domingo, 1 de marzo de 2015

El estante (cronológico) de los discos


Carol King, Creedence Clearwater Revival, Lou Reed, Grateful Dead, Neil Young, Focus, Traffic, Kevin Coyne, Frank Zappa, King Crimson, Tom Waits, Leonard Cohen, Paolo Conte, Thelonious Monk, Gonzalo Rubalcaba, Wynton Marsalis, João Gilberto, Chico Buarque, Maria Bethânia, María Dolores Pradera, Chavela Vargas, Cesária Évora, Rodrigo Leão, Bola de Nieve, Amancio Prada, El Camarón de la Isla, Wim Mertens, Philip Glass, Ludovico Einaudi, Johannes Ciconia, Leoš Janáček, Claude Debussy, Erik Satie, Federic Mompou, John Cage, Charles Ives, Morton Feldman, Luigi Nono, Luciano Berio, Elliott Carter, Virgil Thomson, Steve Reich, György Kurtág, Jorge Grundman, Lhasa de Sela, Lula Pena, Silvia Pérez Cruz.

jueves, 26 de febrero de 2015

Elogio de los elogios


Un elogio es a la realidad lo que la maqueta de una promoción a los pisos por construir que vende una inmobiliaria. La ensoñación de un ideal. Será porque me entretengo más de lo conveniente delante de las maquetas —hubo una tienda de trenes en miniatura en cuyo escaparate perdía los horarios viendo dar vueltas a uno— los elogios me gustan. No recibirlos, que incomodan siempre, sino verlos aparecer. De hecho, ni siquiera importa que sean, por lo general, un simple espejismo. Sin una utopía debajo, por inocente que sea, parece que solo exista lo que vierten los críticos literarios.

domingo, 22 de febrero de 2015

Elogio de febrero


Las tardes de febrero son las de un niño que se aventura a lanzarse, en el parque, por el tobogán de los mayores y a subirse en el columpio de los grandes. Cada día conquistan un trozo nuevo de jardín cuya hierba revive con sus dorados. Y como se hace con los pequeños, a quienes una señal detrás de la puerta señala su incesante crecimiento, hay quien traza líneas de su avance. Le ayudan en este presentimiento de la primavera los almendros, cuyas tímidas flores de nieve rosada fulguran en mitad del invierno. Todos esperan lo que ellas ya poseen.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Elogio de la fotografía

Fotografía de Edu Barbero, Tiempo visible, pág. 165 

Decir con lo dicho. Y que resulte recién dicho. Nunca antes pronunciado. Ese milagro. Descubrir fuera, donde no está, lo que solo está dentro. Y verlo ahí afuera, solo porque ha sido mirado. Encuadrado. Fijado. Verlo ahí. Lo que solo está adentro, ahí afuera, donde no hay nada suyo. Decir con lo ajeno como si se estuviera diciendo con lo propio. Sin apropiarse de ello. Sin siquiera acercarse. Mirando únicamente. La mirada como delatora. Como narradora de acontecimientos cuyo relato no está. Se escribe al verlos. Al mirar. Al encuadrar. Al disparar. Una manera de multiplicar el tiempo al dividirlo.

viernes, 13 de febrero de 2015

Elogio de las librerías



Asunto de cierta antigüedad y renombre es vivir dentro de la literatura. Aspirar a convertirse en poema tiene sus precedentes. Hoy, tan ciegos ya de visiones, por fortuna quedan aún las librerías. Cada vez menos, pero ahí están. Las de nuevo, desmejoradas, algo patéticas de tanto que quieren gustar, tan con el pie cambiado; las de viejo, algunas verdaderos arrecifes dispuestos a hacer naufragar cualquier época venidera. Como textos dadaístas, los estantes escriben versos espontáneos y efímeros que vibran en la memoria. Como textos sagrados, sacuden las conciencias con epifanías. Cuando uno sale no se reconoce en quien ha entrado. 

