domingo, 23 de noviembre de 2014

«Almacén. Dietario de lugares». Editorial Polibea. Madrid, 2014 110 páginas



El tiempo sienta mal. Envejece. Los lugares rejuvenecen. El tiempo desanima. El espacio anima. El espacio exterior, el interior, el galáctico, el subterráneo, el secreto, el recordado, el visionario… siempre animan a emprender, o reemprender, su conocimiento. El tiempo se repite. Nos repite. El lugar nos crea y nos recrea. Nos funda y constantemente nos refunda. Mirar con los ojos del tiempo es constatar identidades, mirar con los ojos del lugar es descubrir lo diferente. El tiempo nos aleja, aunque parezca que nos acerque, siempre nos aleja. En el lugar estamos y aunque no estemos tenemos la capacidad de imaginárnoslo. 

El lugar encarna el huidizo tiempo presente. Su inexistencia como tiempo (cómo en un punto se es ido y acabado) cobra corporeidad en el espacio. El espacio detiene el tiempo. O al menos podemos creer que lo detiene. Que lo subyuga. Que lo atenúa. Al menos. El espacio funda la memoria, la conforma, la ordena; el tiempo le pone un post-it encima con un número. El tiempo es pronombre numeral, el lugar es sustantivo, verbo, adjetivo y adverbio. El tiempo conduce —nos condena— a la angustia. El espacio, cada lugar que hacemos nuestro con palabras, nos redime de la condena.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Desencantados Encantes


Detecto una anomalía en mi percepción de las cosas, ya solo me acuerdo de lo que no está. He ido a los Encantes. Voy todos los miércoles, pero desde hace mucho ya no lo cuento. Quizá desde que trasladaron a esta nueva ubicación, casi vanguardista, la sórdida y polvorienta campa donde los objetos se revolcaban. Tengo la impresión de que cada vez es menos rastro y hay más anticuarios enmascarados, aunque tampoco estoy seguro. Me cuesta, sí, concentrarme en lo que veo. Si me despisto, acabo contemplando solo los puestos y lotes que alguna vez vi en el otro lado.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 27


Llega de ninguna parte, ordena el viento a su favor, un estrépito que reclama todas las atenciones mientras se le ve correr con estruendo, una cinta de película mal regulada, y en un tris ya ha desaparecido camino de ninguna parte. Deja la mente pensativa. Desorientada. A quién trae, a quién se lleva. Las ramas de los árboles y los setos que acompañan su pasar de manera enloquecida poco a poco regresan a la quietud. Las dos vías recobran su resignación de trazos que añoran encontrarse. Ha pasado el tren. Su intensidad. Queda el eco de los símbolos. Un hueco.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 26


El otoño es un cronista de cielos. Carga su cámara con las lluvias de noviembre y se la echa al hombro por los caminos, entre los campos, en los claros. Allí donde una hondonada consigue reunir un poco de agua planta su puesto de reconocimiento. Cada bache, cada charco, cada balsa se convierte en un observatorio de estrellas. La quietud es vidrio; la transparencia, nitrato de plata. El otoño es un artesano de espejos. Y cuando cesa el temporal salgo a recorrer la exposición de sus obras fotográficas. El vuelo de una gaviota, de las nubes, de los deseos ignotos. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 25


He bajado del autobús en una calle desconocida de una ciudad de la que solo sé el nombre. Tal vez lo recuerde de un verso leído alguna tarde de lluvia mientras tumbado en el sofá alargaba la manta de algodón hasta los pies justo antes de que empezara a refrescar. Nada más. Transeúntes en todas direcciones. Por encontrar un signo que me guíe busco en las sombras. En el cielo también. Un campanario, una torre, un árbol alto quizá. Echo a andar hacia el norte. Los escaparates me reflejan, pero nadie en la multitud me mira. Solo soy un extraño.

