viernes, 25 de diciembre de 2009

Lectores





Leída en estos tiempos, La canción de amor y de muerte, que uno había considerado una obra menor, justificada sólo porque le proporcionó la mayor parte de los ingresos por derechos de autor a Rilke, cobra un nuevo significado. Quienes agotaban y ensalzaron esta prosa agridulce durante décadas nada quisieron saber, posiblemente, de la obra mayor del poeta. Era la sombra que oscurecía esta delicada pieza: un título para otros lectores. Hoy lo que me asombra es exactamente lo contrario: qué altura y qué sensibilidad la del público mayoritario de entonces, emocionándose con este Rilke, literatura purísima. Y qué envidia.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El abracadabra calvo (díptico sin numeración)

El ilusionista se quita el sombrero de copa, lo enseña, nada por aquí, lo cubre con un paño. La varita lo acaricia y cuando retira el trapo no se ve salir un conejo. Ni una paloma. Si le da la vuelta al sombrero apenas resbalan hacia el suelo unas motitas blancas: «Caspa» —dice el mago de la cabeza afeitada—. Y, como nadie comenta nada, no le queda más remedio que continuar: «Antes se sentaba por ahí quien después descubría dónde está el truco, pero últimamente su butaca siempre está vacía, así que tendré que ser yo quien os lo cuente»:

Esta prosa, que escribo con cierta frecuencia y reparto en mínimos moldes de papel antes de meterla en el horno para que salga no un pastel, sino una bandeja de magdalenas, busca la proximidad con la experiencia en las antípodas del costumbrismo y, sobre todo, del periodismo. En el polo opuesto de la actualidad y de la sociología. Cada vez que abro la libreta pluma en mano recito: no hablaré de nada que se hable en los periódicos ni en la solapilla de las novelas contemporáneas. Sólo hablaré de la caspa que se desprende de mi comprensión alopécica del vivir.

lunes, 21 de diciembre de 2009

«El otro mundo», de Hilario J. Rodríguez, en Ediciones del Viento

Una temporada en Nueva York. O en Hinojal, Cáceres. O en la cocina de un restaurante londinense. El lugar donde ocurre la vida que se puede contar es la memoria: es el juego o paradoja de esta novela, que no se pudo escribir en Nueva York —este es, de hecho, su argumento—, pero que se escribió, acaso en Zaragoza. El lugar donde ocurre la vida es también un apartamento en Brooklyn: su línea telefónica, su casera, las toses de los vecinos. El cruce entre memoria y cotidianidad fragmenta y disloca conciencia —bolitas de mercurio del termómetro roto— y escritura.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Un café, un libro, un euro

Viejo desmemoriado, el Libro juega al mus en la sala ambarina de un Café. Nadie diría, ante su aspecto enfermizo, que vivió una guerra en las trincheras; ante su barba descuida pocos creerán que conoció los nadires insospechados del amor. Pelo cano, camisa raída, gafas con los cristales sucios, el Libro mueve la mano ligeramente temblorosa para enseñar una carta a la que ningún otro jugador le da la mínima importancia. Como hacen los demás clientes, el Libro mira atentamente la máquina tragaperras —luces, sonidos y vacío que entretiene— mientras la taza de café muestra su porcelana sucia al bostezar.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Biografías en venta

La aparición de un nombre entre la disparatada antología de objetos que reúne cada vendedor en su puesto de los Encantes despierta la elegía que duerme en ellos escondida. Dos placas de plata falsa —el óxido se las come— agradecen los servicios de don Bernabé Gómez Montero en el colegio Menéndez Pelayo del Prat. Con fecha de 1980. (En Internet, la memoria del futuro, aparece una sola entrada: el traslado a Barcelona en 1960). Empezaba a presentir su elegía cuando de repente me he preguntado quién comprará por pocos euros estas placas y las colgará —ave fénix— en su comedor.

martes, 15 de diciembre de 2009

«De lo observado»

Foto Andrés Ferrer
Fernando: Andrés Ferrer me ha parecido —en De lo observado— un fotógrafo magnífico, sobre todo porque sabe hacer las fotos que a mí me gustaría tirar y que nunca consigo encuadrar con mi cámara infantil de dos megapíxels. Si fuera fotógrafo —pienso— haría instantáneas como Andrés Ferrer: habitaciones reventadas por la humedad, techos hundidos, fábricas abandonadas, carteles herrumbrosos, tipos paseando bajo el paraguas en una ciudad a punto de desaparecer, una moto aparcada frente a un palacio, un baile de carnaval de estatuaria romana, los caballos amontonados antes de montar los caballitos... Allí donde peligra el realismo de la realidad.


