Reventados los cojines, sucio, un sofá en mitad del vertedero se yergue como una desbaratada utopía. No hay ninguna lámpara encendida a un costado, con una mesita de madera debajo, ni un reposapiés con el mismo tapizado delante. Nadie suspira al sentarse, con la mano toma el libro que descansa en el lateral y estira las piernas. Quien camina entre bolsas de plástico y sacos de escombros tampoco se detiene. Desaparece tras un montículo. Se diría que cuando se le desprecia así, el sofá pierde su sentido, sin embargo, permanece erguido, honesto, ignora el abandono. Confía en el próximo caminante.
