martes, 25 de agosto de 2015

El pabellón dorado [23]


Eso no puedes saberlo.
Madre, ¿por qué? ¿Porque no lo veo?
No, no es eso. Tampoco es tan importante verlo.
¿Entonces?
Nada, no puedes saberlo. Confórmate.
¿Conformarme?
No todo el mundo ha de saberlo todo.
Son ideas muy extrañas, madre.
No, son las ideas, nada más.
Creo que eso sí puedo saberlo.
Podrías, claro.
¿Entonces?
Nada, tampoco vale la pena que lo sepas. No es nada.
Si no es nada, ¿por qué no saberlo?
Me estás enredando.
La que ves el cordel eres tú.
Yo no veo ningún cordel.
¿Entonces con qué te enredo?
Solo sabes decir entonces, entonces.
¿Entonces?

domingo, 23 de agosto de 2015

El pabellón dorado [22]


El don más extraño de la ceguera es la asimetría. A aquello que sabemos nosotros se le llama ignorancia y cuanto desconocemos se tiene por conocimiento. Saber que se acerca una bicicleta, la dirección del viento que sopla en una calle, intuir que los excrementos de un perro no fueron retirados por su dueño de la acera. Lo que no sabemos: que hay cristales de botella rota en el pavimento, que los charcos guardan la memoria de la lluvia largo tiempo, que la pelota huida del parque infantil cruza por el aire. Lo que denominan conocimiento es lo que desconozco. 


viernes, 21 de agosto de 2015

«La ciudad de las desapariciones», de Iain Sinclair


Desde la primera frase que leo en este primer libro que se traduce de Iain Sinclair (1943) me descubro a mí mismo como discípulo suyo desde siempre, aunque hasta hoy lo haya sido sin saberlo. También como vecino, colega, amigo. Como lector. Discípulo de su estilo metafórico, hiperactivo, visionario, tan hiperbólico como a veces necesita la realidad para ser captada con exactitud. Pero sobre todo de su manera de pensar desde el espacio. Busca, primero, el lugar desde el que contar lo que ocurre; encuentra, después, en el lugar los símbolos que lo sostienen; describe el lugar, siempre, para pensarlo.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Becqueriana / 76


Las rendijas de la persiana cuelan con la luz una imagen abstracta de la realidad. Entre las tiras negras brillan verdes luminosos donde da el sol y verdes apagados en las sombras, azules centelleantes, destellos color teja y otras mezclas cromáticas difíciles de definir. Sus líneas paralelas trazan en la pared un dibujo geométrico de una escuela pictórica formalista. En medio se encuentran los caminantes inadvertidos del museo de arte contemporáneo de las tardes de verano. Un mismo pintor capaz de desarrollar con una única pincelada dos estilos contrapuestos. Igual que los cuerpos, a veces, que siendo dos devienen uno.

lunes, 17 de agosto de 2015

Becqueriana / 75


Las manos interpretan la realidad. La partitura de la realidad. Son el instrumento que convierte los signos en melodía. Las manos. Cuando se acercan, cuando se entrelazan, cuando acarician. Una música que emerge de inmediato para convertir las palabras y los pensamientos en sonido. Notas inertes cuyo súbito revivir solo conocen las manos. Al acercar una cabeza al pecho, al recorrer con delicadeza los senderos blancos del cuello, al sosegar la inquietud de un brazo. La melodía desconocida de las cosas que las manos tornan diáfana. Un estribillo, un baile, una fiesta. Cuando la realidad pasa a ser una emoción.

sábado, 15 de agosto de 2015

Becqueriana / 74


Tramoyistas, las aves no cesan en su empeño de fijar en su sitio las grandes telas del cielo, de pintarles nubes blancas e infantiles, de extender las alfombras que simulan bosques y arrugar el papel de estraza de los caminos por donde circulan los tractores. Infatigables maquinistas, los pájaros preparan cada amanecer los decorados del gran escenario de la realidad. Basta con situarse, aún en pijama, en el centro y empezar a entonar el aria del día. No importan tampoco las notas. El coro de camelias y de nomeolvides recién abiertas las acompaña. Se canta el gozo de estar cantando.