sábado, 12 de diciembre de 2009

Nunca

Igual que ocurre con los verbos, la palabra «nunca» conjuga tiempo. Su forma de presente señala la rabieta de quien rasga la baraja porque no le ha tocado el comodín ausente en la mano. Es un uso trivial e imberbe. Como tiempo de futuro, nunca enmascara la creencia vergonzante en epifanías y revelaciones. Es el uso más extendido y también corrompido. Acaso su proliferación haya contribuido a su podredumbre: no decir lo que se piensa es quizá ni siquiera pensarlo. A mí me gusta nunca como tiempo de pasado. Agridulce sensación: nunca volverá aquel paseo; nunca volveré a Santa Perpetua.

jueves, 10 de diciembre de 2009

En el fondo

Ediciones Generales, Barcelona, 1956. 35 ptas.
Los libros recientes por el suelo del mercadillo provocan indiferencia. La indiferencia es ibupofreno para el vértigo de quien escribe hoy día. El libro inesperado, rescatado del montón de olvidos, produce sin embargo una súbita euforia. Me llama la palabra ciudad desde el título y enseguida descubro con sorpresa a su autor. Ahí, en pie, aún sin pagarlo, leo la solapilla y me deslumbro: «En el fondo, la especialidad de Lorenzo Gomis es contemplar el mundo en que vive. Y, como su oficio es escribir... procura decir lo que ve, piensa o imagina». Nada más actual para definir un blog.

martes, 8 de diciembre de 2009

Mamá, quiero ser actriz, como Trini Alonso

O como Sonsoles Benedicto. O como Gloria Cámara. O como Lourdes Ceyba. O como Pilar Clemens. O como Irán Eory. O como Rosa Fontana. O como Esperanza Grases. O como Diana Lorys. O como Cristina Maestre. O como María Mahor. O como María Martín. O como Maribel Martín. O como Mikaela. O como Asunción Molero. O como Conchita Núñez. O como Lisia Paradis. O como Lucía Prado. O como Emilia Rubio. O como Yelena Samarina. O como Lolita Sevilla. O como Elena María Tejeiro. O como Paloma Valdés. Quiero ser famosa. (Cineguía. Directorio del cine español. Madrid, 1966. 150 pesetas).

sábado, 5 de diciembre de 2009

Seriaciones

En un bar cualquiera, pequeño y estrecho, de esquina, veo a través de la cristalera cuatro cruasanes en fila, en cuatro mesas y con cuatro tipos delante. La estampa parece significar algo. En la acera voy caminando con la única compañía de los reflejos del primer sol como legañas en los edificios. Han abierto las peluquerías, pero sus espejos no tienen trabajo. Vuelvo a mirar hacia el bar. Cuatro hombres, uno en cada mesa, en fila, frente a una taza y un sembrado de migajas. Siempre he sentido devoción por el minimalismo, esa suerte de ornamento barroco a la inversa.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Poética cuántica de la relatividad

Entre retales encuentro la primera edición de Entre visillos. La abro: «19-3-1958. A mi querido padre con todo el cariño y la ilusión en que le guste este modestísimo regalo... Su hijo Pedro». Modesta es la dedicatoria, sí, y su final en los Encantes; no el libro. Sigo mirando el lote. Volúmenes de química —padre o hijo debieron estudiarla—. Qué poco se molestan los químicos en buscarle título a sus publicaciones. Me llama la atención uno: Teoría cuántica de la relatividad. Lo ojeo. Busco traducir poéticamente una de sus intrincadas fórmulas: «Te quise poco, pero tú me quisiste menos».

martes, 1 de diciembre de 2009

Naranjas con miel

Calle Sant Pere més Baix
El hijo del paisajista carga con los espráis de pintura en dos bolsas de plástico. Al caminar, con el balanceo, chocan los botes entre sí y contra las esquinas; su cantinela metálica le acompaña por las callejas del barrio. Tiene una puerta que pintar. Lleva tres noches soñando con su superficie; primero en blanco y negro, luego fueron apareciendo colores. Si supiera cuáles no tendría que acarrear con tantos. Cuando llega, suelta las bolsas y los espráis saltan por el adoquinado. Hermosa puerta. Volcará su saber en ella. Como quien escribe en un blog, se lo regalará a la intemperie.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Elegía con águila y poeta