martes, 11 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 十


De paseo por el bosque la cabaña que habito se alza con paredes diáfanas, posee una galería hacia el atardecer y está cubierta por una techumbre imperceptible. Va siempre conmigo. Una casa en mitad del llano, bajo el pinar, sobre la duna. Sus tejas son palabras; las columnas, el recuerdo de un poema; la tarima, un xilofón cuando los pies descalzos caminan por la arena. Una casa en la cima, junto a la ribera, con ventanas a poniente. No se desprende nunca de mí. Sus paredes son no tener paredes; su tejado, el oscuro cielo; el mirador, alguien que contempla.

domingo, 9 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 九


Me invitas a tu cuerpo. Agua clara que fluye entre la mansedumbre del prado en el que estoy tumbado. Extiendo los brazos, hundo mis manos en la corriente y se estremecen con el impulso de tus caderas. Sueño con tu cuerpo. Sombra de sauce bajo el corazón del día que la brisa de las caricias airea y desviste. Mi hanfu huye a saltos por la hierba. Alabo tu cuerpo. Coro de aves cantarinas que replica las palabras que te digo y las divulga por bosques y colinas. Como un cántico. Entro en tu cuerpo. Y somos parte de esta naturaleza.

viernes, 7 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 八


Empujado por el prestigio de la montaña quise conocerla en el momento —según decían quienes se asombraban con mi ignorancia— de su mayor esplendor. Tras el deshielo, cuando las hojas del ciruelo empiezan a brotar. Preparé la cesta para un camino solitario y no recuerdo tarea más inútil. A cada paso encuentro quien me ofrezca tajadas de ganso, ollas de mejillones, sopas de jengibre. Me asaltan para que juegue mis ahorros al Nard —si aún fuera al viejo Liubo—, en las noches el estrépito de las fiestas persiste y de madrugada no hay paso que no huelle una inmundicia. 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 七


Pese a no callar, ni en sueños, no suelen los humanos decir nada. O nada que valga la pena caligrafiar con tinta. Y aunque una multitud inquieta se reúna en calles o mercados a murmurar, tiene más valor lo que escriba el paseante que, para oír, se adentra solitario en la fronda. Dicen las aves y los insectos y dicen las flores y los árboles, pero acaso aún mayor locuacidad posean las rocas. No hay formas que desconozcan o no logren evocar, desde el dragón hasta el sapo. Desde la luna hasta una horquilla del pelo, las piedras expresan siempre.

lunes, 3 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 六


El esplendor de los pabellones que me deslumbra en esta montaña sin ningún nombre, o peor, con un nombre errado, me desconcierta. Pregunto al letrado que me hospeda por los poemas que ensalzan el lugar, por las pinturas que lo evocan. Guarda silencio. Me maravilla no solo la arquitectura de las construcciones, sino también su antigüedad. Y aún más la nula reputación. En el balcón las vistas convierten en jardín toda la ladera. Ni siquiera una rama rebelde altera la armonía. Y cuando insisto, solo oigo: Es el fruto de una larga paz. Nadie anhela lo que no conoce, asiento.

sábado, 1 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 五


El valle primoroso, el cobrizo pedestal de los brotes rosados, el díscolo rumor de aves. No me pregunto tampoco en este momento, tras alcanzar la cumbre a la que con tanto esfuerzo he ascendido por la senda del norte, si realmente estoy contemplando, en este instante, el valle, los ciruelos en flor o las garzas. Las garzas interpretan la partitura de la tarde, enloquecidas por nubes que absorben todos los naranjas del sol. La ladera, con rubor de mejilla levemente azorada, parece levitar. Nada miro. Leo. Absortos mis ojos en los versos donde había conocido el valle antes de conocerlo.

