lunes, 10 de agosto de 2020

Dietario de sensaciones, 80



Al lado de la realidad siempre hay un bosque. Un bosque más real que el espejismo de calles empedradas y tráfico amorfo, que el horario de los trenes y que los noticiarios en la radio al amanecer. Basta dar un paso hacia el costado y una ya está fuera de la falsa realidad de lo real. En el bosque los senderos transitan bajo la umbría de las copas y atraviesan claros donde la vegetación cubre el horizonte. Los pájaros acunan a los árboles con sus canciones y las ardillas ensayan sus ejercicios circenses sin aspirar a mostrarlos en ningún circo.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Dietario de sensaciones, 79



El silencio es la marquetería geométrica del marco. El paspartú y el cristal. Un lienzo doblado en el cajón de un armario, un grabado traspapelado entre libros que solo acumulan polvo, una fotografía arrugada. Como caminar y no oír los pasos, tamborilear sobre el vaso de cristal y no apreciar el tintineo, posar la taza sobre el plato tras el primer sorbo en una película muda. El silencio es el amante de los sonidos que rescata el lienzo, el grabado o la fotografía y los enmarca y los cuelga. El gesto que permite escuchar la cotidiana sinfonía de mínimas resonancias.

sábado, 1 de agosto de 2020

Dietario de sensaciones, 78



Es falso, siempre lo he pensado, que al cine mudo le sucediera el cine sonoro. En realidad, quizá ocurriera al contrario. El cine sin voces era locuaz. Hablaban las imágenes. El canal de sonido lo convirtió en mudo: lo mismo que decían las imágenes pasaron a decirlo las voces. El encuadre de un río. Y un personaje que dice: «Mira, un río». Al cine sonoro le ha sucedido el cine callado, en el que nada dice. Es mejor que las imágenes digan y que los sonidos dibujen imágenes, por eso a veces hay que cerrar los ojos para poder verlo.

martes, 28 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 77



La tarde que se pasea por el campo confiado del verano se aloja después, envuelta en un pañuelo, en el interior de un cajón de la cómoda. Cada vez que se queda ahí una, se crea un vacío para la siguiente tarde. No es una acumulación ese habitar, sino una apertura de espacios. Cada paseo que se suma al conjunto es solo la expectativa del siguiente. Su, se diría, consecuencia, o incluso, necesidad. Y sin embargo cada día es también el propio recuerdo de sí mismo. No se mezclan tiempos. El pañuelo los preserva. Con abrirlo, le devuelve su tarde.

jueves, 23 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 76



La luz se sienta a la puerta de una casa a coser el tiempo que no está. Una bufanda de lana gruesa para cuando no quede ninguna de las flores que ahora lucen animosas en los balcones ni los árboles se enorgullezcan del verdor con el que los mece la brisa. Cuando los abrigos, doblados en lo alto del armario, esperen en el colgador del vestíbulo y las botas avancen paso a paso clavándose en la capa de nieve que cubra la realidad. Lo que no se recuerda, la luz lo teje en la época liviana, festiva, de las sensaciones.

domingo, 19 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 75



Por la página en blanco de la mañana las botas van escribiendo un versículo. Ha nevado durante la noche. Se ha quedado la blancura con cuanto era conocido. El empedrado, los parterres, las señales, los edificios, los árboles. Todo lo borra de la visión. Y así voy calle adelante, inaugurando la realidad. Y por encima, los pasos que describen la peripecia. Un poema sobre la nieve, efímero, pero también eterno porque respira sin necesidad de caligrafía que lo conserve. Vive de su propio vivir. Lo escribe la diaria escritura. No necesita copias. El libro es, en cada pisada, ejemplar único.

martes, 14 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 74



El invierno se apodera de los espacios durante las ausencias. No ve a nadie moverse por la casa y se cuela por ranuras imperceptibles en las ventanas. Extiende la lona del frío sobre los objetos que encuentra. Muebles, ropas que descansan en el colgador, hasta los libros parecen tiritar. Del suelo emerge un dolor gélido que contagia el aire cuando se abre la puerta y el primer haz de luz ilumina desde la escalera el recibidor. También las camas lo padecen. El edredón, un río congelado. Las sábanas, siberianas. Dentro, solo la confianza empieza a dar calor a la casa.

