jueves, 23 de octubre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 一 在看不见的墙壁大厅


Como no era una de las colinas célebres, antes de alcanzar su falda el camino se desviaba hacia el oeste. Flecha que apunta a poniente, pensé, que no he de seguir. La ruta de mis pasos al abandonar el camino apenas se veía bajo el acoso de la maleza. Las zarzas arañaban la túnica y mis tobillos daban de comer a los insectos. La decisión no era más certera de aquella que toma el que huye. Aguardaba únicamente el don de la soledad. Quién podía imaginar, entre aquellos barrancos insalubres, que sin soñarlo siquiera hallara el Huerto del Ciruelo Inmortal.

martes, 21 de octubre de 2014

Autumn


El país del otoño tiene color de tierra y del aire que incendian las copas de los árboles con sus túnicas granates. Esta paleta de tonos severos echa a la cesta del pensamiento ideas lentas y reposadas. Los versos se extienden por la hoja cuando se le describe. Sus frutos son rugosos y estriados. Renuncian a la seducción y al dulzor de las frutas del verano, pero ganan austeridad y pureza en el gusto. Carecen de la voluptuosidad de los jugos, aunque sus texturas ásperas poseen poder evocador. El otoño siempre rememora. Y ofrece recorrer sus recuerdos a los desmemoriados.

sábado, 18 de octubre de 2014

Ciutadella express & 7


También el cielo en los atardeceres de verano muestra el orín de la luz que declina y la herrumbre en la que se convierten las horas. Al horizonte se le llama sobrecogedor espectáculo y su disposición cromática es captada por innúmeras cámaras que sacrifican el instante de contemplación por la mecánica de preservar su recuerdo. En eso se convierte el tiempo, una sucesión de instantáneas no vividas. Y son las imágenes coleccionadas la prueba de que no hubo vivencia, solo fotografía. Por eso, bicicleta crepuscular, no sé si cuando pasé frente a ti supe admirar tu belleza o solo captarla.

jueves, 16 de octubre de 2014

Ciutadella express 6


John Cage ideó un método de composición que invertía las convenciones musicales. Dejaba fluir los instrumentos en pura improvisación, y el registro de lo ocurrido se convertía en la partitura de la pieza. Algunas de las partituras así concebidas se parecen a las paredes de piedra de la cantera. También, por cierto, una orquesta de picos, cuñas y levas, de escoplos, cinceles y macetas, de escuadras, vitolas y metros, de sierras radiales y de tronzadores ha interpretado su obra con sonoridades y estridencias que acaso encarnen el sentimiento de la piedra al ser cuarteada y removida de su lítico silencio.

martes, 14 de octubre de 2014

Ciutadella express 5


Entregad mis ojos a Argos, el de los mil ojos, rogaba el despreciado en amores. Quien cerró esta ventana, para que quedara así por siempre, abrió al llegar los ventanales de su casa. El aire recorrió las habitaciones, y los jarrones y figuras de porcelana se contemplaron orgullosos en sus sombras. Solo quedó, en el abandono, el desprendido consuelo del crepúsculo, que a diario acude a lamer las molduras maltrechas y desliza los dedos de ceguera en la imperturbable celosía. Se diría que interpreta en ella una canción portuaria. Triste y desdentada. Romanticismos sin base. Argos ya planea un hotel.

sábado, 11 de octubre de 2014

Ciutadella express 4


La gente se reía de Adolfo Suárez cuando respondió que «uno de Henry Moore» a la pregunta de qué libro estaba leyendo. Aquel episodio daba qué pensar. Es cierto que Suárez no era un intelectual, pero su resbalón tal vez signifique que todavía creía, aunque debiera fingirlo, en el valor cultural como parte de la formación del político. En la tradición del humanismo. Hoy los periodistas a los políticos solo les preguntan por cuestiones deportivas. Se da por supuesto que el ingrediente cultural ha desaparecido. Y no lamento esta agonía del ideal humanista, sino que ya ni sea necesario fingir.

jueves, 9 de octubre de 2014

Ciutadella express 3


En mi juventud la palabra «váter», que como anglicismo debió de ser una adquisición rutilante años antes, empezaba ya a sonar regular. No tan mal como ahora, quizá. Lo fino era, en un restaurante, preguntar por el «uve ce». Y pese a ser una expresión tan abstracta, o tal vez tan obtusa, no tardó mucho tampoco en empeorar. Le sucedió durante un tiempo el término «servicio». Una bonita paradoja: el lugar donde nadie es servido. Tal vez sea el que más he usado durante mi vida, y si no controlo aún se me escapa. Hoy ya resulta feo. E impropio. 

