martes, 16 de septiembre de 2014

Café il tempo 07


En el mercado donde compraba mi madre los viernes me llamaba la atención, de niño, un puesto de huevos. Estrecho, bien iluminado, mármol blanco, báscula blanca, bata blanca. Cuando pesaba huevos blancos parecía que nadie pesara nada, pero que alguien, a quien entregaban una bolsa blanca, pagara por ello. ¿Cuánto? En una ocasión mi madre me dijo ve y compra una docena. Yo tenía doce años y recuerdo que le pedí un billete para pagarlo. Me dieron tantísimo cambio. Me hice a la idea de que era un producto barato, el tiempo. Por si acaso, no he vuelto por allí.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Café il tempo 06


La nieve deja dos montículos sobre la acera y en medio traza una senda donde se pisan unas a otras las huellas de los transeúntes. En los diminutos canales que graban las suelas de las botas se remansa una agüilla sucia que chapotea al ser hollada. Escucho con atención este sonido si no cruza algún autobús en aquel momento. Una y otra vez, a cada paso, podría establecer, pienso, una suerte de minutero que rigiera el tiempo. Impulsado por mis piernas; cada intervalo semejante, sí, pero nunca idéntico. Un lapso en el que uno podría echar a correr. O detenerse.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Café il tempo 05


Desde la ventana, los días lluviosos, veo pasar a los transeúntes, salvo al confiado que se dejó el paraguas en casa, resguardados por su reloj. Un reloj sin manillas ni numeración, pero redondo como una pieza de Chejov. Sé pocas cosas mirando el desolado nylon que cubre a los viandantes. Reconozco el sexo. Negro, varón. La prisa. Y puedo seguir el rastro de cualquiera con mayor facilidad si, por ejemplo, entra en un comercio. A la salida lo distingo sin confusiones. Es decir, el reloj que cubre cuando llueve desnuda a las personas. ¿Hay algo más que se necesite saber?

martes, 9 de septiembre de 2014

Café il tempo 04


—Una carretera. 
—¿Carretera? 
—Sí señor. Igual que una carretera. A veces estás en un sitio y quieres llegar a otro cuanto antes. Fíjate, no estás ni en un sitio ni en otro. Solo en la carretera. 
—¿En la…? 
—Equiliqua. En otras ocasiones has pasado por un lugar que te ha gustado mucho y al dejarlo encuentras otros que te gustan menos, querrías regresar al anterior, pero ya no puedes, y el lugar donde estás solo sirve para martirizarte de que no estás en el lugar que estuviste. 
—¿Y? 
—Mayormente, que no hay ninguna carretera. Transitamos por ella, pero no existe.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Café il tempo 03


Está sentado en el suelo. Las losas del balcón al que acaba de alcanzar la sombra transmitirán aún el calor del sol. La media luna de la mecedora donde se balancea ella emitirá un leve crujido de rozadura de madera. Descalza impulsa el bamboleo y cuando lo hace se tensará un hueso longitudinal en el pie. Se entretendrá él contemplándolo. Una hilera de hormigas pasará bajo la barandilla. La melena de ella oscila con el movimiento. Los ojos de él han desaparecido tras unas gafas de sol, por eso cuando mira el reloj antes de levantarse sé qué hora es.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Café il tempo 02


En el patio de vecinos se pelea el zumbido de un aparato de climatización con una escala de piano interpretada una y otra vez. He salido a fumar. El aire expulsado por la máquina enloquece la colada del piso superior, que bocabajo no cesa de bailar. Una voz solista emerge en la sinfonía del edificio. Vas a llegar tarde, alguien chilla. Exhalo una bocanada de humo que se ensancha y disgrega en su ascenso. Los gritos se repiten. Las aspas del ventilador del tiempo nos chalan igual que a la ropa, pienso. Luego miro el reloj y olvido lo pensado.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Café il tempo 01


