sábado, 10 de diciembre de 2016

«El sujeto boscoso», de Vicente Luis Mora


Junto a los cuadros, en la pared de la Casa Museo, enmarcado en negro con cenefas esculpidas en la madera, un rectángulo de latón, y dentro, el movimiento de sombras de los visitantes, machas que solo se distinguen por el color de una vestimenta o el volumen del cabello. Pieza del siglo XVII, choca con las pinturas que le rodean. Un bodegón donde frutos parecen perder frescura cada día que pasa. Un retrato que no oculta ni un solo atributo del cansancio. Y sin embargo, frente a frente, el latón solo devuelve fisonomías de fantasma. Como se mira la realidad.

jueves, 8 de diciembre de 2016

«El bajísimo», de Christian Bobin


Bajo la maleza se mueve con estrépito de hojas un roedor huidizo cuando el cayado abandona el cuidado del mendicante y queda atrapado entre los matorrales tras un rumor de ramas. La sombra de la encina apacigua. Basta extender la mano para entretenerla con sus frutos. El camino que le ha traído hasta el lugar, lo alejará. Sin nombre, sin que alguien haya incrustado una piedra y luego otra, lo despreciará la memoria. Cuando se levante para continuar, el lugar volverá a ser de nadie. Y sin embargo, con qué suavidad lo tamiza la luz y lo airea la brisa.

martes, 6 de diciembre de 2016

«Trenes». Litoral nº 262


Cuando se inventó el ferrocarril los poetas realistas descubrieron una metáfora para el paso del tiempo. Los días serían las estaciones de un viaje que no admite descansos. Muchas veces, sin embargo, se tiene la sensación de que los días pasan, sí, pero que uno sigue en el andén esperando el tren al que ha de subirse. Que es el tiempo el que transita, como un expreso pasa por las estaciones sin siquiera aminorar la marcha y uno lo ve pasar sentado en el banco junto al inútil equipaje de quien no consigue alzarlo hasta la plataforma de ningún vagón.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Therigatha. Edición de Jesús Aguado


Mettika vuelca el cuenco donde penan las limosnas y ya vacío, lo ve lleno. Sama anduvo veinticinco años detrás de sí, igual que una sombra, hasta encontrarse. Uttama medita siete días en posición de loto y al levantarse la jornada había despejado sus brumas. Addhakasi gana con su cuerpo cada noche una moneda menos y empieza a comprender. Sukka se sienta a predicar en las tabernas, llueve sobre las rocas. Soma está convencida de que la verdad no tiene género. Vasitthi duerme en el vertedero angustiada por la pérdida de su hijo. Vijaya cierra los ojos para ver más allá.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Biografía de la mirada (& VIII)


Solo con un aumento consigue verlas, mientras caligrafía las letras sobre el cuaderno, pero con el cansancio a veces abandona la lupa a un lado, sobre la mesa, ensanchado grietas y manchas antiguas, y escribe de memoria. Al amparo de la niebla perpetua de su vista. Y cuando han quedado ahí, en el papel, las palabras desaparecen de su cabeza volátil, tan suya como en ocasiones propiedad de un desconocido. Ahí permanecen para quien quiera leerlas, pero no para él, que las repasa, lupa en mano, una y otra vez, sin identificar trazos ni nociones, inútil paleógrafo de sí mismo.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (VII)


Tras colgar —se había sentado en el banco de una plaza silenciosa, lo más lejos del fragor del tránsito que pudo hallar— dejó de ver el teléfono, el bolso, el banco, la plaza, la calleja que desembocaba en la avenida, la avenida, los autobuses, la multitud y el trámite que movía sus pasos en el momento anterior a que sonara. Tuvo la impresión de que aún existía por el interés que despertaba entre las personas que, sentadas en los otros bancos de la plaza, la observaban con disimulo mal enmascarado. Pero por mucho que la miraran, había dejado de verse.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (VI)


Espera en la esquina del estanco y me acompaña hasta la parada del autobús. No es gran cosa lo que se puede ver a aquella hora. Empleados con las manos en los bolsillos, obreros con el bocadillo bajo el brazo, estudiantes con las mochilas a la espalda, mujeres cabizbajas. No sé de dónde se saca lo que contempla. Trae a su conversación lo que lleve en mente, pero tampoco es capaz de decirlo a las claras. Has visto este, mira la otra. Me abate con su resentimiento. Enmaraña de suspicacias la franqueza del momento, la luz tenue de la mañana.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (V)


