La necesidad de un contrapunto en el presente apareció cuando la historia del pasado empezó a ser escrita. Se impuso como una exigencia del argumento: la creación de dos tramas que se cruzaran en diferentes planos: argumental, estilístico, formal y estructural. Quizá sea una necesidad de la novela contemporánea: su fragmentación esencial astilla las decisiones que vertebran la narración —punto de vista, marco espaciotemporal, acción... imposibles de mantener con validez durante todo el argumento— de modo que sólo es posible ir construyendo el amparo narrativo de la historia pedazo a pedazo, sin importar cómo hayan sido contados los fragmentos contiguos.
lunes, 30 de marzo de 2009
viernes, 27 de marzo de 2009
Vuelo nocturno
Zoran Music. Ciudad, 1988. Óleo sobre telaDesde la ventanilla de un avión las ciudades —también las grandes metrópolis— poseen un tamaño que sorprende por su reducida dimensión: es posible dibujar su contorno. En el vuelo nocturno, un brasero de luces que cintilan sobre la oscuridad muestra una imagen que evoca los mapas escolares. La palabra «ciudad» nombra esta luminiscencia y también la sucesión de muros y fachadas que encuadra la ventanilla de un autobús que transita. Un autocar en la ruta nocturna —visto desde el margen de la carretera— es como una ciudad contemplada desde el avión: un trazado fugaz de luces minúsculas que amontona vacío.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Destino
Al fracaso la gente se prepara a conciencia. Conozco el caso de Ezequiel Egea Erena que nació en enero, en Estépar, y siempre creyó que aquello era un signo del cielo. Cuando visitó Estremera decidió quedarse. Compró un piso en la calle del Eruelo trece, tercero tercera. En la calle de Enmedio salió otro más holgado por idéntico precio, pero al ser en el número ocho y cuarto, no lo quiso. Todo cuadró hasta el día de su boda; al ir a firmar los papeles descubrió su desgracia: el nombre de la novia elegida especialmente no era E... sino Helena.
sábado, 21 de marzo de 2009
¿Hoy día mundial de la poesía? Eso he oído en el boletín de noticias de la radio. ¿En las noticias? Nada menos.
Abandona el poema sobre un banco del paseo. Cuando se levanta, el sol se sitúa detrás y de un salto le adelanta su sombra; así juntos, en esa lánguida compañía, les verá alejarse bulevar arriba quien descubra la hoja y al desdoblarla no sepa el idioma en el que ha sido escrita. Convertida en una bola que busca comprensión entre colillas y flores de jacarandá, el poema regresa al territorio que gobiernan las escobas municipales. Un perro lo confunde con la pelota que le han lanzado y se la devuelve al niño, que aprovecha para construir un avioncito de papel.
viernes, 20 de marzo de 2009
La reunión
—Aplastaremos esa huelga.
—Se han puesto de acuerdo los sindicatos.
—Gentuza. Vayamos al grano. Acciones positivas.
—Aunque no toque, el banco podría enviar un informe sobre el fondo de pensiones para funcionarios.
—Encárgate de eso. Más.
—Un artículo en la revista sobre los beneficios sociales del departamento.
—Lo preparas. Más.
—Los medios.
—Lo de siempre. Más.
—Quizá...
—Nada de quizá. Al día siguiente se ha de hablar de otra cosa. ¿Qué tenemos por ahí alterado?
—¿Bolonia?
—Me gusta. Encárgate.
—¿Desalojo?
—No es suficiente para una portada.
—¿Manifestación, altercados?
—Me gusta. Pero olvidaros de los estudiantes. Quiero una portada en todas partes.
—Se han puesto de acuerdo los sindicatos.
—Gentuza. Vayamos al grano. Acciones positivas.
—Aunque no toque, el banco podría enviar un informe sobre el fondo de pensiones para funcionarios.
—Encárgate de eso. Más.
—Un artículo en la revista sobre los beneficios sociales del departamento.
—Lo preparas. Más.
—Los medios.
—Lo de siempre. Más.
—Quizá...
—Nada de quizá. Al día siguiente se ha de hablar de otra cosa. ¿Qué tenemos por ahí alterado?
—¿Bolonia?
—Me gusta. Encárgate.
—¿Desalojo?
—No es suficiente para una portada.
—¿Manifestación, altercados?
—Me gusta. Pero olvidaros de los estudiantes. Quiero una portada en todas partes.
jueves, 19 de marzo de 2009
Las vistas pobres


En las calles estrechas, las ventanas de hotel familiarizan al viajero con los interiores vecinos que no tenía previsto visitar en la ciudad. Le muestran, en detalle, la suciedad que cualquier saliente urbano acumula y la curiosa variedad de objetos que han elegido aquel rincón para permanecer en su abandono. Como símbolo, es fácil que lo desprecie ante las expectativas del catálogo monumental que le aguarda. Como recuerdo, ni siquiera lo mira con intención de otorgarle ningún privilegio. Y mientras sale del cuarto arrastrando la maleta, el visitante ordena mentalmente las experiencias vividas, y las vistas pobres ya ha desaparecido.
lunes, 16 de marzo de 2009
¿Qué será el presente?