martes, 10 de febrero de 2015

Elogio de las manos entrelazadas


Quien escribe sostiene una calavera en una mano y formula la pregunta que carece de respuestas. ¿Símbolo o realidad? Sin lo real, el hilo del símbolo se escapa de la mano del niño que lo sujeta y se pierde en el cielo de una tarde de domingo. Sin valor simbólico, lo real resulta mera mecánica, espurio ejercicio. Pero símbolo y realidad rara vez ligan. Habrá que hacerlos ligar. Eso, la escritura. Y para aprehenderla, fuera de ella, observo algunos pequeños gestos que al tiempo son realidad y son símbolos. El que siento con mayor emoción: caminar con las manos entrelazadas.

viernes, 6 de febrero de 2015

Elogio de los números


No me aburre ojear libros de física. En su intrincada formulación hay algo que fascina, la certeza de que existe ahí un conocimiento, pero que es, para mí que solo los contemplo, inaccesible. Me llama la atención siempre que en las fórmulas matemáticas que los nutren apenas hay números. Y eso sí lo entiendo. Porque los números cada vez son menos ese latigazo frío y preciso de lo objetivo. La vida los carga de significados, es decir, se convierten en nociones subjetivas. Los números acaban por decir cosas nuestras y también cosas por nosotros. Náufragos del mar de la semántica.

lunes, 2 de febrero de 2015

Elogio de la poesía


pura entre impureses 
JM 

Si algún valor conserva todavía es el de carecer de cualquier valor. Lo valioso le resulta nimio. Su mérito es mayor cuanto menos vale. De ahí que los mejores nunca coincidieran con quienes mostraban pecharas predispuestas a las medallas. No es milicia. Ni privilegio. Ni aristocracia. A veces un joven, otras un oficinista, un lunático, qué sé yo, alguien al margen. Alguien casi por casualidad, se diría. Lejos siempre. Su acierto solo en manos del desacierto. Cuanto más se apunta, más se yerra. Amiga solo de quien más tiempo pierde. Una impureza, ahora, entre tanta vocación de interesadas, pragmáticas, purezas.

viernes, 30 de enero de 2015

Becqueriana / 62


La cocina, un rectángulo lleno de milagros. La fuente con frutas. El tarro de la miel. El bote del café molido. El plato con galletas de avena. La panera con las rebanadas recién cortadas. El recipiente con membrillo. Una ventana al patio. La dicha recuerda lugares más hermosos para ubicarse, sin pensar que la humildad suele ser más generosa. Desde la cafetera se desprende un aroma que invita a conversar con alegría. En la bandeja las formas del bizcocho de chocolate imitan a la perfección la felicidad. Una palabra que guardará la servilleta donde se registra el prodigio del momento.

miércoles, 28 de enero de 2015

Becqueriana / 61


Las manos siempre han querido ser pájaros. Ya no solo ala de ave, sino ellas mismas, en sí mismas, pájaro. Conocen las manos las ondulaciones, el fluir en el aire, la dicción de los vientos, la respiración de los pájaros. Y aspiran a serlo. También saben posarse como pájaros. Sobre el hombro, con precisión; sobre la cabeza, con dulzura; sobre los labios, con delicadeza. Saben alanzar la rama y agitarla un instante casi imperceptible cuando se posan, ese estremecimiento que se siente cuando las alas de la mano rozan la mejilla, acarician el cuello, caminan por la espalda. Ese pájaro.

lunes, 26 de enero de 2015

El pabellón dorado [6]


Una manzana es el chasquido de la carne jugosa cuando hincan los dientes en ella su voracidad. La tersura en la mano que la ha acerado a la boca. El aroma ácido a tierra que desprende. Es la tarde remansándose y alrededor una bandada de estorninos al posarse en las ramas del eucaliptos más alto. Un lápiz también puede ser una manzana, se dice. Si al dibujarla el rumor del grafito sobre el papel se condensa en una imagen que carecerá de cuanto convierte en manzana una manzana. Quizá también lo sea. El papel cruje, es terso. No es jugoso.

viernes, 23 de enero de 2015

El pabellón dorado [5]