Ha llovido. Las pisadas dejan una huella en la tierra reblandecida, pero en seguida las hojas se apresuran, con cada golpe de viento, a ocultarlas. Hojarasca que va trenzándose con amarillos en lo que un día debieron ser unos ojos vivos, anhelantes, que ahora contemplan el rectángulo negro de la ventana dentro de un vagón de metro. De las ramas se desprenden gotas que caen en el charco de una mirada. Se abriga el cuello con el chal donde la multitud se arracima. No refresca aquí ni en lo que esté pensando, sino en la mirada misma, en su intemperie.

martes, 22 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (IV)


Si aquel mira, si este mira, si el de más allá está mirando, he de cerrar los ojos para ver. Porque mantenerlos abiertos no sirve ya para distinguir lo que hay, sino para establecer solo un orden. De qué me vale que el de más allá mire, este mire y aquel esté mirando si el cauce común conduce a lo explicable. Si entre todas las miradas componen un acuerdo al que denominan realidad sin la menor objeción. Usan la vista para reconocer lo que ya han visto que hay, no para imaginar lo desconocido. A tientas avanzo hacia lo inexplicable.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (III)


Ya sé que era solo la cocinera, pero la casa estaba apartada y el verano era tan inacabable que allí todos parecíamos importantes. Pasaba la mañana condimentando alimentos y por la tarde limpiaba los fogones. Si salía al jardín, avanzaba cabizbaja, con grandes zancadas. Como si tuviera prisa. La sujeté por el hombro. Le dije que mirara hacia las montañas, el verdor azulado de los pinos, los pastos aún frescos, las crestas de granito descarnado. No levantó la vista de los guijarros del sendero. Solo hay un paisaje, me respondió. ¿Y esta maravilla? Una postal que nadie me ha mandado.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (II)


Podía no ver a nadie, aun mirándole a los ojos. Se cruzaba por los corredores sin responder a los saludos aunque a menudo caminara hablando, consigo misma o con el vacío que la acompañaba allá adonde fuera. Cara de persona solitaria, gesto abandonado, nunca se le vio, ni aquella tristeza que empalidece las facciones. Andaba siempre alegre, puro júbilo que no compartía. La rara, la llamaban las demás, la chiflada. Cumplía sus tareas y al final de la jornada, cuando las hermanas parecían rezarle a un padre autista, secreteaba ella con otro juguetón y comprensivo. Un dios igual de lunático.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (I)


Voy de la mano con mi padre por la Calçada da Estrela contando los tranvías que suben y los que bajan. Le miro y sigo buscando qué miran sus ojos, que no se posan sobre nada que vea yo delante. Voy contemplándome en el reflejo de los escaparates de las tiendas por donde pasamos y admiro una y otra vez el vestido que llevo puesto y que tanto me gusta, pero que mi padre no parece advertir. Voy saltando en el empedrado por encima de bichos que ahora solo ven mis ojos y cuando reclamo los suyos tampoco los encuentro.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Becqueriana / 97


Desde lo alto, la ciudad es el juguete de una niñez que creció en exceso para jugar, y lo hizo además demasiado pronto. Un entretenimiento que los años convierten en trasto arrinconado. Un bulto coleccionista de polvo que un día se encuentra con sorpresa buscando espacio para guardar otra cosa. Desde la calle, la ciudad es la sorpresa que devuelve la vida al juguete perdido: las manos juntas, la tarde sin rumbo, la navegación a merced del viento y de un café en mesa de mármol para dos como único fin de un deambular erudito solo en pasos felizmente perdidos.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Becqueriana / 96


La tarde trae nubes con historias por contar. Hay quien las espera y observa el cielo, cada día, por descubrir en su blancura u oscuridad el hilo que conduce a un acontecimiento que no ha ocurrido. Las nubes hablan siempre por los codos. Las lóbregas, embozadas, antipáticas se acuerdan de quienes al cruzar frente a un charco lamentan no haber saltado sobre su cristal. Las blancas, orondas, felices acompañan la aventura de quienes con las manos entrelazadas transitan distraídos por las calles. Los cielos de otoño convierten a los visionarios en lectores de nubes. Las detienen, las contemplan, las escuchan.