Fue sustituido por «lavabo». Magnífico eufemismo: resulta tan higiénico querer lavarse. La verdad es que, con cierta ingenuidad, pensé que este había llegado para quedarse. Lo asimilé con facilidad y cierto entusiasmo, pero pese a los buenos propósitos de la raíz, «lavabo» empieza también a parecer rudo. Quizá incluso palurdo. Más me cuesta hacerme con su sustituto actual. Preguntar por la ubicación de la «tualet» o «tualet-e» suena cursi, aunque no veo otra opción. Peor parado ha quedado —pienso— el verso con el que Fray Luis de León traduce otro del Cantar de los Cantares: «Metióme Elrey en su retrete».

martes, 7 de octubre de 2014

Ciutadella express 2


Para Matilde y Juanjo

Cuando se encienden los focos de mayor potencia para que la luz ciegue contrastes y claroscuros, y vayan los ojos a ver únicamente donde nada ven salvo lo que se muestra, para mostrarse, para de verdad ser contemplado cuando alguien acaso vea, queda el exiguo patrimonio de la oscuridad. De la casi inexistencia. Ah, en una época que cercena los márgenes, sin importarle los multiplica. Y emergen los invisibles matices lejos de donde la luz abrasadora ilumina el rostro tiznado de lo visible. Catacumbas, o mejor, un milagro. Ediciones de cien ejemplares donde la literatura se refugia de la obscenidad.

sábado, 4 de octubre de 2014

Ciutadella express 1


Para Jesús Aguado 

Que Ramon Llull —o quizá ya desde el principio Raymond Lully— conoció y admiró las filosofías orientales es bien sabido. Que le gustara también el jazz implica una condición de visionario que tampoco le es del todo ajena. Que fuera un enamorado de la contracultura no ha de sorprender a nadie que haya leído Blanquerna. Que pudo ser un poco hippie es fácil intuirlo en cualquiera de las estampas que lo retrata como gran barbado y un poco informal. Que le hubiesen interesado Howl y On the road es seguro. Que pertenezca a la Beat Generation no resulta tan raro.

viernes, 3 de octubre de 2014

Octubre


Octubre es silencioso. Camina descalzo. Colecciona gotas de ámbar con hormigas atrapadas. Es discreto en sus vestidos de tono rosa ocráceo. Octubre. Como el telón que ciega el escenario y deja a los espectadores ante el juicio de sí mismos tras los últimos ecos de la obra, así también invita a la introspección. Deshila la madeja de la memoria y despierta los sonidos del propio cuerpo al latir, al respirar, al moverse. Octubre llega en una carta que trae el cartero, con un sello timbrado y el nombre del destinatario, el de cada cual, escrito a pluma. Con su letra.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Café il tempo y 14

Foto Elías Moro Cuéllar
Para Elías

Nor hours, days, months, which are the rags of time
JOHN DONNE

Abuelo y nieta llegan al parque. El sol de la tarde hace crochet en un banco mientras escucha por la radio un magazine. Desabrocha el abuelo las tiras que la sujetan al cochecito. La niña enseguida estira los brazos para decir que sabe que va a salir y quiere. El abuelo le habla despacio. La nieta sonríe. El abuelo es alto. Muy alto, incluso. La niña es una niña que acaba de empezar a andar, pero los dos avanzan de la mano por la arena municipal. Ahí, en esas manos que se dan, se transmite lo que invalida al tiempo.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Café il tempo 13


