Con mayor puntualidad que los vencejos que andan de paso por la ciudad aparece humeando cada primavera Guillermo López Lacomba. No se echa de menos a su lado cuanto fuimos antes de ser nada. Quedamos en un Café con terraza para fumadores y le encuentro ya departiendo sabiamente con su brandy. Siempre llega antes que yo. Tenaz. Lo primero que conocí suyo es lo que más admiro, aquellos poemas cristalinos. Habla en una voz que de tan tenue parece camuflada y su ovillada sintaxis olvida a propósito los conectores biempensantes, pero se le entiende más allá de lo que dice.
lunes, 29 de junio de 2015
domingo, 28 de junio de 2015
Café Lehmitz #6
En las sílabas no pronunciadas,
en el trago que se relega, en el cigarrillo sin encender sobre la mesa crepita
la noche. Se besan. Arduamente. Ellas. Se besan. Anudan el cordel de los labios
que tanto han dicho, han bebido, han fumado. Y que solo ahora tiemblan, indemnes
a los años. Una única respiración para las dos, ferrocarril que se aleja de la
estación sin moverse, ave que abandona el tejado sin extender las alas. Estupor
antiguo, ahora recuperado. Indemnes, las dos, a la saliva tragada, a las frases
silenciadas, al tabaco dicharachero. Crepitación. Noche que anuda dedos, bocas,
gargantas.
jueves, 25 de junio de 2015
Café Lehmitz #5
La piel es una bandera rival en los días de invierno. Quien se quita la camisa para ser abrazado como un niño. El mismo mohín. O para iniciar una revolución igualitaria. La misma ingenuidad. Quien alza, o se alza, la falda para descubrir la ingeniería de un liguero. La firmeza de un enigma tantas veces desvelado y aún por desvelar. Una piel encontrada en el fondo de un armario donde han anidado las polillas. Y que no importe. Que ondee, pirata, a la hora del telediario. Irreverente solo para quien jamás tendrá la oportunidad de verla. La piel, una conquista.
martes, 23 de junio de 2015
Café Lehmitz #4
La pared contra la que se apoyan narra. Con la punta de un capuchón de bolígrafo raspada o con un alfiler de corbata, son palabras tan ilegibles como los gestos que sostienen. Escritura ágrafa contra amor fortuito. Hay fechas, esa obsesión por no perder algo en el naufragio, hay ranuras sin sentido, hay arañazos silenciosos. La espalda que se mece contra el tabique se impregna del yeso que lo escrito libera. Polvo sobre ropas arrugadas. Manos que trazan huecos de desnudez. Pero la narración es ciega. Nada ve más allá de lo que iluminan los rasguños en el tramo oscuro.
domingo, 21 de junio de 2015
Es el verano
Graznan las gaviotas. Su sonido astillado impresiona en la madrugada. Parecen ellas las encargadas de romper, hoy, el envoltorio del verano y volcarlo sobre la ciudad, sobre los bosques, sobre las dunas. La luminosidad a chorro, su ceguera, la humedad que se perla en los cuerpos, los vistosos colores en las cajas de la frutería. Las gaviotas han roto con sus graznidos el celofán que recubría el verano dentro de la cómoda de los deseos. Lo han vertido en un cielo deshojado de nubes, en las ventanas abiertas de los pisos por donde se cuela el insecto de la carcoma.
viernes, 19 de junio de 2015
Café Lehmitz #3
Se orina con ojos místicos. El ventanuco de ventilación. La cisterna. Cañerías que aparecen de la nada y hacia ella se encaminan. Con ojos, se diría, colgados del palo mayor. Oración. Se bebe la cerveza mientras se comparte el tiempo, se reparte, se obsequia. Una cenefa de espuma seca alrededor del vaso es lo único que permanece. Se orina alzando la mirada hacia donde no alcanza el rasguño de quien se repite su nombre en el yeso. Cántico, tal vez. Mirada, se diría, cegada por su ensimismamiento. Cuadrado de aguas ambarinas donde queda atrapado el ser que no se entrega.
miércoles, 17 de junio de 2015
Café Lehmitz #2
Donde las miradas convergen. Las
monedas. El gorjeo metálico al ser tragadas, al caer en el depósito con un
chasquido. Cuando liberan una de las columnas del templo acristalado. Zigaretten.