jueves, 13 de agosto de 2015

Sin relato


Mamá, pregunta el niño, ¿dónde vamos cuando nos morimos? A ninguna parte, desaparecemos. Lo dice sin pronunciar todas las sílabas, como sin decirlo. El niño, que posiblemente no lo haya entendido, lo traduce: ya sé que cuando nos morimos vamos al cielo. Mamá, vuelve a preguntar el niño tras darle a la idea dos o tres vueltas, y cuando nos morimos, ¿podemos llevarnos todas nuestra cositas? La madre, en el mismo idioma confuso, le responde algo así como no vamos a ningún sitio, no llevamos nada. El niño se queda contrariado. Qué escasa poesía ha dejado el existencialismo, me digo.

martes, 11 de agosto de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 43


Cinco cuerdas paralelas sobre el blanco azulado del cielo. En el balde, la ropa húmeda. En el saco de tela, las pinzas. Se diría que voy a tender. Sería esta, sin embargo, una manera de ver las cosas con escasa visión. Lo que voy a hacer es a componer una sinfonía. La sinfonía de la mañana. Las cuerdas, el pentagrama. Las piezas de ropa, las notas. La pinzas, la pluma del compositor. Elijo una blusa, la. Una camisa, mi. Un pantalón, do. Un sujetador, sol. Una camiseta, fa. Las pinzas van fijando las notas. El viento, gran instrumentista, las interpreta.

domingo, 9 de agosto de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 42


Un piano es siempre un lápiz. Con una línea traza el horizonte. Las montañas, la niebla que las corteja. Con un sombreado es capaz de darle intensidad a la luz. La crea cuando oscurece el blanco áptero del papel. Del silencio. Las notas, en ocasiones, se entrelazan como una trama cruzada que le añade al dibujo sonoro suavidad o aspereza, una sensación en la yema de los dedos que entra por los oídos. Por los ojos. Con círculos de arpegios se construye el movimiento. Sobre la lámina, en el aire. Un impulso que acelera los objetos. Que los hace bailar.

viernes, 7 de agosto de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 41


Los acontecimientos históricos de la tarde: el brinco que da el gato para alcanzar la rama del níspero por la que trepa. El giro que insinúa la rosa más alta del rosal en dirección al sur. Los pasos de danza que ensaya sobre la mesa del jardín el gorrión para acercarse desconfiado al charco donde va a beber. Las noticias cruciales de la actualidad: el ruidoso vuelo de la cetonia que se detiene en el respaldo de una silla. La glicinia que se descuelga, como un farolillo, desde el techo del cenador. El silencio que regala la lluvia cuando cesa.

miércoles, 5 de agosto de 2015

El pabellón dorado [21]


Los ojos más certeros no son aquellos con los que se mira. Ver es la acción humana más inútil. Apenas sirve para pasar el tiempo. Una distracción. Son las palabras los auténticos ojos. Lo que traduce formas y colores a lo conocido. Ver y no saber lo que se ve es mirar con un hueco en los ojos. No ver y saber lo que se ve es mirar con los ojos del lenguaje. Nada hay que al decirlo no colme la visión. La naturaleza es un poema que no necesita que nadie lo ilustre. La mera lectura basta para significar.

lunes, 3 de agosto de 2015

El pabellón dorado [20]


No ver lo bello rara vez le resta belleza. El tacto, el aroma, el sonido son, con frecuencia, los verdaderos portadores de sensaciones. Su epicentro. Tocar, oler, oír es, muchas veces, el acceso más directo a la hermosura, sin el estorbo de la visión. Por eso al acariciar, al inspirar, al escuchar una melodía, las personas necesitan cerrar los ojos. La imagen crea un espejismo de la impresión sensual de lo bello, pero la impresión tiene un valor en sí misma que la imagen consigue sugerir, pero no proporcionar. Quien ve se hace una idea de la belleza. Sin verla.

sábado, 1 de agosto de 2015

El pabellón dorado [19]