El reloj se para. Lo sacudo un poco. Intento darle cuerda, como si en los relojes de ahora quedara algo del pasado de los relojes. Ni se inmuta. Me siento desorientado. Una vía ferroviaria sin vías. La pantalla de la parada acude veloz en mi ayuda. En tres minutos llega mi autobús. Un salvavidas. Echo un vistazo a mi alrededor: un reloj de pulsera gigante y tres móviles. Ninguno da la misma hora, pero hago la media. El monitor, dentro, indica hasta los segundos. En cada esquina, un reloj digital; cada tres manzanas, una relojería. Creo que algo me persigue.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Café il tempo 12


El tiempo no cuenta. No tictaquea. Ese ser autista que da vueltas día y noche, siempre las mismas vueltas, se ha detenido. Ya no hay tiempo. No es que no quede tiempo, no, eso es otra cosa. Queda el mismo tiempo que quedaría, es decir, esa incógnita que hace más intensa la vida. Una vida en la que dejemos correr el tiempo. Lo liberemos de su esfera. Que ande los caminos. Que se tumbe a la sombra de los robles. Que se bañe en el mar. El tiempo. Que salga de donde está y se venga con nosotros a vivir.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Café il tempo 11


El tiempo distrae. Una atracción de feria frente a la que se arracima una cola de gente para disfrutarla, con la vista en una taquilla que nadie ha abierto. Un estadio vociferante que hierve ante una final que ya ha sucedido antes de que los jugadores salten al campo. Un caramelo que ha caído en la arena justo al salir del envoltorio. El tiempo ciega. Quien sabe cómo tratarlo siempre se equivoca. Quien se deja arrastrar por él nunca acierta. El tiempo, el espejo dentro del cual uno cree que ocurre lo que acontece enfrente. Es lo que nunca pasa.

martes, 23 de septiembre de 2014

Café il tempo 10


Había conservado las cajas y folletos, también las etiquetas con el nombre y dirección de la tienda donde los había comprado tras despegarlas del papel del envoltorio. Guardaba recortadas las páginas de periódico donde anunciaban los modelos que adquiría. Se hizo una foto a color —aunque ahora los colores hayan virado hacia un amarillo verdoso, casi gris— con unas cuantas piezas colocadas en ambos brazos. Sonreía con cara de estar haciendo una travesura. Luego la enmarcó y aún señorea sobre la colección de relojes que, perdido ya su cuidado, campan por el puesto de venta poco ordenado de los Encantes.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Café il tempo 09


Un ramillete de rosas de plástico en el suelo, al pie de unos cubos de basura. Casi se podría decir que están secas. La suciedad les ha dado la pátina del tiempo. Su fabricación es mala, en el perfil no cuesta ver la rebaba del molde. Las nervaduras de las hojas han sido dibujadas de cualquier manera. No sé por qué me he detenido en este lugar de la calle a contemplarlo. Tal vez por la misma razón que alguien no quiso lanzarlo al container. Un ramillete de rosas que, sin embargo, supera en algo a las rosas. Es eterno.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Café il tempo 08


No es cierto que un poema detenga el tiempo. Un cuadro, una sonata, un libro. Si lo detuviera significaría que el tiempo avanza, algo impropio de su circularidad. Avanzamos nosotros. Tampoco nos detiene. Si acaso, lo único que hace un poema es mostrarnos la textura de un presente. Señalarnos el valor, siempre subestimado, del presente. Es curioso, aguardamos con impaciencia el futuro. Y cuando llega, continuamos esperándolo hasta el momento en el que añoramos el pasado. Como si nos sobrara el tiempo. Todo el tiempo. Lo que hace un buen poema es enseñarnos a vivir en él. En su instante.

martes, 16 de septiembre de 2014

Café il tempo 07


En el mercado donde compraba mi madre los viernes me llamaba la atención, de niño, un puesto de huevos. Estrecho, bien iluminado, mármol blanco, báscula blanca, bata blanca. Cuando pesaba huevos blancos parecía que nadie pesara nada, pero que alguien, a quien entregaban una bolsa blanca, pagara por ello. ¿Cuánto? En una ocasión mi madre me dijo ve y compra una docena. Yo tenía doce años y recuerdo que le pedí un billete para pagarlo. Me dieron tantísimo cambio. Me hice a la idea de que era un producto barato, el tiempo. Por si acaso, no he vuelto por allí.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Café il tempo 06


