martes, 2 de febrero de 2016

Dietario de sensaciones, 7


La platea está inclinada hacia el escenario. El suelo, alfombrado. Las butacas son de terciopelo rojo. La altura de la sala es enorme y está flanqueada por cinco círculos. El frontal de los cinco pisos y los palcos brillan decorados con molduras doradas. También el arco del proscenio luce laberintos áureos que encierran tres ojos con pinturas contemporáneas. El telón, con ondulaciones carmesíes, aguarda el momento de ser alzado. Una gran lámpara cenital, en el centro de un artesonado de fantasía, ilumina. Cuando se apague, todo quedará en silencio y sonará orquesta. En el camerino, los cantantes calientan la voz.

jueves, 28 de enero de 2016

Becqueriana / 84


En el hogar el fuego, charlatán irredento, ensaya un monólogo hamletiano. Sus versos arropan aunque no se les haga demasiado caso. Hoy preservan también del frío la chaqueta de las caricias y la blusa de los besos. Dos cuerpos tumbados sobre la alfombra azul de lana navegan el mar del tiempo. Un trío de cámara, el que forman un piano en el tocadiscos, el chisporroteo en la chimenea y el violín de los suspiros, le pone melodía a la danza de las estrellas. El gozo viste los cuerpos, el deseo abriga los corazones. La noche ciega con recato las ventanas.

sábado, 23 de enero de 2016

Becqueriana / 83


Donde el espacio nunca se degrada
por la luz o las tinieblas, u otro tiempo.
G. UNGARETTI

Apareciste en el portal
vestida de rojo
G. UNGARETTI

En los espacios que no degrada el tiempo siempre te encuentro. Apareces, sin haber llegado de ningún sitio ni haber entrado por puerta alguna, vestida con una camiseta de color rojo que también es una falda muy corta. Enlazas tus brazos a mi cuello y mi camisa y la tuya se abrazan en nuestro abrazo, primero, y después continúan abrazadas, como la encarnación de una metáfora, cuando caen al suelo y son tu piel y mi piel las que se estremecen al rozarse. Y después, cuando amanece, te descubro dormida sobre mi pecho en el espacio que el tiempo alumbra.

miércoles, 20 de enero de 2016

Becqueriana / 82


Una gota de rocío al lanzarse por el tobogán de un pétalo; un copo de nieve que resbala por el tejado de una casa de piedra; una pluma desprendida del ala de un cormorán que vuela arrastrada por el viento; una hoja otoñal alejándose del bosque; una semilla en el hatillo del campesino esperando el designio de su mano; el fruto que abandona jovial el olivo cuando la vara del aceitunero agita las ramas; la luz de una luciérnaga encendida en el corazón de la noche; maneras cómo avanzan unos labios cuando van en busca de otros labios para encontrarse.

jueves, 14 de enero de 2016

Becqueriana / 81


Los poemas de amor se escriben con la caligrafía secreta de los laberintos, pero tienen la apariencia clara, sencilla y rotunda de una flor. Se leen con la facilidad que tiene el agua para encontrar un cauce cuando desciende una ladera, pero ocultan el lugar exacto de la fuente, que solo dos conocen. Un poema de amor flota siempre sobre la superficie del significado, abierto como un nenúfar con los colores mejor combinados, pero sus raíces se hunden en la profundidad del sentimiento, de la voluntad y del deseo, lugares que la luz nunca ilumina. Nacen del fondo del ser.

sábado, 9 de enero de 2016

1916

Rubén Darío regresa a la ciudad de su niñez, León. 

Un silencio bordado de piar de pájaros y el zumbido de algún insecto cubren, como el polvo que no hay, la vieja mesa de madera blanca y las sillas de enea donde se sentaban a transitar por la humedad de las tardes. Una luz taciturna envuelve la galería donde nadie ensucia los ladrillos ni ha abandonado la lata que fue transatlántico o el tronco pelado de ceiba que se podía montar como a rocín. Aún guardará la baranda muescas que recuerden mis rodillas. Cuando me siente con la vista perdida en el anochecer oiré mi voz llamándome para la cena.

miércoles, 6 de enero de 2016

Dietario de sensaciones, 6 (La mañana de Reyes)


