martes, 10 de diciembre de 2019

Dietario de sensaciones, 63



Detrás de las palabras, de su combinación armónica de sílabas y de ideas, existe una partitura. Escrita, como todas, en un sobrio pentagrama. Cinco alambres tensos sobre un patio de baldosas de tierra cocida. Por las mañanas, la luz aprende ahí la lección de las paralelas. Y a veces alguien sujeta bocabajo piezas de ropa equilibristas que se balancean poco o mucho conforme el viento de la tarde sople o ruja. Cuando nadie usa las cinco líneas, una bandada de gorriones se detiene en los alambres. Uno aquí y otro allá. Componen una instantánea casual que se contempla en silencio.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Dietario de sensaciones, 62



Las hojas. Dicharacheras, coquetas. Se visten de verde para los días luminosos. Bailan con cualquier ritmo que les ofrezca la orquesta del viento. Se multiplican. Durante las largas mañanas del verano se entretienen haciendo dibujos sobre el suelo. Siempre el mismo dibujo y a cada momento plasmado en un lugar diferente. Es su pequeño milagro anticientífico: logran que sea el sol quien vaya dando vueltas a su alrededor, como si fuera un admirador más. Como quien las estudia. Las acaricia y luego guarda una entre las páginas del libro que camina en el macuto. Las hojas. Con sus viejas canciones.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Dietario de sensaciones, 61



Sobre el tronco caído en un claro del bosque, escondido tras un frondoso arbusto, soy tronco. Inmóvil, silencioso, casi invisible. Observo la llegada de los pájaros a comer el revuelto de grano que les he traído. Se acercan de dos en dos, de cuatro en cuatro. Otros, solitarios. Trazan círculos nerviosos alrededor del montoncito que he dejado en el nudo de un árbol. De repente, uno se atreve. Se acerca, con el pico sujeta un pedazo y sale volando. Contemplo extasiado la danza de herrerillos, petirrojos, mirlos… Tejen en el bosque una red de movimientos y sonidos que me atrapa.

viernes, 29 de noviembre de 2019

7 | Grün



La luz corteja de modo caprichoso la realidad. Se adentra en la fronda para pintar lunares. Rotula sombras y esclarece minucias. Trabaja en un desangelado estudio, sin aire acondicionado, y a cualquier hora tiene paciencia para avanzar, viñeta a viñeta, el dibujo de lo vivido. Acaso, si siente apetito, se alimente de bocadillos sin levantarse del restirador. Migas, que aliadas con el carboncillo, se pasean por el tablero como algo más que amigos. La luz lo transforma todo a su antojo. Para que haya o no haya. Y a su hora, sin recoger nada, se larga nunca se sabe dónde.

lunes, 25 de noviembre de 2019

6 | Grün



Lo que no ocurre se tumba en la hierba con una brizna en los labios y una sinfónica de aves entre los árboles. Las adivinanzas que le plantean las nubes al pasar le entretienen la mirada. De vez en cuando entorna los ojos ante las páginas de un libro tan primoroso que ningún autor ha sido capaz de escribir. El sol matiza la temperatura con delicadeza de confitero mientras la brisa cursa un ciclo de peluquería. El tiempo que no refrendan los relojes acaricia el brazo descubierto de quien le acompaña. Lo que se digan no ha sido pronunciado todavía.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

5 | Grün



Los símbolos han alejado de los ríos a quien los piensa. La mirada que se posa en la superficie, como una hoja otoñal cualquiera, parte. Una marcha cuya finalidad se pierde de vista del mismo modo que la broza desaparece arrastrada por la corriente. De ahí que se confunda lo que está, el agua que fluye, con la idea de un destino que se desconoce. Los cauces, sin embargo, trazan caminos en el laberinto. Antes que gurús, se comportan como filósofos. Algo despreciados, tal vez, porque el bosque ignora las enseñanzas, tenaz en su quedarse y en su caótico porte.

viernes, 15 de noviembre de 2019

4 | Grün



La altura es una aspiración natural. Se empareja pronto al verbo crecer. Lo que se ensancha hacia el horizonte, lo que se eleva hacia el cielo. Una acción que no conoce límites, solo los descubre. Lo alto desviste. Convierte algo en singular. Contra el cielo cualquier elemento parece la esencia de sí mismo. Frente a la tierra, no es más que un cromo que se repite. Lo religioso asciende. Lo corpóreo cae. Es el algoritmo que ordena las metáforas. El alerce erguido suspira, el fresno talado gime. La indiferencia de las nubes no atiende ni a uno ni a otro.