La nieve deja dos montículos sobre la acera y en medio traza una senda donde se pisan unas a otras las huellas de los transeúntes. En los diminutos canales que graban las suelas de las botas se remansa una agüilla sucia que chapotea al ser hollada. Escucho con atención este sonido si no cruza algún autobús en aquel momento. Una y otra vez, a cada paso, podría establecer, pienso, una suerte de minutero que rigiera el tiempo. Impulsado por mis piernas; cada intervalo semejante, sí, pero nunca idéntico. Un lapso en el que uno podría echar a correr. O detenerse.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Café il tempo 05


Desde la ventana, los días lluviosos, veo pasar a los transeúntes, salvo al confiado que se dejó el paraguas en casa, resguardados por su reloj. Un reloj sin manillas ni numeración, pero redondo como una pieza de Chejov. Sé pocas cosas mirando el desolado nylon que cubre a los viandantes. Reconozco el sexo. Negro, varón. La prisa. Y puedo seguir el rastro de cualquiera con mayor facilidad si, por ejemplo, entra en un comercio. A la salida lo distingo sin confusiones. Es decir, el reloj que cubre cuando llueve desnuda a las personas. ¿Hay algo más que se necesite saber?

martes, 9 de septiembre de 2014

Café il tempo 04


—Una carretera. 
—¿Carretera? 
—Sí señor. Igual que una carretera. A veces estás en un sitio y quieres llegar a otro cuanto antes. Fíjate, no estás ni en un sitio ni en otro. Solo en la carretera. 
—¿En la…? 
—Equiliqua. En otras ocasiones has pasado por un lugar que te ha gustado mucho y al dejarlo encuentras otros que te gustan menos, querrías regresar al anterior, pero ya no puedes, y el lugar donde estás solo sirve para martirizarte de que no estás en el lugar que estuviste. 
—¿Y? 
—Mayormente, que no hay ninguna carretera. Transitamos por ella, pero no existe.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Café il tempo 03


Está sentado en el suelo. Las losas del balcón al que acaba de alcanzar la sombra transmitirán aún el calor del sol. La media luna de la mecedora donde se balancea ella emitirá un leve crujido de rozadura de madera. Descalza impulsa el bamboleo y cuando lo hace se tensará un hueso longitudinal en el pie. Se entretendrá él contemplándolo. Una hilera de hormigas pasará bajo la barandilla. La melena de ella oscila con el movimiento. Los ojos de él han desaparecido tras unas gafas de sol, por eso cuando mira el reloj antes de levantarse sé qué hora es.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Café il tempo 02


En el patio de vecinos se pelea el zumbido de un aparato de climatización con una escala de piano interpretada una y otra vez. He salido a fumar. El aire expulsado por la máquina enloquece la colada del piso superior, que bocabajo no cesa de bailar. Una voz solista emerge en la sinfonía del edificio. Vas a llegar tarde, alguien chilla. Exhalo una bocanada de humo que se ensancha y disgrega en su ascenso. Los gritos se repiten. Las aspas del ventilador del tiempo nos chalan igual que a la ropa, pienso. Luego miro el reloj y olvido lo pensado.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Café il tempo 01


Se me ocurrió fotografiar un reloj en plana calle cuando fui a mirar la hora y vi que estaba parado. Me dio la impresión de que llevaba tiempo detenido. Alcé la cámara y capté el instante. Estaba contento con la foto, pero no sabía bien por qué. La inercia me llevó a fijarme que las calles de la ciudad están llenas de relojes, la mayoría en hora. Seguí fotografiándolos. Cuando revelé el carrete descubrí una obviedad que se me había pasado por alto. No distinguía qué relojes funcionaban y cuáles no. En las imágenes, todos los relojes estaban parados. Siempre.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Café il tempo 00


Igual que los espejos, las botellas de vidrio oscuro y etiqueta descolorida, las falsas cornisas y la pajarita del camarero, a menudo igualmente engañosa, el reloj que preside la sala del Café solo lo decora. No señala el minuto que rige dentro, se limita a informar de que al otro lado de las cristaleras, en ese terrario que se puede mirar donde se mueven personas y vehículos y resulta tan parecido a la realidad, transcurren las horas. Nunca en el interior. El formol de las palabras y, de vez en cuando, de una mirada conserva intacto el cadáver del tiempo.