Temprano, como corresponde al horario de las ligas infantiles, circulamos por autopista. Apenas hay tráfico, sólo monotonía. De repente, G dice: «Mira el águila sobre la torre de alta tensión». Me pierdo la imagen del ave, pero en esta frase fortuita pronunciada por un niño veo inmediatamente a José Viñals. Su nombre nada me decía la tarde que abrí un libro suyo en Laie. Aún recuerdo la mirada de águila del poema «Barcelona»; luego me alcanzó la fortuna de conocerle, su pausada, laberíntica y acerada conversación, sus maravillosos libros. José Viñals señoreará siempre sobre la alta torre de la poesía.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Presagios

Un bodegón académico —jarra y vaso con agua; naranjas, una entera, otra a medio pelar y la tercera desgajada— me sorprende. No por la pintura, sino por la firma: «Etienne». Mientras me doy la vuelta, preguntándome aún si el personaje de la novela que escribí podría haber pintado el cuadro, enfrente me asalta un título: El viejo de las naranjas. Lo rescato. Edición de 1960. Dos puestos más allá, me entretengo con un proyector de cine mugriento; en una esquina leo: «Inauguración 11-9-1960». Los signos me abruman: ¿será mi vida la que está ya a la venta en los Encantes?

martes, 24 de noviembre de 2009

Ñaque

.
.
.
.
.
Aquí estamos. Somos dos y malavenidos. Mi cuerpo, yo y un camino pedregoso. ¿Será posible que en realidad seamos tres? Mi alma, mi cuerpo, yo y un sendero que se comen las matas. ¿Conseguiremos algún día formar media compañía? Mi amor, mi alma, mi cuerpo, yo y el lindero entre dos tierras. ¿Veremos una dama en el papel de dama? ¿Una dama de verdad y no un niñato con delirios palaciegos? Mis sueños, mi revelación, mi esperanza, yo, las nubes que amenazan lluvia. ¿Una compañía entera para ponerle voz a todo un Lope? Dos, yo y yo. Acabamos de llegar.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Ámsterdam

Frente a las iluminadas vitrinas donde las mujeres disimulan su tedio en los edificios del Barrio Rojo de Ámsterdam es fácil identificar la figura desmejorada de Peter van Naakt con una libretita en la mano. Creador de un código alfabético de desnudeces, acude diariamente a las calles del distrito para escribir al dictado de las ropas íntimas, tatuajes, teñidos y gestos de las prostitutas. Pese al interés que algunas revistas para hombres mostraron por publicar sus obras cuando un diario le entrevistó para la sección de Ocio, todas acabaron desestimándolo tras comprobar que se trataba sólo de poemas de amor.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El maletín del paisajista, y 3

¿Y si en vez de tiempo fuéramos lugar? Se siente del árbol que pinta. ¿Lo estás imitando? —preguntan los pajarillos que pían en el bosque—. Los griegos —les responde— tuvieron una alta estima por la imitación, pero hoy sólo se les valora si juegan bien al baloncesto. Tienen encanto —reflexiona— la luz de la mañana y el sosiego del árbol; materias inservibles, sin embargo, para el arte. Pero si no estuviera aquí apretando los tubitos de pintura, uno a uno, bien elegidos, para que viertan sus entrañas en la paleta, ¿de qué me serviría a mí el arte? —murmura—.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

El maletín del paisajista, 2

Desperdiciar la mañana pintando el árbol que está ahí delante le parece, como a cualquiera que lo viera, un despropósito. Una pérdida de tiempo, sin duda; es decir, la pérdida de uno mismo, pues todo el mundo sabe que somos tiempo. Unta el pincel en el verde botella de vino y traza una sombra sobre el lienzo. ¿Y cuando no quede más tiempo para perderlo así? Se imagina que quedará el árbol y también el árbol pintado. Por este, en los Encantes, un vendedor desdentado pedirá cuarenta euros, y quien ha solicitado precio se dirá: no los vale el marco.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El maletín del paisajista, 1