Tirar y que la brusquedad del cajón lo extraiga. Celofán. Romper un cuadrado en
el envoltorio. Golpear por la parte inferior. Sentirse otra persona por el mero
hecho de haber encendido el mechero y acercarlo. Un oficiante frente al altar. Zigaretten. Un mago ante la magia. Donde
las miradas cuentan monedas. Las revuelven en el bolsillo con la mano izquierda
mientras se hace un cálculo de la noche por llegar.
domingo, 14 de junio de 2015
Café Lehmitz #1
El idioma, una cuba donde se vuelcan las entrañas de los animales sacrificados que quien habla remueve con una pala de madera. Y sin apartarse el cigarrillo hurga o dice. Humo que se restriega por la mejilla, ciega un ojo, serpentea entre los rizos, desaparece. Igual que desde los mismos labios humea la voz, órgano extraído de un cuerpo recién despachado. Impregna camisas sin botones y faldas arrugadas en los muslos con un hedor a sangre que ya jamás las abandona. Café o matadero, ni quien escucha lo sabe. En el suelo se confunden las colillas pisoteadas con las promesas.
viernes, 12 de junio de 2015
Mis contemporáneos 01. Camilo de Ory
Gracias a la prohibición de entrar en los museos con una cerveza en la mano tuve ocasión de conocer al epigramista Camilo de Ory. Es alto. Es flaco. Es guapo. Y acumula asonancias por el estilo. Perfila las patillas y el lenguaje igual que un tirador angula la hoja de su florete. Pero al contrario que el duelista, no se aviene a las reglas de lo políticamente correcto. Su irreverencia despierta la erudición de quien lo trata, de Rimbaud a Gómez de la Serna, encarna la tradición más añorada (desde fuera). Parece no ver nada y siempre está mirándolo todo.
miércoles, 10 de junio de 2015
Becqueriana / 71
El tiempo es ciego y sordo. Desconoce lo que es una sonrisa o un mohín de desagrado. Avanza hacia su propio abismo y empuja en su progresión sin sentido a quien vive. Vivir es someterse a su designio. Aunque el tiempo no sepa jugar, nosotros sí. Jugamos con él al escondite. Para que pase a nuestro lado, buscándonos, sin vernos. Como en todo juego, unas veces nos persigue él y otras nosotros. Nos tapamos los ojos y salimos en su busca sin encontrarlo nunca. El tiempo ni se entera; mientras, sin su cojera, caminamos a la luz de la luna.
lunes, 8 de junio de 2015
Becqueriana / 70
Escribo durante la tarde. La describo para ti. Los pequeños incendios de luz que deja el último sol primaveral sobre los tejados de la ciudad. El aleteo de los gorriones cuando el ladrido de un perro les asusta y son tantos los que abandonan la copa del plátano que parece que es el propio árbol quien echa a volar. En un cuadrado de texto que esculpo con paciencia de artesano voy tallando la tarde. Para que la conozcas cuando regreses de tus tareas. Aunque se quede el cuaderno cerrado y la lamparilla apagada, para que la reconozcas cuando me abraces.
sábado, 6 de junio de 2015
El pabellón dorado [18]
Para saber si una película es buena o mala basta con cerrar los ojos. En la respiración de los actores, en su manera de caminar sobre un sendero de guijarros, en el tintineo de unas copas de cristal se adivina el acierto de las imágenes. En las réplicas se advierte la altura de los intérpretes, si son capaces o no de trasmitir en la dicción la gestualidad exacta que requieren las palabras y sus tonos. Si con la música se urde la trama hasta llegar a inquietar. Solo me gustaría abrir los ojos ante un primer plano de ciertas actrices.
