sábado, 24 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimoséptimo)



Cuando escuchó en boca de un adulto la palabra carencia, la niña no la entendió, pero guardó su sonoridad en el estuche de los lápices de colores y acaba de preguntársela a la maestra. Lo primero que piensa, ahora que la conoce, es en su muñeca. No quiere que sea pobre. Aunque mientras está en el colegio, la muñeca no tiene con quién jugar. Tampoco la niña, solo le dejan llevar a clase libros. Tiene muchas compañeras, es verdad, pero no es lo mismo. Cada día le toca esperar hasta la tarde para acabar con las carencias de las dos.

lunes, 19 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimosexto)



«Nunca pronuncio pereza. Tengo un problema con esta palabra. Para mí, pereza tiene connotaciones positivas, pero la gente solo subraya las negativas. Me parece una de las pocas virtudes que hay en la vida a toque de pito que nos imponen. Ni conozco mejor manera de hacer las cosas. A lo ancho, descansando, distrayéndose, pensando en otros asuntos, adormilándose. Así es como disfruto empezando lo que me gusta y aquello que estoy obligado a acabar. Lo contrario, el incordio de la hiperactividad, el timo de la mejora productiva, me abruma», dijo el perezoso al concluir su tarea antes de tiempo.

jueves, 15 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimoquinto)



Bajo la cama es el primer lugar donde miran. Dentro del armario, con el sofocante olor de los abrigos colgados, la descubren enseguida. Al altillo no alcanza la silla ni puede con la escalera. El cuarto de la plancha se queda a oscuras si cierra la puerta. En el jardín, los aspersores se encienden sin previo aviso. Por las aceras siempre hay una mano pegada a su mano. En el supermercado no encuentra la salida. Pero un día la niña descubre el lugar ideal para irse: sentada en su pupitre, en mitad de la clase. Donde nadie la ve desaparecer.

sábado, 10 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimocuarto)



Van charlando por la calle Asturias con plaza del Diamante dos señoras de edad. La perra de una de ellas, pequeña y poco agraciada, camina pizpireta delante. Aparece un perro, feúcho, y trata de olerla. La perra se enfrenta y lo echa. Con el rabo entre las piernas el perro sale corriendo. Una de las ancianas dice: «¿Te has dado cuenta?, no se ha dejado oler por el perro». «Por supuesto —la dueña le responde con orgullo— ya le he repetido muchas veces que debe tener cuidado con sus cosas íntimas, que no ha de dejarse oler por cualquier perro».

lunes, 5 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimotercero)



«Te has equivocado de puerta —clama en voz estridente la cigarra— la cola de empleados para el catering es al otro lado, este es el acceso para el casting». «No, no —balbuce la hormiga—, no vengo a pedir trabajo». «Ya lo sé, curro es lo que no te falta nunca —se desternilla la cigarra—, pero esta alfombra roja, la ves, es para que la pisen solo artistas, ¿y qué arte tienes tú que puedas mostrar en una fábula». «Eso me preguntó también yo —susurra, cohibida, la hormiga—, pero aquí traigo la misma citación de Samaniego que tú».

jueves, 1 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (duodécimo)



En el parque, los pájaros vigilan. Frente al estanque, se han sentado. Allí donde zigzaguean huidizos peces. Al costado, una mata de margaritas. Blancas. Arranca Ella la mayor y la ha plantado en la camisa de Él, entre botón y botón, como si fuera un recurso poético para desabrochársela. Da resultado. Con la lluvia que chispea, la flor encuentra en el pecho tierra donde prender. Han cerrado los ojos y durante un instante se aprietan las manos. Luego se han levantado, han abierto un paraguas para los dos y abandonan la sombra de los tilos. Los solitarios, de nuevo soñadores.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |14| «Veinticuatro días, o quinientas setenta y seis horas. ¡Una eternidad!» | 8 de mayo de 1912



Las astillas que desprende el cepillo del ebanista y se revuelven con el polvo y con las briznas de paja que el aire trae de la parva no pertenecen al tiempo, son desperdicio. El tiempo es la madera que sierra y labra hasta montar una mesa, el torneado de las patas, la taracea del tablero. La escoba arrastra mis días entre estas paredes hasta la boca ciega del sumidero. Las esquirlas de las piezas rotas, los grumos de los barnices secos, las trizas del lijado: la vida arrancada de mi vida. Ha dejado de ser duración el tiempo del encierro.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |13| «No sé cómo puede ocurrir todo esto ni comprendo la razón» | Mayo de 1912



