jueves, 14 de enero de 2021

Cuentos del hada jubilada (vigésimo cuarto)

Desde el otoño las viñas languidecen. Desasiste el verdor a sus hojas, el viento las arranca, las lluvias las devuelven a la tierra. Su fruto se fue en cestos a rebosar, sobre un tractor que parecía ronco. Ahora llega el frío y con él la tijera que acaba con sus melenas. Apenas quedará un tronco retorcido antes de que marzo regrese con el milagro de las ramas, las hojas y el apunte de los racimos. Desde otoño las viñas se encierran en sí mismas, parecen no contar ningún cuento, pero los memorizan en la savia que hiberna en su interior.

domingo, 10 de enero de 2021

Cuentos del hada jubilada (vigésimo tercero)

La primera vez que entré en la estación de la mano de mi papá, con qué nitidez lo recuerdo, me sorprendieron lo grande que eran las locomotoras. Aún me aguardaba una sorpresa mayor. Que se fueran. Creí que para siempre. Cada tren se construía para irse. La idea creció en mí al comprobar que nada se iba nunca: ni las horas de colegio, ni mis compañeras, cada año más tontas. Nada tenía la libertad de arrancar un día y desaparecer. Por eso, cuando me dejaron salir sola quise visitar la estación. A contemplar lo que se va sin dejar rastro.

martes, 5 de enero de 2021

Pequeño cuento de la noche de Reyes

Junto a la ventana, un plato de cerámica con frutos secos, una pastilla de chocolate y algunas galletas de hojaldre. Un vaso con agua. Unas hojas de lechuga para el camello. Preside la escena una maceta donde florece una poinsetia cuyo rojo dormita en la penumbra de la sala. Al lado, un espacio vacío que parezca un lugar propicio a las descargas. La iluminación del tenue reflejo de las farolas, la persiana se ha quedado levantada, bastará como guía. Frío de enero. La luna ya en cuarto menguante. Los sueños emparentados con los deseos. La noche. Prisas para que acabe.

viernes, 1 de enero de 2021

Pequeño cuento de Año Nuevo

En cada inicio se esconde una falacia. En el de las palabras el fraude del significado, fruto cuyo dulzor deja la promesa de una semilla que se lanza al otro lado del camino. En el de los cuentos, la farsa de que la memoria los ha conservado, miel dentro de un tarro en lo alto de la alacena, a lo largo del tiempo que hubo una vez. En el de la escritura el embuste de que fue regalo de los dioses, un mar que nutre los ríos y los arroyos y alcanza el manantial y se adentra en la roca.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Cuentos del hada jubilada (vigésimo segundo)

Os diré lo que me ocurrió el año pasado. Minutos antes de la medianoche decidí subir a las almenas para desde la altura despedirme del viejo año. Ascendí por la escalera de caracol, a oscuras a aquellas horas y al llegar arriba encontré cerrada la verja. Me di la vuelta y descendí casi rodando, pero llegué demasiado tarde. Alguien había clausurado la puerta de acceso. Grité, claro, pero mis berridos se perdieron en mitad de la algazara general por la venida del nuevo año. Solo, sin copa con qué brindar, muerto de frío, abandonado. ¿Habré de despedir dos años este?

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Cuentos del hada jubilada (vigésimo primero)

El desierto es sed que se manifiesta con el vacío. No es grito, como los bosques. Tampoco oración, como son los ríos. Ni la melodía de las nubes. El desierto, cauce de un deseo. Agua que no está regando. Sombras que no habitan. Es voces que no celebran. Una mirada sedienta de realidades, el desierto. A veces, también, un oasis. Un hilo de humo que sutura lo real en lo irreal. Las palmeras, una rana que chapotea por la orilla. El oasis es un desierto que ha dejado de tener sed. Deseos que se transforman en una mata con flores.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Cuentos del hada jubilada (vigésimo)

Los cisnes avanzan por el centro del río. Se han lavado y limpiado con el pico, y han realizado sus cantos rituales. Ahora desfilan. Uno tras otro. Son los amos del tiempo. Por no verles, cuando atraviesan su territorio, los patos sumergen la cabeza en el agua con más frecuencia que de costumbre, como si de repente les entrara un ataque de hambre. Las gaviotas les graznan. Reunidas en su reducto, aprovechan su cualidad de muchedumbre para abandonar su descanso y lanzarles, a coro desangelado, sus chillidos. Los cisnes, ni se inmutan. Han nacido solo para posar en cuadros románticos.