miércoles, 3 de junio de 2015
El pabellón dorado [17]
No siempre las imágenes son
necesarias. El mejor teatro se escribió como un arte para ciegos. «Por allí se
acercan las huestes, qué caballerías, qué nube de polvo levantan en la
llanura», clamaba el actor en el escenario y cuanto se decía se convertía en
visión. Dos actores eran capaces de interpretar un ejército mastodóntico. El
cine tiene un defecto. En todo momento ha de proyectar imágenes. Tantas que los
directores se especializan con empeño el arte de la obviedad. «Un ejército»,
dice el actor, y la imagen muestra cientos de extras ataviados como soldados.
¿Qué se gana con verlo?
lunes, 1 de junio de 2015
El pabellón dorado [16]
Cada cual tiene, dicen, una vocación. No sé muy bien para qué sirven las vocaciones. La mía, pensarán muchos, mejor sería no tenerla, aunque esta opinión prefiero reservársela para quienes trabajan empleados en aquello que desde niños deseaban hacer. Este sí me parece un rotundo fracaso del otro que convive con uno mismo. Siempre he querido ser crítico de cine. Cuando lo digo, se ríen. ¿Qué ha de hacer un crítico si no es valorar las películas? Y desde que el cine no es mudo, lo decisivo no está nunca en las imágenes, sino en las palabras. En los sonidos.
miércoles, 27 de mayo de 2015
«Literatura digital»
Qué difícil orientarse en el bosque de paradojas que rodea lo literario. Escribo unas palabras en un papel y sé que no hay nadie detrás, y sin embargo, la densidad de una tradición las abriga y les da sentido. Escribo en la pantalla otras palabras que al instante fluyen en la red y sé que inmediatamente alguien las lee, y sin embargo, con qué desamparo se quedan ahí, tiritando. Sale el libro de imprenta y apenas alcanza a un centenar de personas, y sin embargo el libro es una obra. Existe una bitácora, y es como si no existiera nada.
domingo, 24 de mayo de 2015
«Eso», de Inger Christensen (tríptico)
1
Det er verden. Eso es el mundo. Sin
verden. Su mundo. Jeg. Yo. Det er mig. Eso soy yo. Jeg skriver. Yo escribo. Biller. Escarabajos. Et ord. Una palabra. En have. Un jardín. En have for enden af en have. Un jardín al final de un jardín. Fuglene. Los pájaros. Kulissen. El decorado. Det er hvidt. Es blanco. Mens hvidt forsvinder. Mientras lo
blanco desaparece. Alt det der ikke
foregår. Todo lo que no tiene lugar. Det
er tavs. Está en silencio. Hundene
gør. Los perros ladran. Så.
Entonces. Liv er død. La vida es
muerte. Sin død. Su muerte.
2
Está la vida que ocurre y la que
no tiene lugar. A veces elijo esta. Ocurre, tal vez, igual que la que ocurre,
pero no tiene lugar. Carecer de lugar libera a la vida de sujeciones. Ocurre
sí, pero en ningún lugar. En un lugar que carece de las condiciones que cumple
el lugar para que en él ocurra la vida. Que está libre de estas condiciones. No
sujeto a ninguna condición, dado que es un ningún lugar. Es esta libertad la
que me hace preferir la vida que no tiene lugar a la que ocurre. Ambas
igualmente frágiles. Efímeras.
Es la propia finitud la que
incita a contarlo. La vida, en el barroco, desde una conciencia mortal. El
ideal, en el romanticismo, desde el acabamiento de lo sagrado. La nada, a
principios del siglo pasado, desde un agónico fulgor. Y ya sin finitud, ya sin
que nada haya acabado ni vaya a acabar, ya sin que la vida sea algo distinto a
lo que no ocurre, sin que el pensamiento sea algo diferente al silencio, ya sin
que la injusticia sea un paso hacia la justicia. Ya sin que haya pasos.