Cuando me dijiste que estaba dando de comer con mis dibujos a la jauría que no iba a lamer mis manos impregnadas de pintura después, sino que se lanzaría a devorarlas, no te creí. Quién puede creer que la razón esté tan corrompida como los restos de una paloma muerta al borde del camino. No entraba en mi cabeza, cuando me alertaste de la inquina que mi persona —un inocente encerrado en su taller todo el día— despertaba en las ventanas más altas de Babenbergerstraße. ¿Qué piedra había lanzado yo contra sus cristales para que se desatara todo este odio?

jueves, 24 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |12| «el efecto de un miedo helado» | Mayo de 1912



Dentro de la oscuridad se extiende por todas partes el miedo a lo informe e incoloro. En el rasposo y húmedo tacto que devuelven las paredes al ser identificadas emerge el miedo al tiempo zanjado. Sobre el suelo irregular y sucio se arrastra al caminar el miedo a las enfermedades y al delirio. Por el aire infecto de la celda, más caverna que arquitectura, fluye el miedo a las amenazas que profieren las almas en el tránsito de su corrupción. No hay miedo que no escuche y descubra. La ceguera, el vértigo, la enajenación. Una ventisca boreal que me petrifica.

martes, 22 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |11| «solo he encontrado máscaras donde la avidez, la maldad estúpida, la pereza mental emergían en las miradas esquivas» | Mayo de 1912



Alzados sobre los coturnos de la soberbia, los actores del día se aprietan cada día en la nuca la máscara de la representación. Endurecido lino, arcilla horneada o bronce en realidad no importa, la piel se funde con cualquier materia, crece en los bordes, cubre las fisuras, asimila y se apropia. La voz, dentro, se convierte en el eco de una voz. La mirada, en el hueco de los ojos, carece de piedad. Los actos se suceden en la tragedia del tiempo. Denominan solista a aquel que abandona el coro empuñando un estilete de barro, de madera o de latón.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |10| «por haber hecho dibujos eróticos, o sea, obscenos» | Mayo de 1912



Nunca he sido pintor de sala de museo. De poses. De decorados. Un pintor que repite pinturas enmarcadas con pan de oro, que colorea fotografías muertas, que traza sombras en la sombra del genio. Un pelele obnubilado por barnices, por esmaltes. No soy un libro de hojas oscurecidas con el manoseo, trufado hasta el infinito por cintas de colores y en cada una la cita que corresponde. No soy la postrera campana de un huso horario. Unto los pinceles en las secreciones de cuanto padezco. No pretendo ser un artista del erotismo, solo anhelo captar la sublime obscenidad del amor.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |9| «También él quería saber quién era yo» | Mayo de 1912



Y cuando me doy la vuelta para ver mi rostro no veo a nadie en el lugar que ocupo. Mi retrato es la silla en la que estoy sentado, vacía. El camastro donde las chinches anidan sin sangre que las alimente. El nombre por el que nadie responde cuando lo vocea el guardián. Lo que entrego como yo a quien interpela por mi pasado en el patio es una incógnita para mí. Me obliga a mirar al suelo e inclinarme con la intención de recoger los añicos que queden de mí en mi sombra. En la arena que la dibuja.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |8| «sujeto solo a una ley que no es la de la multitud» | 1 de mayo de 1912



A veces entra por el cuadrado azul que ciega el patio un gorrión solitario. Revolotea ante la profusión de rejas y pronto descubre que nada le atrae en el agujero. Pero si por acaso advierte en la arena una semilla y desciende a buscarla, por atraparle algún presidiario se lanza al suelo, y cuando el pájaro, mucho más ágil, emprende la huida, lo insulta y ofende con un colérico diccionario. El resto, que le envuelve expectante, jalea el intento, y si en alguna ocasión lo captura, grita hasta la afonía, sin que ninguna voz haya entre las voces que aclaman.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |7| «A mi alrededor todos los colores han desaparecido» | 1 de mayo de 1912