jueves, 30 de octubre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 四

Viajeros entre montañas y arroyos, de Fan Kuan. Dinastía Song

En el Palacio Imperial de Taipéi me detuve a admirar una pintura de Fan Kuan, aquella que relata su viaje por las montañas siguiendo el cauce de un río. Hubiera previsto con facilidad el asombro que una obra de tanta belleza podía producirme. El pasmo, quizá. Pero nunca que sufriera de inmediato una sensación de incomodidad. Miré mi vestuario y hallé del todo inadecuadas mis sandalias. Ridículo también mi liviano hanfu de seda. El malestar me turbó. Empecé a tiritar como antes de una nevada y cuando quise abandonar la contemplación mis pies chapoteaban agua de arroyo sobre las alfombras.

martes, 28 de octubre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 三


Tal vez porque resolví mal el cálculo de jornadas y distancia, me vi asediado por la voluntad de escribir sobre el Manantial que deseaba ver varios días antes de poder comprobar con mis propias manos la fuerza con la que brotaba. La tarde en la que debía llegar a mi destino la montaña no era más que una anécdota del horizonte. Pero mi cabeza bullía con los versos que deseaba escribir. Me tumbé bajo la sombra de unos bambúes y describí la fuente tal como la imaginaba. Incluso los arcoíris del agua. Al llegar, no tuve que variar ninguna rima.

sábado, 25 de octubre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 二


No solo era el tronco de un ciprés descomunal atravesado en mitad del sendero que se había estrechado bajo la sombra de las altas peñas, sino sobre todo la fragosidad que crecía a su amparo. El cansancio, ante la imposibilidad de que el camino me liberara de la fronda, me sentó sobre una piedra extrañamente cuadrada. La mirada solo me devolvía las tachaduras del lugar. Su indiferencia. Por eso bajé los ojos y escarbé con una rama por entretenerme. Me pareció ver una palabra. Luego, una inscripción. Logré leer el carácter de «Paraíso» y la maraña empezó a cobrar sentido.

jueves, 23 de octubre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 一 在看不见的墙壁大厅


Como no era una de las colinas célebres, antes de alcanzar su falda el camino se desviaba hacia el oeste. Flecha que apunta a poniente, pensé, que no he de seguir. La ruta de mis pasos al abandonar el camino apenas se veía bajo el acoso de la maleza. Las zarzas arañaban la túnica y mis tobillos daban de comer a los insectos. La decisión no era más certera de aquella que toma el que huye. Aguardaba únicamente el don de la soledad. Quién podía imaginar, entre aquellos barrancos insalubres, que sin soñarlo siquiera hallara el Huerto del Ciruelo Inmortal.

martes, 21 de octubre de 2014

Autumn


El país del otoño tiene color de tierra y del aire que incendian las copas de los árboles con sus túnicas granates. Esta paleta de tonos severos echa a la cesta del pensamiento ideas lentas y reposadas. Los versos se extienden por la hoja cuando se le describe. Sus frutos son rugosos y estriados. Renuncian a la seducción y al dulzor de las frutas del verano, pero ganan austeridad y pureza en el gusto. Carecen de la voluptuosidad de los jugos, aunque sus texturas ásperas poseen poder evocador. El otoño siempre rememora. Y ofrece recorrer sus recuerdos a los desmemoriados.

sábado, 18 de octubre de 2014

Ciutadella express & 7


También el cielo en los atardeceres de verano muestra el orín de la luz que declina y la herrumbre en la que se convierten las horas. Al horizonte se le llama sobrecogedor espectáculo y su disposición cromática es captada por innúmeras cámaras que sacrifican el instante de contemplación por la mecánica de preservar su recuerdo. En eso se convierte el tiempo, una sucesión de instantáneas no vividas. Y son las imágenes coleccionadas la prueba de que no hubo vivencia, solo fotografía. Por eso, bicicleta crepuscular, no sé si cuando pasé frente a ti supe admirar tu belleza o solo captarla.