—Al pasar he escuchado tu voz. La reconocería entre una multitud.
—Qué alegría verte de nuevo, pequeña.
—Tu voz. Me trae recuerdos.
—Los recuerdos de nada sirven.
—Tus ojos.
—El presente. Sólo se vive en el presente.
—Enharinados como la masa que el aceite hirviendo convertirá en buñuelo: tus ojos.
—Hirviendo, buena idea. Ven aquí. Desabróchate el sujetador.
—¿El sujetador?
—Eres tú la que ha hablado de recuerdos.
—¿Crujientes o reblandecidos? ¿Cómo sabrán los buñuelos mordidos en el recuerdo?
—La falda, las medias. Quítatelo todo. ¡El presente!
—Enharinados, tus ojos.
—Tu cuerpo, desnudo.
—Tan hermoso y piensas como una cucaracha.
—Qué alegría verte de nuevo, pequeña.
—Tu voz. Me trae recuerdos.
—Los recuerdos de nada sirven.
—Tus ojos.
—El presente. Sólo se vive en el presente.
—Enharinados como la masa que el aceite hirviendo convertirá en buñuelo: tus ojos.
—Hirviendo, buena idea. Ven aquí. Desabróchate el sujetador.
—¿El sujetador?
—Eres tú la que ha hablado de recuerdos.
—¿Crujientes o reblandecidos? ¿Cómo sabrán los buñuelos mordidos en el recuerdo?
—La falda, las medias. Quítatelo todo. ¡El presente!
—Enharinados, tus ojos.
—Tu cuerpo, desnudo.
—Tan hermoso y piensas como una cucaracha.
domingo, 15 de marzo de 2009
Le printemps
Foto MCPCuando llegaba esta época el profesor de francés escribía un título en la pizarra y nosotros lo convertíamos en campo de combate con la ortografía. Cómo me gustaría escribir redacciones así, pero han prohibido los tópicos. No hay peor insulto para un escritor. De nada vale que los antiguos midieran su valor por el tema elegido. De poco que la seducción oriental emane de los matices insospechados de lo conocido por todos. Quién pudiera escribir que ve florecer el gran peral del huerto de Can Carriot, los melocotoneros en la huerta de mi padre, las florecillas silvestres en los descampados.
jueves, 12 de marzo de 2009
Habitaciones vistosas


En el balcón, uno se deja ilusionar por el espíritu de propietario interino de las vistas. El puerto, que al mar educa con su enmarañada docencia de dársenas y grúas. O la plaza, donde mueren y nacen los tranvías como ave fénix que sacara unas oposiciones. Las vistas hoteleras encarnan la alteridad del alma, escribirá tal vez, si se ha dejado seducir por el encanto decorativo de la ciudad visitada. Acaso seáis, vistas efímeras, sólo la bolita cárdena del collar roto que el niño descubre bajo la mesa mientras la madre exclama: «¡Tira eso, no te lo vayas a tragar!».
miércoles, 11 de marzo de 2009
Julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo
Somos un puñado de arena en los bolsillos de la muerte
José Antonio Padilla
Un domingo premonitorio del verano, escribo mentalmente sobre el día en el que llego a Málaga. Así confiado, abro el periódico y me derriba el mismo helor elegíaco de este invierno. José Antonio Padilla, un poeta joven de quien sabía que estaba enfermo, ha muerto. Sus amigos me informan: en junio sufrió un pequeño ataque, no parecía lo que fue. No necesito contar. En la misma oscuridad entraron dos escritores que admiraba, Raúl Ruiz y Javier Lentini, durante nueve meses. Los tres —«Debajo de mi insomnio / parece que hace guardia un coche fúnebre», escribió Padilla— dieron a luz su sueño.
sábado, 7 de marzo de 2009
La ansiedad
Dos días de viento dejan el primor de un hiperrealista norteamericano en las ventanas de los ojos. Los ojos, que hace días que no escriben sobre la senda sabatina hacia la panadería, lo enfocan todo —encañonan lo poco que asoma tan temprano— escudriñando qué tendrá valor de signo y densidad de palabra. Una caja de cartón abierta y abandonada, llena de hueveras vacías, ¿qué significará? De repente me doy la vuelta y me miro a mí mismo atendiendo a todo: un tonto. Sonrío, caigo en la cuenta: sólo tiene sentido que sean los sentidos los que le encuentren a uno.
jueves, 5 de marzo de 2009
Quijote
De quien deja que el polvo se esparza en la madera y desliza luego el dedo sobre la superficie opaca para que el brillo oculto dibuje la senda que le da vida a cada palabra aprendí el gusto por la escritura. De quien camina ciego y tropieza con la esquina de los muebles lastimándose a cada paso la canilla de la pierna que ha impulsado el avance. De quien sueña con mondas que los insectos devoran frente a las mondas devoradas por los insectos. De quien se levanta del baúl donde se ha sentado a descansar y nada se lleva.