Solo el carboncillo me narra. Ni sé dónde esparciría unas gotas de bermellón, que solo imagino como la sangre que en el mismo momento de brotar dejaría de ver. Cuándo darle un verde arlequín a mi ropa interior para que me arranque una sonrisa, gesto que no consigo recordar cómo se compone en el rostro. Qué índigo quisiera para repasar la mancha de mis ojos si pudiera contemplar con qué desprecio me están mirando ahora. Ignoro qué cantidad de topacio tostaría brazos y piernas descubiertos si no estuviera tan acostumbrado a verlos encharcados en la negrura húmeda de esta luz.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |6| «Sin embargo, por mi arte y por aquellos a quien amo, hasta el último aliento resistiré» | 25 de abril de 1912



Del ferrocarril me ha quedado el recuerdo de lo que se está yendo en cada momento. Ruidos, ajetreo, voces, un silbato. El mundo dentro de un baúl que arrastra por el andén el mozo de cuerda. Las despedidas, flores que arrancan un repentino traqueteo, una explosión, la nube de humo negro. Del Danubio conservo lo que el agua no consigue llevarse a su paso. Los pilares de puente, de sólida piedra, corazón que rechaza cualquier caricia. Inalterable también permanece la imagen que proyecto sobre la superficie si me asomo desde la barandilla. La corriente la ondula, pero la sombra resiste.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |5| «He pintado el catre de mi celda. Una naranja brillante…» | 19 de abril de 1912



Entre el verde uniformado de las copas, el destello de las mandarinas, el fulgor de los nísperos; ocultas en la áspera tierra la fiereza de las zanahorias, la paciente sabiduría de las calabazas; el esplendor de las llamas que acaban con las paredes de madera, el regocijo de las dalias, el donaire de los tulipanes. La victoria del color sobre la monotonía del lenguaje. Tonos pardos que se reclinan hoy ante mi camastro y piden perdón por su insipidez. El triunfo naranja de lo cítrico y floral, de los grandiosos anocheceres del verano. Resplandor de manos que son mis manos.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |4| «Tengo que vivir en medio de mis excrementos, respirar mi hálito viscoso y envenenado» | 17 de abril de 1912



En este presente encharcado no llueve. Los arroyos no saltan las piedras, jocosos. Las cascadas no disfrutan, traviesas, de su ausencia de vértigo. El mar no se arremolina, encrespado, ni muestra el más nimio de sus innúmeros, incesantes rostros. Ni siquiera una palabra consiguen ser. De mí, por más que me busque, no quedan ríos, afluentes, meandros, deltas. El agua estancada de los días es lo única que me devuelve el gesto si lo encaro. Se burla de mí. No me veo en parte alguna. No reconozco el cuerpo ni comprendo mi pensamiento. No hay más yo que estas heces.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |3| «el catre de tablas viejas y mal ensambladas, la colcha tosca y cubierta de pelusa» | 17 de abril de 1912



Si una mañana de sol los vencejos trazaron sus vuelos de geometría no euclidiana sobre la arboleda estival, mientras en la hierba, cuajada de flores, descansaban los cuerpos desnudos a los que solo la brisa osaba acercarse, la he abandonado como se olvida un trasto inútil en el vertedero. Y junto a la estampa que nunca he pintado se ha extraviado aquella elegante aspiración a la hermosura. ¿Qué expresa de la oscuridad de mis días lo bello? El vencejo polvoriento entre guijarros, el cielo tormentoso, la hierba seca, el arroyo turbio, la desnuda ausente, los colores ya en su osario.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |2| «Al fin papel, lápiz, pinceles y pinturas para dibujar y escribir» | 16 de abril de 1912



En la sujeción del lápiz, tras haberlo tomado de donde reposa, actúa la certeza. Tal como lo recuerdo. El índice dirige, pulgar y corazón sostienen, con qué presteza. La que de súbito se asusta ante el papel que poco contiene, salvo el deseo de decir. Una voluntad aún mayor que la mía por huir la suya por expresar. A unos centímetros, ensaya el trazo. Un gesto hacia la derecha, en el aire, una imaginaria línea de encuadre, una transversal, su opuesta. Lo blanco, mudo. Un círculo y otros interiores. Y allí donde no hay nada, rasgos del que se mira.

martes, 1 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro | 1 | «empecé a pintar, para no hundirme del todo, con los dedos temblorosos, humedecidos por mi amarga saliva» | 16 de abril de 1912