jueves, 16 de octubre de 2014

Ciutadella express 6


John Cage ideó un método de composición que invertía las convenciones musicales. Dejaba fluir los instrumentos en pura improvisación, y el registro de lo ocurrido se convertía en la partitura de la pieza. Algunas de las partituras así concebidas se parecen a las paredes de piedra de la cantera. También, por cierto, una orquesta de picos, cuñas y levas, de escoplos, cinceles y macetas, de escuadras, vitolas y metros, de sierras radiales y de tronzadores ha interpretado su obra con sonoridades y estridencias que acaso encarnen el sentimiento de la piedra al ser cuarteada y removida de su lítico silencio.

martes, 14 de octubre de 2014

Ciutadella express 5


Entregad mis ojos a Argos, el de los mil ojos, rogaba el despreciado en amores. Quien cerró esta ventana, para que quedara así por siempre, abrió al llegar los ventanales de su casa. El aire recorrió las habitaciones, y los jarrones y figuras de porcelana se contemplaron orgullosos en sus sombras. Solo quedó, en el abandono, el desprendido consuelo del crepúsculo, que a diario acude a lamer las molduras maltrechas y desliza los dedos de ceguera en la imperturbable celosía. Se diría que interpreta en ella una canción portuaria. Triste y desdentada. Romanticismos sin base. Argos ya planea un hotel.

sábado, 11 de octubre de 2014

Ciutadella express 4


La gente se reía de Adolfo Suárez cuando respondió que «uno de Henry Moore» a la pregunta de qué libro estaba leyendo. Aquel episodio daba qué pensar. Es cierto que Suárez no era un intelectual, pero su resbalón tal vez signifique que todavía creía, aunque debiera fingirlo, en el valor cultural como parte de la formación del político. En la tradición del humanismo. Hoy los periodistas a los políticos solo les preguntan por cuestiones deportivas. Se da por supuesto que el ingrediente cultural ha desaparecido. Y no lamento esta agonía del ideal humanista, sino que ya ni sea necesario fingir.

jueves, 9 de octubre de 2014

Ciutadella express 3


En mi juventud la palabra «váter», que como anglicismo debió de ser una adquisición rutilante años antes, empezaba ya a sonar regular. No tan mal como ahora, quizá. Lo fino era, en un restaurante, preguntar por el «uve ce». Y pese a ser una expresión tan abstracta, o tal vez tan obtusa, no tardó mucho tampoco en empeorar. Le sucedió durante un tiempo el término «servicio». Una bonita paradoja: el lugar donde nadie es servido. Tal vez sea el que más he usado durante mi vida, y si no controlo aún se me escapa. Hoy ya resulta feo. E impropio. 

Fue sustituido por «lavabo». Magnífico eufemismo: resulta tan higiénico querer lavarse. La verdad es que, con cierta ingenuidad, pensé que este había llegado para quedarse. Lo asimilé con facilidad y cierto entusiasmo, pero pese a los buenos propósitos de la raíz, «lavabo» empieza también a parecer rudo. Quizá incluso palurdo. Más me cuesta hacerme con su sustituto actual. Preguntar por la ubicación de la «tualet» o «tualet-e» suena cursi, aunque no veo otra opción. Peor parado ha quedado —pienso— el verso con el que Fray Luis de León traduce otro del Cantar de los Cantares: «Metióme Elrey en su retrete».

martes, 7 de octubre de 2014

Ciutadella express 2


Para Matilde y Juanjo

Cuando se encienden los focos de mayor potencia para que la luz ciegue contrastes y claroscuros, y vayan los ojos a ver únicamente donde nada ven salvo lo que se muestra, para mostrarse, para de verdad ser contemplado cuando alguien acaso vea, queda el exiguo patrimonio de la oscuridad. De la casi inexistencia. Ah, en una época que cercena los márgenes, sin importarle los multiplica. Y emergen los invisibles matices lejos de donde la luz abrasadora ilumina el rostro tiznado de lo visible. Catacumbas, o mejor, un milagro. Ediciones de cien ejemplares donde la literatura se refugia de la obscenidad.