Entonces es cuando empieza a contarlo Inger Christensen.
miércoles, 20 de mayo de 2015
«Elegías doppler», de Ben Lerner (tríptico)
Veo a veces en los Encantes, tirados por el suelo, cuadernos escolares donde alguien ha pegado recortes con algún propósito. Bien por gusto, bien por asombro. Página a página, abultadas por la mala posteridad del pegamento, emulan un modelo: el libro ilustrado, el periódico, acaso el álbum. A quien los ojea, de pie, sin ánimo siquiera para preguntar por el precio (¿qué haría con eso en casa?), le producen una difusa melancolía. Adivina detrás un ánimo sostenido, ingenuo, de reconstrucción de un encanto que le llegaba hecho añicos. O astillado. Un deseo ciego de sentirse «brevemente emancipado de la fragmentación».
Como cuando el metro abandona el túnel y sale al exterior, dice Ben Lerner. Así salvar el desastre de que las imágenes y las ideas fluyan. Estén ahí solo para irse, en el periódico que cubre el suelo recién fregado. Son esos cuadernos escolares hinchados igual que se hincha un cadáver el mismo desastre que acucia al lenguaje. «El desastre / de no terminar las oraciones». Frases pegadas en la trompa de Eustaquio que se quedan ahí, grafitis en las paredes del barrio donde el alcalde no saca votos. Versos que alguien engoma en el espacio indeciso y casual del poema.
Frases que modifican su onda elegíaca cuando se acercan y cuando se alejan, porque acercarse y alejarse es «el desastre del lenguaje», el único con el que se entiende y no se entiende al mismo tiempo. Con el que se ve con total claridad lo que no se está viendo: «Poemas / sobre estrellas / y / sobre cómo las borran las farolas / de la calle». Un jarrón que al desenvolverlo llega agrietado y sin vale de retorno. Y al forzarlo para disimular las fisuras, acaba resquebrajado. En este punto escribe Ben Lerner sus poemas. Sus recortes de oraciones unidas por cola sintáctica.
sábado, 16 de mayo de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 39
La vida es el arroyo que corretea entre las piedras junto al que uno se sienta, bajo la umbría de las encinas, para observar cómo las ranas saltan al cauce cuando oyen voces y perciben alguna sombra. La vida es la brisa de la tarde que peina los campos de trigo y esparce un aroma cereal que perfuma las palabras que aparecen en la luz llegadas no se sabe de dónde. La vida son las nubes que se forman y deshacen dando a su aparente quietud una velocidad que maravilla a aquellos cuerpos dinámicos ahora tan quietos sobre la hierba.
martes, 12 de mayo de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 38
Las ventanas son páginas de un cuaderno que guarda palabras del presente. En las ventanas quedan escritas las dimensiones de una mirada, el arco que traza el tiempo al recorrer el cielo, la intensidad cromática de una aguja en la copa del pino. Da gusto asomarse a las ventanas para pensar. Lo que en sus cristales se dibuja forma la colección de metáforas elegidas. Cada ventana se alza en la pared como un poema enmarcado. A este lado de la ventana siempre hay lo mismo que al otro lado. Quien contempla se convierte en lo contemplado. Cada uno, un paisaje.
jueves, 7 de mayo de 2015
Becqueriana / 69
Salimos de la ducha. El cuerpo húmedo. El corazón que tiembla. Con la toalla escurro tu cabello. Tú enjugas mi espalda, mis piernas, mis rodillas. Yo seco tu pecho, tus caderas, tus pies. Busco tus braguitas en el montón de ropa limpia y te las calzo. Consigues mis calzoncillos y me los pones. Acierto con el cierre de tu sujetador, deslizas la camiseta por mi torso. Abotono tu blusa y tú mi camisa. Subes la cremallera que cierra mis pantalones y yo la que abrocha tu falda. Y así, recién vestidos, nos abrazamos, nos besamos, nos buscamos uno al otro.
