Entre los paneles de cañizo del techo se abre una grieta que encuadra, en un cachito del cielo nocturno, un puñado de estrellas de alguna galaxia. Tumbado sobre la alfombra de bambú, quien descansa permanece ajeno a la araña que acecha al insecto que pueda colarse por el orificio. Ulula una lechuza en algún rincón frondoso. Tampoco lo oye el durmiente. Lo mismo ocurre con las líneas que trazo a diario sobre la mesa de dibujo, ante una ventana que suelo mantener cerrada para evitar los sonidos urbanos. No me sirven para despertar en la cabaña junto a un bosque.