Se me ocurrió fotografiar un reloj en plana calle cuando fui a mirar la hora y vi que estaba parado. Me dio la impresión de que llevaba tiempo detenido. Alcé la cámara y capté el instante. Estaba contento con la foto, pero no sabía bien por qué. La inercia me llevó a fijarme que las calles de la ciudad están llenas de relojes, la mayoría en hora. Seguí fotografiándolos. Cuando revelé el carrete descubrí una obviedad que se me había pasado por alto. No distinguía qué relojes funcionaban y cuáles no. En las imágenes, todos los relojes estaban parados. Siempre.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Café il tempo 00


Igual que los espejos, las botellas de vidrio oscuro y etiqueta descolorida, las falsas cornisas y la pajarita del camarero, a menudo igualmente engañosa, el reloj que preside la sala del Café solo lo decora. No señala el minuto que rige dentro, se limita a informar de que al otro lado de las cristaleras, en ese terrario que se puede mirar donde se mueven personas y vehículos y resulta tan parecido a la realidad, transcurren las horas. Nunca en el interior. El formol de las palabras y, de vez en cuando, de una mirada conserva intacto el cadáver del tiempo.

lunes, 25 de agosto de 2014

«Los desarzonados», de Pascal Quignard



Tiran la soga de un portal a otro. De un lado empieza uno cavando un hueco en el suelo con el tacón del zapato, a coces, mientras el otro se limita a echar un poco de arena por encima. Y es lo que hacen. El trote ya se anuncia en los adoquines de la plaza, luego el conde encara el callejón donde le aguardan. Al tensar la cuerda que interrumpe el paso, caballo y caballero caen a tierra. Cuatro sombras, dibujadas en negro con una gota de pintura dorada para la daga que blanden, se arremolinan sobre un mismo cuello.

Solo un quinto hombre, embozado en el portal y en pie, despide al conde con una blasfemia. El caballo da un respingo y se levanta en el acto. Tras menear la cabeza hace un asomo de relincho, pero se entretiene en soplar unas pajas. El caballero desarzonado aún tiene tiempo de expulsarse de una palmada la arena en la culera del pantalón antes de que su camisa se tiña de luz púrpura. El sombrero, que como el de Lanzarote había lucido una pluma por el abrazo de la Reina Ginebra, se revuelve por el lodo, con las dos plumas pisoteadas.

domingo, 24 de agosto de 2014

«Livro de afectos», de Rui Caeiro. Edición del autor, 1992



El título, que me sedujo desde que lo vi en una bibliografía, nombra la sorpresa. Entre la madre —primer afecto— y los libros aún no escritos —el postrero— están presentes todas las variaciones del amor y de los amores (o amoríos). Se agradece que en ese recorrido haya poemas, de una ternura estremecedora, dedicados a las prostitutas del Bairro Alto, en Lisboa, insignes docentes en la educación sentimental de la época. Y en medio, poemas memorables: una última carta a un amor recién inventado, el encomio de los borrachos, los autorretratos. Los afectos: la estela de los amores que partieron.

sábado, 23 de agosto de 2014

«Poesía reunida», de Philip Larkin, en Lumen


Philip Larkin el día 30 de septiembre de 1982

Te miro con indiferencia, Poesía reunida de tapa dura. Llegas tarde. Aunque te compre, ya conozco los títulos que juntas. Los he buscado. Y he temblado al conseguirlos. Estos y aun otros, en prosa, que apenas puedo leer. Oí hablar de lo que publicas, volumen, en 1983, en una clase de Magalhães. En Lisboa. Ahí memoricé un verso, What will survive of us is love, como quien entona el estribillo de una canción. Quisiera decirte más cosas gratas, pero no puedo. Por uno de tus libros perdí un amigo. No dije en el periódico lo bien que te había traducido.

jueves, 21 de agosto de 2014

«Los puentes de Wheat City», de Joaquín Galán, en Cálamo


A veces, quien lo ha cruzado se encuentra al mismo tiempo a uno y a otro lado del puente que salva el río. De este desdoblamiento trata el libro de Joaquín Galán (1940). Un ronquido en el lecho donde duerme solo lo delata. O una visita que recibe el que llama a la puerta. El ser «sucesivo» que en el curso del tiempo se ha sido, y se sigue siendo en algún rincón ignoto de ese cauce: «Un ser que, desdoblado, / en cada sueño vive por igual». La sombra que se levanta al lado de quien acaba de caer.

