miércoles, 24 de mayo de 2017

Becqueriana / 109


El día en el que al pintor de amaneceres se le pegaron las sábanas y la campana de la iglesia se volvía loca repicando sin que nadie vertiera sobre la paleta de los colores el contenido del tubo blanco que entrega la luz a los mortales. El día en el que la tiniebla continuó ejerciendo fuera de su negociado nocturno, y las persianas se alzaban inútilmente pues no había rayos de sol que dejar pasar. El día que fue noche durante las horas matinales para pasmo de la gente. Para todos menos para los amantes, abrazados al destiempo del abrazo.

lunes, 22 de mayo de 2017

Becqueriana / 108


Alguien que estuviera ahí, en la puerta de la habitación, o tal vez una cámara que registrara un plano para una película sobre la vida, los vería caminar de espaldas, de la mano, la cabeza apoyada en su hombro, a veces; otras sería la suya la que se inclinara dulcemente sobre el hombro, alejándose del cuarto, avanzando serenos, mirándose y mirando al frente al mismo tiempo, cada vez más juntos y cada vez más difusos, hasta fundirse, para los ojos que lo estuvieran viendo o para el objetivo que lo estuviese captando, en un punto, un único destello de luz.

sábado, 20 de mayo de 2017

1994-«La línea de las cosas»


«El siguiente» —clama desde dentro Tito Lucrecio Caro, encargado de selección de personal para los supermercados De Rerum Natura. Su voz recorre las miradas indecisas de los jóvenes que aguardan de pie en mitad del corredor. Ramón, que acaba de llegar, da un paso y se cuela. La puerta ahoga la protesta de los aspirantes. «Vengo por lo del puesto de reponedor» —balbucea antes que dice. «Veamos». «A la noche habría que devolverle el terciopelo de su tacto. A la madrugada, la alondra. Al papel de los libros, la hendidura de cada letra. Al vuelo, el silencio». «Ajá» —asiente Lucrecio.

martes, 16 de mayo de 2017

1993-Constance


De su nuevo país a Jane le impresiona la melena pelirroja de los bosques otoñales, el brillo de ojo de caballo del lago, el chasquido de los pasos en el silencio. Pero los raros vecinos que encuentra en sus paseos parecen inmunes a estos elogios. «¿Conoces ya los dulces de Emily?» Que los probara era su único empeño. Y qué chasco se lleva en la pastelería Amherst. Cuatro cruasanes rancios, un desalmado dumpling de manzana, hasta que aparece la señora Dickinson, vestida de blanco inmaculado, le sonríe —«Ven, he acabado unas delicias de jengibre»— mientras abre la puerta del obrador.

lunes, 15 de mayo de 2017

1992-«Marca de agua»


Joseph lo había comprado nada más llegar. Cerca del Campo de San Polo. Una tienda minúscula que apestaba a humedad y a curtidos. «Thomas Mann. Impresor veneciano desde 1912». No le había costado barato, pero cada vez que acariciaba la piel de la cubierta la suavidad le hacía olvidar el precio. O si se sentaba en un Café, el color ahuesado en la página en blanco le encandilaban como la lectura ideal. Destapaba la pluma, pero el verjurado le intimidaba. Aborrecía envilecerlo. Arrancaba una hoja del periódico, anotaba los versos que nunca escribiría en el cuaderno y guardaba los recortes dentro.

sábado, 13 de mayo de 2017

1991-«Nueva York»



Donatien Alphonse François de Sade, reconocido fabricante de espejos francés, abrió comercio en Palma, ya anciano, en un local estrecho y húmedo bajo los soportales de la Plaza Mayor donde una mañana luminosa de verano entró el joven Blai: «Le vi el domingo en la Seu». Monsieur Sade arrugó el ceño y musitó: «Unas pinturas…». «¿Cree que si me miro en alguno de estos espejos reconoceré mis ojos?», preguntó jovial el muchacho. El artesano tropezó con un ladrillo suelto del pavimento: «Su precio le quedará lejos». Blai sonrió: «Entonces mírese usted y le veo». «Eso he hecho siempre», crepitó Sade.

miércoles, 10 de mayo de 2017

1990-«Los amores imposibles»


—¡Sereno!
—Ya va, ya va, impaciente. A tu edad toda espera es falta. Dice Kabir: ¿cuál es tu nombre?
—Jesús. Y ya tarda.
—Si vuelves a tu hora, pasas sin conocerme. Dice Kabir: La joven, ¿qué nombre tiene?
—Lucía. No, Lucero. O quizá Lucy. No me acuerdo, estaba muy oscuro.
—La luz que no ilumina, eclipsa. Dice Kabir: ¿Para volver ahora tienes permiso?
—Si no hace mucho ruido al abrir, mejor.
—Los juegos entretienen al niño. Dice Kabir: ¿Dónde voy a leer lo que no has visto?
—¿En un poema? Buenas noches.
—Las doce y muy sereno. Lo dice Kabir.

lunes, 8 de mayo de 2017

1989-«El palacio de la luna»


Gafas oscuras de montura metálica, bigote vintage, traje de mercadillo y acento confuso, el doctor Guy de Maupassant, entomólogo del Central Park, se entretiene hurgando en la hojarasca. A Paul, una mañana en la que ha hecho novillos, le llama la atención su ensimismada figura de parloteo jovial con un escarabajo. «Un bupréstido», le responde sin mirarle cuando el muchacho se acerca a preguntarle. «Fitófago, —y continúa— como la prosa americana, tufo a soja transportada en vagón». «¿Y?», abre los ojos el colegial. «Una novela aérea, delicada, transparente, una cetonia aurata sobre una peonía». «¿Qué es una peonía?», inquiere Paul.

sábado, 6 de mayo de 2017

1988-«El otro nombre de la tierra»


En la cuneta de la carretera, a la sombra de un laurel, el ciclista, tres veces cuarto en La Grandíssima, se limpia la cara con la camiseta. «Eres Hölderlin», le reconoce Eugénio, que pasea con una cesta de mimbre en la que recoge frutos de árboles silvestres: «Pero si estás llorando». «Es el sudor, que me ha entrado en los ojos», torpemente se excusa. «¿Quieres un melocotón? Está recién cortado». Friedrich acepta. «Me he detenido —confiesa— porque de repente no he sabido si corría tras el amor o estaba huyendo de él». «¿En bicicleta? Si no hay lugar para dos».

jueves, 4 de mayo de 2017

Becqueriana / 107


En un vaso de agua está por escribir la novela del día. Es el tintero que abre el escritor frente al pliego en blanco donde anotará el título del libro que va a empezar. El sorbo que se da, antes de entregarlo, es la pluma que caligrafía sobre la aspereza del papel las primeras letras. Y el sorbo que se ofrece, a continuación del dado, es ya el primer párrafo, hilera de hormigas que un día tendrán sentido. Un vaso de agua compartido es el inicio de cualquier novela romántica: dos labios que se han besado en el mismo cristal.

lunes, 1 de mayo de 2017

Becqueriana / 106


Al entrar un día en el bosque cuyos laberintos desconocen y cuya frondosidad les impone respeto, deciden diseminar un rastro de piedras blancas que señale el camino de regreso. Pero como no hay en el bosque ninguna piedra blanca, trazan una línea de recorrido de cantos cualesquiera, idénticos a los demás guijarros del camino, de forma que sin darse cuenta caligrafían la ida y la vuelta por idéntico sendero sin saber nunca cuándo han iniciado el regreso. Simplemente caminan y escriben con las piedras. Y a la salida del bosque, aún están yendo. Sin darse cuenta, han creado el infinito.