martes, 3 de marzo de 2009
«El cortador de cañas», de Junichiro Tanizaki, en Siruela

Junichiro Tanizaki (1886-1965) sumerge al personaje en un pequeño laberinto de citas de libros clásicos japoneses —como acostumbra— con la intención de que proporcione perspectiva y profundidad al presente de una época trivial. Pero una vez trazada esa vía culturalista y erudita para la contemplación del paisaje, un encuentro fortuito le descubre una inesperada y trágica historia de amor —extraña felicidad de tres personas que se brindan su mutua castidad— que empieza cuando el desconocido recuerda las palabras de su padre: «Vámonos, hijo mío, me dijo, te voy a llevar a que veas la luna». Y le enseñó su corazón.
domingo, 1 de marzo de 2009
De lo trivial que no erosiona el olvido o “Tengo esa conversación clavada en la cabeza”
—¿Lorena? ¿Hablo con Lorena?
—Sí... Soy yo...
—No me conoces. Bueno, tal vez sí.
—¿Quién me llama?
—A quien conoces... A quien conoces bien es a mi marido.
—A mí no tienes que llamarme.
—¿Por qué no? ¿No compartimos algo últimamente?
—No tiene derecho a llamarme.
—¿Ah, no? ¿Y tú tienes derecho a hacer lo que haces?
—Por favor, basta ya. Voy a colgar.
—Eso mismo es lo que tenías que haber hecho antes. Antes de abrir las sábanas.
—Esta conversación no tiene sentido.
—¿Ah, no tiene sentido? ¿Y sí lo tiene que mandes a la mierda una familia?
—Cuelgo.
—Sí... Soy yo...
—No me conoces. Bueno, tal vez sí.
—¿Quién me llama?
—A quien conoces... A quien conoces bien es a mi marido.
—A mí no tienes que llamarme.
—¿Por qué no? ¿No compartimos algo últimamente?
—No tiene derecho a llamarme.
—¿Ah, no? ¿Y tú tienes derecho a hacer lo que haces?
—Por favor, basta ya. Voy a colgar.
—Eso mismo es lo que tenías que haber hecho antes. Antes de abrir las sábanas.
—Esta conversación no tiene sentido.
—¿Ah, no tiene sentido? ¿Y sí lo tiene que mandes a la mierda una familia?
—Cuelgo.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Un inicio de novela y un paréntesis
Una mañana de octubre, en 1939, temprano, bajo un cielo plomizo y una lluvia menuda, se plantaron dos oficiales ante las puertas del instituto de Zielona Góra, el único donde se podían realizar estudios superiores en esta pequeña ciudad situada al oeste de Varsovia. Con el uniforme oscuro bien almidonado, botones relucientes y botas que parecían de cristal negro, se sacudieron las pequeñas gotas de lluvia con un ligero temblor que, sin embargo, no descompuso su hieratismo. Aunque en ningún momento tocaron la campana de entrada, el viejo conserje del instituto, Arkadiusz, que ya había modificado en dos ocasiones su...

(Al oeste de Varsovia contiene 44.291 palabras. Sus cinco capítulos están formados por siete capitulillos donde se alterna pasado —1939— y presente en secuencias diferentes: ABABABA – BABABAB – ABBABBA – BAABAAB - ABBABAB. Empecé a escribirla el día 6 de junio de 2006 y acabé la mañana del 14 de noviembre de aquel mismo año. Por la tarde leí poemas en el Café-teatro Cincomonos: éramos 14 personas. Como homenaje a Cezary Cieślak, poeta conceptual —a veces pensaba en Miguel Labordeta al idearlo—, los personajes del pasado —conforme aparecen— forman un abecedario completo y los del presente otro; éste ordenado a la inversa.)
martes, 24 de febrero de 2009
24-F
Soldado de reemplazo en una unidad de la Brunete, del 23 de febrero puedo contar tantas anécdotas, minuto a minuto. El día 24 de febrero amaneció con una orden diferente: acuartelamiento. El encierro aquel impedía el paseo por Madrid, pero sobre todo le puso cerco también a las conversaciones. Lo que había ocurrido la víspera fuera se digería con palabras, insaciable decirlo todo en cualquier parte, menos allí dentro, en Wad-Ras, donde se había decretado acuartelar los sentimientos. Aquella tarde inacabable escribí la carta más larga y solitaria que recuerdo. La eché, ingenuo, al buzón del cuartel. No llegó nunca.
domingo, 22 de febrero de 2009
Iván contra Goliat (díptico x doblete)
Nené alcanza la línea y lanza una parábola alta, lenta, parsimoniosa, que todos se quedan embobados mirando como si contemplaran una veleta en el cielo. Y al descender se encuentra con Iván, solitario, abandonado: un niño perdido en una feria que corre a un rincón a llorar. Dio la impresión de que Iván ni siquiera sabía cómo cabecearla. Era la veleta la que buscaba la cabeza del niño entre las piernas del gigante para hacerle compañía y cosquillas en la frente. La pelota entró y salté con una sensación muy extraña en un campo de fútbol: una celebración no compartida.