martes, 19 de agosto de 2014

«La víspera», de Rodrigo Olay



La víspera. Esa emoción. O tal vez, esa espera. Ambas unidas en una poética: «Un poema es poema / si puede acompañar —si recordarse— / a quien sabe que ya es breve su tiempo». Lo que empieza y lo que acaba junto. De eso habla este libro. Del amor que arranca para no acabar nunca y de los días en ciudades con mar que se reviven señalados por el círculo más breve, como las cumbres en los mapas. De quienes han muerto, también, y con su muerte dejan apuntado un camino. Lo que va a ocurrir. Siempre víspera, presiente Rodrigo Olay.

lunes, 18 de agosto de 2014

Carmen Pardo, «La escucha oblicua»



De John Cage se publican registros magníficos. Una nueva generación de intérpretes descubre en sus obras incluso la belleza y la emoción que las ideas del compositor negaban. ¿Y estas? Son un legado que vale la pena conocer y admirar, a lo que ayuda el libro de Carmen Pardo, ahora que se pueden contemplar como un paisaje en el tiempo. Felizmente ya no hay contradicción en admirar el sendero hacia la nada de Cage y componer música consonante, pintar figurativo o escribir con emoción. Solo hay algo más inútil que negar la belleza de una utopía, seguirla a pie juntillas.

sábado, 16 de agosto de 2014

LITORAL nº 257 «El árbol. Poesía y arte»



Un árbol, cada árbol, se yergue como el manuscrito fundacional de una civilización desconocida. Pasan junto a él, a veces, sin percibirlo. Sin leer su intrincada caligrafía de designios. Los poetas, nunca. Descubren en cada árbol el árbol que esconde. Lo abrazan. Desentrañan con infinita paciencia el sentido de cada una de sus ramas. Frases que han grabado los sueños de un tiempo al que desean pertenecer. Acarician su piel áspera de animal viejo que de repente se convierte en tersura para las manos. Bajo su sombra escriben. Y las palabras que ahí le entregan nutren la feracidad del árbol.

jueves, 14 de agosto de 2014

«El librero de Cordes», de Fernando del Castillo Durán



La novela es prenda de talla única. Mejor, zapatos de un solo número. Recipiente en el que cabe la materia y la antimateria —literaria—. Fernando del Castillo (1961) lo sabe bien. Ha escrito una novela de género, de muchos géneros revueltos —el misterio, lo hermético, lo policial, lo sentimental—, entrelazados por su antídoto, la ironía. Cuenta una historia tan contenida como desbordada. Un torrente que se remansa en conversaciones que iluminan dentro de los personajes, en datos eruditos, que de repente se despeña por el acantilado narrativo de los acontecimientos. Ofrece una puerta secreta para salir del tiempo.

martes, 12 de agosto de 2014

«Ubi Sunt», de Manuel de Freitas



No es un título unitario sobre el dolor de las ausencias, sino un libro troceado donde las pequeñas y caóticas pérdidas son incapaces ya de aumentar el sinsentido que es la vida y solo ofrecen al sujeto la más indigna e irreconciliable de las opciones, asentir ante la desaparición. De ahí que el único sentido posible ya solo sea el que apunta un lacónico poema, cuyo último verso sea acaso el emblema del laconismo que cifra el lacónico dictado de Ubi Sunt: «Ahora es más sencillo: me despido». La vida como despedida de la vida, la paradoja del Ubi Sum.

domingo, 10 de agosto de 2014

«El teatro de la luz», de Juan Vico



A veces el espejo refleja a quien se mira como alguien con sombrero que entra en una taberna de la que solo queda una frase en una novela. Bajo el brazo lleva una lata con cientos de metros de imágenes casi repetidas en una cinta. «¿Que quién nos narra?», pregunta desde la identidad que se le supone, enfrente, el personaje que reverbera desde la prosa reiterativa, minuciosa, elíptica de Juan Vico (1975). El cine. El amor. La crónica de una imposibilidad. Acaso, de una indiferencia. La de quien sostiene el calidoscopio al revés y mira para verse en él astillado.