jueves, 10 de noviembre de 2016

«Que todo en la vida es cine», de Toni Montesinos


Acierta Toni Montesinos (1972) al plantear la crítica cinematográfica desde la biografía. Desde fuera, primero, porque ir al cine ha sido —no sé si aún lo sigue siendo— un momento de especial intensidad: lo que se hacía el domingo, donde se iba con amigas y amigos, con la persona amada… Evocar una película es revivir el momento de ir a verla. Pero también desde dentro. La identificación que las tramas proponen al espectador no es un ejercicio gratuito, tantas veces será un modelo para sus actos cuando la vida se haya vuelto incomprensible. Desde ahí Montesinos cuenta sus pelis favoritas.

martes, 8 de noviembre de 2016

Dietario de sensaciones, 22 (Sonido)


El graznido del despertador antes del amanecer, el salpicar del agua en el plato de la ducha contra los azulejos, la llamada también olorosa del café que sale, el fragor de la ropa al entrar en contacto con el cuerpo, la puerta al cerrarse, los escalones que dan las horas al bajar, las sirenas ferroviarias a lo lejos, el estrépito de habitación de adolescente del tráfico, el chirrido de los frenos del autobús, el aire comprimido de la puerta al abrirse, su motor cuando acelera, el griterío cruzado entre colegiales, la vibración del cristal. Extraña conversación la de cada día.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Dietario de sensaciones, 21 (Carta)


Una carta es una caja de acuarelas. Los dedos que la escriben, el pincel; y los ojos que la esperan, un cuenco de agua. Las palabras son pastillas, cada una de un tono diferente. Y cuando la mirada las lee y los labios las pronuncian en voz baja, colorean el presente de quien las ha recibido. Las cartas irisan la grisura de los días. Los llenan de viveza. De naranjas recién brotadas del árbol, de amarillos cuyos destellos lanza el cristal de las ventanas, de azules que descansan sobre los hombros. Tinte que jaspea las horas, que les da sentido.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Dietario de sensaciones, 20 (Huerto)


F.C. In Memoriam
Unas simientes que ocupan el cuenco de una mano. Granulado ya reseco que una tarde las mismas manos extrajeron de un fruto con la punta de una navaja. Semilla a semilla, y que se quedó luego al sol, sobre un papel de estraza, en una tabla. Una azada, sujeta a un palo de madera, que esponjó el suelo, lo labró y luego lo peinó con surcos y montículos que retuvieran la tierra y el agua. Una azuela con la que abrir un hueco en la tierra y depositar las simientes. Luego taparlo. Regar. Ir regando cada atardecer. Saber cómo crece.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Mis contemporáneos 05. Juan José Martín Ramos


Cuando lo conocí hacia 1990, en Madrid, época de «Versión celeste», quería escribir solo novelas breves, pero ya había dado un paso hacia lo imposible. Aquella revista mitad literatura, mitad discapacidad. Siempre me ha gustado lo que no existiría si no fuera porque quien lo ha soñado existe. Hoy es el editor más secreto. Acaba de presentar el 61 de una colección de poesía que pronto se buscará con impaciencia. Tengo la impresión de que en aquel primer encuentro dejamos listo —allí sentados los dos, mientras nadie paraba quieto en las calles fluctuantes— el futuro que hoy llamamos pasado.

domingo, 30 de octubre de 2016

1973- «Algo de fiebre»


Un haz de luz. Rabindranath Tagore, el acomodador del cinematográfico, va y viene. Aun con la linterna apagada, en la barba blanca reverberan los colores que devuelve la pantalla y su destello refulge en la oscuridad. Cuando lo enciende, su foco silencia, amonesta, irrumpe. Separa en dos bandos lo que exige disociarse. En la sala, el espíritu; la realidad, en la calle. En el palacio de los sueños todos le respetan, salvo aquel joven espigado y melancólico, Sandro creo que se llama, o lo llaman, que allí donde se siente solo importa lo que, al ocurrir, deja manchas de sudor.

viernes, 28 de octubre de 2016

1972-«Dual»


No se cansa el voluble mar de vestir sus tobillos de muchacha con la seda de la ola. Tampoco de desvestirlos, gesto airado por haberlos confundido de repente, quizá, con el color de la tosca arena. Extraña a la inconstancia, Sophia se inclina para recoger, entre restos de valvas, conchas y óvalos, las lágrimas de nácar que la marea ha olvidado en su paseo nocturno por la playa. Las aprieta en la mano izquierda y le gusta sentir su firme suavidad. Cada fulgor que descubre, entregado por lo incógnito, es el pétreo suspiro de un endecasílabo de Luís de Camões.