sábado, 4 de octubre de 2014

Ciutadella express 1


Para Jesús Aguado 

Que Ramon Llull —o quizá ya desde el principio Raymond Lully— conoció y admiró las filosofías orientales es bien sabido. Que le gustara también el jazz implica una condición de visionario que tampoco le es del todo ajena. Que fuera un enamorado de la contracultura no ha de sorprender a nadie que haya leído Blanquerna. Que pudo ser un poco hippie es fácil intuirlo en cualquiera de las estampas que lo retrata como gran barbado y un poco informal. Que le hubiesen interesado Howl y On the road es seguro. Que pertenezca a la Beat Generation no resulta tan raro.

viernes, 3 de octubre de 2014

Octubre


Octubre es silencioso. Camina descalzo. Colecciona gotas de ámbar con hormigas atrapadas. Es discreto en sus vestidos de tono rosa ocráceo. Octubre. Como el telón que ciega el escenario y deja a los espectadores ante el juicio de sí mismos tras los últimos ecos de la obra, así también invita a la introspección. Deshila la madeja de la memoria y despierta los sonidos del propio cuerpo al latir, al respirar, al moverse. Octubre llega en una carta que trae el cartero, con un sello timbrado y el nombre del destinatario, el de cada cual, escrito a pluma. Con su letra.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Café il tempo y 14

Foto Elías Moro Cuéllar
Para Elías

Nor hours, days, months, which are the rags of time
JOHN DONNE

Abuelo y nieta llegan al parque. El sol de la tarde hace crochet en un banco mientras escucha por la radio un magazine. Desabrocha el abuelo las tiras que la sujetan al cochecito. La niña enseguida estira los brazos para decir que sabe que va a salir y quiere. El abuelo le habla despacio. La nieta sonríe. El abuelo es alto. Muy alto, incluso. La niña es una niña que acaba de empezar a andar, pero los dos avanzan de la mano por la arena municipal. Ahí, en esas manos que se dan, se transmite lo que invalida al tiempo.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Café il tempo 13


El reloj se para. Lo sacudo un poco. Intento darle cuerda, como si en los relojes de ahora quedara algo del pasado de los relojes. Ni se inmuta. Me siento desorientado. Una vía ferroviaria sin vías. La pantalla de la parada acude veloz en mi ayuda. En tres minutos llega mi autobús. Un salvavidas. Echo un vistazo a mi alrededor: un reloj de pulsera gigante y tres móviles. Ninguno da la misma hora, pero hago la media. El monitor, dentro, indica hasta los segundos. En cada esquina, un reloj digital; cada tres manzanas, una relojería. Creo que algo me persigue.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Café il tempo 12


El tiempo no cuenta. No tictaquea. Ese ser autista que da vueltas día y noche, siempre las mismas vueltas, se ha detenido. Ya no hay tiempo. No es que no quede tiempo, no, eso es otra cosa. Queda el mismo tiempo que quedaría, es decir, esa incógnita que hace más intensa la vida. Una vida en la que dejemos correr el tiempo. Lo liberemos de su esfera. Que ande los caminos. Que se tumbe a la sombra de los robles. Que se bañe en el mar. El tiempo. Que salga de donde está y se venga con nosotros a vivir.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Café il tempo 11


El tiempo distrae. Una atracción de feria frente a la que se arracima una cola de gente para disfrutarla, con la vista en una taquilla que nadie ha abierto. Un estadio vociferante que hierve ante una final que ya ha sucedido antes de que los jugadores salten al campo. Un caramelo que ha caído en la arena justo al salir del envoltorio. El tiempo ciega. Quien sabe cómo tratarlo siempre se equivoca. Quien se deja arrastrar por él nunca acierta. El tiempo, el espejo dentro del cual uno cree que ocurre lo que acontece enfrente. Es lo que nunca pasa.

