martes, 27 de junio de 2017

Dietario de sensaciones, 28


Cuanto más arrecia el viento, mejor vuela la cometa. El papel tiembla con estrépito, la cuerda se tensa y los colores realizan movimientos imposibles en un fondo de día gris y alterado. La cometa asciende y gira y cae en picado para inmediatamente elevarse y de nuevo girar en sentidos imprevistos por quien sostiene el vuelo desde la arena. En días de ventisca muchos la guardan, no arriesgan su fragilidad, prefieren verla presidir un cielo claro, sin brisa, inerte, una fotografía antes de disparar la cámara. Pero quien decide lanzarla descubre la vehemente pasión de la cometa por la intemperie.

domingo, 25 de junio de 2017

Coro de ausentes \ LUCES


Charlatana irredenta, 
la luz no cesa nunca 
de hablar. Habla, 
habla, habla. Tantas 
veces sin que la oiga nadie 
ni nadie quiera ya escucharla. 
A la luz no le importa. 
Habla sola. En las azoteas, 
por los bosques en soledad, 
sobre las muchedumbres en las calles. 
Sin que le condicione dónde. 
Habla. A su hablar incluso 
hay quien llama silencio. 
Ni siquiera en las noches calla. 
Una luciérnaga, estrellas, 
la ventana en lo alto de una casa,  
el monólogo de un farol urbano, 
cualquier lugar le sirve para decir. 
Y, a veces, dice sin hablar. 
Y entonces sí la escucho.

viernes, 23 de junio de 2017

Coro de ausentes \ NOCTURNO


La noche lo ilumina. 
Su terciopelo. Adagio. 
Tan sincero violín. 
El instante. Subida  
la persiana. Anudados 
los visillos. Respiración 
alterada. La sencillez 
del momento. La oscuridad 
tenue sobre las sábanas, 
el gris basalto de los cuerpos 
entregados. Lo comprendía 
la sinrazón, la estela de un cometa, 
el salto de agua. 

Lo decoraban los silencios. 

Su azul. Aquel aroma. 
Lo imperceptible en la línea del tiempo. 
Lo veía la brisa, 
las nubes que blanquean el cielo. Su dulzor. 
El gemido. Una brizna 
en la pradera de la noche, 
en el bosque 
de la noche, en el océano 
íntimo 
de la noche.

miércoles, 21 de junio de 2017

Coro de ausentes \ ALBOROZO


Llueve. La leña 
amontonada y en el cobertizo. 
La sierra y herramientas del jardín se han quedado 
abandonadas en la carretilla. 
Los gatos buscan un rincón 
donde no alcance el aluminio 
de la luz. Los gorriones  
se han escondido entre las ramas 
hospitalarias 
del níspero. 
Hojas que son pequeños ríos. 

Los colores permanecen estáticos,  

tan atentos al concierto del agua, 
al batir sobre las tejas, 
los peldaños 
de la escalera, 
la barandilla o las losas. Incierta 
armonía. 

La tristeza presenta 

en su hoja de examen 
idéntica respuesta que lo alegre. 
La diferencia 
se halla en la inflexión de las palabras.

lunes, 19 de junio de 2017

Coro de ausentes \ IDILIO


Con las piernas cruzadas, 
casi estira la falda hasta que deja 
una visera sobre las rodillas, 
en el asiento vacío del tranvía. 
Un leve zarandeo. 

En ocasiones me acerco. Le digo 

mi nombre, 
siempre le digo mi nombre. 

También la he visto parada 

ante el escaparate de una tienda 
de ropa de bebé. Entonces 
me detengo en la acera 
de enfrente mientras flexiona 
la pierna izquierda con gesto 
de impaciencia. ¿Me estará 
viendo, 
me pregunto, en el reflejo 
del vidrio donde yo no me distingo, 
tapado por su cuerpo? 
La veo 
asomada a una ventana. 

Siempre mira hacia otra parte.

sábado, 17 de junio de 2017

Becqueriana / 113


Suena una música tenue, apenas la repetición de una única nota, que poco a poco va ganando intensidad. La cámara se ensimisma en un primerísimo primer plano, una mano, el cuello o quizá el leve zarandeo de un pendiente. La frase que ella empezaba a pronunciar queda ahogada en la garganta. Un rostro sin voz que mira, y las palabras, que él había dicho justo antes, resuenan en la escena. Campanas que han anunciado una hora ya definitiva. La imagen pasa a un plano medio en el que las dos cabezas se acercan tan despacio que dan ganas de empujarlas.

jueves, 15 de junio de 2017

2001-«El libro de las mariposas»