lunes, 25 de agosto de 2014

«Los desarzonados», de Pascal Quignard



Tiran la soga de un portal a otro. De un lado empieza uno cavando un hueco en el suelo con el tacón del zapato, a coces, mientras el otro se limita a echar un poco de arena por encima. Y es lo que hacen. El trote ya se anuncia en los adoquines de la plaza, luego el conde encara el callejón donde le aguardan. Al tensar la cuerda que interrumpe el paso, caballo y caballero caen a tierra. Cuatro sombras, dibujadas en negro con una gota de pintura dorada para la daga que blanden, se arremolinan sobre un mismo cuello.

Solo un quinto hombre, embozado en el portal y en pie, despide al conde con una blasfemia. El caballo da un respingo y se levanta en el acto. Tras menear la cabeza hace un asomo de relincho, pero se entretiene en soplar unas pajas. El caballero desarzonado aún tiene tiempo de expulsarse de una palmada la arena en la culera del pantalón antes de que su camisa se tiña de luz púrpura. El sombrero, que como el de Lanzarote había lucido una pluma por el abrazo de la Reina Ginebra, se revuelve por el lodo, con las dos plumas pisoteadas.

domingo, 24 de agosto de 2014

«Livro de afectos», de Rui Caeiro. Edición del autor, 1992



El título, que me sedujo desde que lo vi en una bibliografía, nombra la sorpresa. Entre la madre —primer afecto— y los libros aún no escritos —el postrero— están presentes todas las variaciones del amor y de los amores (o amoríos). Se agradece que en ese recorrido haya poemas, de una ternura estremecedora, dedicados a las prostitutas del Bairro Alto, en Lisboa, insignes docentes en la educación sentimental de la época. Y en medio, poemas memorables: una última carta a un amor recién inventado, el encomio de los borrachos, los autorretratos. Los afectos: la estela de los amores que partieron.

sábado, 23 de agosto de 2014

«Poesía reunida», de Philip Larkin, en Lumen


Philip Larkin el día 30 de septiembre de 1982

Te miro con indiferencia, Poesía reunida de tapa dura. Llegas tarde. Aunque te compre, ya conozco los títulos que juntas. Los he buscado. Y he temblado al conseguirlos. Estos y aun otros, en prosa, que apenas puedo leer. Oí hablar de lo que publicas, volumen, en 1983, en una clase de Magalhães. En Lisboa. Ahí memoricé un verso, What will survive of us is love, como quien entona el estribillo de una canción. Quisiera decirte más cosas gratas, pero no puedo. Por uno de tus libros perdí un amigo. No dije en el periódico lo bien que te había traducido.

jueves, 21 de agosto de 2014

«Los puentes de Wheat City», de Joaquín Galán, en Cálamo


A veces, quien lo ha cruzado se encuentra al mismo tiempo a uno y a otro lado del puente que salva el río. De este desdoblamiento trata el libro de Joaquín Galán (1940). Un ronquido en el lecho donde duerme solo lo delata. O una visita que recibe el que llama a la puerta. El ser «sucesivo» que en el curso del tiempo se ha sido, y se sigue siendo en algún rincón ignoto de ese cauce: «Un ser que, desdoblado, / en cada sueño vive por igual». La sombra que se levanta al lado de quien acaba de caer.

martes, 19 de agosto de 2014

«La víspera», de Rodrigo Olay



La víspera. Esa emoción. O tal vez, esa espera. Ambas unidas en una poética: «Un poema es poema / si puede acompañar —si recordarse— / a quien sabe que ya es breve su tiempo». Lo que empieza y lo que acaba junto. De eso habla este libro. Del amor que arranca para no acabar nunca y de los días en ciudades con mar que se reviven señalados por el círculo más breve, como las cumbres en los mapas. De quienes han muerto, también, y con su muerte dejan apuntado un camino. Lo que va a ocurrir. Siempre víspera, presiente Rodrigo Olay.