Ha dejado el coche en una roza al pie de la carretera que asciende a la cima. La silla plegable, el caballete, el lienzo, el maletín, la bolsa de la comida; le faltan brazos para acarrearlo todo. Se ayuda con la mirada no contemplando el sendero, la retama, la adusta umbría. Cuando el camino se abre hacia el valle amontona los utensilios y rastrea las proximidades. Se diría que busca encuadrar las vistas con las nubes, pero sólo observa con atención el suelo. Cuando halla un terreno llano, a favor de la brisa, se sienta satisfecho y abre los ojos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

La irreprimible afición a las listas

Esta de narradores contemporáneos: a todos puedo enviar una carta. Catorce: para que tenga aires de soneto. A veces no ha sido fácil encontrar sus libros. Los he descubierto poco a poco. Tengo la sensación de que olvido nombres (siempre se olvida al mejor), pero los libros de quienes anoto me han sorprendido. Del conjunto puedo decir que son la razón para seguir creyendo en la literatura, hoy: César Martín Ortiz, Eduardo Jordá, Fernando del Castillo, Fernando Sanmartín, Gonzalo Hidalgo Bayal, Gonzalo Manglano, Hilario Rodríguez, Isabel Bono, Javier Quiñones, Javier Sebastián, Jesús Aguado, Manuel Vilas, María José Furió, Toni Montesinos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Tempus sedet

En la campa de los Encantas llama la atención una enorme colección de relojes de pared, desvencijados y polvorientos, muchos sin manillas, grandes esferas de relojes comerciales, otros de cuco, mecanismos y piezas amontonados: un pequeño cementerio de tiempo. El fallecido sería relojero. La imagen le hubiera dado qué pensar a un filósofo. A mí me gusta sólo porque parece reproducir un cuadro barroco. El viejo que regenta el puesto reclama: Hassan, dile al señor cuánto vale ese. Y Hassan responde: trinta euro. Se enfada el comprador: Quia, si ni siquiera funciona. La gente pasa ajena a las horas inmóviles.

martes, 10 de noviembre de 2009

Habitación 134

Los huéspedes de este huidizo hospedaje no lo abandonan, sino es para salir y no querer volver. Hay un número en la puerta de cada habitación y dentro los atributos de la noche. Por los corredores idénticos pasean raras parejas de ser humano y palo con ruedas y botella invertida, cogidos del brazo. Sombras blancas van arriba y abajo continuamente. A veces una entra en el cuarto sin llamar y desaparece sin despedirse. Domina una quietud de acuario: todo se mueve, pero nada parece avanzar; el tiempo, menos que nada. La vida dormita; una enfermera la despierta jeringuilla en mano.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Aarhus

Sale del hotel el sábado al atardecer para dar una vuelta por la Ciudad Antigua. El camión con su mudanza no llega hasta el lunes; y el mismo lunes por la tarde se inaugura la oficina de la filial que le han encargado dirigir en Aarhus. El fin de semana es un cuenco vacío, se dice Lennart Grønkjær, ansioso por resolver los problemas que se le vienen encima. «Tantas cosas por hacer y no poder adelantar nada hoy.» De plaza en plaza, deambula por calles solitarias como empujando el día fuera del tiempo: qué desperdicio de jornada para su currículum.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Vidas de la vida

En los Encantes aparece por los suelos una biografía en forma de biblioteca. Gruesos volúmenes de jurisprudencia, alineados, señalan a un juez. En otra esquina: una serie de novela policíaca barata, encuadernada en tomitos de piel. Enciclopedias de la historia y la geografía de Cataluña hablan del patriota, junto a una pequeña selección de libros sobre Franco —acaso escondida—. Unos cuantos libros religiosos recuerdan al hombre cabal que compró, sin embargo, excesivos títulos de la colección «Otros mundos» —de Plaza & Janés— dedicada a asuntos paranormales. Toda biblioteca tiene siempre una cara A y otra B. ¿Cuál leería más?

martes, 3 de noviembre de 2009

Luna de noviembre y azoteas

Luna del 3 de noviembre. Foto JAC
Igual que la joven que ha trasnochado y la noche le parece breve, la luna llena de noviembre señorea sobre las azoteas, sin arrimo de cansancio. En el añil aún no cuajado del cielo, limpio por la ventolera, la vieja seductora camina erguida entre chimeneas, antenas, barandas y falsos tejados de uralita sólo por arrancar un suspiro de admiración a los recién levantados en la ciudad. Qué poca atención le prestamos a la luna. Si no fuera por su inconformismo constante y su continuo saltarse horarios, joven díscola, pensaríamos que el universo acaba en el receptor de canales por satélite.