En grietas y hendiduras del revoque. En voces raspadas sobre el yeso y la piedra. En la oscuridad. Me reencuentro. Lo áspero me pronuncia. Lo tosco. Me ilumina lo punzante. El tiempo que se desploma desvanecido sobre las losas. Rugosas, húmedas. Donde yace mi cuerpo ahora. Ni siento las piernas. Los brazos alzados, las manos me descubren lo que no estoy viendo solo como lo sabe encarnar un espejo. En ranuras y agujeros. Soy la realidad que palpo y la tiniebla es el color de mi piel. Única certidumbre en la prisión. Dentro de lo quieto, las paredes en danza.

jueves, 27 de agosto de 2020

Cuentos del hada jubilada (undécimo)



En un banco de estación descansa la tarde nubosa. Gesto de despedida. La mujer que se ha sentado a su lado lleva un ramillete en las manos. Flores menudas, silvestres, de las que nacen en los taludes ferroviarios. Se cruzan las miradas, la mujer sonríe. La tarde nubosa no sabe cómo corresponderle. El rostro adusto, la luz metálica, el relente en sus ropas, pero agradece el gesto. Le ofrece a cambio del ramo una hora. «Luego llegará el expreso nocturno». «Pero aún falta una hora», grita la mujer de falda azul cuyos pliegues bailan sobre el andén que abandona corriendo.

domingo, 23 de agosto de 2020

Cuentos del hada jubilada (décimo)



Las noches de tormenta evocan la intensidad de la creación. Una cama en un rincón del lienzo que el artista pinta mientras los grumos de color explotan sobre el insomnio. Una esquina de la hoja que el poeta tacha una y otra vez, a la búsqueda enloquecida de la palabra que nunca ha existido. Un saliente de piedra que el escultor golpea con la delicadeza del cincel y del martillo. Un anillo de enfoque cuando el fotógrafo trata de adentrar su pupila en el objetivo. También la intensidad perdida en la creación del presente, pendiente de construir a cada momento.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Cuentos del hada jubilada (noveno)



Los fugitivos de la jaula cronológica del tiempo regresan sin que los demás lo perciban a la infancia. Se sientan en el suelo y se entretienen disfrazando las piedras con brizas de hierba. Practican el ajedrez con las nubes y se alían con la luz para perseguir las esporas que llueven de los árboles. Se lanzan por el tobogán de la lengua y la inventan de nuevo para sus juegos inverosímiles. Crean redes invisibles con otros fugitivos. En el parque, en el barrio, en la ciudad. Cumplen siete años. Corren al pilla-pilla, se buscan al escondite y luego, se encuentran.

sábado, 15 de agosto de 2020

Cuentos del hada jubilada (octavo)



Entre las rocas, un charco de agua salada que ha llegado de alguna ola que quiso saltar por encima. Moluscos, algas y un pez que no sabe regresar al mar, va de un lado a otro, con miedos que al principio la niña no entiende. Lo comprende al imaginar que un día se quedara encerrada en la calle, sin poder entrar en casa. He de salvarlo, piensa. Construye una cesta entrelazando los dedos, bien apretados, y la llena con agua. Capturado el pez, corre hasta la playa y al lanzarlo al agua se descubre en la proeza a sí misma.

lunes, 10 de agosto de 2020

Dietario de sensaciones, 80



Al lado de la realidad siempre hay un bosque. Un bosque más real que el espejismo de calles empedradas y tráfico amorfo, que el horario de los trenes y que los noticiarios en la radio al amanecer. Basta dar un paso hacia el costado y una ya está fuera de la falsa realidad de lo real. En el bosque los senderos transitan bajo la umbría de las copas y atraviesan claros donde la vegetación cubre el horizonte. Los pájaros acunan a los árboles con sus canciones y las ardillas ensayan sus ejercicios circenses sin aspirar a mostrarlos en ningún circo.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Dietario de sensaciones, 79



El silencio es la marquetería geométrica del marco. El paspartú y el cristal. Un lienzo doblado en el cajón de un armario, un grabado traspapelado entre libros que solo acumulan polvo, una fotografía arrugada. Como caminar y no oír los pasos, tamborilear sobre el vaso de cristal y no apreciar el tintineo, posar la taza sobre el plato tras el primer sorbo en una película muda. El silencio es el amante de los sonidos que rescata el lienzo, el grabado o la fotografía y los enmarca y los cuelga. El gesto que permite escuchar la cotidiana sinfonía de mínimas resonancias.