viernes, 8 de agosto de 2014

«Sobre a nossa morte bem muito obrigado», de Rui Caeiro (1989, reeditado en 2014)



«Tejido en carne viva», escribe Rui Caeiro en un aforismo con rotundidad de poética, «—único lugar donde verdaderamente da gusto escribir». Sus variaciones sobre el asunto del morir parecen, antes que escritas, conversadas entre amigos. El hilo con el que teje la lengua poética brota en fuentes coloquiales, pero recoge aguas de pensamiento y de sensibilidad en su cauce. La obsesión, siempre, es encontrar un punto de vista no usado desde el que pensar sobre lo que piense. Entre dos polos que atraigan ideas, Rui Caeiro huye siempre de los dos. Entre angustia y alegría, elige la salsa agridulce.

martes, 5 de agosto de 2014

«Melancolía y suicidios literarios», de Toni Montesinos


La melancolía es una mariposa cuyas alas desprenden ceniza sobre una hoja en blanco. Quien la piensa, como Toni Montesinos en este libro, sopla las pavesas que, al desaparecer por el aire, dejan un tenue trazo negro en el papel, un garabato apenas, una mancha, nada en lo que se pueda leer algo. Las mismas limaduras que quedan caligrafiadas en el cuaderno que tuvo entre sus manos el suicida. La mariposa muerta, comida por los insectos. Escribir tiene algo de haber fallado, de «herido por el rastro de su sangre», como dijo Chateaubriand. De vida póstuma, de flor que aguarda.

domingo, 3 de agosto de 2014

«La grande vie», de Christian Bobin



Escritas con letras de arena sobre una traviesa ferroviaria, las cartas de Christian Bobin son el tren que circula por esa vía. Idéntico al viento que cuela la ventana abierta y baila una música silenciosa con la cortina que, enloquecida, salta sobre el escritorio. Las cuartillas, también, que así empujadas su vuelo desordena sobre los muebles y el entarimado. Lo que desaparece sin exigir comprensión, resultados, prosa. Lo que cura aquello que ha de curar la herida. La vida verdadera. Recibo una carta de Christian Bobin. No trata sobre nada, un poema no es más que un cuenco con agua. 

viernes, 1 de agosto de 2014

«W Sonatas», de Jorge Grundman (Tríptico)



Las palabras de un poema tienden a disgregarse en melodía en la misma proporción que las notas de una partitura se anudan para evocar un significado. Se llama arte a esta conversión de la materia en otra naturaleza. Las Sontas W de Jorge Grundman (1961) convocan la capacidad emotiva del violín junto al don perifrástico y juguetón del piano con el propósito de dar nombre a los episodios biográficos que el oyente mantenga aún huérfanos de armonía. Más que estados de ánimo, la música figurativa y pletórica de sentidos de Grundman sugiere impulsos. Una música de baile para el alma.

«Lo que inspira la poesía», la primera Sonata W (What Inspires Poetry), es una pieza desalentada. El título evoca, quizá, la carencia de la que parte todo poema. La página vuelta de un cuaderno que traspasa en su vacío el rastro de tinta de lo escrito. O, tal vez, la construcción en el pensamiento de aquella ausencia. Grundman dice que está compuesta «sobre una perspectiva bucólica». Y los sonidos emparientan, sí, con el acento melancólico de Garcilaso. Los días —los sonidos— se entrelazan para moldear siempre una ausencia. Un desamparo. El gozo, también, que dejó atrás lo que no está.