domingo, 1 de noviembre de 2009

El territorio de la mirada, y 5

Jane Dickson. Green Garaje, 1983
—Eh, tú.
—¿Yo?
—¿Quién va a ser?
—No trabajo aquí. Vengo a buscar mi coche.
—¿Y qué?
—No podré ayudarle, señorita.
—Eso depende.
—No trabajo aquí.
—Al parecer nadie curra en este antro.
—El vigilante habrá salido.
—Estará borracho.
—No puedo saberlo. Vengo a retirar mi coche.
—Ya lo has dicho.
—Disculpe.
—Qué amabilidades. Oye, ¿no quieres acercarte?
—¿Acercarme?
—Un poco. Sí.
—Mi...
—Ya, tu coche. Ven.
—No.
—¿No? ¿Una dama te pide que le ayudes y dices no?
—No. Quiero decir, sí.
—Acércate.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque estamos solos, los dos.
—He de sacar mi coche. Sorry.

jueves, 29 de octubre de 2009

El territorio de la mirada, 4

Jane Dickson. Hotel Girl, 1983
En el anfiteatro de la calle, un tranvía interpreta la partitura que fue a la lavadora en la chaqueta de John Cage. Jeroglífico no descifrado, la noche borra identidades: familia, domicilio, profesión, ahorros. Los dados corretean por el tapete verde con seis caras en blanco. La ciudad se convierte en el seno materno que acoge jovial a cualquier transeúnte como a un hijo pródigo. Su nombre de diosa: Hotel. Mientras la vida —perro degollado en un callejón— se desangra, una mujer se asoma al balcón y no grita. No espera a nadie. No huye. Ni siquiera está mirando cuando mira.

martes, 27 de octubre de 2009

El territorio de la mirada, 3

Jane Dickson. Gaiety 2, 1994
Inválida, la noche vagabunda
que tropieza en bordillos y adoquines,
cien taxis amarillos siempre a punto
de atropellarla, me condujo a ciegas
hasta el umbral. Quería y no quería
dejar mi huella sobre el terciopelo
de las cortinas. Alargó su vara
la noche hasta mi espalda y di aquel paso.
Oscuridad y luces se partían,
agua y aceite, la respiración.
Me senté entre las sombras: mi atributo.
Bajo la luz un cuerpo ya giraba,
desnudez en silencio, ante los ojos.
Bajo destellos, en mitad de un túnel.
Música inane, toses, sonaderas,
griterío, gargajos, estornudos
brindaban armonía al dolce idilio.

domingo, 25 de octubre de 2009

El territorio de la mirada, 2

Jane Dickson. Camille on the Stairs, 1985
Como acompaña siempre la puerta hasta el cuadro con cuidado, no sé si ya está dentro, en el portal, o sigue en la calle, esperando que vuelva a tirar de la cuerda para abrirle. Y cuando me asomo a oír sus pasos ascendiendo por la escalera, tan tenues, la corriente de aire me zarandea el camisón y me despeina, pero continúo atenta al gemido sutil de la madera al contacto con sus zapatos y trato de adivinarlos desde arriba, y el frío que me recorre la piel incendia algún rincón de mi cabeza donde el no oírle es ya presencia.

viernes, 23 de octubre de 2009

El territorio de la mirada, 1

Jane Dickson (1952), Peep Land, 1984
Un charquito de luz sucia parpadea en la fachada, al final de la calle. Bombillas encendidas y apagadas conviven en el nombre del local. La cortina de terciopelo ennegrece. Como si la humedad de la noche se hubiera refugiado en el zaguán, éste exhala el vapor agrio de un borracho. Sobre las tablas del entarimado los días sedimentan su paso, su pelusa. Las paredes sudan, las placas del techo se agrietan y desprenden, el escay de los asientos gime, las inciertas alfombras añoran su pelaje bajo el manto de la iluminación. Al salir, alguien enciende un cigarrillo. Bostezan sus sueños.