viernes, 10 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 73



El expreso, en verano, ensarta a lo lejos ventanillas iluminadas en el cuello de la noche. Un collar que al mismo tiempo que se luce, se desabrocha para ser guardado en la cómoda. Hay algo que aprender en el tránsito del tren nocturno. Dejo, a veces, los ingredientes que crepitan en la sartén, o el libro bocabajo a mitad del párrafo. Abandono, otras, el cuaderno donde los poemas recortan y pegan sensaciones vividas durante la mañana, o la pantalla donde escribo escuetas líneas. Entonces acudo a la lección ferroviaria por si un día logro comprender qué significa su diario transcurrir.

domingo, 5 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 72



Una mano que arranca poco a poco la cinta adhesiva de la noche que cubre la superficie, el domingo. Debajo se descubre la luz, aún tenue, aunque para ese día ha cambiado los códigos. Prisa por silencio. Actividad por duermevela. Reloj por la camiseta que lo cubre. Un jubilado que juega a la petanca en la plaza mayor durante los días laborables, el domingo reparte el tiempo, una carta llegada desde lejos que se lee con emoción. Todo lo deja quieto —la persiana a medio subir, la ropa sobre la silla donde quedó la víspera—, menos la voluntad de sentir.

miércoles, 1 de julio de 2020

Dietario de sensaciones, 71



Se ha quedado la noche quieta, animal dormido a los pies de la madriguera. Las luces tatúan la piel oscura. Antes de ir en busca de los laberintos del sueño, fijo durante un instante la mirada ante la inmensidad. La noche llega con alteraciones. La luz se ha peleado con su final. Y nadie sabe quién ha vencido hasta mucho más tarde, cuando ruidos y movimientos se calman y se posan sobre la realidad. Hay que abrir entonces la ventana para olerla y para sentir la humedad en el cuerpo y escuchar el silencio. La noche quieta, corazón que late.

viernes, 26 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (séptimo)



Durante los crepúsculos de verano, cuando parece que el tiempo ha abandonado su puesto de mando, alrededor de una mesa, en el bar, los dos cuentan sus cuentos. Compiten. El uno apela siempre al doble sentido y el otro al sentido único. No me entendéis, repite el primero, quiero decir... El segundo no le deja acabar la frase: Pues dilo de una vez tal como suena. Nos gustan los cuentos. Todos. Tantos unos, enrevesados —simbólicos, clama su autor—, como otros, costumbristas, acaban por no poder acabar nunca. ¿Y de qué es eso metáfora?, interrumpe uno. Obviedades, ataja el otro.

lunes, 22 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (sexto)



En un banco de estación descansa la tarde nubosa. Gesto de despedida. La mujer que se ha sentado a su lado lleva un ramillete en las manos. Flores menudas, silvestres, de las que nacen en los taludes. Cuando se cruzan las miradas, la mujer sonríe. La tarde nubosa no sabe cómo corresponderle. El rostro adusto, la luz metálica, el relente en las ropas, pero agradece la sonrisa. Le deja junto al ramo una hora. «Luego llegará el expreso nocturno». «Pero aún falta una hora», grita la mujer mientras recorre el andén a toda prisa por vivirla con quien la espera.

jueves, 18 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (quinto)



Está demasiado cerca del camino —le avisaron al testarudo Olacio. Pero lo cavó en la tangente de su huerto. A él se lo llevó por delante un mal aire, pero el pozo permanece. Y aunque nadie saque agua, porque el campo olaciano dio en baldío al poco, de su aciaga boca siguen manando leyendas. Basta acercarse para oír llorar a un niño travieso, gritar a una muchacha demasiado curiosa o ladrar a diversos perros ladradores. No hay mal en el pueblo que no aceche desde aquel hueco en la tierra. Nadie ha olvidado el nombre del terco cavador de pozos.

domingo, 14 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (cuarto)



Desde niña, siempre he creído en la noche de las flores. Quiero decir, en la infancia claro que creen todos, pero yo continúo celebrándolo junto a mis nietas, con la misma ilusión. Soy de siete flores. Me gusta el siete, resulta útil para complicar las cosas. El prado en junio está pletórico de florecillas silvestres. Hay que elegir las más raras. Un ramillete que ni siquiera lo es, ni aroma tiene, bajo la almohada, coloreando los sueños. Desde niña, nunca me ha servido para soñar lo que me ocurriría luego. Solo aprendí a mentir, al despertar, cuando me lo preguntaban.

