Para que no me olvides, parecen decir las fotografías que unos con
otros se intercambian. A mí, sin embargo, nunca me ofrecen ninguna. Porque no
las voy a ver, deben de pensar, y aunque se equivoquen en el pensamiento,
aciertan en la idea: porque recuerdo. Solo se olvida lo que se registra en
imágenes. «¿Cómo era aquella persona?», le oigo lamentarse a veces a mi madre.
«¿Cómo has podido olvidarla?», olía a saco de avena abierto un día de lluvia y
llevaba en invierno una chaqueta de lana gruesa. «¿Cómo puedes acordarte de tantas
cosas?» Porque no las he visto.
jueves, 30 de abril de 2015
martes, 28 de abril de 2015
El pabellón dorado [14]
Has quedado muy guapo.
Será porque estoy con los ojos
cerrados.
Y tú qué sabrás cómo tienes los
ojos. Bien bonitos son.
Un hueco.
¿Por qué dices eso, si no los
puedes ver?
Son mis ojos. Los veo por dentro.
Pues por fuera son hermosos.
Oscuros, una cortina tupida al
otro lado de la cual hay luz.
No seas sarcástico, hijo.
Disculpe, madre. A veces mis ojos
se transforman en un resplandor.
Ves cómo son lindos.
Es cuando más hermosos son. Una
centella los cruza.
Estás guapo. Da gusto verte.
¿Solo en la foto? Será que no
salgo en ella.
domingo, 26 de abril de 2015
El pabellón dorado [13]
Las fotografías tienen un tacto irreal. Se supone que algo hay inscrito en el rectángulo deslizante, pero no se ve. Tal vez porque solo enseñan lo que no está y al verlo se esté viendo solo lo que no se ve. Siempre hay a quien le gusta contarme una fotografía. Y a mí escuchárselo contar. Un cuento. No importa no verlo. Qué pena, me dicen, que no lo veas. Y quien me habla únicamente cree que ve. La fotografía nació ciega. Solo refleja lo que no ocurre, lo que no está. Lo que se fue o lo que se sueña.
jueves, 23 de abril de 2015
«Novela», de Arnaldo Calveyra (pentámetro)
Cada año por estas fechas, hacia finales de abril o principios de mayo, Arnaldo Calveyra aparecía por Barcelona. Venía para hablar con su agente y a partir de cierta fecha también con su editora. Desde París llegaba en el tren nocturno. Ocupaba una cama en un departamento compartido. Aguardaba yo año a año la historia de aquel viaje. Era lo primero que contaba, la novela de la noche ferroviaria. La de extraños personajes e inverosímiles conversaciones que se juntaban en las literas donde viajaba Arnaldo. Lo que se pierden, pensaba entonces y ahora, quienes sacan billete en un compartimento individual.
Le vi salir feliz algunos años. Su nuevo editor proyectaba reeditar títulos, unos en España, otros en la filial argentina del sello. Una noche de la que sería su última visita había quedado en recogerle a la salida de la cena con su editora. Me llamó aquella tarde y me pidió que adelantara la hora. No había cena. Ni editora, que no le había querido recibir. Ni proyectos, pues acababan de informarle de que habían decidido anular todas las ediciones previstas. De un plumazo. Nada de lo hablado. Así se lo dijo un empleado de la editorial. Un empleado cualquiera.
¿Has cenado?, imagino que le pregunté. Me pidió que condujera, como hacíamos algunas noches. Recorríamos al tuntún las calles de la ciudad. Íbamos hasta el Monasterio de Pedralbes. Hay allí una plaza silenciosa y recóndita. Subíamos la escalinata. Palpábamos los sillares, sentíamos su frescor antiguo. Luego nos sentábamos en un banco, bajo las palmeras. No sé de qué hablábamos, la conversación saltaba de las lecturas a la biografía y de las opiniones a los sueños con la naturalidad del agua que brota de una fuente. Aquel día Arnaldo estuvo en silencio largo rato, con la mirada fija en la noche.
No regresó a Barcelona en primavera. Pasé años echando de menos aquellas visitas. Poco tiempo después empezó a viajar a Argentina, a donde no había ido durante décadas. Allí encontró la editorial que creyó en él, como antes había creído en su obra Actes Sud, que publicó todos sus libros. En francés. Sus títulos en Adriana Hidalgo editora, los nuevos que le entregó y la Poesía reunida (2008), espléndidamente publicados, hacían por fin justicia a quien posiblemente haya escrito en la segunda mitad del siglo XX una poesía con un uso de la lengua más libre, más dúctil, tan visionario.