Hay quien cierra los ojos ante la belleza. Un paisaje, un cuadro, una flor. Para atraparla, quizá. Para que le dé tiempo al alma a grabarla con el punzón del instante y el aguafuerte del vacío, es posible. Lo he interpretado siempre, aunque nadie pensara en ello al hacerlo, como un gesto solidario con quienes no podemos admirar lo que se ve de la belleza. Un pensar en nosotros cegando lo que tanta satisfacción acaba de darles. Un tenernos presente delante de la belleza como nosotros tenemos en cuenta a los videntes al abrir ostentosamente los ojos para nada ver.

miércoles, 29 de julio de 2015

Becqueriana / 73


En una mano el hervidor y en la otra la tetera. El agua se esfuerza por mostrar su sueño de ser nube. Un ramillete de hierbabuena canturrea impaciente sobre el mármol de la cocina. En la mesa, sobre el mantel de cuadros, hay alineadas dos tazas y, en medio, un plato de barro con galletas de avena. En la emisora que está sintonizada suena un tango cantado con voz de mujer. El último sol de la tarde extiende el brazo por los hombros del clavel en la maceta del alféizar, que reclina la cabeza sobre el pecho de su ámbar.

jueves, 23 de julio de 2015

Becqueriana / 72


Sus formas rojas son las últimas en aparecer cuando una lámina de luz empieza a deshacer la oscuridad. Pero al surgir entre los otros colores ya formados en el ojo, captan toda su atención. Pequeñas bolas encarnadas y brillantes colgadas de una mata o de un arbusto, frutos caprichosos que parecen regresar a la madrugada de una noche de fiesta, aún con la euforia en las mejillas y en la ropa. Se parecen los frutos rojos a los besos. Cuando aparecen en la luz absorben todas las sensaciones de los cuerpos, hablan por las palabras, le dan nombre al gozo.

sábado, 18 de julio de 2015

Mis contemporáneos 03. Ezequiel Zaidenwerg


Aníbal me presenta a Ezequiel Zaidenwerg en el andén de una estación de metro. Sé que vive en Nueva York y que es capaz de iniciar un prólogo mencionando una reseña de Ashbery escrita en 1957. A ambos datos, tan significativos, añado ahora una camisa estampada con flores de montaña, unos ojos de azul muy tenue y una barba algo descuidada. También le escucho hablar. Mejor sería decir que le leo hablar. Sus frases encierran dentro infinitas frases sin perderse nunca en el laberinto de la sintaxis. Entrevera una ironía sutil —que pese a no conocerle, entiendo siempre—, oscura. Literaria.

martes, 14 de julio de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 40


Algunos libros que se leen durante las horas de los días calurosos. La novela que escribe la espuma de la ola al romper alrededor de los pies cuando caminan descalzos sobre la arena húmeda.  El ensayo sobre la versatilidad de los triángulos que publica la bandada de patos que se alejan hacia el oeste. Los poemas en prosa que recita el ferrocarril al cruzar el puente de hierro sobre el río. Y los poemas en verso que declama la corriente si cazan en sus aguas las gaviotas. Libros de la biblioteca de la tarde en un estante de la memoria. 

domingo, 5 de julio de 2015

Café Lehmitz #9


La tarjeta que se rasga tras la visita incómoda y al poco se descubre un posible interés y se rescata y se unen los pedazos con cinta adhesiva sin que aparezca el que contenía el número de teléfono, así las tardes en el Café. El jarrón que al desenvolverlo se golpea y agrieta y se disimula contra la pared, pero ya nunca lucirá las flores que presagiaba ni albergará el agua que les dé vida, así las noches en el Café. El libro que ha perdido sus cubiertas, muchas páginas y el índice, y no se sabe quién lo escribió.

sábado, 4 de julio de 2015

Café Lehmitz #8


Los números impares suelen ser más locuaces. Quieren que pase desapercibida su condición. Su soledad diluida en la camarilla que reclama al camarero una ronda gratis.  Aunque no todos. A quienes le gusta gustar se transforman en columnas adosadas a la pared maestra y miran con mirada adquirida en cines de sesión doble. No ven al que se acerca sino como una oportunidad de verse a sí mismos. Sueñan con convertirse un día en la persona que se proponga conquistarlos. Que se acerque con un espejo en el rostro. Amarán solo a quien los admire tanto como ellos se admiran. 