La oscuridad es el envés de una visión. Es la visión concebida como atmósfera. Como líquido. Como humo. Como sima. Es el interior de un envoltorio. El relleno de una tarta que aguarda en una repisa del obrador. Lo que se transporta en un baúl que recorre la línea ferroviaria apilado junto a una ventana. Que no contempla. La parte rugosa del tapiz que no trasluce los tintes. Donde están anudadas las costuras de lo real que la mirada no ve. La negrura de los ojos que la ven. De los ojos que solo acceden al dorso de la claridad.

miércoles, 21 de enero de 2015

El pabellón dorado [4]


No hay más lugar que el que alcanzan los dedos a desentrañar. La piel rugosa de los revestimientos. La aspereza de las paredes donde la pintura se ha ido secando en su correoso noviazgo con el tiempo. Las maderas cuya suavidad busca compañía. Quien deja la mano sobre la mesa de nogal, quien acaricia el abedul de las molduras de la silla. La impresión fría del cristal, su seductora perfección de realidad superpuesta. La rugosidad desengañada del barro. El puchero, el cántaro, las orzas. Cuando palpar es conocer, el horizonte está concentrado en la materia. No hay ideas, solo asimiento.

lunes, 19 de enero de 2015

Arnaldo Calveyra. Una elegía


De estudiante, en La Plata, —le escuchaba decir a Arnaldo— acudía todos los fines de semana a Buenos Aires, me alojaba en casa de Carlos Mastronardi y pasábamos los días hablando y paseando. Y al poco entre sus palabras se deslizaban detalles de las avenidas en las que caminaban, los parques por donde cruzaban, las luces de la tarde sobre las aguas del Río de la Plata que acompañaban aquellas interminables conversaciones evocadas. Las palabras ya no estaban, hacía muchos años que habían prendido sus simientes. Y ya eran otras. De aquel tiempo quedaba solo el reflejo cárdeno del aire. 

No sé si entonces me extrañó o no que mencionara aquellos detalles. Pero ahora, cuando pienso en Arnaldo reaparece la puerta del hotel, la luz de una mañana primaveral en la acera donde alguien me lo presenta, la ruta que seguimos después por Barcelona y las calles que le muestro y me descubre descubriéndolas. También las de su barrio en París, estrechas y coloristas. Las sillas de mimbre con vistosas almohadillas donde nos sentamos a tomar un café. Cuando levanta la vista y señala el balcón de un primer piso y dice: ahí murió Verlaine. Y lo contemplamos con emoción.

[Diario de un inicio]

viernes, 16 de enero de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 32


Viernes. El aleteo de una paloma que se despide del sopor de la plaza. La lámina de agua que se vierte por encima del mirador del estanque tras la lluvia. El ciervo que asoma curioso la cabeza un instante entre los arbustos antes de desaparecer. Habitar un viernes. Cucharada de miel en la infusión de hierbas de la tarde. Nube que brinda su blancura a los delirios cromáticos de un sol senil. Dedos que modulan sobre las teclas blanquinegras del piano una melodía cuya partitura fue escrita por el deseo. Hoy es viernes. Todo lo dice. Claro de bosque. Ensenada.

miércoles, 14 de enero de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 31


Esquinas, rincones, recovecos. Los lugares. Universos en miniatura. La mesa de la cocina. El tronco de la acacia. La marquesina de la parada del autobús. Cada lugar con su memoria, el relato de una conversación, de una caricia, de una mirada. Los lugares humildes, casi sin historia, sin prestigio. Son los que se eligen para permanecer, para charlar, para quererse. Se impregnan de una historia, una memoria y ofrecen su gratitud, su no pedir nada a cambio, su hacer sentir tan a gusto. Los lugares minúsculos, donde la época no se detiene. Ni siquiera los mira. Los propios, los inolvidables.  

lunes, 12 de enero de 2015

Becqueriana / 60


Cabellos repeinados con gomina, almidón en el traje, brillantina en las mejillas. Los músicos suben al escenario. Susurros en el micrófono —sí, sí, ¿se oye?—, algunas notas desparejadas, toques de baqueta en la caja, temblor de platillos y un golpe en el bombo. Repentino silencio en la mano elevada del pianista. Cuenta: uno, dos, tres. Y la orquesta del atardecer arranca su bolo de viernes noche para los dos únicos bailarines sobre la hierba del jardín. Con el vestido que más admira, ella; con la camisa de lino que le gusta acariciar, él. Descalzos, los dos. La noche, mirándolos.