domingo, 3 de mayo de 2015
Becqueriana / 68
Quien ahora te está escribiendo abrió el volumen de las Rimas de Bécquer que acababa de comprar en Los Encantes. Impreso en 1926. Tapas de cartoné verde, lomo descolorido por la luz, papel ahuesado. Una cenefa al frente de cada poema. A su inicio, una capital. Leyó algunas páginas, antes en la memoria que en la tipografía. Se durmió con el libro en las manos y por la mañana encontró en su lugar cien palabras. Un relato de amor. Tal vez, sobre el amor. Astillas de un poema, quizá. Las reunió con delicadeza y se las entregó a este cuaderno.
jueves, 30 de abril de 2015
El pabellón dorado [15]
Para que no me olvides, parecen decir las fotografías que unos con
otros se intercambian. A mí, sin embargo, nunca me ofrecen ninguna. Porque no
las voy a ver, deben de pensar, y aunque se equivoquen en el pensamiento,
aciertan en la idea: porque recuerdo. Solo se olvida lo que se registra en
imágenes. «¿Cómo era aquella persona?», le oigo lamentarse a veces a mi madre.
«¿Cómo has podido olvidarla?», olía a saco de avena abierto un día de lluvia y
llevaba en invierno una chaqueta de lana gruesa. «¿Cómo puedes acordarte de tantas
cosas?» Porque no las he visto.
martes, 28 de abril de 2015
El pabellón dorado [14]
Has quedado muy guapo.
Será porque estoy con los ojos
cerrados.
Y tú qué sabrás cómo tienes los
ojos. Bien bonitos son.
Un hueco.
¿Por qué dices eso, si no los
puedes ver?
Son mis ojos. Los veo por dentro.
Pues por fuera son hermosos.
Oscuros, una cortina tupida al
otro lado de la cual hay luz.
No seas sarcástico, hijo.
Disculpe, madre. A veces mis ojos
se transforman en un resplandor.
Ves cómo son lindos.
Es cuando más hermosos son. Una
centella los cruza.
Estás guapo. Da gusto verte.
¿Solo en la foto? Será que no
salgo en ella.
domingo, 26 de abril de 2015
El pabellón dorado [13]
Las fotografías tienen un tacto irreal. Se supone que algo hay inscrito en el rectángulo deslizante, pero no se ve. Tal vez porque solo enseñan lo que no está y al verlo se esté viendo solo lo que no se ve. Siempre hay a quien le gusta contarme una fotografía. Y a mí escuchárselo contar. Un cuento. No importa no verlo. Qué pena, me dicen, que no lo veas. Y quien me habla únicamente cree que ve. La fotografía nació ciega. Solo refleja lo que no ocurre, lo que no está. Lo que se fue o lo que se sueña.
jueves, 23 de abril de 2015
«Novela», de Arnaldo Calveyra (pentámetro)
Cada año por estas fechas, hacia finales de abril o principios de mayo, Arnaldo Calveyra aparecía por Barcelona. Venía para hablar con su agente y a partir de cierta fecha también con su editora. Desde París llegaba en el tren nocturno. Ocupaba una cama en un departamento compartido. Aguardaba yo año a año la historia de aquel viaje. Era lo primero que contaba, la novela de la noche ferroviaria. La de extraños personajes e inverosímiles conversaciones que se juntaban en las literas donde viajaba Arnaldo. Lo que se pierden, pensaba entonces y ahora, quienes sacan billete en un compartimento individual.
Le vi salir feliz algunos años. Su nuevo editor proyectaba reeditar títulos, unos en España, otros en la filial argentina del sello. Una noche de la que sería su última visita había quedado en recogerle a la salida de la cena con su editora. Me llamó aquella tarde y me pidió que adelantara la hora. No había cena. Ni editora, que no le había querido recibir. Ni proyectos, pues acababan de informarle de que habían decidido anular todas las ediciones previstas. De un plumazo. Nada de lo hablado. Así se lo dijo un empleado de la editorial. Un empleado cualquiera.