(2)
El portero, en un arrebato romántico, decide salir a pasear —acaso descubriera trebolcillos entre la hierba— y, claro, la pelota le molesta y se la entrega al primero que pasa mientras los suyos posan para los fotógrafos, muy quietecitos, no vaya a salir movida la foto. Y de repente es la pelota quien busca, anhela, persigue a Iván, que da un paso, dos pasos, mira a los lados. No hay nadie, estás solo Iván; la gente, jugadores, árbitros te han dejado solo, abandonado, y de repente la pelota se eleva, da un brinco... —creía que no entraba nunca— y entra.
(2)
El portero, en un arrebato romántico, decide salir a pasear —acaso descubriera trebolcillos entre la hierba— y, claro, la pelota le molesta y se la entrega al primero que pasa mientras los suyos posan para los fotógrafos, muy quietecitos, no vaya a salir movida la foto. Y de repente es la pelota quien busca, anhela, persigue a Iván, que da un paso, dos pasos, mira a los lados. No hay nadie, estás solo Iván; la gente, jugadores, árbitros te han dejado solo, abandonado, y de repente la pelota se eleva, da un brinco... —creía que no entraba nunca— y entra.
sábado, 21 de febrero de 2009
La ventana (hipertexto)

Franciam Charlot interpreta el horror como sedimento de lo fútil. Franciam Charlot es un fondo de armario para la desnudez. Franciam Charlot se agazapa como el escorpión en el interior de la bota que estamos a punto de calzarnos. La sombra que proyecta el gesto pictórico de Franciam Charlot chorrea como el ciervo que en la nieve cae abatido por el cazador. Y Franciam Charlot es también el intérprete del pavor como una promesa del desgarro. El porvenir como una tachadura. El escozor como una metafísica de la mirada. La sombra como una sombra que no cesa nunca de chorrear.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Torneo de ajedrez
No muchos, es cierto, pero sí hubo algunos ajedrecistas locales que analizaron durante cierto tiempo —sin ningún resultado— los extraños movimientos que practicó en la última partida del campeonato Dmitriy Lévedev, aspirante al título regional. El sentido hermético de sus jugadas conducía al absurdo irremediablemente. El posterior suicidio del ajedrecista catalogó la enigmática partida como fruto de la demencia. La revista Шахматный турнир ha rechazado, por considerarlo irrespetuoso con su memoria, el artículo donde, tras desvelar el valor alfabético de las jugadas de Lévedev, se descubre el siguiente mensaje: «Dasha, te quie». En este momento, el campeón clamó: «Jaque mate».
domingo, 15 de febrero de 2009
¿Montería o elegía? (tríptico e hipertexto cérvido)
Foto: abc.esSe consume Dido infeliz y vaga enloquecida / por toda la ciudad como la cierva tras el disparo / que, incauta, el pastor persiguiéndola alcanzó con sus flechas / en los bosques de Creta y le dejó el hierro volador / sin saberlo, Virgilio; ¡Ay quién me diera esa cierva que tiene / en su mejilla una rosa entre sierpes!, jarcha; Tardei, mia madre, na fontana fria: / cervos do monte a agua volvían. / Os amores ei, Pero Meogo; Non avia acabado de dezir bien su verbo, / ahévos adó viene muy ligero el çiervo, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita; Como cierva herida / me arrojo al agua.
(2)
Aquí quiero acostarme, y en cayendo / la siesta iré siguiendo mi corcillo, / que yo me maravillo y me espanto / cómo con tal herida huyó tanto, Garcilaso; Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / salí tras ti clamando, y eras ido, San Juan de la Cruz; y el correr de tu amor, ciervo ligero, Ribera; Rey: ¿Vistes passar por aquí / un ciervo, dezid gitanos, / que va herido?, Cervantes; la cierva enamorada / vendrá a bañarse en este arroyo manso, Lope de Vega; Mas yo, como la cierva / que por la herida sangre y vida pierde, / busco el remedio por el campo verde, Quevedo
(3)
Anúnciala una corza blanca, Rubén Darío; Herido por nosotros como ciervo / que a morir corre al matorral nativo, Miguel de Unamuno; a un tiempo eres cierva y cazadora, Juan Ramón Jiménez; donde todavía un cervatillo ya devorado / luce su diminuta imagen de oro nocturno, Vicente Aleixandre; Amor, amor, un vuelo de la corza / por el pecho sin fin de la blancura, Federico García Lorca; mi corza blanca. / Los lobos la mataron, Rafael Alberti; El hocico del ciervo, malherido, / sangre derrama encima de las nubes, Ángel Crespo; En el empeine / te pinto un ciervo azul. / Ya no te alcanzo, Jesús Aguado.