sábado, 1 de agosto de 2020

Dietario de sensaciones, 78



Es falso, siempre lo he pensado, que al cine mudo le sucediera el cine sonoro. En realidad, quizá ocurriera al contrario. El cine sin voces era locuaz. Hablaban las imágenes. El canal de sonido lo convirtió en mudo: lo mismo que decían las imágenes pasaron a decirlo las voces. El encuadre de un río. Y un personaje que dice: «Mira, un río». Al cine sonoro le ha sucedido el cine callado, en el que nada dice. Es mejor que las imágenes digan y que los sonidos dibujen imágenes, por eso a veces hay que cerrar los ojos para poder verlo.

martes, 28 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 77



La tarde que se pasea por el campo confiado del verano se aloja después, envuelta en un pañuelo, en el interior de un cajón de la cómoda. Cada vez que se queda ahí una, se crea un vacío para la siguiente tarde. No es una acumulación ese habitar, sino una apertura de espacios. Cada paseo que se suma al conjunto es solo la expectativa del siguiente. Su, se diría, consecuencia, o incluso, necesidad. Y sin embargo cada día es también el propio recuerdo de sí mismo. No se mezclan tiempos. El pañuelo los preserva. Con abrirlo, le devuelve su tarde.

jueves, 23 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 76



La luz se sienta a la puerta de una casa a coser el tiempo que no está. Una bufanda de lana gruesa para cuando no quede ninguna de las flores que ahora lucen animosas en los balcones ni los árboles se enorgullezcan del verdor con el que los mece la brisa. Cuando los abrigos, doblados en lo alto del armario, esperen en el colgador del vestíbulo y las botas avancen paso a paso clavándose en la capa de nieve que cubra la realidad. Lo que no se recuerda, la luz lo teje en la época liviana, festiva, de las sensaciones.

domingo, 19 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 75



Por la página en blanco de la mañana las botas van escribiendo un versículo. Ha nevado durante la noche. Se ha quedado la blancura con cuanto era conocido. El empedrado, los parterres, las señales, los edificios, los árboles. Todo lo borra de la visión. Y así voy calle adelante, inaugurando la realidad. Y por encima, los pasos que describen la peripecia. Un poema sobre la nieve, efímero, pero también eterno porque respira sin necesidad de caligrafía que lo conserve. Vive de su propio vivir. Lo escribe la diaria escritura. No necesita copias. El libro es, en cada pisada, ejemplar único.

martes, 14 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 74



El invierno se apodera de los espacios durante las ausencias. No ve a nadie moverse por la casa y se cuela por ranuras imperceptibles en las ventanas. Extiende la lona del frío sobre los objetos que encuentra. Muebles, ropas que descansan en el colgador, hasta los libros parecen tiritar. Del suelo emerge un dolor gélido que contagia el aire cuando se abre la puerta y el primer haz de luz ilumina desde la escalera el recibidor. También las camas lo padecen. El edredón, un río congelado. Las sábanas, siberianas. Dentro, solo la confianza empieza a dar calor a la casa.

viernes, 10 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 73



El expreso, en verano, ensarta a lo lejos ventanillas iluminadas en el cuello de la noche. Un collar que al mismo tiempo que se luce, se desabrocha para ser guardado en la cómoda. Hay algo que aprender en el tránsito del tren nocturno. Dejo, a veces, los ingredientes que crepitan en la sartén, o el libro bocabajo a mitad del párrafo. Abandono, otras, el cuaderno donde los poemas recortan y pegan sensaciones vividas durante la mañana, o la pantalla donde escribo escuetas líneas. Entonces acudo a la lección ferroviaria por si un día logro comprender qué significa su diario transcurrir.

domingo, 5 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 72



Una mano que arranca poco a poco la cinta adhesiva de la noche que cubre la superficie, el domingo. Debajo se descubre la luz, aún tenue, aunque para ese día ha cambiado los códigos. Prisa por silencio. Actividad por duermevela. Reloj por la camiseta que lo cubre. Un jubilado que juega a la petanca en la plaza mayor durante los días laborables, el domingo reparte el tiempo, una carta llegada desde lejos que se lee con emoción. Todo lo deja quieto —la persiana a medio subir, la ropa sobre la silla donde quedó la víspera—, menos la voluntad de sentir.