«Warhol in Springtime» echa a correr. Cuesta abajo, el piano; dedos que se persiguen en los glissandi. Cuesta arriba, el violín; su anhelo de transformarse en suspiro. Es repetición, también, delirio. Música que sujeta con las manos el dobladillo de su falda, la levanta y muestra la flexión cristalina, casi agua, de las piernas al danzar. «White Sonata», la tercera obra, se sienta en la butaca del costado que incomprensiblemente quedó vacía y mientras se deslizan los acordes va contándole episodios, anécdotas, acontecimientos de una infancia al oyente —sin que nadie les chiste— que dan nombre a su propia infancia.

martes, 29 de julio de 2014

Souvenirs de un mundial


Al día siguiente de la final del mundial supe quién la había perdido. Tras apostar por dos ganadores, acertó en la derrota. Ni una sola camiseta vendida. Ni sacándolas a la calle. Ni siquiera rebajándolas a la mitad. Nadie que compre los colores de un perdedor. Cómo pude hacerlo tan rematadamente mal, imagino que se pregunta el comerciante de Drottninggatan. Por cierto, ahora que nadie se acuerda, sigo asombrándome de la capacidad dramática del fútbol. El mismo contrataque lateral, el mismo disparo cruzado. El ídolo lo lanza fuera; el suplente, dentro. El fútbol, igual que el destino, no conoce aprioris.

viernes, 25 de julio de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 24


Las palabras, en ocasiones, se visten para acudir a una fiesta. Se maquillan profusamente con adjetivos, se peinan elaborados moños con adverbios en –mente, se acicalan con prefijos, sufijos, interfijos y otras máscaras móviles. No se las ve, a las palabras que hay bajo los vestidos perifrásticos, a las que impostan sonidos guturales para que no se las entienda, a las que dan pasos de baile hiperbatónicos. Disfrazadas de otra cosa, la celebración acaba con la marcha fúnebre del sentido. Hojas secas que se arraciman sobre la rejilla del sumidero en el estanque. Las palabras que salieron, radiantes, de fiesta.

miércoles, 23 de julio de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 23


El futuro ha estado siempre escondido en la materia. Los chinos lo buscaron en los caparazones de tortuga. Los arúspices etruscos seccionaban el hígado de una oveja. Los griegos miraban el cielo en un espejo. Los hindúes dibujaban sus ideas en cartas y las barajaban. Los druidas celtas extendían las manos sobre una bola de cristal. En la Alemania del Barroco había catedráticos de quiromancia. En el presente una pantalla de píxeles es capaz de resolverlo todo. Algunas tardes también yo contemplo el vuelo de una alondra para conocer el porvenir. No sé de dónde viene ni a dónde va.

sábado, 19 de julio de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 22


Abro los ojos y la realidad me muestra su acuario, las dimensiones del cuaderno en el que se escribe lo vivido. Si la frase sin darse cuenta las rebasa, se pierde en el aire, en la nada, donde la tinta del tiempo no consigue escribir. Este cuaderno exige, al registrar lo ocurrido, una caligrafía que ocupe la página. Pero la caligrafía con frecuencia se ensimisma. Solo consigue hablar de la blancura del papel. El significado, sin embargo, no está en la letra que lo consigna. La escritura también genera ensoñaciones más allá del acuario del cuaderno. Otra realidad escrita. Vivida.

miércoles, 16 de julio de 2014

En la plaza


En la plaza juegan niños de pocos años. Muchos. Todos con una misma camiseta azul. Un esplai. Un niño abandona el juego y se aparta a un rincón, cabizbajo. Se le acerca, despacio, un monitor. La mano en el hombro, pero sin decirle nada. El niño llora, con desconsuelo, luego hipando. El monitor le pregunta solo ¿ya estás mejor? Asiente. Se van los dos hacia donde los demás corren y gritan sin sosiego. Este niño de tres o cuatro años no recordará el incidente, ni al monitor, ni la complicidad del silencio. Pero quizá algo le deba cuando sea adulto.