Mañana de pies descalzos que corren pasillo arriba, pasillo abajo. De gritos ahogados. Chillidos de sorpresa. De alegría. Mañana de zapatos alineados cubiertos de paquetes. Con colores brillantes. Con lazos. Con cartas. Con enigmas por desentrañar. Mañana de papeles rasgados. De papeles emulsionados. De papeles explosionados. De cajas huidizas, voladoras, fulminadas. Mañana de sonrisas, de risas, de carcajadas. De sueños cumplidos. De ilusiones reales. De inocencias convencidas. La mañana del año. Sin siquiera tiempo para vestirse, para desayunar, para ponerse el abrigo. La mañana de las sorpresas. Del candor. De los cánticos inarmónicos con los que se expresa la felicidad.

sábado, 2 de enero de 2016

1616

Juan de Tassis, Conde de Villamediana, duerme en un palacio florentino 

Reposado apresuramiento, impulso en calma. Estos mármoles, los jaspes estos. Algarabía serena, pasmada celeridad. La voluta de humo dorado, el salto del corcel impertérrito. Estos suelos donde los sentimientos atrapan la piedra, estas paredes donde los lienzos se iluminan con vigilias soñadas por un ahogado. En el centro los baúles, sin deshacer, y entre las ropas, acaso pasto de la misma polilla, las cenizas de un tiempo ajeno al tacto, al olor, a las voces que le otorgaron realidad. Este flujo de sangre petrificado, los carraras estos que estancan el desbordamiento aquel. La paz en el tapiz de una batalla.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Pequeño cuento de Nochevieja


—Bueno, al fin.
—Al fin, qué.
—Ya se acaba.
—Pero si enseguida vuelve a comenzar.
—Pero se habrá acabado.
—Si no da tiempo a pensarlo. Y ya ha empezado.
—Será distinto.
—El número.
—Habrá algo diferente, digo yo.
—El número.
—No solo.
—¿Qué?
—No sé. Algo.
—Qué va. Todo lo que había continúa.
—¿Todo?
—Y, lo peor, todo lo que faltaba seguirá faltando.
—¿Y entonces?
—Un espejismo.
—¿No acaba?
—Solo lo parece.
—Yo creía que al fin había un final.
—Iluso.
—Yo creía que al inicio había un principio.
—Botarate.
—Tampoco es eso.
—Ni lo contrario.
—A mí me parecía.


lunes, 28 de diciembre de 2015

1951

José María Fonollosa se instala La Habana 

Al tratar de desanudarla, la goma que sujeta la maleta se suelta con un chasquido contra las losas, se abre y dos o tres libros ruedan por el suelo. El verde alcoholizado de las paredes se carcajea con el tropiezo, y a la cómoda no le importa ser cojitranca y tuerta para sumarse a la chanza. Lamparones antiguos, en honor de las prisas que impidieron retirarla, bailan sobre la colcha. La tarde es la única excluida en la fiesta. Enmarcada en listones sin barnizar preside el cuarto una lámina con un paisaje de abetos blancos junto a un río helado.

sábado, 26 de diciembre de 2015

1827

José de Espronceda llega a Lisboa 

Como si hubiese crecido el marco pero no la puerta, o rota la antigua la hubieran cambiado por otra menor, podría haber metido una mano por el hueco antes de abrirla. Ese extraño acento en el que los sonidos acaban antes que las letras lo escucha también en el armario con medio espejo, que solo refleja la bolsa si la deja caer, o en la cortina cuyos jirones pasarían por flecos. Y no es la pobreza lo que le habla en los pobres muebles, sino un idioma que no descifra, una luz que no comprende, una soledad ente tantas voces.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Pequeño cuento de Nochebuena


—Siempre me ha parecido una tomadura de pelo. 
—¿La navidad? 
—Claro. Verás: ¿cómo es posible que dé a luz todos los años siempre el mismo día? 
—La práctica. 
—Debe de tener el calendario por la mano. 
—A quien no se le ve el pelo es a ti. ¿Qué haces por estos barrios?
—Cada año vengo. 
 —Eso, de año en año. También tienes práctica en aparecer. 
—No, solo vengo a por una carta. 
—¿Aquí? 
—Sí, me la guardan, donde vivía antes. 
—¿Una carta? 
—Un colega de la mili. Me felicita las Pascuas, ¡desde hace cuarenta años! 
 —Y tú, ¿le contestas? 
—Nunca.