¿Has cenado?, imagino que le pregunté. Me pidió que condujera, como hacíamos algunas noches. Recorríamos al tuntún las calles de la ciudad. Íbamos hasta el Monasterio de Pedralbes. Hay allí una plaza silenciosa y recóndita. Subíamos la escalinata. Palpábamos los sillares, sentíamos su frescor antiguo. Luego nos sentábamos en un banco, bajo las palmeras. No sé de qué hablábamos, la conversación saltaba de las lecturas a la biografía y de las opiniones a los sueños con la naturalidad del agua que brota de una fuente. Aquel día Arnaldo estuvo en silencio largo rato, con la mirada fija en la noche.
No regresó a Barcelona en primavera. Pasé años echando de menos aquellas visitas. Poco tiempo después empezó a viajar a Argentina, a donde no había ido durante décadas. Allí encontró la editorial que creyó en él, como antes había creído en su obra Actes Sud, que publicó todos sus libros. En francés. Sus títulos en Adriana Hidalgo editora, los nuevos que le entregó y la Poesía reunida (2008), espléndidamente publicados, hacían por fin justicia a quien posiblemente haya escrito en la segunda mitad del siglo XX una poesía con un uso de la lengua más libre, más dúctil, tan visionario.
Su último libro se titula Novela. Publicado en febrero de 2014. Un año después, una noche de enero, Arnaldo se sintió indispuesto. Su corazón se detuvo. Durante todos los días de su vida llevó en el bolsillo de la americana un comprimido por si algo así ocurría. Siempre escribió bajo esta amenaza. En Novela aparece también agazapada. Novela: una caja donde guardar las astillas de las cientos (miles) de novelas que habitaron su pensamiento. Apenas un pedazo (un diálogo, una observación luminosa, acaso una epifanía) escrito de cada una de ellas. La novela de los viajes nocturnos en departamento compartido.
lunes, 20 de abril de 2015
Becqueriana / 67
De la mano. Balanceándolas. Con pasos saltarines. Deteniéndonos de súbito y de repente echando a correr. Sin parar de hablar, los dos casi a la vez, o dejando que sea el silencio quien hable con nosotros. Las aves que gorjean en el cable del teléfono o el trigo ya crecido que tontea con el viento, alocado e impetuoso siempre. Todo parece ahí delante solo para que nosotros pasemos por delante, rozándolo con las palabras. Hoy vamos de camino al mar. El mar es siempre una fiesta. Una fiesta diferente. Cuando llegamos en lugar de bailar, nos quedamos serios, estáticos. Emocionados.
sábado, 18 de abril de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 37
Los árboles cantan. Sus hojas forman un coro de voces diáfanas. La brisa lo dirige. Y a veces invitan a un director foráneo, que llega con una larga melena despeinada y la barba sin recortar, se quita la chaqueta y remangada la camisa no cesa de dar indicaciones con la batuta a las hojas para que alcancen los tonos más altos. Es el viento. Da gusto escuchar las canciones de los árboles. Sus melodías serenas, amorosas. Letras que aprendieron hace siglos y que repiten a diario con la misma jovialidad. Como si las inventaran. Abro la silla de tijera. Escucho.
jueves, 16 de abril de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 36
El neón del rótulo les añade en
el gesto acentos circunflejos de un idioma impenetrable. El relente de la noche queda inadvertido en la camisa con las mangas dobladas hacia el antebrazo
y algo fugada del cinturón de piel negra por la espalda. En columnas
salomónicas el frío huye con las bocanadas exhaladas a la puerta. Y si con una
mano sostienen la brasa, con la otra abrazan la cintura de mujeres de medias
negras. Paso buscándole a mi cazadora un punto más arriba en el cierre de la
cremallera. No existe la temperatura ni el desmoronamiento para los
fumadores.