miércoles, 21 de octubre de 2009

«El cielo es azul, la tierra blanca», de Hiromi Kawakami, en Acantilado



Con mínimos elementos narrativos —dos personas, una ciudad y los ratos perdidos al final del día—, cuya sencillez acaricia el abismo de lo inane, Hiromi Kawakami (1958) escribe una historia de amor que no evita tampoco la cursilería del propósito. Pertenecientes a dos generaciones distintas, los protagonistas encarnan las sosegadas y reposadas virtudes del Japón tradicional, uno, y el desorden y atropellamiento del mundo actual, otra. La autora sabe acercarlos y alejarlos con el ritmo sincopado de la vida urbana. Al final, en la mejor tradición narrativa, el diálogo salva la novela y convierte a los personajes en verdaderos.

domingo, 18 de octubre de 2009

La heladera de Venecia

Como pequeñas montoneras de escombros desperdigadas por un solar, algunas nubes oscuras afean las fotografías de los turistas en Venecia. Bianca contempla el cielo detrás del mostrador y lo hermana con el helado de kiwi que ha batido aquella mañana. Los kiwis que llegan al mercado de Venecia son siempre amargos. Y demasiado caros para lo que son. La cubeta del heleado de kiwi permanece esponjosa, intensamente verde e intacta; aunque se lo pidan, Bianca se niega a servirlo. Elige otro, este me ha salido demasiado ácido —se justifica. Y al día siguiente recorre la ciudad en busca de kiwis.

jueves, 15 de octubre de 2009

Sudestada, y 3

«El río cambia. A veces es duro y amargo, pero otras veces parece hecho a la medida del hombre». Este podría ser el lema del Boga, inolvidable protagonista de Sudeste, la primera y estremecedora novela de Haroldo Conti (1925-1976?). También podría ser emblema de la novela, de la literatura y de la vida, porque a todos estos campos metafóricos alcanza la narración de un verano y un invierno en el delta; soledades que persiguen un sueño —un barco— sobre las maderas podridas de un viejo bote, y acaban por caer de bruces en la brutalidad de una sociedad insensible, despiadada.
(2)
La escritura precisa, los diálogos secos y ásperos, la admirable recreación del ambiente del río convierten esta novela en una experiencia de lectura sobrecogedora. Pero hay algo más. El Boga parte con su miseria en busca de un ideal, que está a punto de conseguir cuando los otros interfieren en su vida y le arrastran hacia un destino completamente ajeno a su sueño. Con qué clarividencia narró Conti, en 1962, su propio final. Como al Boga, a Conti le gustaba recorrer brazos de río y canales en solitario; como al Boga los otros, una sudestada se lo llevó en 1976.

martes, 13 de octubre de 2009

Sudestada, 2

Río de la Plata, 1929
El cielo es el cielo y a la tierra pertenecen los campos, el río, el delta y dicen que las altas montañas. Lo estudiaba de niño en el librote manoseado que don Gabriel se había traído de donde no se habla como hablábamos nosotros. Para contemplar estampas parecía no importar: el cielo azul, el mar azul y copas de los árboles talladas como esmeraldas. Así aprendí los colores que de nada sirven para nombrar el lodazal del cielo y las aguas terrosas que saltan diques y se plantan a las puertas de casa invitándose cada vez que sopla el sudeste.

domingo, 11 de octubre de 2009

Sudestada, 1

Foto: Masterafg. Rafael Obligado, 2008
El viento sudeste llega en ocasiones sin remite, como el sobre blanco de una carta con ribetes negros. Se asienta sobre los caminos y sus alamedas, junto a las tablas secas en las paredes de los cobertizos y hacia el horizonte, que ya no se ve, una niebla densa, pegadiza, incómoda. Los postes de la electricidad se adentran con pavor en ella, y los ojos los ven perderse. De ahí el malhumor con que se le grita al perro y se fustiga al caballo. Bajo el humo nada avanza. Ni la patada al balón del niño encuentra jamás la portería.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Voces

El miércoles es, en los Encantes —mercadillo de lo inverosímil—, el día de los libros. Sobre un lecho de papeles revueltos, álbumes de cromos y volúmenes desparejados descansan en paz diez enormes cráneos vacunos con sus cornamentas. El azar sitúa una de las cabezas mayores —de las que sólo se ven en las películas del oeste— junto a las Obras Completas de Cela, encuadernadas en verde. Sonrío —ingenuo— al imaginar que pertenecen al mismo lote. En una esquina del revoltijo me llama una palabra desde un libro menudo, blanco: Voces. De Antonio Porchia. 1965. No salgo indemne del puesto.