(2)
Aquí quiero acostarme, y en cayendo / la siesta iré siguiendo mi corcillo, / que yo me maravillo y me espanto / cómo con tal herida huyó tanto, Garcilaso; Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / salí tras ti clamando, y eras ido, San Juan de la Cruz; y el correr de tu amor, ciervo ligero, Ribera; Rey: ¿Vistes passar por aquí / un ciervo, dezid gitanos, / que va herido?, Cervantes; la cierva enamorada / vendrá a bañarse en este arroyo manso, Lope de Vega; Mas yo, como la cierva / que por la herida sangre y vida pierde, / busco el remedio por el campo verde, Quevedo
(3)
Anúnciala una corza blanca, Rubén Darío; Herido por nosotros como ciervo / que a morir corre al matorral nativo, Miguel de Unamuno; a un tiempo eres cierva y cazadora, Juan Ramón Jiménez; donde todavía un cervatillo ya devorado / luce su diminuta imagen de oro nocturno, Vicente Aleixandre; Amor, amor, un vuelo de la corza / por el pecho sin fin de la blancura, Federico García Lorca; mi corza blanca. / Los lobos la mataron, Rafael Alberti; El hocico del ciervo, malherido, / sangre derrama encima de las nubes, Ángel Crespo; En el empeine / te pinto un ciervo azul. / Ya no te alcanzo, Jesús Aguado.
sábado, 14 de febrero de 2009
El pequeño teatro del mundo
El descarado sol de la mañana ilumina las azoteas como el foco de un teatro que apunta hacia los rieles por donde asciende el decorado y deja al protagonista en la sombra. En la acera por donde camino el cielo despejado es, de momento, una promesa dudosa. Paso frente a una bicicleta caída, unas cuantas mondaduras de fruta pisoteadas, un mínimo cauce junto al bordillo de agua oscura vertida tras fregar algún portal. Son las cosas que ocurren sin que nadie las mire. O se miran sólo después de haber encarado la platea con el foco clavado en los ojos.
viernes, 13 de febrero de 2009
Palestina
—Buen caballo. Y buen día, amigo.
—Trae las patas lastimadas. Este pedregal. Salud. Mañana calurosa.
—Como todas.
—¿Y sus cabras?
—Por ahí andan. Secas.
—¿No pacen bien?
—Lo que pueden. Cardos. La que tiene más suerte descubre una mata bajo las piedras.
—Mala tierra.
—No lo es. Es tierra del Señor.
—Abandonada.
—Vivimos de ella. Mi mujer. Cuatro hijos.
—Poca agua, mucho sol.
—¿Es eso lo que ve?
—¿Usted ve otra cosa cundo mira este montón de piedras?
—Va con los días. Unos imagino campos llenos de ovejas, caballos, árboles.
—¿Los otros?
—Un montón de huesos esparcidos por el arenal.
—Trae las patas lastimadas. Este pedregal. Salud. Mañana calurosa.
—Como todas.
—¿Y sus cabras?
—Por ahí andan. Secas.
—¿No pacen bien?
—Lo que pueden. Cardos. La que tiene más suerte descubre una mata bajo las piedras.
—Mala tierra.
—No lo es. Es tierra del Señor.
—Abandonada.
—Vivimos de ella. Mi mujer. Cuatro hijos.
—Poca agua, mucho sol.
—¿Es eso lo que ve?
—¿Usted ve otra cosa cundo mira este montón de piedras?
—Va con los días. Unos imagino campos llenos de ovejas, caballos, árboles.
—¿Los otros?
—Un montón de huesos esparcidos por el arenal.
miércoles, 11 de febrero de 2009
«Las aventuras de Mimí Akcentijevic», de Vladan Matijevic, en Lengua de Trapo

Una faja publicitaria informa de que este libro puede ser «incluso obsceno», y aunque no lo sea, sí sirve para reflexionar sobre la obscenidad. Escrito con más artes poéticas que narrativas (la contracubierta dice que mezcla «lo poético y lo pornográfico»), pronto se advierte que son ingredientes que no pueden mezclarse: la escritura diluye la obscenidad con su ternura, ironía y juego de metáforas. Tan cierto como este triunfo del poema sobre la evidencia, es también que el sexo como tema sostiene fragmentos magníficos, pero en su conjunto produce tedio, repetición; nostalgia de un contenido temático que le dé sentido.
lunes, 9 de febrero de 2009
"El contrario", de Francisco Alba, en Pre-Textos

El final de los grandes períodos literarios suele producir obras donde la ironía y el sarcasmo desacralizan las creencias, donde el discurso se atropella y escepticismo e ingenio multiplican irracionalmente las referencias. El contrario es exactamente el revés del culturalismo, la escritura de su final. Brillante y descreído, atravesado a partes iguales por la filosofía y por la vida contemporánea, que mezcla sin observar cánones, Francisco Alba (1967) ha recurrido a todos los subgéneros culturalistas —desde el monólogo dramático hasta el poema en prosa de raíz surrealista— para construir con su agonía y su rictus retórico un libro vibrante. Demoledor.
sábado, 7 de febrero de 2009
Libros de quiosco
Esta mañana, en el quiosco, veo colgada una novela de Auster que no conozco. ¿Por qué lo abandoné? Buena pregunta. Ni recuerdo cuándo pensé que leído iba al mismo cajón que lo no leído. Quizá me entretuviese, pero ¿quién necesita pasatiempos en una época tan entretenida? Lo mismo con Tabucchi —delicia en 50 páginas; tortura en 250— y con ciertos autores españoles de cuya obra me duele hablar. Resulta curioso: el mercado realza a quienes mezclan literatura con otros ingredientes (historia, geografía, sociología, periodismo) —les hace parecer mejores—, pero a quienes se nutren sólo de imaginación literaria los tritura.