sábado, 10 de enero de 2015

Becqueriana / 59


Lo mejor del día es cuando dejamos que nos hable la tarde. Que nos cuente el arroyo su vida nómada, la antigüedad mineral de su linaje, sus altas aspiraciones. Y lo haga con sonidos tenues, casi cansados, mientras le escuchamos, devotos siempre de los lienzos que pinta a cualquier hora con pigmentos desprendidos de la luz. Que nos reciten los peces de colores saltarines los poemas que aprendieron de memoria siendo alevines, cuando serpenteaban entre juncos. Que nos descubra la piedra de suave tacto su corazón enamorado. La paciencia con la que aguarda que la crecida la empuje. Y acerque.

jueves, 8 de enero de 2015

M \ 1000 \ Mil \ 千


(Al principio esta entrada era una aspiración. Un mito. Soñaba con lo que escribiría. Luego, conforme se acercaba, se convirtió en un lugar donde llegar. Era un final posible para una escritura que, por carecer de trama, andaba en su busca. La convención de un libro, unas páginas, una cubierta que se cierra sobre ellas. Un espejismo. Ahora ya sé que la reflexión soñada o el punto final carecen de sentido. Lo que anima estas palabras no es un argumento, sino un fluir. No acabarlas es su forma de irse consumiendo al paso que se apaga lo que las alienta.)

martes, 6 de enero de 2015

El pabellón dorado [3]


¿Ese ruido, madre?
El viento. Lo trastorna todo.
No, el viento ya lo oigo. Digo el chasquido.
¿Cuál? Hay tantos. Lo aturrulla todo el viento.
El tris tris.
¿Serán las cañerías al pasar el aire?
No, eso lo conozco. Es como un rechinar, en grande.
¿Dónde lo oyes?
Hacia la izquierda. Por allí.
Ah, no es nada. Una bolsa que se ha quedado atrapada en la verja.
¿Una bolsa? ¿Qué tipo de bolsa?
Una bolsa de plástico. De las que dan en las tiendas.
Sí, lo veo.
El viento la empuja y el alambre la frena.
¿Tantas bolsas hay perdidas?

domingo, 4 de enero de 2015

El pabellón dorado [2]


Lo que huele tiene también corporeidad. La rebanada de pan que se tuesta en la lumbre, el calor que vierte como una fuente la cafetera, el barro endurecido de la taza. El desvelado crea imágenes con aromas. El de los cuerpos que llegan del campo, el de los que salen el domingo por la tarde hacia el baile. Moldea volúmenes con fragancias. La acidez de las naranjas y de los limones, el dulzor de las fresas, lo floral de las manzanas. La salinidad que revolotea en el aire cuando el mar se encrespa y acaba por discutir todas las ideas.

viernes, 2 de enero de 2015

El pabellón dorado [1]


Rota contra el suelo la tinaja de la luz, en su derramarse la oscuridad se ensucia. Se encharca. La araña recorre la silenciosa geometría del aire donde la polilla no ha desistido aún de aletear. El gorrión se limpia el flanco con el pico, pero son las hojas de la enredadera las que se agitan. El perro le ladra a las sombras que bosqueja el lápiz del amanecer. Una bolsa de plástico regresa a estas horas abrazada al viento y dando traspiés de alcohólica. El insomne traduce a su nada las impresiones que le alcanzan. Lo que le habla existe.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Bye bye 2014