martes, 22 de diciembre de 2015

1602

Luis de Góngora se aloja en Cuenca, junto a los pinares del Júcar 

Aljofarada luz la que el ventanuco lanza contra la cal para que ejerza de rosetón sobre el camastro. Se podría perseguir su antigüedad si la paciencia fuera, además de una virtud, un consuelo. En la esquina, una jofaina agrietada musita oraciones contra la pared. Una mesa mal desbastada acoge con holgura el saco que deja encima por no confiar en la camaradería del enladrillado. El murmullo de las aguas llega tan cansado como sus huesos desde el fondo del barranco. La pajarería le añade las consonantes. Se sienta sobre la manta y al apoyar la mano no recuerda mayor tosquedad.

sábado, 19 de diciembre de 2015

1901

Juan Ramón Jiménez ingresa en el sanatorio de Castel d'Andorte 

La puerta del balcón traza con la luz de la tarde una figura geométrica en el extremo del cuarto y le dibuja una falda de claridad al armario de madera oscura, enfrente. Paredes blancas, un escritorio vacío, la silla recogida. Un cuadro que refleja en el cristal la cama. La cama, estrecha. Embutida en ambos costados por una manta color arena que la hace aún más pequeña. Una bombilla en el techo. Una lámpara sobre la mesita. El sonido a golpe hueco en la tarima al dejar caer la bolsa. Un crujido para cada paso cuando se acerca al balcón.

jueves, 17 de diciembre de 2015

«Noireclaire», de Christian Bobin


Una elegía que cumple con Noireclaire veinte años. Hecha jirones. Y de cada descosido de aquella densidad, una hebra de palabras. Apenas nada. Casi sin el rastro de quien camina sobre la nieve con las suelas limpias. Sobre la página, el eco de un dolor que se ha acomodado en el hueco de los ojos. El silencio que crea en torno a sí un verso. Acaso poesía, al fin, los remiendos, pacientes, sobre el antiguo paño. La caja de latón que conserva las agujas, el hilo y el dedal como única herencia del tiempo. De quien solo guarda la escritura.

martes, 15 de diciembre de 2015

«Las guerrilleras», de Monique Wittig


Escribir es adentrarse en una tradición. En la corriente que uno elige cuando sueña lo escrito. Algunos precedentes, sin embargo, se escogen a posteriori. En una librería de viejo encuentro este libro de Monique Wittig (traducido en 1971 por Josep Elias y Juan Viñoly sic). En la composición en fragmentos del libro, de la misma brevedad e intención que siempre he deseado para lo que escriba, descubro ahora lo que he aprendido en sus páginas sin haberlas leído. Y me enseña también que una tradición nunca es temática, siempre es estilística. Esa utópica mitología femenina me ilumina desde la escritura.

sábado, 12 de diciembre de 2015

«Un año en la otra vida», de José Mateos (tríptico)


Cada vez es menos inadecuado el adjetivo «póstumo» para calificar la obra de un autor vivo. José Mateos (1967) lo sugiere desde el propio título. Cada vez es más frecuente que un autor escriba después de la muerte de las ideas que le convirtieron en escritor. O en el escritor que un día fue. Y, de hecho, cada vez será más difícil que aquel autor que aliente mantener viva una obra literaria durante décadas no deba enfrentarse a la decadencia y agonía de las ideas que le despertaron las ganas de decir lo que creía que no se había dicho.

Un año en la otra vida se presenta como un diario. O mejor, tiene su forma, aunque no lo sea. Podría considerarse una novela. O quizá un ensayo. Porque un diario en el que se ausenta la vida de quien lo escribe deja de serlo. Pese a que no del todo, pues del diario queda un imperceptible latido. Como un selfy en el que el autor se aparte en el último momento para permitir ver lo que hay detrás tampoco es una foto de paisaje. Espejo al que alguien se enfrenta solo para ver lo que hay a su espalda.