domingo, 10 de noviembre de 2019

3 | Grün



La maraña es el estado natural del paisaje igual que la razón es la vocación artificial del ser humano. Ambas parecen avanzar por sentidos opuestos, si hay alguien que se anime a recorrerlos. El bosque por sí mismo cada vez se vuelve más intrincado y el pensamiento más diáfano. La utopía consiste en juntarlos. Bien el filósofo andariego, bien el excursionista sensible. Como experimento, no está mal. Lo cierto, sin embargo, es que, con el tiempo, todo parece acabar en tránsitos paralelos. Las espesuras desaparecen al mismo tiempo que las ideas, y ambas han pasado a manos de los coleccionistas.

martes, 5 de noviembre de 2019

2 | Grün



Hay algo en lo que se parece la mecánica del carrusel a las ideas que existen sobre la belleza. A las niñas y niños les excita el movimiento constante, pero madres y padres, sin embargo, están tranquilos, charlando, porque saben que tanta agitación no va a ninguna parte. Ni se mueve de lugar. Lo mismo ocurre con la naturaleza. Su carácter agreste y su permanencia cíclica excitaron a los filósofos, grandes constructores de tiovivos. A su semejanza se forjaron los ideales de la hermosura, y a semejanza de estos ahora se moldea el paisaje, tan inofensivo como quien lo admira.

viernes, 1 de noviembre de 2019

1 | Grün



Cuando me levante de donde, tumbado, contemplo las nubes, alcance el camino y me ausente de este paraje, nada me añorará. Durante un rato mi paso por aquí será un tenue dibujo en el prado, cuyas briznas de hierba ha hundido mi cuerpo. Pronto la brisa las peinará. Es lo que me impresiona del lugar. Su ausencia de compromiso con los mortales. Diría su indiferencia, pero en eso me equivoco. Nunca al paisaje se muestra insensible hacia los elementos que lo forman. Cada pieza, desde el mínimo insecto, le resulta esencial. Compone el instante. En el siguiente, ya no estaré.

martes, 29 de octubre de 2019

Cándida, sjung med oss



En el banco del parque donde te sentabas el murmullo de la pequeña cascada no enmudecía el canto de los pájaros. Tampoco el crepitar de las suelas en la gravilla cuando alguien se acercaba por el camino e iba en silencio. Si hablaban, antes te habían llegado las voces. Con ese hilo cosías las mañanas de domingo sin lluvia. Ven a cantar con nosotros, Cándida, te hubiéramos dicho de saber que necesitábamos estribillos para nuestras canciones. Pero estábamos entretenidos cada cual con su vida y la tuya resultaba invisible. Tan discreta y honda. Solo empezamos a darnos cuenta al irte.

viernes, 25 de octubre de 2019

Candida, laula kanssamme


Ah, ser actriz. Para que mane desde el interior la hermosura que anhelas. Y desde fuera el aplauso de los párpados que no parpadean. Ser otra distinta a ti, lo que siempre has deseado, Cándida. Cambiarte el nombre. Y los zapatos cada semana. Un armario solo para los abrigos de entretiempo. Que te vista el pintor que vierte colores sobre la paleta. Ser célebre, vivir como artista. Aquel día que leíste un reportaje sobre la soledad de las actrices, su angustia ante el envejecimiento, el miedo al fracaso, etcétera, lanzaste un grito de alegría. Tenías todas las condiciones para serlo.

domingo, 20 de octubre de 2019

Цандида, певај са нама


Para que se cierren los ojos que mantienes abiertos y cuando se sobrepongan los colores al negro lo estarás viviendo en la vida que se vive por dentro. Por eso entras la primera en la sala y no tras los créditos, como hacen tus amigas por seguir hablando hasta el último segundo posible antes de que se decrete el silencio. Es tu teoría del cine, Cándida, ese fundido en negro que confunde exterior e interior. Razón por la que se va a ver una película. No para que un chico se siente al lado y le haga a una cosquillas.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Candida, chante avec nous