jueves, 2 de julio de 2015

Café Lehmitz #7


Abrir los brazos. Levantarlos. La cabeza hacia atrás. El pecho franco. Los ojos cerrados que miren al cielo. Abrazar a un dios que acaba de entrar en el Café de improviso con un halo de frío en la voz. Alzar los brazos. Celebración solitaria. Elevarlos para beber y ser bebido. Un momento único, antes de recoger sobre la mesa los pedazos del vaso roto o por el suelo los desperdicios de un deseo. Erguir el cuerpo. Los brazos. Haberlo dado todo por bailar una música que nadie escucha. El precio más alto que pueda pagar quien nada ha dejado atrás.

lunes, 29 de junio de 2015

Mis contemporáneos 02. Guillermo López Lacomba


Con mayor puntualidad que los vencejos que andan de paso por la ciudad aparece humeando cada primavera Guillermo López Lacomba. No se echa de menos a su lado cuanto fuimos antes de ser nada. Quedamos en un Café con terraza para fumadores y le encuentro ya departiendo sabiamente con su brandy. Siempre llega antes que yo. Tenaz. Lo primero que conocí suyo es lo que más admiro, aquellos poemas cristalinos. Habla en una voz que de tan tenue parece camuflada y su ovillada sintaxis olvida a propósito los conectores biempensantes, pero se le entiende más allá de lo que dice.

domingo, 28 de junio de 2015

Café Lehmitz #6


En las sílabas no pronunciadas, en el trago que se relega, en el cigarrillo sin encender sobre la mesa crepita la noche. Se besan. Arduamente. Ellas. Se besan. Anudan el cordel de los labios que tanto han dicho, han bebido, han fumado. Y que solo ahora tiemblan, indemnes a los años. Una única respiración para las dos, ferrocarril que se aleja de la estación sin moverse, ave que abandona el tejado sin extender las alas. Estupor antiguo, ahora recuperado. Indemnes, las dos, a la saliva tragada, a las frases silenciadas, al tabaco dicharachero. Crepitación. Noche que anuda dedos, bocas, gargantas.

jueves, 25 de junio de 2015

Café Lehmitz #5


La piel es una bandera rival en los días de invierno. Quien se quita la camisa para ser abrazado como un niño. El mismo mohín. O para iniciar una revolución igualitaria. La misma ingenuidad. Quien alza, o se alza, la falda para descubrir la ingeniería de un liguero. La firmeza de un enigma tantas veces desvelado y aún por desvelar. Una piel encontrada en el fondo de un armario donde han anidado las polillas. Y que no importe. Que ondee, pirata, a la hora del telediario. Irreverente solo para quien jamás tendrá la oportunidad de verla. La piel, una conquista.

martes, 23 de junio de 2015

Café Lehmitz #4


La pared contra la que se apoyan narra. Con la punta de un capuchón de bolígrafo raspadas o con un alfiler de corbata son palabras tan ilegibles como los gestos que sostienen. Escritura ágrafa contra amor fortuito. Hay fechas, esa obsesión por no perder algo en el naufragio, hay ranuras sin sentido, hay arañazos silenciosos. La espalda que se mece contra el tabique se impregna del yeso que lo escrito libera. Polvo sobre ropas arrugadas. Manos que trazan huecos de desnudez. Pero la narración es ciega. Nada ve más allá de lo que iluminan los rasguños en el tramo oscuro.

domingo, 21 de junio de 2015

Es el verano


Graznan las gaviotas. Su sonido astillado impresiona en la madrugada. Parecen ellas las encargadas de romper, hoy, el envoltorio del verano y volcarlo sobre la ciudad, sobre los bosques, sobre las dunas. La luminosidad a chorro, su ceguera, la humedad que se perla en los cuerpos, los vistosos colores en las cajas de la frutería. Las gaviotas han roto con sus graznidos el celofán que recubría el verano dentro de la cómoda de los deseos. Lo han vertido en un cielo deshojado de nubes, en las ventanas abiertas de los pisos por donde se cuela el insecto de la carcoma.