domingo, 6 de julio de 2014

C'est l'été


En un cesto de mimbre se amontonan las mazorcas de maíz. La avena crece en lienzos dorados. El níspero luce su vestido de vistosos lunares. El agua corre por los canales de riego con alegría. Las vides verdean en las laderas. Las encinas filosofan. Pájaros que han llegado de otras latitudes se entretienen contándose la aventura. Asisten a los primeros compases de la sinfonía del verano. La vida alrededor alimenta la vida. La brisa de la tarde hincha la camisa y desabrocha la blusa. La música de los campos reverbera en la piel. Los paseantes escriben el acorde del ensimismado.

martes, 1 de julio de 2014

Becqueriana / 54


Las aves trazan rumbos. No van de ninguna parte a parte alguna. Se desentienden de dirección e itinerarios. Trazan curvas donde otros siguen líneas rectas. Su escritura no narra. Es solo una expresión del deseo. Vuelan. Las aves vuelan por el gozo de transitar el aire. Y pían. Su piar enreda el silencio con sonidos igual que sus vuelos garabatean el cielo. No hay relato. Se alzan. Recorren el espacio sin poseerlo. Sin pedir permisos. Y de vez en cuando se detienen sobre una rama y con el pico, indiferentes a quienes les estén contemplando, se acarician el cuello. Intensamente.

domingo, 29 de junio de 2014

Becqueriana / 53


Una mariposa aparece en el poema. Su vuelo se rige por el tiempo de otro siglo. También su geometría, que desconoce la línea recta. Asciende y luego baja para acercarse a un verso. Da vueltas en el aire, va a la estrofa del costado. No se traslada, disfruta. Uno comprende muy pronto que una civilización de mariposas jamás hubiera inventado el avión. Ni siquiera el tren. Pero sí la poesía. Y el arte. Y la filosofía. Agita los colores de sus alas consciente de la combinación cromática que provoca. Bebe de las palabras más bellas su hermosura. La leo, leyéndome.

viernes, 27 de junio de 2014

Becqueriana / 52


Los sueños se desplazan por la piel como caricias. Mecen el cabello cuando el sueño sale en plena noche con una túnica blanca para escuchar la canción del río. Enrojecen las mejillas los sueños voladores, aquellos que transitan entre estrellas que amaestran los pétalos de luz. Cosquillean en el cuello los sueños diminutos, versos despistados que de repente miran alrededor y no encuentran el poema donde nacieron. Estremecen los brazos los sueños que avanzan por un trigal, crecido y espeso, en el que las amapolas señalan el rumbo. Vibran las manos cuando sueñan que son la caricia de un sueño.

miércoles, 25 de junio de 2014

Nocturno 05


Piececitas de puzle. De un puzle que resbaló de la mesa donde lo había montado y se desperdigó por todas partes. Aun puede ser que levante la alfombra y encuentre una. La echaré al montón, ya da igual. La pieza de la barba que me roza el hombro, con las demás. La pieza de la mano en el vientre, idéntica indiferencia. La pieza del mordisquito en la oreja, insensible también a cuanto puedan después decir, ebrios por el alcohol del momento. Ni siquiera quien me besó las manos dejó un cuadradito con enganche con el que empezar a montarlo. Tampoco.

lunes, 23 de junio de 2014

Nocturno 04


Jersey rojo, asoma el cuello y las mangas de una camisa jaspeada, faldón azulado que se funde con el lugar donde se reclina. Sombrero en forma de turbante con un rosa arremolinándose en las sienes. Flequillo. Cejas pronunciadas. Ojos cansados, pero mirada vivaz. Ojeras. Labios pintados. En rojo. Intensos, solícitos. Aunque cruza los brazos ante el pecho; una mano se coge el hombro, la otra no está. El bulto del seno se carga sobre el brazo. Hierba amarilla, o tal vez cielo amarillo. Destellos verdes. Amapolas. Mejillas encarnadas. La llaman Margot. Espera, está esperando. En este punto la pintó Picasso.

viernes, 20 de junio de 2014

Nocturno 03


Apagar las luces a pedradas parece ser uno de los alicientes de la calleja, aunque no sea el más llamativo. Volcar los cubos de basura y esparcir su contenido tampoco debería ser el propósito principal, pero quien la transita ha de caminar apartando inmundicias. Así, a oscuras y entre malos olores, los bultos que aguardan en los portales incitan a un extraño paraíso. Se diría que nada noble hay en ella desde la bocacalle por donde se entra. Y sin embargo, no existe otro lugar en la ciudad donde las voces sean tan dulces y delicadas, los discursos tan consoladores.