El hilo que ensarta las jornadas de este dietario entrelaza tres hebras: la elegía y el duelo por el fallecimiento de una amiga, novia de juventud; tres membrillos que, a modo de naturaleza muerta barroca, van connotando el paso del tiempo, y una serie de encuentros póstumos, esta vez sí, con amigos y conocidos que un día fallecieron y que regresan para contarle al autor lo paradójico de un estado que ni siquiera desde la muerte se puede comprender. Cada entrada diaria, sin embargo, suele tratar un asunto y sobre él la lucidez de José Mateos se despliega provocando asombros.  

jueves, 10 de diciembre de 2015

«Ensayo sobre el lugar silencioso», de Peter Handke (díptico)


Es difícil encontrar otro escritor capaz de redactar cien páginas sobre los váteres de su vida donde haya una única frase irónica. En la página 50, como mojón medianero, quizá. Ironía que ni siquiera hace gracia, desafortunada incluso. Esta sensatez, sin embargo, no aparece a la hora de titular el libro. No es un «ensayo»: ¿será su segunda ironía? Prosa memorialista, sí, de interés. Y tampoco su «naturaleza es fragmentaria» como afirma en la página 48. Aunque separe los párrafos y los inicie con versalitas, todo el texto sigue un único curso, cohesionado y coherente. Sin teselas, un solo trazado.

Conocemos los lugares nombrables de quienes hacen memoria. Raramente los innombrables. Sí los compartidos o sociales (tugurios, burdeles o playas solitarias), pero no es frecuente descender de ahí hacia los lugares subjetivos intrascendentes. Donde nada ocurre. Nada decible. Lugares efímeros que poseen, sin embargo, una densidad que el tiempo (ajetreado e indeciso entre pasado y futuro) desconoce: son presente en un presente. Y quizá solo por eso se incorporan, sin que haya razón alguna para revivirlos, al recuerdo. Intransferibles, por endebles e inanes. Estos son los espacios que Hanke revela: su geografía secreta (y seria) de «retretes» y «lugares retirados». 

martes, 8 de diciembre de 2015

«Como um hiato na respiração», de João Barrento


Este «Diario del día siguiente» es el libro de los saberes y de los deseos convocados para cuando ya no exista día. Celebración a la que por primera vez no se va a poder asistir, sin que ni siquiera sea necesario excusarse.  Y sin embargo, imaginado, ese día venidero, acompañado por el pensamiento que deja una señal por donde pasa, iluminado por las luces que han brillado en el instante antes de apagarse, ese día —el de la muerte libre, como escribe João Barrento (1940)— le proporciona al tiempo la hondura de la que carece, la vida que le falta. 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Dietario de sensaciones, 5


La brisa de poniente baila melodías románticas con la ropa que hay tendida a secar. Abraza los vestidos por la cintura, aletea en el dobladillo de las faldas, acaricia la seda de las blusas, se enamora de los colores de las camisetas. Da vueltas alrededor de los pantalones variando la tonada para que sus perneras se agiten al ritmo casi frenético de la modernidad. Arranca un tango con el jersey de cuello alto que bocabajo parece el rey de la indolencia. La brisa no se pierde nunca un baile antes de que las sombras clausuren la fiesta. Tampoco las sábanas.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Dietario de sensaciones, 4


Cada hogaza, cada rosca, cada torta son piezas únicas. Por similares que parezcan bien ordenadas en la panadería, jamás hay dos iguales. Amasadas por unas manos hábiles, pero no mecánicas, atravesadas cada día por un pensamiento. Horneadas por un fuego que cada noche se inventa su manera de arder. Enfriadas por una temperatura diferente. Cada pan es la concentración del tiempo en un instante. Y cada instante es una creación del vivir. Cada pieza luce las formas y las características de un presente. También su sabor varía en cada barra, se vive de manera distinta en cada beso, digo, bocado.