lunes, 14 de diciembre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimonoveno)


 Abandonado entre las flores queda un botón de oscuridad que la noche olvida recoger. La abeja lo encuentra. Sin atreverse a acercarse, se acerca. No percibe aromas en las inmediaciones ni su color presagia dulzores. Es más bien un agujero mal colocado en la realidad. Algo atrae al insecto hacia el fragmento oscuro. Tampoco es sonido ni textura. Quizá sea una idea, quién sabe. Pero lo cierto es que nada de cuanto ve delante está contemplado en las instrucciones del trabajo que en nombre de la reina de la colmena desempeña a diario. Y si fuera algo prohibido, ¿cómo perdérselo?

miércoles, 9 de diciembre de 2020

La siesta de un fauno | L’âme

No dejará la luz ningún destello, ni siquiera sobre la superficie del lago, ciega de tan ávida por mostrar cuanto ve. Ningún sonido en el vacío creado por el sueño de los durmientes. Y aunque me desvele, no sabré descubrir otro camino que no sea el del regreso. La ropa usada dentro de una maleta y, fuera, las canciones cuyos estribillos tararea la memoria sin saber qué dicen. Un ir que ya se parece a volver en el gesto distendido de quien pretende saludar a quien ve en el espejo. La luciérnaga que no salta de un tronco al siguiente.

sábado, 5 de diciembre de 2020

La siesta de un fauno | Bonheur



Quien regente la mirada aún no atiende al relato de mi flauta, que como niebla permanece enmarañada con los espinos y los cactus del yermo. Incapaz de remontar la métrica con la que justifico los sonidos. Un desandar lo percibido que se confunde con el haberlo vivido. La duda entre si me arranco la flauta de las manos o las manos de la flauta. Urdimbre de cabellos desprendidos durante el sueño que la trama de dedos que la reúne convierte en símbolo. Una barca que afronta el oleaje con indiferencia hacia las tareas del pescador o a su súbito ahogamiento.

martes, 1 de diciembre de 2020

La siesta de un fauno | Mon oeil

Si el desplegar de la melena por la almohada fue, ardió. No dejó de mí más yo que aquel silencio en la sucesión de estancias cubiertas por ceniza. Una ventana que abre siempre hacia otro interior. Al que aún puedo asomarme para leer la escritura del cabello sobre la blancura de la tela. Y cerrar después los ojos por confundirlo con otro meandro. Una postal en cuyo reverso quede la alusión. El broche que cierra lo que nunca estuvo abierto. O quizá sobre la almohada no durmieran las cabezas de los durmientes aquella noche y la música continúe moteando notas.

viernes, 27 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Fuites

Y recostado sobre la página del libro abierto entonase también yo mi existencia en figuras redondas sin advertir que son, en realidad, corcheas, desdoblándose en semicorcheas. Ardido ya en el pentagrama arbóreo del bosque, la ceniza oscura cae sobre la languidez de la porcelana. Una escritura. Y quedarme ahí tal como me quede, embebido de mi desaparición estorbada por una herida, la rozadura, lo espinoso del no dirigirme a lugar alguno pese al cansancio y la sed. El emplasto en la música de las palabras. La espera de los peces a que el pescador lance la red desde la barca.

lunes, 23 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Ce doux rien

El arañazo de un arbusto en la mano que acompasa el no avanzar por ningún sendero. Un eczema en torno. El escozor en el cuerpo tumbado sobre la hierba. Dentro de la vitrina. La irritación en los pies por el sometimiento a las apreturas del calzado. Descalzo, con los pies hundidos en la corriente. Llevaderos. Un chorro de agua que emerge impetuoso del interior de la tierra y cae como llovizna sobre el paisaje desde donde ha manado. Canto o lluvia, se pregunta la leve flor que acoge las armónicas notas. Una gota de sangre esparcida por la piel reseca.

jueves, 19 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | L’heure fauve

 


Hay un arroyo que ha descendido por la ladera y la altura de un castaño de Indias tiende su generosidad hasta la orilla. Unas zarzas con el fruto granado. La canción de los vencejos. Una luz sobria al mediodía. Hay, de repente, un ramillete de sentidos que se puede recolectar entre el verdor. Y entre los signos, uno cuyo destello por su candor deslumbra. La espera tiende una manta sobre la hierba y le ilusiona desconocer lo desaparecido. Habrá una danza y un escenario para la danza, réplicas que alguien dejó escritas, una certidumbre. No habrá existido lo que existió.