Su último libro se titula Novela. Publicado en febrero de 2014. Un año después, una noche de enero, Arnaldo se sintió indispuesto. Su corazón se detuvo. Durante todos los días de su vida llevó en el bolsillo de la americana un comprimido por si algo así ocurría. Siempre escribió bajo esta amenaza. En Novela aparece también agazapada. Novela: una caja donde guardar las astillas de las cientos (miles) de novelas que habitaron su pensamiento. Apenas un pedazo (un diálogo, una observación luminosa, acaso una epifanía) escrito de cada una de ellas. La novela de los viajes nocturnos en departamento compartido.
lunes, 20 de abril de 2015
Becqueriana / 67
De la mano. Balanceándolas. Con pasos saltarines. Deteniéndonos de súbito y de repente echando a correr. Sin parar de hablar, los dos casi a la vez, o dejando que sea el silencio quien hable con nosotros. Las aves que gorjean en el cable del teléfono o el trigo ya crecido que tontea con el viento, alocado e impetuoso siempre. Todo parece ahí delante solo para que nosotros pasemos por delante, rozándolo con las palabras. Hoy vamos de camino al mar. El mar es siempre una fiesta. Una fiesta diferente. Cuando llegamos en lugar de bailar, nos quedamos serios, estáticos. Emocionados.
sábado, 18 de abril de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 37
Los árboles cantan. Sus hojas forman un coro de voces diáfanas. La brisa lo dirige. Y a veces invitan a un director foráneo, que llega con una larga melena despeinada y la barba sin recortar, se quita la chaqueta y remangada la camisa no cesa de dar indicaciones con la batuta a las hojas para que alcancen los tonos más altos. Es el viento. Da gusto escuchar las canciones de los árboles. Sus melodías serenas, amorosas. Letras que aprendieron hace siglos y que repiten a diario con la misma jovialidad. Como si las inventaran. Abro la silla de tijera. Escucho.
jueves, 16 de abril de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 36
El neón del rótulo les añade en
el gesto acentos circunflejos de un idioma impenetrable. El relente de la noche queda inadvertido en la camisa con las mangas dobladas hacia el antebrazo
y algo fugada del cinturón de piel negra por la espalda. En columnas
salomónicas el frío huye con las bocanadas exhaladas a la puerta. Y si con una
mano sostienen la brasa, con la otra abrazan la cintura de mujeres de medias
negras. Paso buscándole a mi cazadora un punto más arriba en el cierre de la
cremallera. No existe la temperatura ni el desmoronamiento para los
fumadores.
martes, 14 de abril de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 35
Toldo que los cuerpos cuelgan sobre su abrazo con cuatro palos clavados en la arena, la noche los ensimisma. Enramada de silencios que acoge los susurros, la noche entra en el interior de cada uno con su callada armonía. La peregrina. La que llega a la hora de los cansancios para entregar la vitalidad escondida de la ternura. La efusiva. La que enciende la chimenea de los anhelos con su aliento. La desdibujada. La que arranca las hojas del cuaderno donde están escritas las costumbres. La amiga. Manto que se echa sobre los hombros de los deseos. La que vibra.
domingo, 12 de abril de 2015
Becqueriana / 66
El viento pasea su oráculo por los campos, desordenándolos. Su único propósito es alterar la forma majestuosa de las flores, despeinándolas; de los árboles, socavando su condición enhiesta; del silencio, poblándolo de culebras. Su profecía es el cambio, la mudanza de lo conocido, el temblor del espacio donde con ladrillos construirán un edificio que lo desafíe. Entra por las ventanas para saciar su sed de preguntas. Cierra las puertas de golpe con desparpajo de bromista y oculta los secretos que están a la vista. Solitario allá donde sople, donde se aloje, donde trastorne, su voluntad busca siempre desmelenar las voluntades.
viernes, 10 de abril de 2015
Becqueriana / 65
La lluvia escribe en el aire con una caligrafía densa, apretada, enigmática. Los zapatos escriben en el polvo del camino con una letra pausada, plácida, dócil, que de vez en cuando se detiene a meditar con las dos puntas de sus signos cara a cara. Las mariposas copian sobre el prado grafías caprichosas y coloristas que parecen transcribir una única palabra, la misma siempre, con infinidad de significados. Las manos escriben sobre la piel de un cuerpo con trazo delicado e insistente un verso que le hace gemir de satisfacción. Recrean en la piel la escritura desbordada de la lluvia.
miércoles, 8 de abril de 2015
«Puente de Vauxhall», de Javier Sebastián
Una trama es la sucesión de muñecas rusas idénticas, una dentro de otra, que al final, en el interior de la más diminuta, guarda en un papelito enrollado el nombre del más inocente de los personajes, aquel que no contiene en su interior ninguna muñeca repetida. En la novela de Javier Sebastián (1962) se llama Fabiola. Y sobre sus ojos risueños cae el telón hecho jirones de una monarquía y la matemática cruzada de sus servicios secretos. A la sombra de los acontecimientos de dimensiones excesivas sus novelas saben descubrir el anonimato brutal y descarnado de las tragedias no mediáticas.
