Que la casa donde se llama está vacía se sabe desde el instante mismo de golpear la
puerta y percibir detrás del gesto una clara resonancia a hueco, seguida de un intenso
silencio alrededor. Aun así, quien ha caminado hasta el lugar con la ilusión de un
abrazo y quizá, también, de alzar una copa de vino por el encuentro, no puede asumir
la idea de que frente a su propósito no haya nadie. E insiste. Y recibe el mismo
retumbo y exacta desgastada quietud. Se da la vuelta. El cielo, nublado. La senda de
regreso, fastidiosa. El ánimo, hirsuto.
