Quién sabe por dónde andará. Se le hacía tan pequeño su cuarto, este patio donde había aprendido a caminar, las puertas de la casa, la calle que conduce a la plaza y la torre desde donde el sonido de las campanas describe con exactitud el vacío de cada una de las horas que retrata. Basta emprender camino en dirección opuesta al mar para que el mundo empiece a hablar. Pero también a discutir y a pelearse. De eso nos hemos protegido siempre en la comunidad. Paz a cambio de quietud. A su avidez nada de lo nuestro, ay, le servía.