miércoles, 18 de junio de 2014

Nocturno 02


Mientras queden espectadores rezagados bajo la marquesina, la bombillería del cine no se apaga ni la persiana se cierra sobre el vestíbulo. Son las órdenes. A veces, antes de despedirse tras un encuentro casual, le gusta a la gente comentar la película un instante o encender un pitillo. Miro entre las butacas si hay bultos olvidados, cierro puertas y apliques, y por lo general una vez acabada esta tarea ya no hay nadie en la acera. Apago. Me voy. Otro día más, tras haber visto la misma película de ayer. Por eso me asustó, al principio, aquella sombra. Inesperado taconeo.

martes, 17 de junio de 2014

Nocturno 01


No se gira para mirarla. No ya a los ojos, ni siquiera al escote. Pero puede verla reflejada en el zinc de la barra. Igual que una foto mal hecha. Desenfocada. Una mancha su vestido, los labios pintados, el peinado. Se acerca. Con cuatro cucharadas de azúcar en la voz. Ni así consigue que se dé la vuelta. Que le diga algo. Tal vez que espera a otra persona. Insiste. Lo pasaremos bien. La cabeza le estalla. Abren la nevera, ve cómo desde el recipiente de las hamburguesas gotea un líquido sanguinolento que cae sobre el cuenco de la vainilla.

sábado, 14 de junio de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 21


En este instante de la tarde en el que los pájaros renuncian al vuelo y contemplan el cielo desde las cornisas y aleros con indiferencia, en el que las abejas se adentran en el panal porque las flores quedan en el costado de las sombras, en el que el perro pastor se tumba en mitad del camino y solo pestañea como única señal de alerta, en el que los escarabajos se entierran con una decisión que no admite gusto por los colores, en el que las hojas de los árboles languidecen y su verdor añora otras convicciones. En este instante.

jueves, 12 de junio de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 20


Medio desencajada y con los cristales rotos, los herrajes de la ventana chirrían cuando trato de abrirla sin lograrlo. Tropieza su cierre. Astillas de pintura caen como escamas de un pez muerto nada más rozarlas. Sobrevuelan la estancia y brillan un instante sobre los escombros acumulados en el suelo. Tiemblan las hojas si las fuerzo. Ni yo mismo podría explicar por qué quiero abrir una ventana que ya no tiene cristales. Pero sigo intentándolo. La observo por descubrir el estorbo. Me empeño. Cuando lo consiga, me digo, habré hecho lo que otra persona hacía a diario. Aquí. Comprenderé sus gestos.

martes, 10 de junio de 2014

Becqueriana / 51


El sol va camino de otras realidades cuando escribo. En los dorados que deja sobre los edificios se advierte su cansancio de orfebre antiguo. Ha insistido un tiempo sobre cuanto se ve y a su hora guarda las herramientas en una caja metálica y emprende el camino que conduce a las montañas. A punto de desaparecer de la vista, encuentro las palabras que redacto. Ese filamento de luz última sobre el que los cuerpos bailan. El sonido a piano desafinado de las garzas en la laguna. Y el cañaveral donde se ocultan los amantes para abrazarse. Mientras las ranas croan.

sábado, 7 de junio de 2014

Becqueriana / 50


La luz lleva en la bolsa siempre un estuche con lápices de colores. Un lápiz para cada matiz. De madrugada lo abre sobre una roca en forma de mesa, y va eligiendo lápices según los paisajes van despertando. Algunos días, la luz sufre pequeños ataques de daltonismo. Se equivoca en los colores. No los distingue. Y si no tiene nadie al lado que le preste de su propio estuche el amarillo para subrayar los oros del sol, los pinta con un gris y deja el día nublado. A veces se frota los ojos, reconoce el error, y dibuja los deseos.