martes, 1 de diciembre de 2015

Dietario de sensaciones, 3


La niebla reescribe la realidad con sus fantasías. Borra el horizonte, oculta la torre de la iglesia, diluye las copas de los árboles entre las nubes bajas, matiza los colores, permite que las hojas lloren con desconsuelo, deja a la hierba recién salida de la ducha, ciega los cristales de las ventanas y a quienes los miran, juega al escondite con las señales de tráfico, oscurece la arena del parque, alimenta los charcos, rejuvenece el cutis de las losas, da de beber a los pájaros, adorna con destellos acharolados las fachadas, crea enigmas. Nada se parece a como era ayer.

sábado, 28 de noviembre de 2015

El pabellón dorado [y 30]


Mi sueño favorito se parece a mí. Quiero decir, lo conozco tanto como me conozco a mí, que nunca me he visto e ignoro cómo es mi expresión, qué aspecto tiene mi piel, cómo me sienta el flequillo medio tieso que tantas veces al día me recoloco. Tiene un nombre, como yo, el sueño que prefiero. Y lo sé todo de él de tantas veces que lo he soñado, aunque esté formado por dos palabras vacías, como mi rostro para mí. Ni sé lo que es «pabellón» ni sé cómo destellan sus «dorados». Sin embargo nombrarlo me emociona. Mi sueño.

jueves, 26 de noviembre de 2015

El pabellón dorado [29]


Me gusta soñar. También cuando duermo. Los sueños desordenan. Desobedecen las normas de causa y efecto que tan aburridas resultan. En un sueño uno no tropieza y se cae. A veces se cae sin haber tropezado. El espacio se olvida de mostrar su vestido de esquinas y obstáculos. Se desnuda para el durmiente. Cobra una realidad volátil. Está sin estar. No aprisiona. Ni asusta. Tampoco el tiempo, que sencillamente no aparece. No hay salas de espera en los sueños. Por eso los disfruto tanto. Las voces surgen y se borran, los sonidos se insubordinan. Nada hace caso a la materia.

martes, 24 de noviembre de 2015

El pabellón dorado [28]


He vuelto a soñar contigo, madre.
¿Y cómo sabías que era yo?
Porque te he visto.
¿En el sueño?
Claro, ¿dónde iba a ser?
¿Y estaba guapa en tu sueño?
Siempre serás la más guapa.
¿Había ido a la peluquería antes de aparecer por tu sueño?
Eso seguro, no te he visto nunca despeinada.
Ni cuando me levanto.
Ni cuando te levantas.
¿Y estaba elegante en tu sueño?
Espectacular. Sobre una alfombra roja.
¿Has soñado también la alfombra roja?
Eso no lo recuerdo.
Creo que me estás engañando.
En absoluto. Eras tú. Tenías la voz más dulce de cuantas conozco.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Becqueriana / 80


El cuerpo es el libro donde se lee el alma. El alma es la escritura de los días sobre la piel. La piel es el cajón de las metáforas de los sentimientos. Los sentimientos son las noches con estrellas bajo los párpados. Los párpados son la cubierta que se cierra en las manos cuando se acerca el sueño. El sueño es el dibujo de un paisaje antes de ver el paisaje. El paisaje es el símbolo de los pensamientos. Los pensamientos son estremecimientos que el sol del mediodía ha evaporado de las aguas del río. El río es el cuerpo.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Becqueriana / 79


Se entretienen mis dedos en los ojales de tu vestido. Con los botones juegan. En el estampado recogen flores para un ramo. Restablecen dobleces en el cuello y lisura en la caída de la falda. No dejan ninguna hechura por repasar. El dobladillo vigilan. La tela planchan con espíritu nómada. Nada queda secreto en tu vestido a la curiosidad de mis dedos. Lo transitan por encima y lo examinan por debajo. Lo estiran, deshacen arrugas, lo alinean con los hombros, arreglan las mangas y solo se sienten satisfechos cuando queda ajustado a la perfección a tu cuerpo. Entonces, te desvisten.

martes, 17 de noviembre de 2015

Dietario de sensaciones, 2


Hay un pájaro que picotea entre las macetas del balcón. Nos ha dejado de repente en silencio. Inmóviles. Por ver cómo da saltos de un lugar a otro, confiado, sin darse cuenta de que hay alguien cerca observándolo. Sus plumas oscuras reflejan el sol de la mañana y sus ojos parecen orbitar alrededor de la cabeza. La situación casi hace reír. En cuanto la descubra, echará a volar. Es solo un instante el que regala su paso en busca de insectos. En cuanto algo se mueve, ya no está; pero el encanto permanecerá picoteando entre las macetas cuando las miremos.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Dietario de sensaciones, 1