viernes, 19 de junio de 2015

Café Lehmitz #3


Se orina con ojos místicos. El ventanuco de ventilación. La cisterna. Cañerías que aparecen de la nada y hacia ella se encaminan. Con ojos, se diría, colgados del palo mayor. Oración. Se bebe la cerveza mientras se comparte el tiempo, se reparte, se obsequia. Una cenefa de espuma seca alrededor del vaso es lo único que permanece. Se orina alzando la mirada hacia donde no alcanza el rasguño de quien se repite su nombre en el yeso. Cántico, tal vez. Mirada, se diría, cegada por su ensimismamiento. Cuadrado de aguas ambarinas donde queda atrapado el ser que no se entrega.

miércoles, 17 de junio de 2015

Café Lehmitz #2


Donde las miradas convergen. Las monedas. El gorjeo metálico al ser tragadas, al caer en el depósito con un chasquido. Cuando liberan una de las columnas del templo acristalado.  Zigaretten. Tirar y que la brusquedad del cajón lo extraiga. Celofán. Romper un cuadrado en el envoltorio. Golpear por la parte inferior. Sentirse otra persona por el mero hecho de haber encendido el mechero y acercarlo. Un oficiante frente al altar. Zigaretten. Un mago ante la magia. Donde las miradas cuentan monedas. Las revuelven en el bolsillo con la mano izquierda mientras se hace un cálculo de la noche por llegar.

domingo, 14 de junio de 2015

Café Lehmitz #1


El idioma, una cuba donde se vuelcan las entrañas de los animales sacrificados que quien habla remueve con una pala de madera. Y sin apartarse el cigarrillo hurga o dice. Humo que se restriega por la mejilla, ciega un ojo, serpentea entre los rizos, desaparece. Igual que desde los mismos labios humea la voz, órgano extraído de un cuerpo recién despachado. Impregna camisas sin botones y faldas arrugadas en los muslos con un hedor a sangre que ya jamás las abandona. Café o matadero, ni quien escucha lo sabe. En el suelo se confunden las colillas pisoteadas con las promesas.

viernes, 12 de junio de 2015

Mis contemporáneos 01. Camilo de Ory


Gracias a la prohibición de entrar en los museos con una cerveza en la mano tuve ocasión de conocer al epigramista Camilo de Ory. Es alto. Es flaco. Es guapo. Y acumula asonancias por el estilo. Perfila las patillas y el lenguaje igual que un tirador angula la hoja de su florete. Pero al contrario que el duelista, no se aviene a las reglas de lo políticamente correcto. Su irreverencia despierta la erudición de quien lo trata, de Rimbaud a Gómez de la Serna, encarna la tradición más añorada (desde fuera). Parece no ver nada y siempre está mirándolo todo.

miércoles, 10 de junio de 2015

Becqueriana / 71


El tiempo es ciego y sordo. Desconoce lo que es una sonrisa o un mohín de desagrado. Avanza hacia su propio abismo y empuja en su progresión sin sentido a quien vive. Vivir es someterse a su designio. Aunque el tiempo no sepa jugar, nosotros sí. Jugamos con él al escondite. Para que pase a nuestro lado, buscándonos, sin vernos. Como en todo juego, unas veces nos persigue él y otras nosotros. Nos tapamos los ojos y salimos en su busca sin encontrarlo nunca. El tiempo ni se entera; mientras, sin su cojera, caminamos a la luz de la luna.

lunes, 8 de junio de 2015

Becqueriana / 70


Escribo durante la tarde. La describo para ti. Los pequeños incendios de luz que deja el último sol primaveral sobre los tejados de la ciudad. El aleteo de los gorriones cuando el ladrido de un perro les asusta y son tantos los que abandonan la copa del plátano que parece que es el propio árbol quien echa a volar. En un cuadrado de texto que esculpo con paciencia de artesano voy tallando la tarde. Para que la conozcas cuando regreses de tus tareas. Aunque se quede el cuaderno cerrado y la lamparilla apagada, para que la reconozcas cuando me abraces.

sábado, 6 de junio de 2015

El pabellón dorado [18]