martes, 14 de abril de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 35
Toldo que los cuerpos cuelgan sobre su abrazo con cuatro palos clavados en la arena, la noche los ensimisma. Enramada de silencios que acoge los susurros, la noche entra en el interior de cada uno con su callada armonía. La peregrina. La que llega a la hora de los cansancios para entregar la vitalidad escondida de la ternura. La efusiva. La que enciende la chimenea de los anhelos con su aliento. La desdibujada. La que arranca las hojas del cuaderno donde están escritas las costumbres. La amiga. Manto que se echa sobre los hombros de los deseos. La que vibra.
domingo, 12 de abril de 2015
Becqueriana / 66
El viento pasea su oráculo por los campos, desordenándolos. Su único propósito es alterar la forma majestuosa de las flores, despeinándolas; de los árboles, socavando su condición enhiesta; del silencio, poblándolo de culebras. Su profecía es el cambio, la mudanza de lo conocido, el temblor del espacio donde con ladrillos construirán un edificio que lo desafíe. Entra por las ventanas para saciar su sed de preguntas. Cierra las puertas de golpe con desparpajo de bromista y oculta los secretos que están a la vista. Solitario allá donde sople, donde se aloje, donde trastorne, su voluntad busca siempre desmelenar las voluntades.
viernes, 10 de abril de 2015
Becqueriana / 65
La lluvia escribe en el aire con una caligrafía densa, apretada, enigmática. Los zapatos escriben en el polvo del camino con una letra pausada, plácida, dócil, que de vez en cuando se detiene a meditar con las dos puntas de sus signos cara a cara. Las mariposas copian sobre el prado grafías caprichosas y coloristas que parecen transcribir una única palabra, la misma siempre, con infinidad de significados. Las manos escriben sobre la piel de un cuerpo con trazo delicado e insistente un verso que le hace gemir de satisfacción. Recrean en la piel la escritura desbordada de la lluvia.
miércoles, 8 de abril de 2015
«Puente de Vauxhall», de Javier Sebastián
Una trama es la sucesión de muñecas rusas idénticas, una dentro de otra, que al final, en el interior de la más diminuta, guarda en un papelito enrollado el nombre del más inocente de los personajes, aquel que no contiene en su interior ninguna muñeca repetida. En la novela de Javier Sebastián (1962) se llama Fabiola. Y sobre sus ojos risueños cae el telón hecho jirones de una monarquía y la matemática cruzada de sus servicios secretos. A la sombra de los acontecimientos de dimensiones excesivas sus novelas saben descubrir el anonimato brutal y descarnado de las tragedias no mediáticas.
lunes, 6 de abril de 2015
El pabellón dorado [12]
Llego de la calle a veces entristecido. He oído chillar a una madre, «te he dicho que el verde», y me he sentido como el niño que no sabe aún distinguir entre los colores el matiz del verde. He oído en el mercado a una vendedora elogiar el brillo de su pescado y aunque haya recopilado todas las imágenes que sé que fulgen, ignoro cuál de ellas destaca en las escamas de un pescado tieso y duro, que hacía poco aún nadaba. He oído ladrar a un perro que no me ha dejado conocerle, esquivo, a través de su pelaje.
sábado, 4 de abril de 2015
El pabellón dorado [11]
Llego de la calle más sabio. Nada he aprendido en ella si no he sido yo quien me he sorprendido subrepticiamente descubriendo algo. A espaldas de mí, ocultándomelo. Porque no es posible conocer lo que se espera conocer. Ni siquiera lo que se siente conocer. No hay saber nuevo en lo sabido. Y una vez sabido, empieza su lento deterioro. La espera de ser sustituido por otro conocimiento, acaso más preciso o tal vez más audaz. Pero siempre imprevisto. O mejor será decir, imprevisible. Un sonido nuevo, una textura desconocida, una palabra que de repente revela. Y soy más sabio.