martes, 9 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (tercero)



Una maleta. No de las de cartón, pero casi. Sujeta con una cuerda y los cierres rotos. Llevaba ni se sabe desde cuándo en el almacén. Ningún empleado recuerda a qué anciano había pertenecido, ni por qué se guardaba si todo se entrega a la familia. Anciana, mejor. Un jirón de vestido de flores asoma. Hago lo que no debo. La abro. Ropa interior. Dos batas. Unas zapatillas. En una caja de galletas, un legajo de sobres en blanco. Sin sello, ni remite, ni rozaduras. Una carta en cada sobre. De amor. Dirigidas a la misma persona que las firma.

viernes, 5 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (segundo)



En el huerto de su abuelo se encargaba de recoger las mandarinas. Los limones, no; porque era pequeña y el limonero es un árbol traidor. Pero el mandarino crece poco y mira triste. Hojas lánguidas y oscuras que no le dan conversación a los pájaros, que huyen hacia copas más esbeltas. Luces, piensa; deseos, tal vez. No se explica cómo de un árbol tan feo y desangelado nazca un fruto tan brillante. Tan dulce. Su abuelo conocía el secreto y por eso se lo había dejado. Y cada temporada la ilusión por llenar un cesto de mandarinas ilumina su recuerdo.

lunes, 1 de junio de 2020

Cuentos del hada jubilada (primero)



En el interior de las palabras existe un melodioso silencio. Esferas de arcilla que antiguas manos modelaron y dejaron después que se secaran al sol. Con frecuencia, en su intercambio constante, solo se las conoce por la cápsula de loza que las envuelve. Algunas se han quedado apiladas en almacenes sombríos. Otras, padecen la erosión del uso fugaz, siempre toqueteadas. Es lo que me contó mi nueva compañera de pupitre. Me propuso que las rescatáramos juntas. Unas, de la oscuridad; otras, de la intemperie. Y nos tumbamos tantas tardes a escuchar lo que las palabras desde su silencio nos dicen.

jueves, 28 de mayo de 2020

De la pintura VII



Quizá haya que barrer el escenario, lavar los cortinajes, tirar a la basura el armazón decorativo de otras funciones. A los actores no hay que enseñarles su oficio, aunque hayan estado parados en esta temporada. Tampoco al técnico de iluminación, que está subido en lo alto, destornillador en mano. El escenógrafo de la nueva obra ya despliega sus decorados. La directora tarda en llegar, como siempre, un tiempo que aprovecha el ayudante para reírse de su jefa ante los empleados del teatro que reparan asientos. «Esta misma noche ensayamos», clama la directora desde el pasillo, «viene a vernos el Pintor».

sábado, 23 de mayo de 2020

De la pintura VI



Había empezado por casualidad. Un día decidió usar la bañera en lugar de ducharse porque le habían regalado, en un amigo invisible, un saquito con sales. Teñida de rosa, el agua le parecía pintura y la piel las cerdas que untaba. Se acordó de una fotografía de los años sesenta que retrataba a una mujer impregnada en pintura dibujando con su cuerpo figuras en el suelo al ser arrastrada por otra. A tanto no iba a llegar, pero salió de la bañera, despreció la toalla, y admiró cómo las traslúcidas salpicaduras ilustraban con sus brillos el parqué del piso entero.

lunes, 18 de mayo de 2020

De la pintura V



Largos, finos, ahuesados y sucios. Con restos de pintura que dibujan en la piel el trazo de líneas y cicatrices. Los mismos dedos que sujetan el pincel con precisión, que han serrado los listones y han claveteado encima la tela, ahora cuentan las monedas que dan de cambio. Y antes de entregar el cuadro, lo envuelve en la hoja de un periódico que se ha llevado por la mañana del bar donde toma el café. Y que no ha leído. Tampoco le importa que le compren una pintura u otra, con tal de regresar con lo suficiente para otra semana.