miércoles, 26 de octubre de 2016

1971-«Almoneda»


Ha viajado durante la noche en un desvencijado convoy de incierto destino. Despeinado y arrugada la ropa despierta en una estación más grande que su aldea. Pablo lleva una dirección en el bolsillo, pero ninguna guía donde buscarla ni conocido que le espere. Ahí está, mojándose el pelo frente a un espejo en los servicios y abotonándose hasta el cuello la camisa, que ha planchado cuidadosamente con la mano. Y al atardecer suena la campanilla dieciochesca en la tienda anticuaria. Atildado y lacónico, el dueño, don Rainer Maria Rilke, le desengaña: Ha tenido lugar esta mañana la almoneda de ángeles.

lunes, 24 de octubre de 2016

1970- «El laberintodonte»


Virgilio, el pastor, dobla sobre el cercado la chamarra por si al cantar le sofocan otros calores. Desabotona la franela que le oprime el cuello y destensa el cordón de las calzas. Frente al ganado, que se agolpa en la puerta del redil, busca en el morral el pergamino de la balada que compuso anoche, en la honda soledad de la majada. Más allá el pastorcillo Pimenta corteja a su pastora sin bucólica, sin laúd, sin hexámetros y hasta sin pastora. Le basta evocarla con la mano sobre la cabeza de una oveja que bala: Phalos brotan en la brisa.

sábado, 22 de octubre de 2016

1969-«Det»


Se dice del profesor Kierkegaard, tan relamido como un vestido de boda tras treinta años en el armario, que tuvo novia. A la que regalaría flores y escribiría florituras. Hay quien cuenta haberle identificado con sombrero calado y solapas subidas, al anochecer, en calles oscuras donde solo resuena un lánguido caminar de tacones. Mujeres sin rostro. Inger ni se atreve a pensar en lo que les exigiría mientras observa, desde su pupitre, al final de la clase, una paloma que picotea en el alféizar. Las alumnas hacen ver que hacen ejercicios, el profesor no levanta la vista de sus breviarios.

jueves, 20 de octubre de 2016

1968-«Poemas póstumos»


—¿Mr. Eliot? 
—¿Nos conocemos? 
—Todavía no, la plaquita… 
—Ah, la placa. Si tiene la amabilidad de esperar, no es mi turno. De hecho, acabo de finalizarlo. En breve aparecerá el revisor pertinente. 
—Solo una consulta. 
—Dígame, ¿señor…? 
—Jaime, sí, James. No estoy seguro de si este tren se detiene en la estación en la que voy a querer bajar. 
—Mr. James. Aunque no me corresponda a mí informarle del recorrido, puedo indicarle que donde desee usted descender con seguridad el tren no va a detenerse. 
—¿Está seguro? 
—Salvo que haya elegido como destino el destino final. 
—¿Entonces? 
—Disfrute del viaje.

martes, 18 de octubre de 2016

1967-«Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel»


«Es escritor —había dicho la panadera—, y usa tratamiento de von, von Sacher-Masoch». Desde aquel momento el empedrado de París empezó a temblar bajo sus pies. Lo veía cada tarde cruzar la plaza donde jugaba con sus amigotes. Traje oscuro, también en verano, pajarita, monóculo, pelo impoluto, destellos en los zapatos. Y siempre con un volumen encuadernado en piel sujeto en la mano de un brazo que parecía avanzar con paso militar. Gilles se miraba cada noche en el espejo atormentado por aquello a lo que debería renunciar para ser escritor: melena, rizos, jirones en la camisa, zapatillas rotas.

sábado, 15 de octubre de 2016

Becqueriana / 95


Al otro lado de los montes aún queda un resplandor del día que se aleja con la realidad al hombro y deja, como herencia, el silencio entre el rumor de los pasos. Un ladrido lejano, el motor rezagado de un vehículo que pasa y se olvida al instante, las campanas que advierten de la hora. La noche identifica todos los sonidos como un agente de aduanas. Y en ese cuenco donde solo el poso de la luz queda en el fondo de lo que fue color nos buscamos a nosotros mismos, y nos encontramos. Sin ajenos decorados. Frente a frente.