lunes, 18 de agosto de 2014

Carmen Pardo, «La escucha oblicua»



De John Cage se publican registros magníficos. Una nueva generación de intérpretes descubre en sus obras incluso la belleza y la emoción que las ideas del compositor negaban. ¿Y estas? Son un legado que vale la pena conocer y admirar, a lo que ayuda el libro de Carmen Pardo, ahora que se pueden contemplar como un paisaje en el tiempo. Felizmente ya no hay contradicción en admirar el sendero hacia la nada de Cage y componer música consonante, pintar figurativo o escribir con emoción. Solo hay algo más inútil que negar la belleza de una utopía, seguirla a pie juntillas.

sábado, 16 de agosto de 2014

LITORAL nº 257 «El árbol. Poesía y arte»



Un árbol, cada árbol, se yergue como el manuscrito fundacional de una civilización desconocida. Pasan junto a él, a veces, sin percibirlo. Sin leer su intrincada caligrafía de designios. Los poetas, nunca. Descubren en cada árbol el árbol que esconde. Lo abrazan. Desentrañan con infinita paciencia el sentido de cada una de sus ramas. Frases que han grabado los sueños de un tiempo al que desean pertenecer. Acarician su piel áspera de animal viejo que de repente se convierte en tersura para las manos. Bajo su sombra escriben. Y las palabras que ahí le entregan nutren la feracidad del árbol.

jueves, 14 de agosto de 2014

«El librero de Cordes», de Fernando del Castillo Durán



La novela es prenda de talla única. Mejor, zapatos de un solo número. Recipiente en el que cabe la materia y la antimateria —literaria—. Fernando del Castillo (1961) lo sabe bien. Ha escrito una novela de género, de muchos géneros revueltos —el misterio, lo hermético, lo policial, lo sentimental—, entrelazados por su antídoto, la ironía. Cuenta una historia tan contenida como desbordada. Un torrente que se remansa en conversaciones que iluminan dentro de los personajes, en datos eruditos, que de repente se despeña por el acantilado narrativo de los acontecimientos. Ofrece una puerta secreta para salir del tiempo.

martes, 12 de agosto de 2014

«Ubi Sunt», de Manuel de Freitas



No es un título unitario sobre el dolor de las ausencias, sino un libro troceado donde las pequeñas y caóticas pérdidas son incapaces ya de aumentar el sinsentido que es la vida y solo ofrecen al sujeto la más indigna e irreconciliable de las opciones, asentir ante la desaparición. De ahí que el único sentido posible ya solo sea el que apunta un lacónico poema, cuyo último verso sea acaso el emblema del laconismo que cifra el lacónico dictado de Ubi Sunt: «Ahora es más sencillo: me despido». La vida como despedida de la vida, la paradoja del Ubi Sum.

domingo, 10 de agosto de 2014

«El teatro de la luz», de Juan Vico



A veces el espejo refleja a quien se mira como alguien con sombrero que entra en una taberna de la que solo queda una frase en una novela. Bajo el brazo lleva una lata con cientos de metros de imágenes casi repetidas en una cinta. «¿Que quién nos narra?», pregunta desde la identidad que se le supone, enfrente, el personaje que reverbera desde la prosa reiterativa, minuciosa, elíptica de Juan Vico (1975). El cine. El amor. La crónica de una imposibilidad. Acaso, de una indiferencia. La de quien sostiene el calidoscopio al revés y mira para verse en él astillado.

viernes, 8 de agosto de 2014

«Sobre a nossa morte bem muito obrigado», de Rui Caeiro (1989, reeditado en 2014)



«Tejido en carne viva», escribe Rui Caeiro en un aforismo con rotundidad de poética, «—único lugar donde verdaderamente da gusto escribir». Sus variaciones sobre el asunto del morir parecen, antes que escritas, conversadas entre amigos. El hilo con el que teje la lengua poética brota en fuentes coloquiales, pero recoge aguas de pensamiento y de sensibilidad en su cauce. La obsesión, siempre, es encontrar un punto de vista no usado desde el que pensar sobre lo que piense. Entre dos polos que atraigan ideas, Rui Caeiro huye siempre de los dos. Entre angustia y alegría, elige la salsa agridulce.