jueves, 5 de febrero de 2009
Carta a Montano a propósito de vientos excesivos y libros por llegar
Espero que el tornado no haya deshojado los pliegos de los libros por encuadernar y sus hojas vuelen por los cielos mediterráneos como aquellos colibríes que Rafael Pérez Estrada repartió por Málaga tras el naufragio de un barco de mercancías exóticas. Aunque bien pensado... Qué pena que el vendaval no haya provocado algo parecido con los libros, ¿verdad? Los lectores irían leyendo páginas al azar conforme las cazaran al vuelo y luego las dejarían partir al compás del viento. Podrían intercambiarse las repetidas y hasta pagar pequeñas fortunas por la página que les falta: aquella donde los protagonistas se besan.
martes, 3 de febrero de 2009
Carta a Germán Gullón a propósito de su defensa de la edición electrónica (díptico)
Creo que la edición electrónica ha cumplido la fase 1: hay gente interesante que escribe cosas interesantes y hay gente interesada que las busca para leerlas. Hace unos años esta realidad nadie la tenía tan clara: se escribía cualquier cosa y no se sabía quién estaba detrás leyendo. Hoy no hay duda ni del interés ni de los interesados. Es el momento de reivindicar la fase 2. Mi amigo Montano, bloguense hasta la médula, se queja de que no ve cómo sacarle rendimiento económico a su trabajo literario en la red. Su queja es interesante, y vale la pena concretarla.
(2)
A un poeta, por ejemplo, rara vez le pagan un libro —en papel—, pero eso no le impide sacar —si es lo que se anhela— rendimiento económico y promocional: le invitan a leer, a colaborar en revistas, puede presentarse a premios... Hay una trama cultural activa a su alrededor que no existe en la edición electrónica: ¿Cuándo habrá un espacio en los suplementos literarios para valorar y criticar sitios culturales? ¿Cuándo convocarán premios para blogs literarios? ¿Cuándo cursarán invitaciones para participar en ciclos literarios a los autores de los mejores blogs, por esta condición? La fase 2 por llegar.
(2)
A un poeta, por ejemplo, rara vez le pagan un libro —en papel—, pero eso no le impide sacar —si es lo que se anhela— rendimiento económico y promocional: le invitan a leer, a colaborar en revistas, puede presentarse a premios... Hay una trama cultural activa a su alrededor que no existe en la edición electrónica: ¿Cuándo habrá un espacio en los suplementos literarios para valorar y criticar sitios culturales? ¿Cuándo convocarán premios para blogs literarios? ¿Cuándo cursarán invitaciones para participar en ciclos literarios a los autores de los mejores blogs, por esta condición? La fase 2 por llegar.
domingo, 1 de febrero de 2009
Día de lluvia
Si la lluvia revitaliza la ciudad —las calles tamborilean y cualquier esquina lanza desde su opacidad destellos satinados—, cuando deja de llover y las nubes persisten, su figura envejece mal. La humedad en las tejas les da una intensidad de tinte excesivo sobre cabellos canos y en el revoque de las fachadas deja a la vista, como vestido de repente traslúcido, el osario de ladrillos mal alineados. La lluvia encandila con su alteración de la luz. Dialoga con la memoria y discute con los deseos. El final de la lluvia le devuelve al presente, como cambio, unos cuantos céntimos.
miércoles, 28 de enero de 2009
Αθήνα
El pálpito de la noche —un autobús que cruza lejos, el zumbido de un aparato a deshora, los pasos del vecino hacia el baño— acuna a Cintia cuando se acuesta sola. En las sábanas la ampara la sensación de lo recién lavado mientras el despertador juega a formar capicúas con las horas. La ausencia le da sentido a cada instante, escribe con los movimientos del cuerpo un relato sencillo que cada día le gusta más leer. De madrugada, cuando llegue alborotando la página, ebrio, macerado en humo de tabaco, y tosa y tropiece y balbucee, la noche se volverá ilegible.
lunes, 26 de enero de 2009
El consejero solipsista (tríptico)
No exagero. Me emocioné. Paso frente a un colegio público del Raval a la hora de la salida. Decido quedarme en la puerta como si fuera un padre más. Hasta un extraterrestre sabría que no espero a mi hijo en ese colegio. Pero allí me planto. Los niños aparecen acompañados de sus maestros. Quizá haya más de un 90 % de emigrantes. De todo el planeta. Lo que me impresiona, sin embargo, no es lo evidente, sino lo que ocurre: nada. Niños contentos, relajados, en orden, que hablan entre sí con una lengua diáfana, nítida. Igual que en cualquier colegio.