jueves, 13 de octubre de 2016

Becqueriana / 94


La tarde se aquieta con sus ocres y azules de acuarela. Muerdes una manzana sentada en un peldaño de la escalera. Ha dejado de llover y el sol asoma su timidez otoñal mirando de reojo entre las nubes tus piernas descubiertas. La brisa aletea en tu falda. He abierto el caballete sobre la hierba, he colocado un lienzo, sostengo la paleta en la mano izquierda y con la derecha alzo vertical el pincel, delante de los ojos, para captar el lugar exacto en el que voy a pintarte. Y cuando acabe, colgaré el cuadro en las paredes de la memoria.

martes, 11 de octubre de 2016

H \ instantánea y 7


Verse de nuevo vulnerable, ahora donde señoreaba lo cotidiano. Sentarse, levantarse, caminar. Ay, acostarse. Arduas tareas que no eran nada, gestos triviales que han perdido de repente su don inocuo. Su amable liviandad. Convertidos en la suma excesiva del estar. Que ha de sentarse para no hacer nada, ha de levantarse para no ir a ninguna parte. Ha de entregarse a una cama que ya no es un altar. Aprende movimientos carentes de función para reconstruirse. Vida inédita donde lo casi inexistente se alza como exclusiva existencia. Y la fragilidad no es la condición previa de ser, sino su consecuencia.

sábado, 8 de octubre de 2016

H \ instantánea 6


En el umbral de la noche emerge el vértigo. La necesidad de dar media vuelta en la cama y huir hacia su interior, tras la promesa que simboliza la luz, agarrado a los jirones que queden del día. Nadie desea por sí mismo entrar en el túnel contra el que lucha por escapar. Es la hora en la que la sonoridad enloquece. Las habitaciones vuelcan sobre el tronco común de la planta hospitalaria la erupción de su espanto. El momento de las letanías y de la incomprensión desasosegada de la realidad. Y quien atiende, lo intenta calmar con lenguaje infantil.

jueves, 6 de octubre de 2016

H \ instantánea 5


El día ocurre en otra parte. Y nada hay más inútil que una ventana de cuarto de hospital para saber dónde se halla la otra parte en la que está ocurriendo. A veces se asoma alguien en los bloques de enfrente y una ávida mirada espera que un simple cruce consiga arrancarlo. Dentro de la pecera lo mismo que ha de intentar el pez en el piso vacío por la mudanza. Un limbo atemporal donde no hay limbo ni se sitúa fuera del tiempo. Un tiempo que se ha invertido. De convexo a cóncavo. Signos que los signos no reconocen.

martes, 4 de octubre de 2016

H \ instantánea 4


Soy el del 5. Mi nueva identidad. El paciente del box 6 es diabético y a mí me traen una comida de primer día para diabéticos. Taza de leche en la que una enfermera diluye un sobre de café. Luego esparce el edulcorante. No consigo encontrar la personalidad que me permita deshacer el malentendido. Cuando hablan del 5 presto atención, por si dicen algo que permita reconstruirme. La paciente del 4, el señor del 8 ya sé que no soy yo. Destrenzado de identidades que deja el suelo lleno de datos incoherentes. Fiesta de la que quedan solo serpentinas sucias.

sábado, 1 de octubre de 2016

H \ instantánea 3


Despertar de una anestesia ofrece un raro prodigio legal. La consciencia se abre paso en una jungla de signos donde la razón, gran dormilona, aún no ha despertado. De la realidad se conoce lo suficiente para saber que hay personas alrededor, pero solo se obtienen datos contradictorios sobre quiénes son. El lenguaje es aún más evanescente. Y por mucho que uno lo busque en todos los bolsillos del cerebro, ahí no está. Lo sorprendente, no es eso, sin embargo, sino que tampoco importe demasiado cerrar los ojos y ver grifos, basiliscos, centauros y árboles cuyas hojas envolverían el edificio entero.

martes, 27 de septiembre de 2016

H \ instantánea 2


La imagen que uno tiene es fugaz y en contrapicado. Casi en nadir. La palabra Quirófano en el dintel de una puerta. Entra también en la visión el gorro del camillero, que es colorido y de fantasía, y entretiene del pastoso marrón del embaldosado en las paredes que cruzan otros gorros. Lugar que, precedido del cartel de «Prohibido el paso a toda persona ajena», permite entrar a quien solo ve un techo de placas de yeso y focos que deslumbran mientras mantiene una conversación con el anestesista, a cuyas preguntas falsamente animadas solo da una única respuesta: sí, quiero despertar.