martes, 23 de septiembre de 2014

Café il tempo 10


Había conservado las cajas y folletos, también las etiquetas con el nombre y dirección de la tienda donde los había comprado tras despegarlas del papel del envoltorio. Guardaba recortadas las páginas de periódico donde anunciaban los modelos que adquiría. Se hizo una foto a color —aunque ahora los colores hayan virado hacia un amarillo verdoso, casi gris— con unas cuantas piezas colocadas en ambos brazos. Sonreía con cara de estar haciendo una travesura. Luego la enmarcó y aún señorea sobre la colección de relojes que, perdido ya su cuidado, campan por el puesto de venta poco ordenado de los Encantes.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Café il tempo 09


Un ramillete de rosas de plástico en el suelo, al pie de unos cubos de basura. Casi se podría decir que están secas. La suciedad les ha dado la pátina del tiempo. Su fabricación es mala, en el perfil no cuesta ver la rebaba del molde. Las nervaduras de las hojas han sido dibujadas de cualquier manera. No sé por qué me he detenido en este lugar de la calle a contemplarlo. Tal vez por la misma razón que alguien no quiso lanzarlo al container. Un ramillete de rosas que, sin embargo, supera en algo a las rosas. Es eterno.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Café il tempo 08


No es cierto que un poema detenga el tiempo. Un cuadro, una sonata, un libro. Si lo detuviera significaría que el tiempo avanza, algo impropio de su circularidad. Avanzamos nosotros. Tampoco nos detiene. Si acaso, lo único que hace un poema es mostrarnos la textura de un presente. Señalarnos el valor, siempre subestimado, del presente. Es curioso, aguardamos con impaciencia el futuro. Y cuando llega, continuamos esperándolo hasta el momento en el que añoramos el pasado. Como si nos sobrara el tiempo. Todo el tiempo. Lo que hace un buen poema es enseñarnos a vivir en él. En su instante.

martes, 16 de septiembre de 2014

Café il tempo 07


En el mercado donde compraba mi madre los viernes me llamaba la atención, de niño, un puesto de huevos. Estrecho, bien iluminado, mármol blanco, báscula blanca, bata blanca. Cuando pesaba huevos blancos parecía que nadie pesara nada, pero que alguien, a quien entregaban una bolsa blanca, pagara por ello. ¿Cuánto? En una ocasión mi madre me dijo ve y compra una docena. Yo tenía doce años y recuerdo que le pedí un billete para pagarlo. Me dieron tantísimo cambio. Me hice a la idea de que era un producto barato, el tiempo. Por si acaso, no he vuelto por allí.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Café il tempo 06


La nieve deja dos montículos sobre la acera y en medio traza una senda donde se pisan unas a otras las huellas de los transeúntes. En los diminutos canales que graban las suelas de las botas se remansa una agüilla sucia que chapotea al ser hollada. Escucho con atención este sonido si no cruza algún autobús en aquel momento. Una y otra vez, a cada paso, podría establecer, pienso, una suerte de minutero que rigiera el tiempo. Impulsado por mis piernas; cada intervalo semejante, sí, pero nunca idéntico. Un lapso en el que uno podría echar a correr. O detenerse.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Café il tempo 05


Desde la ventana, los días lluviosos, veo pasar a los transeúntes, salvo al confiado que se dejó el paraguas en casa, resguardados por su reloj. Un reloj sin manillas ni numeración, pero redondo como una pieza de Chejov. Sé pocas cosas mirando el desolado nylon que cubre a los viandantes. Reconozco el sexo. Negro, varón. La prisa. Y puedo seguir el rastro de cualquiera con mayor facilidad si, por ejemplo, entra en un comercio. A la salida lo distingo sin confusiones. Es decir, el reloj que cubre cuando llueve desnuda a las personas. ¿Hay algo más que se necesite saber?