«¿Qué quedará de ti, año de métrica alejandrina?» —pregunta la Sibila arrodillada sobre la losa de mármol, con la cabeza oculta entre los brazos. «Todo», responde el Oráculo. «¿Todo? ¿He oído bien?» —no sale de su asombro la Sibila, que levanta la mirada inquisitiva hacia la piedra de donde la voz ha emanado— «¿no era más bien Nada la respuesta? ¿Ha dejado de ser la nuestra una pregunta retórica?». «Todo», reitera el Oráculo. E interpretando su postrer silencio el escriba anota: todo quedará registrado y cuando necesites algún dato esquivo las noticias más triviales del 2014 lo ocultarán en Google.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Becqueriana / 58


Desde el horno un aroma dulce, a canela y a virutas de limón, impregna la tarde. Con su vaho desembarca en el puerto del recuerdo la niebla de una infancia. Por la pasarela del presente desciende confusa dentro de uno mismo, que al evocar aquel olor de la inocencia habla ahora con un tono más alto, más desinhibido también. Es el dulzor que expande por el aire una idea muy precisa del gozo. Rumor de multitud que en el muelle espera ver llegar al forastero. Expectativa del encuentro, cuando la cafetera lo mezcla con el olor a cabaña de bosque.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Becqueriana / 57


Cada gesto de la mujer que se ha asomado a la ventana modifica el paisaje, lo transforma. Si sopla como quien deshace un diente de león, las flores de la acacia pintan la hierba y los guijarros del sendero de amarillo-van-gogh. Si silba la melodía de una canción de amor las violetas despiertan en el talud del ferrocarril y lo saludan cuando pasa. Si canta la letra de un poema que se aprendió de memoria cuando era niña, los gatos se tumban en el alféizar a escucharla. Si sueña, unas manos vaporosas sujetan su cintura por detrás y la elevan.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Ni por esas. (Pequeño cuento de Navidad)


En la radio, trompetas tempestuosas, violines sinuosos. La marcha Radetzky. Debe de ser Navidad. O quizá el anuncio de unos grandes almacenes. Me asomo a la ventana y veo la raya del peinado de la gente trazada con esmero. Sí, es Navidad. No cabe duda. La música me está animando. Es inaudito, pero la inesperada euforia me incita a acompañar la marcha con palmas. Me acerco al aparato, las manos enfrentadas, y chas, primero mi palmoteo e inmediatamente los platillos del percusionista. Espero el siguiente compás. Yo por un lado, la orquesta por otro. Qué humor de perros. Fuera radio.

martes, 23 de diciembre de 2014

Teoría del Lugar \ y 7


Medio desencajada y con los cristales rotos, los herrajes de la ventana chirrían cuando trato de abrirla, sin lograrlo. Tropieza su cierre. Astillas de pintura caen como escamas de un pez muerto nada más rozarlas. Sobrevuelan la estancia y brillan un instante sobre los escombros acumulados en el suelo. Tiemblan las hojas si las fuerzo. Ni yo mismo podría explicar por qué quiero abrir una ventana que ya no tiene cristales. Pero sigo intentándolo. La observo por descubrir el estorbo. Me empeño. Cuando lo consiga, me digo, habré hecho lo que otra persona hacía a diario. Aquí. Reharé sus gestos.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Teoría del Lugar \ 6


No son buenos pintores, los lugares. No les guía ninguna estética. Lo ancho resulta estrecho. Lo menudo, basto. Tampoco entienden los colores. Los mezclan mal. Desconocen la simetría, estropean la perspectiva, alteran la ordenación. En una lámina solo convocarían irritados garabatos en rojo del corrector. Algún improperio, quizá. Sin embargo, a diferencia de las obras artística, los lugares huelen. Los pasos resuenen en su interior. Les hablan con sensaciones a los dedos que se aventuran. Cultivan higueras cuyos frutos carnosos se ofrecen con desprendimiento. Lo hacen todo sin boceto ni premeditación. Nunca serán reconocidos paisajistas, una simple niebla los ciega.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Teoría del Lugar \ 5


El lugar nunca es el lugar a secas. Aparece vestido con su condición metafórica. El lugar es siempre el valor que evoca. Las ventanas que quedan abiertas delante, para mirar dentro y ver reflejado, en el espejo del fondo de la sala que lo contempla, el lugar que ha quedado fuera. Se comprende el lugar en los juegos oblicuos de las metáforas. En lo que despierta cuando la luz lo dibuja en la retina. Ese descerrajado baúl de palabras que se guarda en el altillo de la memoria. Pero las metáforas son columpios. Cualquier signo, despertado, conduce a un lugar.

