Cuenta que en aquel entonces comía piedras. Las retenía en la boca durante horas y
así lograba, despacio, deshacer lo que los siglos habían juntado. Nadie le cree cuando
lo explica, pero le escuchamos embobados. Alimentarse con rocas, insiste, es tan
natural como comer hierbas. Aquí alguno le discute, pero enseguida le cede la razón. Y
añade que aún, de vez en cuando, si se aburre cuando va de una población a otra, se
echa un guijarro a la boca y lo chupetea como si fuera un caramelo. Y de nuevo nos
camela y pide otra ronda que tampoco paga.