miércoles, 13 de mayo de 2020

De la pintura IV



En el arduo oleaje cromático sobre las paletas que utiliza quizá exista más pensamiento que sobre los lienzos que amontona en un rincón sin que nadie haya querido exhibirlos. En la simple madera donde coloca los colores por meditar su espesor, allí donde los mezcla obsesionado por el matiz que no existe. Luego, cuando ha tomado la decisión y el pincel los reparte por la tela, aflora solo una idea descabellada de la forma. Despropósito de las figuras. Un hueco que había dejado la historia del arte sin cubrir, de pura nimiedad, el pintor lo convierte en su esencia. Trivial.

sábado, 9 de mayo de 2020

De la pintura III



Basta con diluir blancos para reproducir lo que la luz ilumina, sin otro misterio que darle visibilidad a cuanto se está viendo. Una fachada al sur y la artesanía del artista. Prefiero el pintor que entre su mirada y la luz coloca algo, no sé, un árbol cuya sombra se extienda sobre la cal de las paredes; otro edificio, fuera de cuadro, que deje en penumbra una parte de las ventanas que ya no refulge al sol. El magisterio empieza al conseguir en los colores la umbría y en el lienzo lo que se ve, pero no acaba de verse.

lunes, 4 de mayo de 2020

De la pintura II



Cuando paseo por aquella calle, subo el repecho que se alza frente a la casa del pintor, en las afueras, y a través del balcón, abierto la mayor parte de los días, observo desde la distancia el cuadro sobre el caballete en el que esté trabajando. Aunque la mirada coincida con la dirección de la luz, la lejanía me impide admirar los detalles o la veracidad de cada color. La visión solo me sugiere una cierta idea. En alguna ocasión he visto al pintor contemplar su cuadro, encima de él, comiéndoselo. Pienso entonces que tampoco lo ve mejor que yo.

viernes, 1 de mayo de 2020

De la pintura I



Sobre el lienzo azul de la tarde los pinceles de la luz nos retratan mientras caminamos de la mano, mirándonos uno al otro, por un sendero de arena. La inquietud de los vencejos le obliga a la salpicadura, una gota negra en la tela que un giro ágil del dedo meñique directamente sobre el color convierte en movimiento de alas. Ni lo vemos, abstraídos como estamos en nosotros mismos. La brisa sobre el trigo que crece en los campos espolea el virtuosismo técnico de la luz. Un uso de crines cuya sutileza imita con perfección lo que no estamos mirando.

lunes, 27 de abril de 2020

Safo | El destierro 07



Las gaviotas. De repente no mueven el barco las sacudidas del oleaje en la madera, ni la panza tensa de la vela, ni el coro de lamentaciones de los remeros. Solo graznidos. Y en el horizonte, un bulto oscuro, un reptil de arena sobre las aguas. Siracusa. Dan ganas de sacudir las alas y de chillar con las gaviotas el nombre de los dioses dementes que mudan los destinos con un mohín en el labio superior. La «dulce bahía», la llaman los marineros que sueñan con otras geografías. El dulce muro creo que gritaré cuando mis pies reciban su aspereza.

jueves, 23 de abril de 2020

Safo | El destierro 06



Los días en Lesbos suben y bajan colinas. Con el báculo del pastor en la mano y los perros que jadean a sus pies. En el sudor que brilla sobre el pelaje de las acémilas y el chasquido de los cascos si golpean las piedras del sendero. Ante el relumbre del sol desde los herrajes y el crepitar de las sandalias al marcar el paso sobre la arena. Los días transitan. Las horas dentro del navío reverberan igualdades. Los ojos se mueven con el vaivén de las olas. No parece que exista abandono cuando nada parece dirigirse a ninguna parte.

sábado, 18 de abril de 2020

Safo | El destierro 05



El que siendo idéntico a sí mismo resulta desconocido. Impronunciable, aunque posea palabra que lo nombre. La sé. Me sujeta por la cintura desde que siendo niña descubrí las dimensiones del universo. Cualquier camino que emprendiera, allí iba. Y aun acostumbrándome a su presencia constante, nunca lo veía de cara. Desde las colinas de Ereso comprobaba cuán inabarcable era el ausente, y seguía con los juegos. Ahora son tus manos las del amante que recela. Y el escaso reino donde no reinas, las maderas húmedas que enfrían mis pies, es lo único que no eres tú, oh mar, el incógnito.