sábado, 14 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Marécage

La luz áptera refleja el erial en las gotas de sudor de quien lo atraviesa a pie. El crepitar de las botas entre guijarros y matas de romero pronuncia un decir ininteligible, que es lo que las guía. El propio caminar traza el camino. Roquedales, maleza, arbustos cuyo tronco la sombra cubre con una pudorosa falda. La que rodaba, rueda de carromato, con el girar de las bailarinas en el escenario. La gándara. Su inmediatez con el olvido enciende la fogata de la memoria. Las cenizas volanderas de lo comprensible. Esa costumbre de entender solo lo quieto sobre el mármol.

martes, 10 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Souhait


Si ardí mientras crepitaban las copas de los pinos en aquel incendio, alguna señal habré de identificar alrededor. Un péndulo de reloj, detenido en otra época, que solo expanda retrocesos. Un peine dibujado en la piel que identifique la llama. Algo que arranque silencios al zumbido inmisericorde de los monólogos. Y en el interior de tal hueco, un bisbiseo apenas. Un trazo sin más. Lo que sea. Un garabato. Nada será nunca suficiente, luego una brizna basta. Cualquier muesca que quede sobre el papel tendida como un cuerpo que ha dejado de atender a los signos. Un simple, ignoto, significado.

jueves, 5 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Rêve

¿Es el mismo bosque lo calcinado sobre las losas del suelo que el bosque? Que lo recorriera con un rastro de mis botas en cada charco de barro o lo atravesaran las agujas de tejer fascinaciones resulta indiferente. Si me detuve y sentado en una piedra giré el cuello a uno y otro lado por contemplar las ofrendas del paisaje o aquel día no abandoné el camastro ni las infusiones de hierbas aromáticas, nadie, ni siquiera yo mismo, puede entregar en mano una certeza. La bandada de vencejos que ha partido hacia el sur deja en el vacío un surco.

domingo, 1 de noviembre de 2020

La siesta de un fauno | Nymphes

 

Los vientos esparcen, lejos del fuego, diminutas cenizas del bosque que arde. La incandescencia y el destello, ahora muertos, alcanzan la estancia que amuebla la música con su quietud y la cubren con el manto de las evocaciones. No me sobresaltan los lobos ni hay aullidos que estremezcan en mitad de la noche. Abrasados. Chirría la lechuza en su capitel de sombras. Insomne, le escribo al tiempo de las odas, pero solo consigo malos estribillos para el ritmo que crea la realidad desde los auriculares. La calma de las sábanas de polvo sobre los muebles. Lo desaparecido por única conciencia.

jueves, 29 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimoctavo)



Deja una mano como al azar y certera en el acercamiento. La muchacha descubre sobre sus dedos los dedos de él. Caminan por una calle alborotada. Hablan de cualquier cosa. Ella sonríe y el joven gesticula con el rostro, con el cuerpo, con los brazos. Ha dejado la mano, como por un acaso, junto a la mano que le sonríe. Los dedos se han reconocido. Dos conversaciones, lo que hablan al modular la voz y lo que las manos, en silencio, empiezan a hablar. La primera vez que sus pieles se rozan. El muchacho sujeta la mano, ella la aprieta.

sábado, 24 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimoséptimo)



Cuando escuchó en boca de un adulto la palabra carencia, la niña no la entendió, pero guardó su sonoridad en el estuche de los lápices de colores y acaba de preguntársela a la maestra. Lo primero que piensa, ahora que la conoce, es en su muñeca. No quiere que sea pobre. Aunque mientras está en el colegio, la muñeca no tiene con quién jugar. Tampoco la niña, solo le dejan llevar a clase libros. Tiene muchas compañeras, es verdad, pero no es lo mismo. Cada día le toca esperar hasta la tarde para acabar con las carencias de las dos.

lunes, 19 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimosexto)



«Nunca pronuncio pereza. Tengo un problema con esta palabra. Para mí, pereza tiene connotaciones positivas, pero la gente solo subraya las negativas. Me parece una de las pocas virtudes que hay en la vida a toque de pito que nos imponen. Ni conozco mejor manera de hacer las cosas. A lo ancho, descansando, distrayéndose, pensando en otros asuntos, adormilándose. Así es como disfruto empezando lo que me gusta y aquello que estoy obligado a acabar. Lo contrario, el incordio de la hiperactividad, el timo de la mejora productiva, me abruma», dijo el perezoso al concluir su tarea antes de tiempo.