martes, 16 de diciembre de 2014

Teoría del Lugar \ 4


El espacio se transforma. Hay quien lo cree así. Llegan unos obreros. Durante toda la mañana golpean las paredes. Los sacos de escombros dejan un reguero de polvo tras su paso. Se enfada algún vecino. A las seis bajan riendo y dando voces por la escalera. A las ocho del día siguiente regresan. Silenciosos. Así unos días. Lo transforman. Se diría que el espacio es el fénix, siempre otro, cuando siempre es el mismo y quien va a metamorfosearse acaba de llegar con sus pertenencias y las está distribuyendo en el armario aún con olor a barniz. El espacio transforma.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Teoría del Lugar \ 3


No es la saeta que se alza y sin nada alcanzar gira y regresa. Ni el tranvía que se detiene un instante en la parada sin que dé tiempo a descender y sigue luego calle abajo. No es cauce. El lugar no avanza. Tampoco, perpetuo oleaje, permanece estancado. Como la luz tenue de una estrella, se expande; raíz, copa de un almendro en flor o pétalos de una camelia. Envejece y renace al mismo tiempo, y su tiempo no decora el presente. Lo encarna. Es el presente quien no gira y regresa, quien no sigue calle abajo. Quien suma. Congrega.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Teoría del Lugar \ 2


SEMPRONIO:¿Tú piensas que la distancia del lugar 
 es poderosa de apartar el entrañable amor…? La Celestina 

Florecillas que nacen en las hendiduras del muro. Helecho que ha prendido en la tierra acumulada sobre la cañería, dentro del patio umbroso. Hierba que crece en la fisura. Así emerge el amor. Un poco de arena, humedad, luz. Un tallo que la brisa cimbrea. Que brilla si el cuenco de la luz vierte sus colores al amanecer. No solo enraíza en el lugar. El amor es el lugar. Convierte lo anodino en memorable. Donde nos vimos, donde enlazamos nuestras manos, donde me lo dijiste. Establece signos. Y en la distancia imagina —construye— espacios. Donde verse, donde abrazarse, donde hablar.

martes, 9 de diciembre de 2014

Teoría del Lugar \ 1


Una descripción tiene algo de epitafio anticipado. El lugar que acoge y se dispone como un argumento que da noticias del vivir no es menos fugaz que una fecha. Se ignora mientras el lugar no se diferencia de quien lo habita; bien porque se acabe de conocer, bien porque se haya residido allí de un modo prolongado. Pero si la ausencia aleja del lugar, el regreso ya no reconoce espacios. Solo existen ojos, entonces, para lo que no está. Únicamente lo que ha muerto se ve. Toda descripción es un ejercicio optimista —un espejismo de permanencia— que oculta una elegía.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 30


Escribo ahora en la pantalla del ordenador. Otras veces lo hago a mano, con pluma, sobre las páginas de un cuaderno. Los cuadernos me gustan, pero se quedan en los cajones para uno mismo, para nadie. El ordenador se muestra como una paradoja, siendo enteramente impersonal su escritura, es capaz sin embargo de llegar a alguien en un tiempo que el reloj ni se molesta en computar. Siendo un intrincado enigma su modo de escribir —un programa traduce al alfabeto el incomprensible código digital en el que lo graba y transmite—, inmediatamente lo colma de sentido quien lo recibe.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 29


La experiencia de cada día alienta en el nuevo día que todo ocurra igual, porque siendo igual será siempre diferente, repitiéndose logrará ser inesperado. Es una de las paradojas del vivir. Solo lo novedoso y cambiante insiste en su vacuidad. La vida no es un camino hacia lo desconocido que exista más adelante, sino un descenso a lo conocido que hay en la propia vida. Un descenso a las honduras de lo que es. Solo lo conocido puede proporcionar conocimientos desconocidos. Lo desconocido únicamente convoca palabras conocidas con que malbaratarlo. Las palabras visionarias ahondan, penetran. Anhelan lo que han vivido.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 28


