Es como la picadura de un insecto, el tedio. El cuerpo se resume en el punto donde la hinchazón escuece y así el alma deja de mirar lo que no sea su propia enfermedad. He detenido mi paseo en esta plazuela simpática, donde unos niños juegan a pelota y tratan de marcar goles acertando en el hueco de los bancos de madera. Y, sin embargo, me veo a mí mismo contemplando una anodina azotea, sin otro propósito que la tarde acabe cuanto antes. Como una mordedura de serpiente en el camino. Deja de existir el campo, su belleza resulta indiferente.