jueves, 15 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimoquinto)



Bajo la cama es el primer lugar donde miran. Dentro del armario, con el sofocante olor de los abrigos colgados, la descubren enseguida. Al altillo no alcanza la silla ni puede con la escalera. El cuarto de la plancha se queda a oscuras si cierra la puerta. En el jardín, los aspersores se encienden sin previo aviso. Por las aceras siempre hay una mano pegada a su mano. En el supermercado no encuentra la salida. Pero un día la niña descubre el lugar ideal para irse: sentada en su pupitre, en mitad de la clase. Donde nadie la ve desaparecer.

sábado, 10 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimocuarto)



Van charlando por la calle Asturias con plaza del Diamante dos señoras de edad. La perra de una de ellas, pequeña y poco agraciada, camina pizpireta delante. Aparece un perro, feúcho, y trata de olerla. La perra se enfrenta y lo echa. Con el rabo entre las piernas el perro sale corriendo. Una de las ancianas dice: «¿Te has dado cuenta?, no se ha dejado oler por el perro». «Por supuesto —la dueña le responde con orgullo— ya le he repetido muchas veces que debe tener cuidado con sus cosas íntimas, que no ha de dejarse oler por cualquier perro».

lunes, 5 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (decimotercero)



«Te has equivocado de puerta —clama en voz estridente la cigarra— la cola de empleados para el catering es al otro lado, este es el acceso para el casting». «No, no —balbuce la hormiga—, no vengo a pedir trabajo». «Ya lo sé, curro es lo que no te falta nunca —se desternilla la cigarra—, pero esta alfombra roja, la ves, es para que la pisen solo artistas, ¿y qué arte tienes tú que puedas mostrar en una fábula». «Eso me preguntó también yo —susurra, cohibida, la hormiga—, pero aquí traigo la misma citación de Samaniego que tú».

jueves, 1 de octubre de 2020

Cuentos del hada jubilada (duodécimo)



En el parque, los pájaros vigilan. Frente al estanque, se han sentado. Allí donde zigzaguean huidizos peces. Al costado, una mata de margaritas. Blancas. Arranca Ella la mayor y la ha plantado en la camisa de Él, entre botón y botón, como si fuera un recurso poético para desabrochársela. Da resultado. Con la lluvia que chispea, la flor encuentra en el pecho tierra donde prender. Han cerrado los ojos y durante un instante se aprietan las manos. Luego se han levantado, han abierto un paraguas para los dos y abandonan la sombra de los tilos. Los solitarios, de nuevo soñadores.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |14| «Veinticuatro días, o quinientas setenta y seis horas. ¡Una eternidad!» | 8 de mayo de 1912



Las astillas que desprende el cepillo del ebanista y se revuelven con el polvo y con las briznas de paja que el aire trae de la parva no pertenecen al tiempo, son desperdicio. El tiempo es la madera que sierra y labra hasta montar una mesa, el torneado de las patas, la taracea del tablero. La escoba arrastra mis días entre estas paredes hasta la boca ciega del sumidero. Las esquirlas de las piezas rotas, los grumos de los barnices secos, las trizas del lijado: la vida arrancada de mi vida. Ha dejado de ser duración el tiempo del encierro.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |13| «No sé cómo puede ocurrir todo esto ni comprendo la razón» | Mayo de 1912



Cuando me dijiste que estaba dando de comer con mis dibujos a la jauría que no iba a lamer mis manos impregnadas de pintura después, sino que se lanzaría a devorarlas, no te creí. Quién puede creer que la razón esté tan corrompida como los restos de una paloma muerta al borde del camino. No entraba en mi cabeza, cuando me alertaste de la inquina que mi persona —un inocente encerrado en su taller todo el día— despertaba en las ventanas más altas de Babenbergerstraße. ¿Qué piedra había lanzado yo contra sus cristales para que se desatara todo este odio?

jueves, 24 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |12| «el efecto de un miedo helado» | Mayo de 1912



Dentro de la oscuridad se extiende por todas partes el miedo a lo informe e incoloro. En el rasposo y húmedo tacto que devuelven las paredes al ser identificadas emerge el miedo al tiempo zanjado. Sobre el suelo irregular y sucio se arrastra al caminar el miedo a las enfermedades y al delirio. Por el aire infecto de la celda, más caverna que arquitectura, fluye el miedo a las amenazas que profieren las almas en el tránsito de su corrupción. No hay miedo que no escuche y descubra. La ceguera, el vértigo, la enajenación. Una ventisca boreal que me petrifica.