lunes, 13 de abril de 2020

Safo | El destierro 04



El atardecer construye paredes de adobe en el horizonte. Los ha dejado secar al sol durante el día en un baldío que desde babor ni se imagina. Pero basta levantar los ojos del agua para comprobar con qué premura alza el muro de la oscuridad. El que nos encierra en el gineceo con única y pálida ventana. Nos quedan los juegos con las manos, el peine con el que enmendar las travesuras del viento y los ojos, que donde no logran ver nada siempre miran el bosque de olivos cuyas ramas, de niña, me asustaban tanto como ahora la noche.

jueves, 9 de abril de 2020

Safo | El destierro 03



Como si lucieran vestida la túnica no visible de la desazón, los vientos olvidan qué les dio origen y desconocen cualquier destino que les aguarde. Reflejos de mi ansia parecen en su revolverse y alterar la honda filosofía de las aguas. Pasean el desgobierno por la enormidad vacía del espacio, pero en verdad veo que se encaminan hacia este cuadrado blanco que me aleja de donde los lugares tenían nombre. La vela los reúne como mantel de un ágape funesto. Y sentados a la mesa alzan sendos cálices de oro para arrancarme en cada sorbo de distancia una palabra mía.

sábado, 4 de abril de 2020

Safo | El destierro 02



Ni las vocales de la infancia en los arroyos por las calles durante las lluvias. Ni las consonantes, camino del templo, enredadas en el peplo que el sol sigue por verse brillar. Tampoco las tinajas enterradas en la arena con la cosecha transformándose en espíritu. Y de las canciones que aprendíamos en el gineceo durante el vuelo de las tabas queda el murmullo con el que se desea ahogar en los oídos el gemido coral de los remeros. El tiempo es el agua de la ola cuando se retira tras borrar las huellas de quien había ido en su busca.

miércoles, 1 de abril de 2020

Safo | El destierro 01



Por más torpes que los barcos parezcan, sin caminos por donde alejarse, sin siquiera una pareja de caballos que los arrastren, se van. Abandonan las palabras, el papiro de súbito se queda impoluto, ni una mancha de tinta que se parezca a una letra. Por más que la espuma que se arremolina en popa crea que escribe. Pero, en verdad, borra. Ni las antorchas encendidas en la noche quedan de Mitilene. Ni las suaves colinas sobre las que se tumba a descansar su nombre. Al regresar a proa por leer el mar, me asustan los renglones que nadie ha escrito.

sábado, 28 de marzo de 2020

1493 | El estudiante Fernando de Rojas en el claustro de la Catedral



Bajo el colchón es el primer lugar donde buscarlos. En un manto envueltos. Ideal para el verano, pero ¿cómo salgo en noviembre? En el arcón mayor ni pensarlo, se abre solo ¿Qué haré con estos papeles? Soñarlos. Eso ya lo sé. Tan dulce como arisca, Melibea. No tenía ningún nombre y ahora no me lo quito de la cabeza. Menudo patán Calixto. He de volver a leerlos esta noche, a la intimidad de la vela les crecerá la emoción. Antes he de encontrar un lugar donde esconderlos, aunque papeles revueltos sobre la mesa en cuarto de estudiante, ¿quién muestra interés?

martes, 24 de marzo de 2020

1485 | Luisa Manrique de Lara Castañeda habla de su padre



No se me dan bien. Mi madre guarda entre paños las dos que le encontraron en la loriga, no hace mucho me lo confesó. Era una niña entonces, y aún no he dejado de serlo. Mi padre le hizo coplas a la muerte del suyo, que tan breve tiempo le precedió, pero qué coplas podría escribirle yo si ni siquiera me acuerdo de cómo era. Y además, nunca me casan los acentos. De su muerte apenas guardo algunos sonidos. La aspereza de unos golpes en plena noche, relincho de un caballo, tamborileo de pasos arriba y abajo, un estremecedor alarido.

jueves, 19 de marzo de 2020

1432 | Íñigo López de Mendoza le escribe una carta a su amigo Ausiàs March



No ser señor de este tiempo ni de aquel. Oler el mar de Gandía en una gavilla de cebada. Escribir en castellano y cantar en provenzal. Montar a caballo una mañana que congela los alientos y añorar el azote de las llamas en el rostro que descansa sobre la caricia octogonal de una alfombra trenzada en Alcaraz. Pensar como un pastor en sus majadas y hablar como un caballero en sus dialectos. Ser del presente y no andar con las sombras. Haber ganado una batalla contra el silencio del bosque. Pero siempre, sin ser Pelayo, presto a abandonar la montería.