martes, 6 de octubre de 2009

A vueltas con «Doménica»: ¿qué demonios quise contar? (pseudotríptico)

El protagonista, Etienne Estame, es un emblema del pragmatismo contemporáneo. La novela plantea un juego constante entre concepciones idealistas. Laborde es el idealista romántico, en el que el ideal ya está absolutamente desligado de la realidad. En Laborde ideal y vida forman dos universos irreconciliables. Pero Doménica también es una idealista, una idealista prerromántica, del mismo modo que lo fueron los barrocos: busca incorporar el ideal a la vida cotidiana. De hecho, a una vida cotidiana —en la mejor tradición barroca— plenamente satisfecha en su aura mediocritas (está contenta con su vida en el burdel, como antes lo había estado
.
de sus relaciones con el jardinero). En esta estela barroca, Doménica funde perfectamente el ideal de una vida superior (aspiraciones al amor y a la belleza) con una vida cotidiana mísera, como una forma de trascenderla. Estame, de hecho, comparte aspectos idealistas románticos y barrocos, pero sin convicción. Intuye, tal vez, como Doménica, que la monótona vida provinciana que le ha tocado en suerte se puede superar desde dentro, viviéndola con intensidad; y tampoco es ajeno a los cantos de sirena románticos que Laborde le lanza. Pero en el fondo no cree en ninguna de esas dos vías. Su idealismo,
.
de tan anémico, tiende a la inexistencia. En este momento Estame —apellido cuya sonoridad evoca el verbo «estar»— utiliza la fuerza y el aliento del idealismo no para sustentar un ideal —como hacen Laborde y Doménica, cada uno a su modo—, sino para autojustificar una conveniencia. Estame no cambia el modo de actuar ni el procedimiento del idealismo, sino sólo su utopía: no aspira a «ser» (y sus implicaciones morales), sino sólo a «estar» bien o a salir bien parado en cada secuencia de la vida. Este es el modelo de su pragmatismo, que tal vez resulte excesivamente contemporáneo.

domingo, 4 de octubre de 2009

Compraventa

—¡Usted no quiere vender!
—Si no le parece bien, entonces, ¿cuánto me da?
—No se trata de que yo le dé nada. Se trata de sea usted quien quiera vender.
—Dígame, pues, ¿cuánto me da?
—No, no, ese precio que me ha dicho es no querer venderlo.
—O no querer comprarlo.
—Comprar lo quiero comprar, pero a su precio.
—Diga usted, entonces, ¿cuánto me da?
—No, no, se equivoca. Quien vende es usted. Quien pone el precio es usted.
—El precio ya se lo he dicho.
—Pero no se puede pedir ese dinero por eso.
—Entonces, ¿cuánto? Dígame.
—¡Su precio!

viernes, 2 de octubre de 2009

«Crónicas de humo», de Gonzalo Manglano, en Alfama





Quizá el arte de vanguardia sea un pequeño circo de imposturas y falsedades sobre la carne viva del conflicto de un artista con su identidad imposible, sufrido desde la radicalidad. Es lo que desarrolla la historia escrita por Gonzalo Manglano en esta novela que prescinde de la voz monolítica del narrador para entregarla a un cruce de voces —en primera y tercera persona— que se alternan constantemente, con la finalidad, acaso, de crear una perspectiva superior, una suerte de superestructura en la que el punto de vista no depende ya de un narrador sino de las vicisitudes de una narración.

jueves, 1 de octubre de 2009

El corrector

Ningún escritor contemporáneo sabe escribir» —clamaba Iban Hechebendrían a las enfermeras mientras repartía por la habitación folios de la novela cuyas pruebas de imprenta corregía. Acababa de cumplir 75 años, 50 de los cuales había dedicado a enmendar originales: era su argumento de autoridad. «Un premio Nobel, tres Cervantes, incontables Nacionales. Ninguno sabe escribir. El archicélebre Casín escribe osco, sin hache; y el académico Louroño en el aplaudido libro El desafuero escribe tres veces gorjear con dos ges». Se lo repetía a quien le escuchara, médicos, enfermeros o celadores. «Algún día escribiré un libro para contarlo» —fueron sus últimas palabras.