Leo. Lo que anda alrededor desaparece por completo. Lo que me muestra la luz amaneciendo lo borra la blancura de la página y sus hileras de hormigas. Lo que me cuenta la flor que anoche puse en un jarrón lo olvidan los ojos pendientes de cuanto ocurre en otro lugar, en otro tiempo, con otros nombres. Lo que me dice el gato lamiéndose la pata en el alféizar no lo oyen los oídos, que escuchan solo el sonido de las palabras. Pero cuando cierro el libro y miro alrededor, de repente entiendo mejor la luz, la flor y el gato.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Encuentros en la tercera frase


—No habíamos coincidido antes aquí, ¿verdad?
—¡Ah! ¿Me lo dices a mí?
—Sí, a ti.
—¡Vaya! No te había visto.
—Claro, vas siempre tan alterada.
—¡Puaj! La vida que llevo.
—Tan encorsetada.
—¡Bah! Y todo para nada. Nadie me hace caso.
—No digas eso. Yo me preocupo por ti.
—¡Rayos! ¿Y tú quién eres?
—Me llamo Artículo Indefinido, aunque la gente me llama Un.
—¡Hola, Un! Es verdad que no solemos coincidir mucho.
—Bueno, como soy algo impreciso a veces ni se me ve.
—¡Quiá! No digas eso, te veo perfectamente detrás de esta exclamación.
—¿Por qué no la quitamos?

miércoles, 11 de noviembre de 2015

«En la tierra de Nod», de Pedro Juan Gomila


Desterrado En la tierra de Nod, Caín se convierte en fugitivo de sí mismo. Yo y al mismo tiempo Otro, desdoblándose solo para ser él y para conocer la devastación. Pedro Juan Gomila (1967) escribe esta crónica de amor despiadado y crimen sobre su propia memoria, también desdoblada entre el licor de Eros y la sed de la culpa: «¡le tientan tantos labios que muerden al besar!»  Ayudada por mitos bíblicos, clásicos y actuales, su escritura hereda el vigor y espanto de las historias antiguas. Y su poesía se adentra en el territorio, siempre indisociable, del bien y del mal.

lunes, 9 de noviembre de 2015

«Hielo seco», de Isabel Bono


Ante esta colección de «aforismos» no sé si decir que la escritura de Isabel Bono (1964) ha sido siempre aforística o que estos aforismos son poemas disfrazados. En todo caso el género sirve para comprenderlos: al carácter de sentencia o regla, a la que aspira el modelo, Isabel Bono le da la vuelta y lo escribe del revés —como si el adagio se mirase a un espejo— convirtiéndolo en una leve paradoja de lo desigual y efímero. Un proverbio que se palpa nervioso los bolsillos porque ha perdido su máxima. «Si me quedo sin este dolor, ¿me quedo sin nada?».

sábado, 7 de noviembre de 2015

«Serie», de Vicente Luis Mora


Deja Vicente Luis Mora (1970) en blanco la página donde transcribe su poema de la «rosa», tras una lúcida reflexión sobre la imposibilidad de continuar con una tradición discursiva que ya no coincide, en la comprensión de lo real, con la idea y el conocimiento que hoy se tiene de la realidad. Este tal vez sea el primer esfuerzo de la poética de Serie, la creación de un lenguaje poético que revele lo que la comprensión está viendo. Y el siguiente paso es cuestionarse en qué ha cambiado la sensibilidad ante las pulsiones de un mundo a ritmo de píxel.

jueves, 5 de noviembre de 2015

«Los días extraños», de Manuel Rico


Hay poemas de Manuel Rico (1952) que el lector ve crecer en la mirada de quien al observar desentraña cuanto le rodea como «lecciones del tiempo». Otros, sin embargo, prenden en desvaídos legajos del recuerdo que, embebidos ahora en palabras, consiguen recobrar la luz original y el significado que tuvieron sus matices. Estos poemas y aquellos forman la gramática de la memoria, un idioma con el que comprender los sentidos que la vida acumula entre los años y una lengua, también, para atrapar los lugares y objetos donde perviven «esos días / en que fuimos felices sin saberlo del todo».

