que me guste, pero me contaron y creí tantas mentiras (por ejemplo: al sabio cuya senda seguí que ahora amaña premios para él y sus amigos) sobre el mundo que he decidido comprobarlas todas. Y ahora me toca ésta: verificar si también era mentira que el fútbol atolondra, enajena.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Jacarandá a la orilla del río y paseantes

Sobre las losas del pavimento, los pétalos de la flor del jacarandá que pisan los niños cuando corren al tuntún brillan como constelaciones distraídas. No se los lleva el río taciturno, ni los arrastra el viento que no sopla. Ay los pétalos de luz violeta que ensucia el polvo que despiden los corredores vespertinos y el que arremolinan los ciclistas adolescentes. Bajo el jacarandá me agaché por elegir uno para mi cuaderno de poeta. Quería manchar con su color serio, grave, trascendente la blancura que no rasgan las palabras. Como si fueran de peces muertos me cautivaron sus ojos lánguidos.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Me desgarra el corazón

Junto a las puertas del recinto de la Alhambra, una bochornosa mañana de verano. El guía les había dejado solos mientras retiraba las entradas. «Es muy bonita, ya verás», decía Brunhilde, animosa como siempre; «una ricura —subrayaba Mathilda con voz aflautada—, mira qué fotos en la guía». Helmuth insistía en su desánimo. No hay aquí dentro nada que me resucite, iba diciéndose camino del monumento, cuando al pasar junto a un abedul del jardín tuvo una idea que le rejuveneció. Saca una navajilla y sobre la corteza graba en cinco palabras sus obras completas: das zerreißt mir das Herz.

martes, 1 de septiembre de 2009

Poesía


: El viajero, que en el andén desconocido extraña la luz que no logran ocultar las marquesinas de hierro forjado que buscan convertir la estación en un recipiente de agua tibia que acoja, sosiegue y mitigue el desorden que supone la mera existencia de otros lugares y otros seres, la vastedad de destinos que confluyen en el pespunte que son dos raíles que avanzan por el territorio regresando siempre, abre la libreta y traduce las listas lumínicas no enjauladas a un garabato azul mientras le contempla con desdén un letrero entre la oficina del jefe de estación y la consigna.

viernes, 28 de agosto de 2009

Revisión de agosto

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Foto GCC
Como si la inmortalidad fuera conocida con el apodo de agosto quería que llegara ese mes, de niño, porque todo lo detenían sus días tórridos, sus playas hieráticas. No había médicos en verano, ni noticias, ni se sentía que pudiera ocurrir nada. El plazo sin tiempo. Las ideas infantiles siempre se quedan abandonadas en la cabeza como capillas ahumadas y polvorientas en iglesia de pocos fieles. Pero de las fuentes de agosto mana el mismo río. Mi amigo Elías lo dice en dos versos del poema «Visión de agosto»:
porta el aire un sabor a agua
remota, como de noviembre.

martes, 25 de agosto de 2009

«Conté las letras. Había exactamente cien. Pensé que eso debía ser importante», Sylvia Plath en «La campana de cristal»

Tras las campanadas de las cuatro se despierta con frío y entorna la ventana que había dejado de par en par. A las siete se levanta para cerrarla. El cristal acalla el griterío ansioso de los pájaros. Dos goterones de pintura manchan el esmalte del marco. A veces anquilosan la intensidad de lo vivido y otras consiguen que renazca. Las formas todo lo trastornan con su anhelo de sentido. Son la niña que se asoma a la alacena en busca del tarro de compota, pero se asusta porque no ve a nadie. Si al menos hubiera un fantasma, entraría acompañada.

lunes, 10 de agosto de 2009

De sueños y generaciones

Jesús Aguado y su generación. Pensilavania, octubre de 2006. Foto JAC
En un libro de relatos de Jesús Aguado que leo en sueños encuentro uno —«Cuento, este sí, para los verdaderos destinatarios de los cuentos»— donde me conmueve una frase que llena de fulgor mi duermevela: «El alcohol de los colores que no sabe a borrachera». Nada más despertar pienso: escribiré una pastilla de texto con esta frase. Pero el recuerdo del sueño me lo impide, en él la había escrito Jesús Aguado. Zafer Şenocak, turcoalmán de 1961, escribe: «Sólo puedo escribir una historia si sé que la historia me pertenece solamente a mí». Exactamente: el delirio platónico de nuestra generación.

sábado, 8 de agosto de 2009

Jarque. Una elegía

Foto GCC
Algunas tardes de invierno que creía idas para siempre por el sumidero del tiempo han regresado hoy para quedarse con la tenacidad de los símbolos. Tardes en las que el equipo deambulaba desorientado, entonces los ojos se desviaban hacia su figura erguida, tanto que a veces chocaba la flexibilidad con la que sorprendía al adversario, y hacia el modo cómo trazaba las líneas con magnetismo, con armonía. El fútbol no es más que un simulacro de la vida: en espera siempre del instante que detendrá el asedio. Pero en el juego hay domingo siguiente. En la vida, memoria y mito.

Flauta con acompañamiento de ventalles y ventilador en la iglesia de Palau

Flautín renacentista, pícaro, brinca entre abanicos que repican y aspas que zumban. Lo miran los fieles hieráticos, pero la música no se ve. La ve sólo el niño que ha entrado con una salamanquesa recién nacida que acaba de capturar con un bote que guarda en el bolsillo. Deja que asome lo justo para contemplar su piel transparente, de ángel. La ve la niña que molesta a los ensimismados porque los mira y pregunta en voz alta. Flauta barroca, Bach, Telemann, alfombras tendidas para pies calzados. No se ve la música, pero miran cómo forma volutas que no se deslizan.

lunes, 3 de agosto de 2009

¿La crisis?

Se sienta en el escalón, bajo el porche de un café. El atadillo de paraguas lo deja apoyado cuidadosamente contra una columna. Ha de retirar las piernas para que aparque una camioneta cuyo conductor no quiere andar demasiado hasta la barra. En el pañuelo donde guarda las monedas cuenta el resultado de las dos ventas tras una mañana de caminar el barro de las calles de Duala. Victorine sabe que la jornada no le da para un refresco. Lo dibuja con un dedo sobre la arena y su imaginación se lo bebe. Luego, al levantarse se golpea con el parachoques.

sábado, 1 de agosto de 2009

Filosofía de andar por el verano

Llego a la estación a las 13:05. Compruebo que sale un tren a las 13 y otro a las 15 horas. Creo que el tren más próximo es el de las 13 y se me atraviesa un pensamiento: «Si hubiera llegado cinco minutos... Si el autobús... Si el vecino... Si el bocadillo...». Cuando veo que no consigo salir de esta lógica angustiosa, lo pienso mejor: de las 13:05, sin duda alguna, el tren más próximo es el de las 15. Una hora y 55 minutos es una minucia al lado del abismo insalvable que me separa de las 13 horas.