martes, 9 de septiembre de 2014

Café il tempo 04


—Una carretera. 
—¿Carretera? 
—Sí señor. Igual que una carretera. A veces estás en un sitio y quieres llegar a otro cuanto antes. Fíjate, no estás ni en un sitio ni en otro. Solo en la carretera. 
—¿En la…? 
—Equiliqua. En otras ocasiones has pasado por un lugar que te ha gustado mucho y al dejarlo encuentras otros que te gustan menos, querrías regresar al anterior, pero ya no puedes, y el lugar donde estás solo sirve para martirizarte de que no estás en el lugar que estuviste. 
—¿Y? 
—Mayormente, que no hay ninguna carretera. Transitamos por ella, pero no existe.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Café il tempo 03


Está sentado en el suelo. Las losas del balcón al que acaba de alcanzar la sombra transmitirán aún el calor del sol. La media luna de la mecedora donde se balancea ella emitirá un leve crujido de rozadura de madera. Descalza impulsa el bamboleo y cuando lo hace se tensará un hueso longitudinal en el pie. Se entretendrá él contemplándolo. Una hilera de hormigas pasará bajo la barandilla. La melena de ella oscila con el movimiento. Los ojos de él han desaparecido tras unas gafas de sol, por eso cuando mira el reloj antes de levantarse sé qué hora es.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Café il tempo 02


En el patio de vecinos se pelea el zumbido de un aparato de climatización con una escala de piano interpretada una y otra vez. He salido a fumar. El aire expulsado por la máquina enloquece la colada del piso superior, que bocabajo no cesa de bailar. Una voz solista emerge en la sinfonía del edificio. Vas a llegar tarde, alguien chilla. Exhalo una bocanada de humo que se ensancha y disgrega en su ascenso. Los gritos se repiten. Las aspas del ventilador del tiempo nos chalan igual que a la ropa, pienso. Luego miro el reloj y olvido lo pensado.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Café il tempo 01


Se me ocurrió fotografiar un reloj en plana calle cuando fui a mirar la hora y vi que estaba parado. Me dio la impresión de que llevaba tiempo detenido. Alcé la cámara y capté el instante. Estaba contento con la foto, pero no sabía bien por qué. La inercia me llevó a fijarme que las calles de la ciudad están llenas de relojes, la mayoría en hora. Seguí fotografiándolos. Cuando revelé el carrete descubrí una obviedad que se me había pasado por alto. No distinguía qué relojes funcionaban y cuáles no. En las imágenes, todos los relojes estaban parados. Siempre.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Café il tempo 00


Igual que los espejos, las botellas de vidrio oscuro y etiqueta descolorida, las falsas cornisas y la pajarita del camarero, a menudo igualmente engañosa, el reloj que preside la sala del Café solo lo decora. No señala el minuto que rige dentro, se limita a informar de que al otro lado de las cristaleras, en ese terrario que se puede mirar donde se mueven personas y vehículos y resulta tan parecido a la realidad, transcurren las horas. Nunca en el interior. El formol de las palabras y, de vez en cuando, de una mirada conserva intacto el cadáver del tiempo.

lunes, 25 de agosto de 2014

«Los desarzonados», de Pascal Quignard



Tiran la soga de un portal a otro. De un lado empieza uno cavando un hueco en el suelo con el tacón del zapato, a coces, mientras el otro se limita a echar un poco de arena por encima. Y es lo que hacen. El trote ya se anuncia en los adoquines de la plaza, luego el conde encara el callejón donde le aguardan. Al tensar la cuerda que interrumpe el paso, caballo y caballero caen a tierra. Cuatro sombras, dibujadas en negro con una gota de pintura dorada para la daga que blanden, se arremolinan sobre un mismo cuello.

Solo un quinto hombre, embozado en el portal y en pie, despide al conde con una blasfemia. El caballo da un respingo y se levanta en el acto. Tras menear la cabeza hace un asomo de relincho, pero se entretiene en soplar unas pajas. El caballero desarzonado aún tiene tiempo de expulsarse de una palmada la arena en la culera del pantalón antes de que su camisa se tiña de luz púrpura. El sombrero, que como el de Lanzarote había lucido una pluma por el abrazo de la Reina Ginebra, se revuelve por el lodo, con las dos plumas pisoteadas.