La mañana en la que te subiste al tren por primera vez, Cándida, cuando bajaste en Ingolstadt habías memorizado todas las estaciones hasta Hamburgo. Las que recorrerían los vagones con el asiento de ventanilla donde te habías sentado vacío. Sin embargo, en el andén te era imposible reprimir la sonrisa de colegiala de internado en día de excursión. Del oeste llegaban unos nubarrones oscuros. El viento lo hacía todo más difícil. Los pasajeros que se habían apeado contigo ya eran solapas alzadas y gorras hundiéndose escaleras abajo. Pero te sentías feliz porque aún estaba pendiente un viaje, el de vuelta.

viernes, 11 de octubre de 2019

Cândida, canta com a gente


Los toques del despertador suenan sobre el atril antes del que primer gesto de batuta, poner un pie dentro de la correspondiente zapatilla, dé inicio a la sinfonía de la jornada. La música del vivir. O tal vez sea un único golpe seco el que dé arranque a la grabación de los días, una serpiente aún en celuloide donde los movimientos son el fruto de la redundante quietud. La película de la vida. Suena el reloj cada mañana a las siete, Cándida, para que no empiece nada que no esté previsto en la partitura o en el guion que sigues.

domingo, 6 de octubre de 2019

Candida, sing with us


Hay palabras, Cándida, con las que paseas a menudo, aunque no te pertenezcan todavía. Pudiera ser cualquiera, te dices. Este, aquel, elegante, informal. No hay estilo que lo entorpezca. Pero ninguno da el encuadre que sueñas para las frases en las que aparece la palabra «novio». De niña los veías llegar desde abajo, como casi todo, pero los novios de las vecinas eran siempre más altos y una aureola acompañaba cada gesto. Aprendiste enseguida a admirarlos y ahora ya sabes el halo que ha de brillar en los ojos que te hablen. Es el que tienen todos y ninguno posee.

martes, 1 de octubre de 2019

Cándida, canta con nosotros


Te leen los libros por dentro. De par en par el balcón de tus ojos y los personajes sin necesidad ni siquiera de usar la puerta. En el sillón se tumban con los pies sobre el vidrio de la mesita baja, el mantelito de punto de cruz hecho una boñiga, las figuritas de porcelana por el suelo, el cenicero de cristal a rebosar de colillas. Abren los cajones de la cómoda y la intimidad de tus prendas en oleaje. Descuelgan tus vestidos del armario para olerlos. Se limpian los dientes con tu cepillo. Y tú, Cándida, sin decir nada, leyéndolos.

jueves, 26 de septiembre de 2019

Práctica del espejo VII



Roto, el cristal se convierte en un territorio surcado por afluentes cuyo caudal va de uno a otro sin que la corriente descubra cuál es el río que va a dar en la mar. Su manera de dibujar lo real también cambia. Lo desglosa y cada fragmento establece una frontera con lo que siempre se había sentido junto. Hay un ojo que se desliga de su nariz. Y una mano que cuenta las sílabas de un verso en dos partes diferentes. De ahí que nadie quiera hablar de un espejo fracturado. Ni siquiera para acabar lo que no tuvo principio.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Práctica del espejo VI



Mercurio que tiembla, la noche, si enciendo la lamparilla y el cuarto se contempla a sí mismo a través del cristal de la ventana. Sin exterior. Y así, verte ocurre cuando te miro y cuando dejo de mirarte. No sé por qué el sueño lo desbarata. Un aliado de la mañana no sería tan fiel. Ni siquiera frente a cualquier espejo. No los necesita el instante. Basta con que estire el brazo en lo oscuro y dé con el cable, lo siga hasta el interruptor y prende una llamita en el silencio. Para que me vea a mí, así, contigo.

martes, 17 de septiembre de 2019

Práctica del espejo V



Se había quedado tan solitario como yo. Me apenaba más el suyo que mi desamparo. Era más alto, proporcionado, minucioso. La mimaba antes de que saliera a la intemperie. La dibujaba idéntica a su sueño. Tan exacta como quería ser la despedía. Procuraba yo no borrar la imagen impregnada en la memoria del azogue. Cuando definitivamente se fue, los dos nos quedamos sin ella. Un día arrimé una mesita al espejo, coloqué el tablero, me senté delante y le pregunté: ¿te apetece una partida? Me sonrió con mi misma sonrisa. Lo aproveché para mover el peón del rey una casilla.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Práctica del espejo IV