(2)
Miro a los niños, las niñas. A sus maestras, maestros. Me emociono. El disparate de una sociedad que se empeña en repetir los errores de la segregación, el despropósito de una administración educativa que le da coartada, el sinsentido de una hiperactividad legislativa que nadie reclama y que cambia hábitos y prácticas de un día para otro, sin mesura ni reflexión: como un deporte de salón de los políticos. Tanto desatino se me viene a la cabeza cuando veo el sentido cabal —niños contentos— que los maestros le dan al absurdo social, político y administrativo que les ha tocado vivir.
(3)
(2)
Miro a los niños, las niñas. A sus maestras, maestros. Me emociono. El disparate de una sociedad que se empeña en repetir los errores de la segregación, el despropósito de una administración educativa que le da coartada, el sinsentido de una hiperactividad legislativa que nadie reclama y que cambia hábitos y prácticas de un día para otro, sin mesura ni reflexión: como un deporte de salón de los políticos. Tanto desatino se me viene a la cabeza cuando veo el sentido cabal —niños contentos— que los maestros le dan al absurdo social, político y administrativo que les ha tocado vivir.
(3)
Evoco, entonces, al rey solipsista, Fernando VII, que ni entendió ni estuvo a la altura de su lúcido pueblo. También aquí hay un consejero autonómico solipsista (dicen que no les habla ni a los directores generales) que cree que todos los problemas de la educación los causan maestros y profesores. Un político que no quiere pasar a la historia por escribir poemas, sino por haber humillado a los únicos que mantienen a flote el extraordinario naufragio de la educación en este país. No, ni comprende ni está a la altura de los lúcidos maestros y profesores que sufren su soberbia.
miércoles, 21 de enero de 2009
Obamario, 3
Para escribir un soneto laudatorio se elige un bloque de hielo sin mácula, purísimo. Se modela según el canon. Se esculpe con minuciosidad y paciencia, y atención a los arabescos del flanco derecho, donde reside la sonoridad. Se vacían lentamente los espacios con cincel fino. Se talla desde arriba, mirando siempre el pie donde se ha de agazapar su sorpresa. Una vez concluido, hay que conservarlo en nevera, porque si el soneto se abandona en mitad de una calle, sus perfiles se desdibujan, sus cenefas sonoras ensordecen y al poco sólo queda sobre la calzada un sucio y pisoteado charco.
martes, 20 de enero de 2009
Obamario, 2 (¿El renacimiento?)
Jesús Aguado cuenta que el presidente le pide a cierta poetisa un poema para su coronación. Rechazar el encargo hubiera sido la única respuesta válida —piensa Aguado—, y me convence. Ahora imaginemos que la poetisa recibe la llamada pre-presidencial y se disculpa. Este acto que ensalzaríamos se queda sin aplauso por la sencilla razón de que nunca hubiéramos conocido encargo y rechazo. Sólo la poetisa podría aplaudirse a sí misma. ¿Admite esta secreta fidelidad a los límites personales la sociedad contemporánea? ¿No se sentiría la poetisa como una idiota por haber perdido la oportunidad de fama y —sobre todo— remuneración?
lunes, 19 de enero de 2009
Obamario, 1
El influjo del periodismo en la escritura creativa borra las fronteras de aquello de lo que vale la pena hablar en literatura. A una pregunta así, la respuesta fetén será: de todo. Como los periodistas, que de todo son capaces de escribir algo. ¿Se ha de hablar de todo también en el blog? En estos casos me acuerdo siempre de Garcilaso y del Emperador: ¿Quién mejor que el poeta escribiría el elogio del monarca? Pero Garcilaso sólo habló de su amor ideal. A un escritor le define el límite que traza ante aquello de lo que no va a escribir.
sábado, 17 de enero de 2009
El invierno
La goma adhesiva que se aferra al cristal del tarro cuya etiqueta intento quitar para reutilizarlo es como una mañana de invierno. Pegajosas, las nubes bajas se adhieren también a la luz de la ciudad mientras en el interior del bote los restos de miel persisten. Y en las calles sobrevive el frío que aleja a los niños que duermen, a los adolescentes que trasnochan en su propio cuarto, a los viejos que aguardan la mejoría del día para visitarlo. El tarro, que conservará el caldo que hierve en el fogón, combate con el estropajo, empeñado en entorpecer su destino.
jueves, 15 de enero de 2009
1985
—Por favor, me da un cupón que acabe en 85.
—¿Ha de ser en 85?
—Sí, que acabe en 85.
—85... A ver qué encuentro. Aquí sale uno en 58 con olor a premio, ¿sirve?
—¡Qué gracioso! Nací ese año. El 58.
—Una buena razón.
—Prefiero que acabe en 85.
—Eso quiere decir que su razón es mejor.
—Bueno, es posible.
—¿Una razón mejor que la de haber nacido? ¿Puede existir?
—No creo que haya ninguna.
—¿Entonces? ¿58?
—Entonces: ¡85!
—¿Mejor que nacer?
—Nacer otra vez.
—¿Otra vez?
—No otra, la primera vez.
—¡Ahora lo entiendo! Pero en 85... ¡Nada!
[English version]
—¿Ha de ser en 85?