martes, 3 de noviembre de 2015

«Niños enamorados», de Mariano Peyrou


La poética de Mariano Peyrou (1971) no admite duda: «la comprensión / estorba y es patética como un dibujo / figurativo». Esta «irrealidad» no es, sin embargo, una cuestión retórica, sino una auténtica percepción de la realidad como encrucijada de todos los tiempos, como confusión de los contrarios y como indefinición esencial de cualquier definición. Con estas premisas Peyrou revisa ideas líricas —deseo, seducción o paternidad— con resultado sorprendente. Agrimensor de vacíos, traza un pensamiento que se arremolina en el lector y le conduce por donde nunca ha ido antes y tiene la sensación de que tampoco está yendo ahora, mientras va.

domingo, 1 de noviembre de 2015

ਡਿੱਗ


Resuella al avanzar. Recorre el bosque por las sendas donde los jabalíes han removido las raíces y la maleza ha borrado la tierra apretada por la memoria de los caminantes. La acémila le sigue con dificultad. Los cascos rebotan con un ritmo pausado. Como el de su andar. El hombre de los tintes de vez en cuando se detiene en un claro. Suelta el barreño, que al caer dibuja un círculo en la hojarasca. Desata los sacos, los que contienen sus colores preferidos. Ocres, granates, dorados. La mula busca brotes verdes entre la hierba seca. La tarde se siente herida.

martes, 27 de octubre de 2015

Becqueriana / 78


Escribas de los designios de la lluvia, artesanos del barro de las palabras, el lenguaje es la piel donde, al ser acariciados, se estremecen los cuerpos. Con más realidad que la realidad, las metáforas se encuentran, se cubren unas a otras con la saliva de los besos, se comunican extensos códices en el contacto de sus lenguas, las manos tañen con sabiduría el instrumento que produce el suspiro más dulce. Las metáforas se despeinan, sudan, gimen. Amanuenses de la disposición de los guijarros en los caminos, menestrales del metal de los sonidos, desnudamos el lenguaje para abrazarnos en su interior.

domingo, 25 de octubre de 2015

Becqueriana / 77


La melodía del bosque suena. Los pasos firmes, su armonía lenta. Una música que se baila con los pensamientos sosegados, casi detenidos, los ojos sin dar abasto, las manos nómadas entre la maleza. Una luz tenue, que la fronda protege de estridencias, moteada por destellos sobre aquello que se ve. Un sin nadie que es al mismo tiempo una multitud. El bosque. La inmensidad íntima. El lugar donde las horas viajan a lomos del diente de león acabado de soplar. La senda que el caminar traza le conduce a cada uno a sí mismo. Palabra, espacio, instante. Crepitación de hojarasca.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ y 45


La lluvia deja caminos de agua en la ladera, cauces tumultuosos que dan saltos infantiles sobre las rocas, que serpentean entre los árboles o que corren hasta quedarse sin aliento. Ofrece una prosa exuberante escrita sobre las hojas, sobre la arena, sobre las piedras; en cualquier parte su caligrafía brillante y húmeda atestigua su paso. Interpreta melodías de exquisita belleza, el goteo de un canal de desagüe en el tejado, el murmullo nervioso de un torrente o arrullo de un arroyo por el prado. Hay que leer la lluvia con devoción de discípulo. En ella uno aprende a pasar inadvertido.

jueves, 15 de octubre de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 44


La granada es el único fruto que muestra con orgullo la pátina del tiempo en su piel. Cuadro expuesto durante años junto a una ventana, el polvo de las estaciones ha oscurecido sus colores. Bronce que culmina la piedra blanca de una fuente, la intemperie ha escrito su épica ciega sobre los antiguos destellos. Es también el fruto con mayor densidad en su interior. Es a las frutas lo que los rascacielos a la ciudad. No resulta fácil descascar una granada. Hay que utilizar los dedos con el arte que admiro en las manos al rondar por un cuerpo emocionadas.