Señor, yo… —balbucea Arnaldo, sorprendido en su labor sobre la cubierta del Teste— solo fumigo.  Se quita los lentes de sol el Almirante Paul Valéry, encara al empleado. Cuanto haya de retórico en mi buque —sentencia— nada dejeSeñor, yo… nada dejo. En la escollera sur del puerto del Mar del Plata, a lo lejos, los pescadores remiendan las redes bajo los toldos. Ni por asomo quiero ver en mi barco —dictamina— un rastro de noche.  El sol de febrero chilla desde el aluminio de los techos en los galpones. Señor, yo… solo luz. El Almirante sonríe. Arnaldo, ahora, también. 

lunes, 12 de junio de 2017

2000-«Todos contentos y yo también»


Escribamos juntos una balada grita el hermeneuta François Villon por encima de bullicio al muchacho que acaba de asomar el flequillo por el portón de la taberna. Pensaba —musita el mozo— que aquí se venía a beber vino. Las jarras vuelan en las manos de la tabernera que, como un diosecillo arquero, las reparte a ciegas y acertando siempre en mitad del gentío. Tienes cara de poeta, jovenzuelo —insiste Villon. He venido solo a beberme el mundo, ¿no es aquí donde lo sirven? —afirma Manuel. Villon descubre un cartapacio oculto bajo su capa y se lo ofrece: Empieza por aquí.

viernes, 9 de junio de 2017

1999-«Desgracia»


Ostensiblemente cojean. Todos, de raso y terciopelo. Un rizo caracolea en la frente de cada uno. Pasaba unos días en Atenas y su viaje coincide con el festival Byron. Decenas de byrons recorren las calles de Vyronia. Empieza a marearse. Una pesadilla no le hubiera resultado tan exasperante. Unos, corsarios de opereta; otros, donjuanes de tebeo; algún manfred estudiadamente despeinado. Solo intuye complicidad en la única persona que mira con gesto aún más sorprendido que el suyo. Piensa que se deben echar un cable. Se acerca, «John Maxwell», dice alargando la mano, que al instante es aceptada. «George Gordon, encantado».

miércoles, 7 de junio de 2017

1998-«El poeta de Pondichéry»


Madame, le susurra desde el fondo del pasillo Denis Diderot, conserje del Collège de France, 11 Place Marcelin Berthelot, distrito quinto, Paris, y añade con amabilidad: Madame, s'il vous plaît. Adília siente un escalofrío que recorre su espalda, un metro con las luces apagadas que no se detiene en ninguna estación. Suda bajo del abrigo, una tensión en las piernas a punto de brincar, zozobra en la mirada de animal acorralado que busca un escondrijo en los vetustos pasillos. La plúmbea atmósfera del saber, sin embargo, sin huida posible. Diderot insiste: Madame, la salle de conférence est pleine. Ils attendent.

lunes, 5 de junio de 2017

1997-«Doble ciego»


«¡Ay qué pereza!», exclama para sí el agente Mário de Andrade, sargento de guardia en el barrio de Urca, al tiempo que por el rabillo del ojo ve pasar una sombra. Y en la mano de la sombra, la sombra de un aerosol. Se da la vuelta y se transforma en sombra perseguidora. Una gira a la izquierda, otra gira a la izquierda. Cruza la avenida, la rotonda, el parque y Armando llega a la playa. Amanece. El agente cruza y cruza. Armando agita el bote. El agente pita. Armando escribe. El agente grita. Sobre la arena queda el chillido.

sábado, 3 de junio de 2017

1996-«La más que viva»


«Ven, no te quedes ahí, con este tiempo», le grita Teresa de Ávila desde el interior del puesto callejero. «¿Yo?». «Claro, resguárdate aquí, bajo la marquesina; no hay mañana en la que no te vea detenerte delante». «Me gustan las flores; gracias, solo soy un estudiante». «Y yo una florista de barrio. ¿Qué flor te gusta más?». «Ninguna hay que me disguste». El anorak de Christian aún gotea, una nota a pie de páginas del tratado que redacta la lluvia. «Te enseñaré mis preferidas». «Son preciosas». «Son algo más. Tras marchitarse no desaparecen. Se quedan para siempre en la memoria».

jueves, 1 de junio de 2017

1995-«La princesa manca»


Los hermanos Grimm trabajaron durante años en el tiovivo que había en Gala Placidia. Jacob cubría el horario matinal. Limpiaba, vendía tickets y estudiaba los variados acentos de las canguros que cuidaban niñas y niños. Wilhelm venía tarde por la tarde. Era algo caótico. De las acompañantes prefería observar otros aspectos, pero contaba en cada ronda un cuento. Cuando Gustavo lo descubrió no dejó que lo llevaran a otra plaza. Disfrutaba, siempre, del último viaje, en el que Wilhelm cambiaba la dirección, los caballos avanzaban por su grupa y tras clamar: Y este cuento se ha acabado, el cuento empezaba.