Para saber si una película es buena o mala basta con cerrar los ojos. En la respiración de los actores, en su manera de caminar sobre un sendero de guijarros, en el tintineo de unas copas de cristal se adivina el acierto de las imágenes. En las réplicas se advierte la altura de los intérpretes, si son capaces o no de trasmitir en la dicción la gestualidad exacta que requieren las palabras y sus tonos. Si con la música se urde la trama hasta llegar a inquietar. Solo me gustaría abrir los ojos ante un primer plano de ciertas actrices.

miércoles, 3 de junio de 2015

El pabellón dorado [17]


No siempre las imágenes son necesarias. El mejor teatro se escribió como un arte para ciegos. «Por allí se acercan las huestes, qué caballerías, qué nube de polvo levantan en la llanura», clamaba el actor en el escenario y cuanto se decía se convertía en visión. Dos actores eran capaces de interpretar un ejército mastodóntico. El cine tiene un defecto. En todo momento ha de proyectar imágenes. Tantas que los directores se especializan con empeño el arte de la obviedad. «Un ejército», dice el actor, y la imagen muestra cientos de extras ataviados como soldados. ¿Qué se gana con verlo?

lunes, 1 de junio de 2015

El pabellón dorado [16]


Cada cual tiene, dicen, una vocación. No sé muy bien para qué sirven las vocaciones. La mía, pensarán muchos, mejor sería no tenerla, aunque esta opinión prefiero reservársela para quienes trabajan empleados en aquello que desde niños deseaban hacer. Este sí me parece un rotundo fracaso del otro que convive con uno mismo. Siempre he querido ser crítico de cine. Cuando lo digo, se ríen. ¿Qué ha de hacer un crítico si no es valorar las películas? Y desde que el cine no es mudo, lo decisivo no está nunca en las imágenes, sino en las palabras. En los sonidos. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

«Literatura digital»


Qué difícil orientarse en el bosque de paradojas que rodea lo literario. Escribo unas palabras en un papel y sé que no hay nadie detrás, y sin embargo, la densidad de una tradición las abriga y les da sentido. Escribo en la pantalla otras palabras que al instante fluyen en la red y sé que inmediatamente alguien las lee, y sin embargo, con qué desamparo se quedan ahí, tiritando. Sale el libro de imprenta y apenas alcanza a un centenar de personas, y sin embargo el libro es una obra. Existe una bitácora, y es como si no existiera nada.

domingo, 24 de mayo de 2015

«Eso», de Inger Christensen (tríptico)


1
Det er verden. Eso es el mundo. Sin verden. Su mundo. Jeg. Yo. Det er mig. Eso soy yo. Jeg skriver. Yo escribo. Biller. Escarabajos. Et ord. Una palabra. En have. Un jardín. En have for enden af en have. Un jardín al final de un jardín. Fuglene. Los pájaros. Kulissen. El decorado. Det er hvidt. Es blanco. Mens hvidt forsvinder. Mientras lo blanco desaparece. Alt det der ikke foregår. Todo lo que no tiene lugar. Det er tavs. Está en silencio. Hundene gør. Los perros ladran. . Entonces. Liv er død. La vida es muerte. Sin død. Su muerte.

2
Está la vida que ocurre y la que no tiene lugar. A veces elijo esta. Ocurre, tal vez, igual que la que ocurre, pero no tiene lugar. Carecer de lugar libera a la vida de sujeciones. Ocurre sí, pero en ningún lugar. En un lugar que carece de las condiciones que cumple el lugar para que en él ocurra la vida. Que está libre de estas condiciones. No sujeto a ninguna condición, dado que es un ningún lugar. Es esta libertad la que me hace preferir la vida que no tiene lugar a la que ocurre. Ambas igualmente frágiles. Efímeras.

