miércoles, 20 de noviembre de 2013

Becqueriana / 35


Los habitantes de la noche se reconocen por los aromas cultivados en la piel durante el día. El vaho agreste del té, la fragancia de las camelias, el salitre del abrazo. Se descubren en la oscuridad por el tacto. El cuenco de las manos se colma con el dulzor de las mejillas, la levedad del cuello, la tersura de unos brazos. Los transeúntes de la noche identifican su compañía en el exacto eco de las pisadas que queda flotando sobre la gravilla del sendero. En el rumor de una respiración que se aproxima. En las palabras que no necesitan pronunciarse.