El viejo aprendió a tocar la mandolina para animar las fiestas cuando era joven. Y con
eso ya le basta. Se conforma con marear los tres únicos acordes que conoce. Va
cambiando las letras, pero la melodía es siempre la misma. Cuando se olvida el
instrumento en casa, alguien desde la puerta de la taberna asoma la cabeza y manda a
un chaval cualquiera que vaya y lo traiga. El viejo ameniza las tardes y hace llorar a los
de su quinta. A los demás nos atraviesa los tímpanos con inmisericordia. Menudo
fastidio, sin el que sería más tedioso vivir.