Frente al espejo hay algo con más interés que uno mismo. Mayor que cuanto por andar ahí se le abre. A uno mismo. La superficie de la cómoda, un jarrón menudo, las pertenencias alineadas —la cartera, las llaves, el móvil, la tarjeta agotada del transporte, unas monedas—. Uno mismo. Tal vez la libreta donde anote tácticas para huir de lo real. Como la de dejar un libro cuyo título, frente al espejo, resulte ilegible. Lo conocido se desvanece en su valor de estar ahí y no como ausencia. Uno mismo desaparece si la mirada, de repente, camina hacia atrás.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Práctica del espejo III



Rosácea mancha en la superficie del vaho. Óptica desenfocada en la que los ojos no descubren dónde han de meditar. Acaso un pomo de armario de baño si lo hubiera. Busto de piedra calcárea, que los siglos han erosionado, en una pantalla sin conexión eléctrica. Es así cómo me ve quien me está observando al otro lado del desconcierto de trazos. Un borrón sonrosado por el fluorescente del techo. Una palabra tachada entre las líneas de este escrito, partitura impresionista en manos escolares. Antes de que la humedad del aire se disipe. Ese segundo de lucidez que precede al tratado.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Práctica del espejo II



Idilio, el de los orines y el ambientador, vertido sobre el suyo. Si alguien golpea la puerta, hay otra puerta que se abrirá antes que la nuestra. Un cerrojillo. Densa prosa de los anversos. Así abrazados, me aboca al cuneiforme de los sentidos. Sus suspiros se los lleva el remolino de la cisterna vecina vaciándose. Llenándose. También en el suelo, feraz lirismo. Entremos a un lugar donde te pueda ver. No es una frase que ofrezca lecturas, aunque la continúe leyendo. En el oleaje, encaro la pila. Agrietada. Y al otro lado de la ventana que hay encima, dos desconocidos.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Práctica del espejo I



Unos pétalos azules sobre un círculo vacío, lo que veo cuando me miro. Y si un día solo existe la geometría regular de las baldosas sé que no he devuelto la cortina de baño a su extensión Unos pétalos grandes, suspendidos en la luz turbia del plástico. Se amoldan a los pliegues con naturalidad gimnasta. Se conforman en su mera flotación. No creo que vuelva a encontrar un diseño igual. Nada permanece, como si el tendero se cansara de vender dos veces el mismo producto. Cuando esa corrosión ambarina de la humedad haya escalado, tendré que cambiarlas. Y seré otro.

miércoles, 28 de agosto de 2019

06 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Atleta que se ejercita junto al estanque, el torso desnudo y los ojos fijos en la superficie, se desentiende. Culturista de la desmemoria, se vanagloria sin embargo de las gestas memorables que ampara. Tantos primera vez casi como existen. Pese a la umbría remodelada día a día por el jardinero municipal, cuya paciencia remunera un sueldo fijo, el verano manda al asilo a los muertos. Recogen las cruces de piedra y los ángeles de piedra, la grava de los senderos, las flores mustias en guirnalda, el jarroncillo con tulipán y agua sucia, los retratos ovalados. Y se quedan donde están.

sábado, 24 de agosto de 2019

05 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Un maestro que corrija dictados no pondrá tantos acentos como los vencejos la semana de junio que llegan. Sombras fugaces sobre las tumbas. Un pintor expresionista no volcará en el lienzo tantos goterones desde los cubos agujereados. Destellos vivaces en lo sombrío. A verlos me acerco hasta el cementerio y en lo monumental de alguna piedra me he sentado. Por capturar una imagen encuadro el cielo y cuando disparo las aves que venían ya se han ido. No me queda más remedio que darle la vuelta a la cámara y fotografiar al que siempre está aquí. Aunque se haya ido.


martes, 20 de agosto de 2019

04 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


—¿No te gustaría llamarte Juan Ramón?
—¿Para qué? Ya tengo nombre.
—Es elegante. Sonoro. Te pega.
—Ah, ya. Para que tú te llamaras Zenobia.
—Quita. Qué nombre más feo.
—Regular.
—Suena a zanahoria.
—También es elegante.
—¿La zanahoria?
—Cuando quieres, te vuelves imposible.
—Si tú te llamaras Juan Ramón y yo Zenobia…
—¿No habíamos quedado que no te gustaba?
—Ay, déjame acabar… podríamos estar aquí…
—Ya lo estamos, ¿o no? Y con nuestros nombres.
—…para siempre.
—¿Ahí debajo? ¿Igual que esos?
—Para siempre. Juntos. ¿No suena bien?
—No estoy convencido.
—¿No querrás que te entierren a mi lado?
—Claro. ¡Solos!

