A veces la pluma de un cuervo aparece sobre el pedregal en el cauce seco. En el margen, entre los juncos, brillan tres solitarias margaritas amarillas. Como vecinas que han subido a la azotea en un día de sol, las nubes permanecen tendidas sobre una toalla blanca, adormiladas. Se compone la mañana con retales. Un vendedor del mercadillo con escaso género al que de pronto siento la necesidad de comprarle un significado. Le inquiero y con desgana me responde que ha agotado las existencias. Me agacho por elegir un guijarro como moneda para sufragar hoy el alumbrado de tales prodigios.