sábado, 24 de septiembre de 2016

H \ instantánea 1


Un estor bajado tamiza la luz, filtro que los fotógrafos de irrealidades usan con pericia. En el centro, la cama es un altar blanco, impoluto. Sin mácula del tiempo o del dolor que ha albergado. Una habitación vacía de hospital purifica la desmemoria. Paneles blancos sobre las paredes blancas. Blanco mobiliario. Ambiente grisáceo, cúbico, rectilíneo. Lugar en el que parece no haber ocurrido nunca nada. Altar de una religión áptera. Artilugios metálicos para ritos extraños. Perfección casi inhumana para una ocupación contradictoria. Se está y no se está en el cuarto, como paréntesis en una frase donde se ha dudado.

martes, 20 de septiembre de 2016

1966-«A sangre fría»


Inaudibles bajo el crepitar constante de los teletipos, los pasos del anciano vigilante nocturno se acercan por el pasillo. ¿Eres tú, Christopher? Y en la ninguna respuesta el reportero novato y pringado de las madrugadas sabe quién llega: ¿Has sido joven alguna vez? ¿Aún recuerda tu palidez la luz del día? En una esquina de la redacción el solitario Truman dispara preguntas hasta que le silencie un sorbo de humeante café. El uniforme de segurata, con Marlowe dentro, se sienta: Lo que darías para que te respondiera a una sola de tus preguntas —dice despacio, con sonrisa de ángel perverso.

martes, 13 de septiembre de 2016

1965-«El guardián del vergel»


Un pegote de barro, las botas. Y solo a la vista un escueto fulgor de piel curtida en la parte alta de la caña. Y a esa altura, la cantonera de la culata. Era lo único que el chico veía, tras los matorrales, del cazador furtivo. Sabía qué continuaba hacia arriba y también que se llamaba Thomas Hobbes, pero era mejor que no le oyera. Inmóvil, Charles apenas se atrevía a respirar el aire húmedo del bosque. La boca abierta. Había visto pasar el ciervo que perseguía, pronto iba a desaparecer, pero del tenso, interminable, instante se defendió llamándose Cormac.

viernes, 9 de septiembre de 2016

1964-«Algunos muchachos»


¡Ah de la casa! —gritó Faulkner, el carbonero, sombra asomada a la sombra del zaguán. Le contestó el rítmico chasquido de una cuerda contra las losas. ¿Hay alguien? —insistió el destello blanco del blanco de los ojos ennegrecidos. Chas, chas, chas… Nada interrumpía la única respuesta. Niña, sal del escondrijo y dime si puedo dejar los sacos. El traquido y su eco siguieron como único diálogo. Me llamo Ana María —dijo al rato Ana María— y me has hecho perder la cuenta. El hombre enharinado de oscuridad la vio ahora en el encuadre iluminado. Y además, no te tengo miedo. 

martes, 6 de septiembre de 2016

1963-«Los timadores»



—Me gustan tus historias, Sófocles. 
—Gracias, muchacho. 
—Pero me intriga una cosa. ¿Por qué tratan siempre de padres e hijos? 
—¿Cómo te llamas, chaval? 
—Jim. Me llamo Jim. 
—Bueno, Jim. ¿Qué hay en este mundo que no pueda ocurrir entre padres, madres, hijos e hijas? 
—Si lo planteas así. 
—¿Qué pasión existe que no pueda reflejar un padre frente a un hijo o un hijo frente a un padre? 
—¿Sabes qué?, me gustan tanto tus historias que te daría un pavo. 
—Vale. 
—Pero solo tengo un billete de diez. 
 —¿Ese tan doblado? Te devolveré nueve. 
—Sigue hablando Sófocles… mientras cuentas.

sábado, 3 de septiembre de 2016

1962-«Los clavos en la hierba»


No duró mucho en el puesto Juan de Yepes. Tres días. Nadie preguntó quién se había preocupado por oírle antes, nadie le echó en falta después. Balbucía palabras ininteligibles el pregonero tartajoso. Enmascaraba horarios, desfiguró hasta la frase más obvia. Ninguna convención servía tampoco para descifrarle. Alargaba y acortaba los sonidos sin regla. A la tercera tarde de salir a declamar los anuncios del consistorio ya se había convertido en una irrisión generalizada. Para todos, menos para María Gabriela, que le persiguió por las calles las tres jornadas, conmovida, y aún continúa así, por la deslumbrante belleza de lo incomprensible.