viernes, 16 de agosto de 2019

03 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Tipo solitario, al frío no le interesan, sin embargo, las tumbas. Tampoco le atraerían los espejos en armarios roperos si le permitieran el acceso a las habitaciones. Nada que le recuerde a sí mismo le puede gustar. Lo que le obligue a encarar la nada que anida en su interior. Es lo que desalienta del invierno, aun cuando se haya ido y queden en la losa los nombres acostados sobre un viejo colchón de cifras. Aunque al hablar no se congele el aliento, las palabras al pie de la boca se petrifican si alguien se da la vuelta por mirarlo.

domingo, 11 de agosto de 2019

02 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Dicen que aquí no ha nevado desde el 54. Ni falta que hace, repiten, no hay mayor blancura que el encalado de las casas alineadas en las calles. Hay quien recuerda también los pétalos de azahar sobre el empedrado. Son disputas que armoniza el tintineo de las copas cuando el camarero las junta para llenarlas de un único vertido. Afirman unos que debió ver la nieve por segunda vez —la primera, en las calles donde no nieva y siempre está nevado— en Madrid; otros, en Nueva York. Luego piensan en la losa de pétrea piedra, pero sobre eso nada saben.

martes, 6 de agosto de 2019

01 | Tumba de Juan Ramón Jiménez


Las hojas que zarandea la tarde ventosa escuchan de lejos el ulular de la ambulancia que se lo lleva a la capital, y siguen cayendo. Nadie en el cementerio sabe del percance. El otoño ha empezado a arrastrar los bajos de la túnica, las zapatillas de esparto, el coscorrón del cayado. Las primeras, con el verde del silencio aún entre los nervios, abrigan el nombre de Zenobia. Las segundas, las fechas. Un día llegará al camposanto para no salir el jardinero. Mientras la junta tramita el puesto, la hojarasca continúa borrando los muertos. El nuevo funcionario se tomará su tiempo.

jueves, 1 de agosto de 2019

Dietario de sensaciones, 60



La noche deja en ocasiones una maraña de sombra sobre la copa de las encinas y de los robles, un cielo desplomado sobre bosque, una luz húmeda que es el título de un cuadro, «Invierno», caligrafiado en el reverso del lienzo por el pintor. Abandona la tiniebla un fardo del aire frío que ha vertido en las laderas del valle y frente al que los rayos del sol fracasan en su propósito de seducción. En silencio, por no helar las palabras, camino por el sendero que se adentra en la niebla. Bajo el anorak presiento el calor del próximo verano.

domingo, 28 de julio de 2019

Dietario de sensaciones, 59



Están llenos las calles y los adustos paseos del tiempo con guirnaldas de recuerdos. Un mal cineasta decoraría fachadas y árboles con objetos simbólicos, colgados aquí y allá, y tras filmarlo lo insertaría después de un encuadre del personaje, a modo de plano subjetivo. Es decir, mostrando no la realidad sino lo que cada uno ve al mirarla. Bueno, a los cineastas les gusta contar cuentos. A la gente, vivirlos. Y las avenidas y los senderos están llenos de sus paseos. Donde recuerdan un circo que vieron de niños, hay un circo; donde piensan en el ausente, florece un clavel.

miércoles, 24 de julio de 2019

Dietario de sensaciones, 58



Cada muro, denso, arrogante, tiene una rendija. Por ella transitan las hormigas de uno al otro lado trenzando una cuerda invisible que lo ata a sí mismo. Y se escurren las lagartijas de la posibilidad de perder sus colas traviesas. En su hueco se acumulan las semillas que transporta el viento y entre la aspereza de lo rocoso crecen, en primavera, flores amarillas, tan diminutas como intensas manchas de color sobre el gris. Cada día tiene una rendija por donde transitan las hormigas del pensamiento y por donde el deseo se escurre de la realidad. Donde las semillas esperan florecer.

