Me apetece bajar a la playa. El pueblo se construyó en la ladera por miedo a los piratas
que infectaban la costa. Y ahí se ha quedado. Lo malo de tomar un vino en el
chiringuito no es ir, sino volver. Se sale con una alegría que ignora el regreso. Pero
choco de repente con la barra cegada por tablones y una cadena brillando en el
atardecer. Solo me queda sentarme en la arena y tirar piedrecitas a las olas. Sin
bebida, sin conversación, lanzo deseos al mar con la esperanza de quitármelos de
encima para luego enfrentar la cuesta.