No se sientan nunca las sillas. En pie siempre. Esperándonos. Igual que un perro que aguardara el regreso de su amo junto a la puerta. Un ramo de rosas sobre la mesa que pide un jarrón lleno de agua. Así las sillas nos esperan. Su paciencia, imperturbable. Y cuando nos sentamos, también ellas al fin se sientan. Descansan. Ladrido del can feliz, aroma de flores. Nos hacen masajes en la espalda, en el trasero, en las pantorrillas. Sujetan los brazos. Y cuando nos movemos intervienen en la conversación con un ligero gruñido, que es su rara manera de expresar alegría.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Becqueriana / 56


El modo cómo las olas se lanzan contra las rocas y su golpe retumba con un sonido grave, intenso, estremecedor, y su impulso y fuerza se fraccionan en una lluvia de gotas que humedece la impasibilidad de las piedras, tiene algo erótico. Un erotismo primitivo, agreste, germinal. Como el de los volcanes y su incandescencia. Como el de un géiser y su desmesura. Un erotismo no de los cuerpos, sino de la naturaleza. De las selvas. De los ríos cuando devienen cascada. De las tormentas. Escuchamos el retumbar de las olas también dentro de las venas. Ese desbordamiento. Ese exceso.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Becqueriana / 55


Los días de lluvia imprimen un pequeño diccionario. Con sus tapas de color de nube, el papel con tacto de agua y la tipografía de moras silvestres en los taludes del camino. Cada tarde sale de la imprenta un nuevo volumen que se añade a la colección en los estantes de la memoria. Nuevas palabras, nuevas definiciones. Las escriben los gestos. Las manos en la melena. Un pie adentrándose por la pernera de los pantalones. Hombros contra otros hombros de quien baila de espaldas. Cada inventada caricia requiere un término. Su etimología. Los prefijos. Una manera intensa de ser vivida.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El inmortal


La mayor parte de mi obra periodística permanece desconocida. Es curioso, aunque sepa que todos mis artículos antes o después serán compuestos por los tipógrafos e impresos de madrugada, la mayor parte sigue inédita. Escribo necrológicas. Cada día ocupo mañana y tarde en este oficio con el que me gano la vida. Hablo de políticos, de artistas, a veces también de deportistas, pero en este caso no tengo nunca demasiada prisa en acabarlos. Sintonizo la radio cuando trabajo. Un canal de noticias. Cuando informan de un óbito, busco al personaje en el archivo, añado la fecha y llamo al periódico.

domingo, 23 de noviembre de 2014

«Almacén. Dietario de lugares». Editorial Polibea. Madrid, 2014 110 páginas



El tiempo sienta mal. Envejece. Los lugares rejuvenecen. El tiempo desanima. El espacio anima. El espacio exterior, el interior, el galáctico, el subterráneo, el secreto, el recordado, el visionario… siempre animan a emprender, o reemprender, su conocimiento. El tiempo se repite. Nos repite. El lugar nos crea y nos recrea. Nos funda y constantemente nos refunda. Mirar con los ojos del tiempo es constatar identidades, mirar con los ojos del lugar es descubrir lo diferente. El tiempo nos aleja, aunque parezca que nos acerque, siempre nos aleja. En el lugar estamos y aunque no estemos tenemos la capacidad de imaginárnoslo. 

El lugar encarna el huidizo tiempo presente. Su inexistencia como tiempo (cómo en un punto se es ido y acabado) cobra corporeidad en el espacio. El espacio detiene el tiempo. O al menos podemos creer que lo detiene. Que lo subyuga. Que lo atenúa. Al menos. El espacio funda la memoria, la conforma, la ordena; el tiempo le pone un post-it encima con un número. El tiempo es pronombre numeral, el lugar es sustantivo, verbo, adjetivo y adverbio. El tiempo conduce —nos condena— a la angustia. El espacio, cada lugar que hacemos nuestro con palabras, nos redime de la condena.