sábado, 20 de julio de 2019

Dietario de sensaciones, 57



Sentado en un banco del parque veo cómo se acerca una bicicleta. Alcanza pronto mi altura y luego desaparece. Durante un instante he visto cómo, al pasar, sus ruedas giran y en su trazar siempre el mismo círculo, avanzan. De hecho, parece una vieja aporía. La rueda gira sobre sí misma, siempre igual, y ese girar sobre su centro le supone al ciclista un avance en el espacio. Me quedo un instante debatiendo la implicación metafórica. Todo gira con los días, es cierto. Pero hay ruedas que giran sin moverse y otras que giran avanzando. ¿Cuál es la del reloj?

martes, 16 de julio de 2019

Coche de línea



En la estación de autobuses de Belgrado hemos subido al que va a Voivodina. Ruidosos, alborotados, mis amigos se instalan en la última fila. Nada más sentarse, cantan y ríen. No sé por qué me quedo despistado junto al conductor, quizá pagando, y al darme la vuelta para unirme al grupo en el segundo salto me detengo. Junto a la ventanilla, en la tercera fila, una muchacha me devuelve la sonrisa con la que me burlo de mis compañeros.  A su lado, un asiento vacío. La miro, los miro. Un dilema. Ellos tan divertidos, ella tan silenciosa. Ni lo dudo.

jueves, 11 de julio de 2019

# 612


Un simple bollo de pan partido en dos, una galleta, una pastilla de chocolate. Al dividirlos en dos partes, solo ambas se pueden volver a reunir. Una parte diferente, cortada de otro bollo, galleta o pastilla nunca daría el conjunto original. Así, cuando alguien toma de la mesa un panecillo y lo parte con la mano y entrega una mitad, solo esa mitad y la que conserva consigo podrán reconstruir el panecillo primigenio. Igual ocurre con las conversaciones. Son también una tableta compartida. Cada uno dice una parte de la unión de dos. De nada sirve juntarlas a otra mitad.

sábado, 6 de julio de 2019

# 611


Puertas, arcos triunfales, atrios. Es mejor no entrar nunca por donde se entra. Ni salir por donde se huye. Pórticos, portalones, porches. Nada me dicen. Hay que desentenderse de las señales que los indican. Pasar de largo. Una vereda perdida entre las huertas conduce lejos por donde solo algún labrador cansado pasa. Un sendero entre maleza devuelve, por detrás de los campos de frutales, a las calles acostumbradas. Conozco las fisuras del territorio y solo por ellas deseo transitar. Prefiero las rendijas a los ventanales y las grietas en la arena al tupido asfalto. Busco la ruta de los solitarios.

lunes, 1 de julio de 2019

Maga Losnay, dietario # 610


La taza de té te mira. Taimada, sus suspiros dibujan en el aire figuras huidizas. Desde el reposo le gusta verte. A veces únicamente atisba la mano y el brazo, que pasan por encima y regresan con una galleta de avena. Otras, te ve pensando, si te quedas pensativa frente al líquido áureo. Y te observa. También cuando te acercas con el tarro de la miel y una cuchara de dulzura que viertes. O, en invierno, al entrelazar las manos frías alrededor de la cálida porcelana. La taza habla, igual que lo haría un espejo que reflejara solo la ausencia.

viernes, 28 de junio de 2019

Ventanas de Dachau | Crematorio



De repente, los muertos. Los miembros inútiles, la color extraña, el impenetrable silencio. Un garabato en el suelo, sobre una litera, trazado de cualquier manera. No hay lugar sin cuerpos abandonados. Las duchas, la sala de fumigación, los barracones, los senderos, las letrinas. Cuantos más vivos, más muerte. Juntos forman montículos que no van a ninguna parte. Su quietud expresa la rebeldía que no se puede contener. Que no acepta ya sometimiento. El grito callado. Mirada acusatoria en ojos áridos. El gemido de las ruedas del carro que retira los cadáveres. Uno, luego otro. Retumba al caer su peso muerto.

lunes, 24 de junio de 2019

Ventanas de Dachau | Alambrada



Alguna especie de corporeidad poseen. La del pájaro extraviado que en vuelo rasante se araña el vientre y esparce diminutas gotas de sangre sobre las hojas que soy capaz de ver cuando sueño. Los rasguños en la cabeza del lince que persigue una presa y cree que puede atravesar el muro de aire que sujeta los espejismos del ensueño. El bulto de la comadreja que ha quedado atrapada en las espirales de espino y cuyo silencio se convierte en una oración nocturna. Alguna consistencia, materia o grosor han de tener para que no consigan tampoco los sueños traspasar la alambrada.