martes, 22 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |11| «solo he encontrado máscaras donde la avidez, la maldad estúpida, la pereza mental emergían en las miradas esquivas» | Mayo de 1912



Alzados sobre los coturnos de la soberbia, los actores del día se aprietan cada día en la nuca la máscara de la representación. Endurecido lino, arcilla horneada o bronce en realidad no importa, la piel se funde con cualquier materia, crece en los bordes, cubre las fisuras, asimila y se apropia. La voz, dentro, se convierte en el eco de una voz. La mirada, en el hueco de los ojos, carece de piedad. Los actos se suceden en la tragedia del tiempo. Denominan solista a aquel que abandona el coro empuñando un estilete de barro, de madera o de latón.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |10| «por haber hecho dibujos eróticos, o sea, obscenos» | Mayo de 1912



Nunca he sido pintor de sala de museo. De poses. De decorados. Un pintor que repite pinturas enmarcadas con pan de oro, que colorea fotografías muertas, que traza sombras en la sombra del genio. Un pelele obnubilado por barnices, por esmaltes. No soy un libro de hojas oscurecidas con el manoseo, trufado hasta el infinito por cintas de colores y en cada una la cita que corresponde. No soy la postrera campana de un huso horario. Unto los pinceles en las secreciones de cuanto padezco. No pretendo ser un artista del erotismo, solo anhelo captar la sublime obscenidad del amor.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |9| «También él quería saber quién era yo» | Mayo de 1912



Y cuando me doy la vuelta para ver mi rostro no veo a nadie en el lugar que ocupo. Mi retrato es la silla en la que estoy sentado, vacía. El camastro donde las chinches anidan sin sangre que las alimente. El nombre por el que nadie responde cuando lo vocea el guardián. Lo que entrego como yo a quien interpela por mi pasado en el patio es una incógnita para mí. Me obliga a mirar al suelo e inclinarme con la intención de recoger los añicos que queden de mí en mi sombra. En la arena que la dibuja.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |8| «sujeto solo a una ley que no es la de la multitud» | 1 de mayo de 1912



A veces entra por el cuadrado azul que ciega el patio un gorrión solitario. Revolotea ante la profusión de rejas y pronto descubre que nada le atrae en el agujero. Pero si por acaso advierte en la arena una semilla y desciende a buscarla, por atraparle algún presidiario se lanza al suelo, y cuando el pájaro, mucho más ágil, emprende la huida, lo insulta y ofende con un colérico diccionario. El resto, que le envuelve expectante, jalea el intento, y si en alguna ocasión lo captura, grita hasta la afonía, sin que ninguna voz haya entre las voces que aclaman.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |7| «A mi alrededor todos los colores han desaparecido» | 1 de mayo de 1912



Solo el carboncillo me narra. Ni sé dónde esparciría unas gotas de bermellón, que solo imagino como la sangre que en el mismo momento de brotar dejaría de ver. Cuándo darle un verde arlequín a mi ropa interior para que me arranque una sonrisa, gesto que no consigo recordar cómo se compone en el rostro. Qué índigo quisiera para repasar la mancha de mis ojos si pudiera contemplar con qué desprecio me están mirando ahora. Ignoro qué cantidad de topacio tostaría brazos y piernas descubiertos si no estuviera tan acostumbrado a verlos encharcados en la negrura húmeda de esta luz.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |6| «Sin embargo, por mi arte y por aquellos a quien amo, hasta el último aliento resistiré» | 25 de abril de 1912



Del ferrocarril me ha quedado el recuerdo de lo que se está yendo en cada momento. Ruidos, ajetreo, voces, un silbato. El mundo dentro de un baúl que arrastra por el andén el mozo de cuerda. Las despedidas, flores que arrancan un repentino traqueteo, una explosión, la nube de humo negro. Del Danubio conservo lo que el agua no consigue llevarse a su paso. Los pilares de puente, de sólida piedra, corazón que rechaza cualquier caricia. Inalterable también permanece la imagen que proyecto sobre la superficie si me asomo desde la barandilla. La corriente la ondula, pero la sombra resiste.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |5| «He pintado el catre de mi celda. Una naranja brillante…» | 19 de abril de 1912