3 
Es la propia finitud la que incita a contarlo. La vida, en el barroco, desde una conciencia mortal. El ideal, en el romanticismo, desde el acabamiento de lo sagrado. La nada, a principios del siglo pasado, desde un agónico fulgor. Y ya sin finitud, ya sin que nada haya acabado ni vaya a acabar, ya sin que la vida sea algo distinto a lo que no ocurre, sin que el pensamiento sea algo diferente al silencio, ya sin que la injusticia sea un paso hacia la justicia. Ya sin que haya pasos. Entonces es cuando empieza a contarlo Inger Christensen.

miércoles, 20 de mayo de 2015

«Elegías doppler», de Ben Lerner (tríptico)


Veo a veces en los Encantes, tirados por el suelo, cuadernos escolares donde alguien ha pegado recortes con algún propósito. Bien por gusto, bien por asombro. Página a página, abultadas por la mala posteridad del pegamento, emulan un modelo: el libro ilustrado, el periódico, acaso el álbum. A quien los ojea, de pie, sin ánimo siquiera para preguntar por el precio (¿qué haría con eso en casa?), le producen una difusa melancolía. Adivina detrás un ánimo sostenido, ingenuo, de reconstrucción de un encanto que le llegaba hecho añicos. O astillado. Un deseo ciego de sentirse «brevemente emancipado de la fragmentación». 

Como cuando el metro abandona el túnel y sale al exterior, dice Ben Lerner. Así salvar el desastre de que las imágenes y las ideas fluyan. Estén ahí solo para irse, en el periódico que cubre el suelo recién fregado. Son esos cuadernos escolares hinchados igual que se hincha un cadáver el mismo desastre que acucia al lenguaje. «El desastre / de no terminar las oraciones». Frases pegadas en la trompa de Eustaquio que se quedan ahí, grafitis en las paredes del barrio donde el alcalde no saca votos. Versos que alguien engoma en el espacio indeciso y casual del poema. 

Frases que modifican su onda elegíaca cuando se acercan y cuando se alejan, porque acercarse y alejarse es «el desastre del lenguaje», el único con el que se entiende y no se entiende al mismo tiempo. Con el que se ve con total claridad lo que no se está viendo: «Poemas / sobre estrellas / y / sobre cómo las borran las farolas / de la calle». Un jarrón que al desenvolverlo llega agrietado y sin vale de retorno. Y al forzarlo para disimular las fisuras, acaba resquebrajado. En este punto escribe Ben Lerner sus poemas. Sus recortes de oraciones unidas por cola sintáctica.

sábado, 16 de mayo de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 39


La vida es el arroyo que corretea entre las piedras junto al que uno se sienta, bajo la umbría de las encinas, para observar cómo las ranas saltan al cauce cuando oyen voces y perciben alguna sombra. La vida es la brisa de la tarde que peina los campos de trigo y esparce un aroma cereal que perfuma las palabras que aparecen en la luz llegadas no se sabe de dónde. La vida son las nubes que se forman y deshacen dando a su aparente quietud una velocidad que maravilla a aquellos cuerpos dinámicos ahora tan quietos sobre la hierba.

martes, 12 de mayo de 2015

Cuaderno de tapas rojinegras \ 38


Las ventanas son páginas de un cuaderno que guarda palabras del presente. En las ventanas quedan escritas las dimensiones de una mirada, el arco que traza el tiempo al recorrer el cielo, la intensidad cromática de una aguja en la copa del pino. Da gusto asomarse a las ventanas para pensar. Lo que en sus cristales se dibuja forma la colección de metáforas elegidas. Cada ventana se alza en la pared como un poema enmarcado. A este lado de la ventana siempre hay lo mismo que al otro lado. Quien contempla se convierte en lo contemplado. Cada uno, un paisaje.

jueves, 7 de mayo de 2015

Becqueriana / 69


Salimos de la ducha. El cuerpo húmedo. El corazón que tiembla. Con la toalla escurro tu cabello. Tú enjugas mi espalda, mis piernas, mis rodillas. Yo seco tu pecho, tus caderas, tus pies. Busco tus braguitas en el montón de ropa limpia y te las calzo. Consigues mis calzoncillos y me los pones. Acierto con el cierre de tu sujetador, deslizas la camiseta por mi torso. Abotono tu blusa y tú mi camisa. Subes la cremallera que cierra mis pantalones y yo la que abrocha tu falda. Y así, recién vestidos, nos abrazamos, nos besamos, nos buscamos uno al otro.