domingo, 15 de marzo de 2020

1340 | Juan Ruiz medita sobre las cuadernas vías escritas para que las cantaran los ciegos



No hay controversia menuda. Cuanto más altos los muros, mayor facilidad para saltarlos con el brinco de la imaginación; cuanto más anchos, mejores grietas. Todo lo que veo con los ojos quietos del sueño lo vierten real los pasos de baile de la tinta oscura sobre la arena blanca. No se conoce báculo que no se combe ni río que se abstenga de zigzaguear. Las memorias inventadas cobran vida en la voz de quien no puede verlas. Nada hay como reírse para tomar en serio la demencia del mundo. Las calles en cuesta de Hita, en el llano del cautiverio.

martes, 10 de marzo de 2020

1264 | Berceo, «ya cansado», se despide de los novicios



Desde que rezo bajo esta techumbre, en el interior infinito de estos muros de antiguas piedras, el río Cárdenas no ha dejado de irse, y lo hace para mantener presente, cada una de las noches, el murmullo que salta la tapia tras las Completas. Tampoco la tinta en la que unto el cálamo a diario ha dejado de encaminarse pausadamente hacia las palabras y en ellas encarnarse para que permanezcan fijas, señeras, en el pergamino. Igual que la nieve cae en invierno para revivir en Nuestra Señora de Marzo, así su blancura cubre a los mortales para salvarles del tiempo.

jueves, 5 de marzo de 2020

1201 | João Soares de Paiva (c.1140) compone una cantiga



Abandonados para siempre los caminos que impregnan de parda compañía el manto azul, con apenas el bonete plumado y una gonela ligera, el señor de Castelo cruza la alegre cantinela del río Paiva por sus pasarelas de piedra. El verano canta en el coro de cigarras hasta confundir el fragor enemigo que aún restriega sus asperezas por las paredes de la memoria. Cuando el agua oscurece el guadamecí del calzado y la agreste soledad del monte se transforma en sensaciones y melodía, en mitad del cauce Joham Soares le arranca a la cítola las más estremecedoras, extrañas, palabras de amor.

domingo, 1 de marzo de 2020

1101 | «Vna ninna de nuef annos a oio se paraua»



Paño como este ni en sueños. Aljuba de llamarse don, zaragüelles de acariciar. Y no, no lo he robado. Nadie daría una piedra del camino por lo que se me ocurrió. Sin mal de nadie. Todo regalado. Por mi madre, que fue la que me contó que de niña a don Rodrigo Díaz vio cruzar Burgos. No le asustó la nariz arrugada de su caballo ni el relincho. Le habló. Mi madre era un caso. Tantas veces me lo contó que me puse a recordarlo el otro día en la plaza y no encontraban qué darme que tuviera más valor.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Unterschleissheim



Sí, no me queda más remedio que reconocerlo. Me he enamorado. Dicen que el amor no es pragmático, pues se equivocan. No he llegado tarde ni una sola mañana a la oficina, como tenía por costumbre hasta el día en el que alcancé de milagro el de las 8:29. Entré cuando las puertas se cerraban. Y la descubrí allí, mirando el móvil, indemne al gentío. A veces sonreía ella sola, como si le hubiera enviado yo un mensaje desde otro mundo. Me sitúo cerca, pero discreto. He meditado decirle algo, pero temo que el mínimo mohín de rechazo me desenamore.

sábado, 22 de febrero de 2020

Unterföhring



Me pidió que no fuera. Que me quedara por ella. Como si tuviera que actuar por la gente y no por mí mismo. Porque me apetece. Porque me da la gana. Como si tuviese que dar explicaciones de lo que haga o deje de hacer. Por ella. Qué gracia me hizo. ¿Qué hace ella por mí?, esta es una buena pregunta. Nadie sabe hacerse buenas preguntas, solo meterse en medio. Y en mí no manda nadie. Lo que quiera. Lo que se me ocurra. Eso haré. Subirme al tren en cuanto venga e ir. Porque ir es superior a mí.