jueves, 2 de abril de 2015
El pabellón dorado [10]
Llego de la calle cansado. El cansancio es la manera de ganarse un premio, el descanso. Me gusta descansar, no hacer nada; pero no es posible disfrutarlo si antes no se ha hecho algo costoso. De ahí que cualquier esfuerzo que me proponga llegue a mí con descuento. Me desvelo por hacer algo y al mismo tiempo sueño con llegar a casa fatigado para poder tumbarme aquí, las piernas estiradas, los brazos remolones, poner un disco y dejarme llevar por la corriente de la música río abajo mientras la brisa enloquece las hojas de los álamos y las alondras cantan.
martes, 31 de marzo de 2015
F.C. (In memoriam)
Dibujaba perfiles sesgados con
narices siempre aguileñas, se esmeraba en los ojos, en las pestañas. Dibujos
que ocupaban el margen de un periódico, el reverso de una factura. A veces
aprovechaba el mismo espacio para copiar largas sumas con números de
tipografía gótica que a mí me parecían columnas. Descubrió la acuarela con el
tiempo. Empezó pintando paisajes con casa. Una serie. Luego animales, otra.
Flores exóticas. Y durante los últimos años retratos. Le guardaba las revistas
que regalan los periódicos. Su inmensa colección de semblantes me mira hoy desde la
pared donde los colgaba. En todos veo su rostro.
domingo, 29 de marzo de 2015
El ensimismado
Cada uno de los ciento cuarenta y
cuatro pasajeros pasó a un metro del copiloto. Durante el embarque la puerta de
cabina permanece entornada, o abierta; entran y salen técnicos del aeropuerto.
Algunos viajeros echan un vistazo. Suelo hacerlo. Miro la cara de los pilotos,
casi siempre sonríen. El copiloto no debió de ver a nadie, ensimismado como
andaba. Detrás de él, tampoco a su lado, no supo mirar a nadie. Solo su
tragedia importaba: el globo desinflado de la ambición. A quienes no estábamos
dentro del avión nos queda una duda: ¿el ensimismamiento fue cosa personal o es
sociológico?
sábado, 28 de marzo de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 34
El ramillete de violetas
silvestres con el que se regresa de un paseo revitaliza el recibidor. Una rosa
en un jarrón de vidrio tan delgado como su tallo señorea encima de la mesa. Un
haz de tulipanes en una jarra de barro antigua hace amistad con los libros en
el estante. Una maceta con una orquídea solitaria controla la calidad de la luz
que la ventana cuela. En su alféizar un parterre de claveles se mira con gusto
en el reflejo del cristal. La tarde entre flores acentúa los valores del
presente. La exaltación de los colores desbanca el tiempo.
viernes, 27 de marzo de 2015
Fugas inversas (al «Arte de la fuga» de Vicente Valero y a modo de homenaje)
La del pastor de Ribatejo. Filósofo. Analfabeto. Soñó un día con la existencia de quien le escribiera sus pensamientos. Prefirió un poeta. Que hubiera viajado, pero no un viajero. Lisboeta, culto. Que hablara lenguas tan extranjeras como las que él comprendía al oír la naturaleza. La del ebanista de Tubinga que soñaba con alojar en el cuarto que daba al río a un poeta que al cantar la majestuosidad de los bosques le perdonara que convirtiera sus árboles en muebles. Aunque ese poeta fuera un loco. La de la amada que sueña con versos verdaderos escritos por un carmelita. Descalzo.
miércoles, 25 de marzo de 2015
«hay un rastro», de Elías Moro
El tránsito de la escritura de Elías Moro por la memoria de la guerra, desde los presagios que trae la nieve hasta la lluvia sobre los yertos rostros, apela al sentido de la derrota en tiempos de victorias triviales. La poesía de hay un rastro levanta la losa donde descansa lo que nadie debe olvidar. Lo que despierta el sentido de la tragedia, que posiblemente sea la mayor pérdida provocada por el ictus generalizado que sufre el presente. Este es un libro que no ha perdido la esperanza de mostrar a los lectores la vigencia del sentido de lo trágico.
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