miércoles, 1 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 71



Se ha quedado la noche quieta, animal dormido a los pies de la madriguera. Las luces tatúan la piel oscura. Antes de ir en busca de los laberintos del sueño, fijo durante un instante la mirada ante la inmensidad. La noche llega con alteraciones. La luz se ha peleado con su final. Y nadie sabe quién ha vencido hasta mucho más tarde, cuando ruidos y movimientos se calman y se posan sobre la realidad. Hay que abrir entonces la ventana para olerla y para sentir la humedad en el cuerpo y escuchar el silencio. La noche quieta, corazón que late.

viernes, 26 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (séptimo)



Durante los crepúsculos de verano, cuando parece que el tiempo ha abandonado su puesto de mando, alrededor de una mesa, en el bar, los dos cuentan sus cuentos. Compiten. El uno apela siempre al doble sentido y el otro al sentido único. No me entendéis, repite el primero, quiero decir... El segundo no le deja acabar la frase: Pues dilo de una vez tal como suena. Nos gustan los cuentos. Todos. Tantos unos, enrevesados —simbólicos, clama su autor—, como otros, costumbristas, acaban por no poder acabar nunca. ¿Y de qué es eso metáfora?, interrumpe uno. Obviedades, ataja el otro.

lunes, 22 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (sexto)



En un banco de estación descansa la tarde nubosa. Gesto de despedida. La mujer que se ha sentado a su lado lleva un ramillete en las manos. Flores menudas, silvestres, de las que nacen en los taludes. Cuando se cruzan las miradas, la mujer sonríe. La tarde nubosa no sabe cómo corresponderle. El rostro adusto, la luz metálica, el relente en las ropas, pero agradece la sonrisa. Le deja junto al ramo una hora. «Luego llegará el expreso nocturno». «Pero aún falta una hora», grita la mujer mientras recorre el andén a toda prisa por vivirla con quien la espera.

jueves, 18 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (quinto)



Está demasiado cerca del camino —le avisaron al testarudo Olacio. Pero lo cavó en la tangente de su huerto. A él se lo llevó por delante un mal aire, pero el pozo permanece. Y aunque nadie saque agua, porque el campo olaciano dio en baldío al poco, de su aciaga boca siguen manando leyendas. Basta acercarse para oír llorar a un niño travieso, gritar a una muchacha demasiado curiosa o ladrar a diversos perros ladradores. No hay mal en el pueblo que no aceche desde aquel hueco en la tierra. Nadie ha olvidado el nombre del terco cavador de pozos.

domingo, 14 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (cuarto)



Desde niña, siempre he creído en la noche de las flores. Quiero decir, en la infancia claro que creen todos, pero yo continúo celebrándolo junto a mis nietas, con la misma ilusión. Soy de siete flores. Me gusta el siete, resulta útil para complicar las cosas. El prado en junio está pletórico de florecillas silvestres. Hay que elegir las más raras. Un ramillete que ni siquiera lo es, ni aroma tiene, bajo la almohada, coloreando los sueños. Desde niña, nunca me ha servido para soñar lo que me ocurriría luego. Solo aprendí a mentir, al despertar, cuando me lo preguntaban.

martes, 9 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (tercero)



Una maleta. No de las de cartón, pero casi. Sujeta con una cuerda y los cierres rotos. Llevaba ni se sabe desde cuándo en el almacén. Ningún empleado recuerda a qué anciano había pertenecido, ni por qué se guardaba si todo se entrega a la familia. Anciana, mejor. Un jirón de vestido de flores asoma. Hago lo que no debo. La abro. Ropa interior. Dos batas. Unas zapatillas. En una caja de galletas, un legajo de sobres en blanco. Sin sello, ni remite, ni rozaduras. Una carta en cada sobre. De amor. Dirigidas a la misma persona que las firma.

viernes, 5 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (segundo)



En el huerto de su abuelo se encargaba de recoger las mandarinas. Los limones, no; porque era pequeña y el limonero es un árbol traidor. Pero el mandarino crece poco y mira triste. Hojas lánguidas y oscuras que no le dan conversación a los pájaros, que huyen hacia copas más esbeltas. Luces, piensa; deseos, tal vez. No se explica cómo de un árbol tan feo y desangelado nazca un fruto tan brillante. Tan dulce. Su abuelo conocía el secreto y por eso se lo había dejado. Y cada temporada la ilusión por llenar un cesto de mandarinas ilumina su recuerdo.