martes, 5 de agosto de 2014

«Melancolía y suicidios literarios», de Toni Montesinos


La melancolía es una mariposa cuyas alas desprenden ceniza sobre una hoja en blanco. Quien la piensa, como Toni Montesinos en este libro, sopla las pavesas que, al desaparecer por el aire, dejan un tenue trazo negro en el papel, un garabato apenas, una mancha, nada en lo que se pueda leer algo. Las mismas limaduras que quedan caligrafiadas en el cuaderno que tuvo entre sus manos el suicida. La mariposa muerta, comida por los insectos. Escribir tiene algo de haber fallado, de «herido por el rastro de su sangre», como dijo Chateaubriand. De vida póstuma, de flor que aguarda.

domingo, 3 de agosto de 2014

«La grande vie», de Christian Bobin



Escritas con letras de arena sobre una traviesa ferroviaria, las cartas de Christian Bobin son el tren que circula por esa vía. Idéntico al viento que cuela la ventana abierta y baila una música silenciosa con la cortina que, enloquecida, salta sobre el escritorio. Las cuartillas, también, que así empujadas su vuelo desordena sobre los muebles y el entarimado. Lo que desaparece sin exigir comprensión, resultados, prosa. Lo que cura aquello que ha de curar la herida. La vida verdadera. Recibo una carta de Christian Bobin. No trata sobre nada, un poema no es más que un cuenco con agua. 

viernes, 1 de agosto de 2014

«W Sonatas», de Jorge Grundman (Tríptico)



Las palabras de un poema tienden a disgregarse en melodía en la misma proporción que las notas de una partitura se anudan para evocar un significado. Se llama arte a esta conversión de la materia en otra naturaleza. Las Sontas W de Jorge Grundman (1961) convocan la capacidad emotiva del violín junto al don perifrástico y juguetón del piano con el propósito de dar nombre a los episodios biográficos que el oyente mantenga aún huérfanos de armonía. Más que estados de ánimo, la música figurativa y pletórica de sentidos de Grundman sugiere impulsos. Una música de baile para el alma.

«Lo que inspira la poesía», la primera Sonata W (What Inspires Poetry), es una pieza desalentada. El título evoca, quizá, la carencia de la que parte todo poema. La página vuelta de un cuaderno que traspasa en su vacío el rastro de tinta de lo escrito. O, tal vez, la construcción en el pensamiento de aquella ausencia. Grundman dice que está compuesta «sobre una perspectiva bucólica». Y los sonidos emparientan, sí, con el acento melancólico de Garcilaso. Los días —los sonidos— se entrelazan para moldear siempre una ausencia. Un desamparo. El gozo, también, que dejó atrás lo que no está.

«Warhol in Springtime» echa a correr. Cuesta abajo, el piano; dedos que se persiguen en los glissandi. Cuesta arriba, el violín; su anhelo de transformarse en suspiro. Es repetición, también, delirio. Música que sujeta con las manos el dobladillo de su falda, la levanta y muestra la flexión cristalina, casi agua, de las piernas al danzar. «White Sonata», la tercera obra, se sienta en la butaca del costado que incomprensiblemente quedó vacía y mientras se deslizan los acordes va contándole episodios, anécdotas, acontecimientos de una infancia al oyente —sin que nadie les chiste— que dan nombre a su propia infancia.

martes, 29 de julio de 2014

Souvenirs de un mundial


Al día siguiente de la final del mundial supe quién la había perdido. Tras apostar por dos ganadores, acertó en la derrota. Ni una sola camiseta vendida. Ni sacándolas a la calle. Ni siquiera rebajándolas a la mitad. Nadie que compre los colores de un perdedor. Cómo pude hacerlo tan rematadamente mal, imagino que se pregunta el comerciante de Drottninggatan. Por cierto, ahora que nadie se acuerda, sigo asombrándome de la capacidad dramática del fútbol. El mismo contrataque lateral, el mismo disparo cruzado. El ídolo lo lanza fuera; el suplente, dentro. El fútbol, igual que el destino, no conoce aprioris.