—Sí, que acabe en 85.
—85... A ver qué encuentro. Aquí sale uno en 58 con olor a premio, ¿sirve?
—¡Qué gracioso! Nací ese año. El 58.
—Una buena razón.
—Prefiero que acabe en 85.
—Eso quiere decir que su razón es mejor.
—Bueno, es posible.
—¿Una razón mejor que la de haber nacido? ¿Puede existir?
—No creo que haya ninguna.
—¿Entonces? ¿58?
—Entonces: ¡85!
—¿Mejor que nacer?
—Nacer otra vez.
—¿Otra vez?
—No otra, la primera vez.
—¡Ahora lo entiendo! Pero en 85... ¡Nada!
[English version]
martes, 13 de enero de 2009
Día de playa (el poema del 13 de enero)
Para M.
Un pasaje oscuro hacia la calle Industria en el que brilla la pelota que ha rebasado al niño que juega de portero; delante el crucigrama vacío, honorífico, del empedrado en la calleja transversal de la Sedeta; en el paseo San Juan el sol vertido sobre el asfalto como el cubo que una torpeza ha derramado; los sucesivos parques infantiles cuyos columpios tienen nombres puestos por la memoria; Córcega, costado montaña, tiene sus pasos: una destartalada tienda de trenes en miniatura, las fotos de insectos que anuncian un fotógrafo; paseo de Gracia, aguas que van a dar a la mar: Laie.
domingo, 11 de enero de 2009
Trafaria (Fondo de estanque / 5)
Viejo juglar, el río canta
indiferente a quienes gritan
bailan, exaltan lo que da el presente.
Camina el río cabizbajo,
ensimismado. Ajeno anda el río
al tiempo que en la orilla fluye
el júbilo. Los jóvenes de torso
descubierto que lanzan piedras
a su paso, las niñas pizpiretas
que ya se sueñan alcanzadas.
Y detrás de las zarzas y detrás
de las cañas, de la maleza,
de las barbas del viejo caminante,
los que se abrazan dándose la vida.
Indiferente canta el río,
sonámbulo, aturdido. Ajeno entona
sus monodias. Así, subir al barco
otorga extranjería al viajero,
desgaja, arranca. Envejece.
indiferente a quienes gritan
bailan, exaltan lo que da el presente.
Camina el río cabizbajo,
ensimismado. Ajeno anda el río
al tiempo que en la orilla fluye
el júbilo. Los jóvenes de torso
descubierto que lanzan piedras
a su paso, las niñas pizpiretas
que ya se sueñan alcanzadas.
Y detrás de las zarzas y detrás
de las cañas, de la maleza,
de las barbas del viejo caminante,
los que se abrazan dándose la vida.
Indiferente canta el río,
sonámbulo, aturdido. Ajeno entona
sus monodias. Así, subir al barco
otorga extranjería al viajero,
desgaja, arranca. Envejece.
sábado, 10 de enero de 2009
Nieva
A Fernando Senante, que no ha visto nevar
Llegué a Madrid, barrio de Campamento, para hacer la mili tal que una tarde gélida de noviembre. Me acosté en la litera (de arriba) y a la mañana siguiente, cuando me desperté, vi los cristales empañados, pero los tejados que había al otro lado del patio ya no tenían la oscuridad cuartelaria. Lucían blancos. No sé si fue el mejor día de mi vida para ver nevar. Tampoco recuerdo si lo agradecí y me ayudó a sobrellevar el tiempo que entonces empezaba a contar: tantos meses por delante. Sólo recuerdo que me desperté y nevaba. Como en las malas películas.
jueves, 8 de enero de 2009
«Construyendo Babel», de Hilario J. Rodríguez, en Tropismos

Hilario Rodríguez ha vivido en ciudades de medio mundo con un único domicilio: su biblioteca. Ha sido camarero en Londres, estudiante en Cáceres, profesor de escuela pública en Chicago con un único oficio verdadero: lector. Ha sido hijo y nieto y es padre. Ha sido atleta en la pista y en las calles, corriendo sin cesar tras sí mismo; y cuantas experiencias ha conocido se entreveran con los libros que leía, de modo que vida y libros forman una única sustancia que el autor destila en Construyendo Babel. Con apariencia de ensayo se enmascaran unas memorias que ocultan la novela.
lunes, 5 de enero de 2009
Pequeño cuento de la noche de Reyes
Había cerrado el embarque del 0501 en el ordenador. Maite y Jerónimo, con quienes había recogido las tarjetas, salieron pitando para cubrir otro vuelo. Me quedé sola porque mi jornada aquella noche había acabado: ¡hacía media hora! Al día siguiente libraba, ¿sabéis lo que significa eso? Faltaba un pasajero, pero no había facturado. Sin problemas. Repentinamente apareció delante con su tarjeta en la mano: gordo, barbudo, sudoroso. Era él: Gaspar García. Lo miré: acarreaba bolsas y paquetes por todas partes. «Señor Gaspar lo siento, el vuelo se ha cerrado». «Por favor, monada». Entonces sonreí: «Lo siento» (y no era cierto).
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