Entre el verde uniformado de las copas, el destello de las mandarinas, el fulgor de los nísperos; ocultas en la áspera tierra la fiereza de las zanahorias, la paciente sabiduría de las calabazas; el esplendor de las llamas que acaban con las paredes de madera, el regocijo de las dalias, el donaire de los tulipanes. La victoria del color sobre la monotonía del lenguaje. Tonos pardos que se reclinan hoy ante mi camastro y piden perdón por su insipidez. El triunfo naranja de lo cítrico y floral, de los grandiosos anocheceres del verano. Resplandor de manos que son mis manos.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |4| «Tengo que vivir en medio de mis excrementos, respirar mi hálito viscoso y envenenado» | 17 de abril de 1912



En este presente encharcado no llueve. Los arroyos no saltan las piedras, jocosos. Las cascadas no disfrutan, traviesas, de su ausencia de vértigo. El mar no se arremolina, encrespado, ni muestra el más nimio de sus innúmeros, incesantes rostros. Ni siquiera una palabra consiguen ser. De mí, por más que me busque, no quedan ríos, afluentes, meandros, deltas. El agua estancada de los días es lo única que me devuelve el gesto si lo encaro. Se burla de mí. No me veo en parte alguna. No reconozco el cuerpo ni comprendo mi pensamiento. No hay más yo que estas heces.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |3| «el catre de tablas viejas y mal ensambladas, la colcha tosca y cubierta de pelusa» | 17 de abril de 1912



Si una mañana de sol los vencejos trazaron sus vuelos de geometría no euclidiana sobre la arboleda estival, mientras en la hierba, cuajada de flores, descansaban los cuerpos desnudos a los que solo la brisa osaba acercarse, la he abandonado como se olvida un trasto inútil en el vertedero. Y junto a la estampa que nunca he pintado se ha extraviado aquella elegante aspiración a la hermosura. ¿Qué expresa de la oscuridad de mis días lo bello? El vencejo polvoriento entre guijarros, el cielo tormentoso, la hierba seca, el arroyo turbio, la desnuda ausente, los colores ya en su osario.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro |2| «Al fin papel, lápiz, pinceles y pinturas para dibujar y escribir» | 16 de abril de 1912



En la sujeción del lápiz, tras haberlo tomado de donde reposa, actúa la certeza. Tal como lo recuerdo. El índice dirige, pulgar y corazón sostienen, con qué presteza. La que de súbito se asusta ante el papel que poco contiene, salvo el deseo de decir. Una voluntad aún mayor que la mía por huir la suya por expresar. A unos centímetros, ensaya el trazo. Un gesto hacia la derecha, en el aire, una imaginaria línea de encuadre, una transversal, su opuesta. Lo blanco, mudo. Un círculo y otros interiores. Y allí donde no hay nada, rasgos del que se mira.

martes, 1 de septiembre de 2020

Egon Schiele | Autorretratos del encierro | 1 | «empecé a pintar, para no hundirme del todo, con los dedos temblorosos, humedecidos por mi amarga saliva» | 16 de abril de 1912



En grietas y hendiduras del revoque. En voces raspadas sobre el yeso y la piedra. En la oscuridad. Me reencuentro. Lo áspero me pronuncia. Lo tosco. Me ilumina lo punzante. El tiempo que se desploma desvanecido sobre las losas. Rugosas, húmedas. Donde yace mi cuerpo ahora. Ni siento las piernas. Los brazos alzados, las manos me descubren lo que no estoy viendo solo como lo sabe encarnar un espejo. En ranuras y agujeros. Soy la realidad que palpo y la tiniebla es el color de mi piel. Única certidumbre en la prisión. Dentro de lo quieto, las paredes en danza.

jueves, 27 de agosto de 2020

Cuentos del hada jubilada (undécimo)



En un banco de estación descansa la tarde nubosa. Gesto de despedida. La mujer que se ha sentado a su lado lleva un ramillete en las manos. Flores menudas, silvestres, de las que nacen en los taludes ferroviarios. Se cruzan las miradas, la mujer sonríe. La tarde nubosa no sabe cómo corresponderle. El rostro adusto, la luz metálica, el relente en sus ropas, pero agradece el gesto. Le ofrece a cambio del ramo una hora. «Luego llegará el expreso nocturno». «Pero aún falta una hora», grita la mujer de falda azul cuyos pliegues bailan sobre el andén que abandona corriendo.