lunes, 6 de abril de 2015
El pabellón dorado [12]
Llego de la calle a veces entristecido. He oído chillar a una madre, «te he dicho que el verde», y me he sentido como el niño que no sabe aún distinguir entre los colores el matiz del verde. He oído en el mercado a una vendedora elogiar el brillo de su pescado y aunque haya recopilado todas las imágenes que sé que fulgen, ignoro cuál de ellas destaca en las escamas de un pescado tieso y duro, que hacía poco aún nadaba. He oído ladrar a un perro que no me ha dejado conocerle, esquivo, a través de su pelaje.
sábado, 4 de abril de 2015
El pabellón dorado [11]
Llego de la calle más sabio. Nada he aprendido en ella si no he sido yo quien me he sorprendido subrepticiamente descubriendo algo. A espaldas de mí, ocultándomelo. Porque no es posible conocer lo que se espera conocer. Ni siquiera lo que se siente conocer. No hay saber nuevo en lo sabido. Y una vez sabido, empieza su lento deterioro. La espera de ser sustituido por otro conocimiento, acaso más preciso o tal vez más audaz. Pero siempre imprevisto. O mejor será decir, imprevisible. Un sonido nuevo, una textura desconocida, una palabra que de repente revela. Y soy más sabio.
jueves, 2 de abril de 2015
El pabellón dorado [10]
Llego de la calle cansado. El cansancio es la manera de ganarse un premio, el descanso. Me gusta descansar, no hacer nada; pero no es posible disfrutarlo si antes no se ha hecho algo costoso. De ahí que cualquier esfuerzo que me proponga llegue a mí con descuento. Me desvelo por hacer algo y al mismo tiempo sueño con llegar a casa fatigado para poder tumbarme aquí, las piernas estiradas, los brazos remolones, poner un disco y dejarme llevar por la corriente de la música río abajo mientras la brisa enloquece las hojas de los álamos y las alondras cantan.
martes, 31 de marzo de 2015
F.C. (In memoriam)
Dibujaba perfiles sesgados con
narices siempre aguileñas, se esmeraba en los ojos, en las pestañas. Dibujos
que ocupaban el margen de un periódico, el reverso de una factura. A veces
aprovechaba el mismo espacio para copiar largas sumas con números de
tipografía gótica que a mí me parecían columnas. Descubrió la acuarela con el
tiempo. Empezó pintando paisajes con casa. Una serie. Luego animales, otra.
Flores exóticas. Y durante los últimos años retratos. Le guardaba las revistas
que regalan los periódicos. Su inmensa colección de semblantes me mira hoy desde la
pared donde los colgaba. En todos veo su rostro.
domingo, 29 de marzo de 2015
El ensimismado
Cada uno de los ciento cuarenta y
cuatro pasajeros pasó a un metro del copiloto. Durante el embarque la puerta de
cabina permanece entornada, o abierta; entran y salen técnicos del aeropuerto.
Algunos viajeros echan un vistazo. Suelo hacerlo. Miro la cara de los pilotos,
casi siempre sonríen. El copiloto no debió de ver a nadie, ensimismado como
andaba. Detrás de él, tampoco a su lado, no supo mirar a nadie. Solo su
tragedia importaba: el globo desinflado de la ambición. A quienes no estábamos
dentro del avión nos queda una duda: ¿el ensimismamiento fue cosa personal o es
sociológico?
sábado, 28 de marzo de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 34
El ramillete de violetas
silvestres con el que se regresa de un paseo revitaliza el recibidor. Una rosa
en un jarrón de vidrio tan delgado como su tallo señorea encima de la mesa. Un
haz de tulipanes en una jarra de barro antigua hace amistad con los libros en
el estante. Una maceta con una orquídea solitaria controla la calidad de la luz
que la ventana cuela. En su alféizar un parterre de claveles se mira con gusto
en el reflejo del cristal. La tarde entre flores acentúa los valores del
presente. La exaltación de los colores desbanca el tiempo.
viernes, 27 de marzo de 2015
Fugas inversas (al «Arte de la fuga» de Vicente Valero y a modo de homenaje)
La del pastor de Ribatejo. Filósofo. Analfabeto. Soñó un día con la existencia de quien le escribiera sus pensamientos. Prefirió un poeta. Que hubiera viajado, pero no un viajero. Lisboeta, culto. Que hablara lenguas tan extranjeras como las que él comprendía al oír la naturaleza. La del ebanista de Tubinga que soñaba con alojar en el cuarto que daba al río a un poeta que al cantar la majestuosidad de los bosques le perdonara que convirtiera sus árboles en muebles. Aunque ese poeta fuera un loco. La de la amada que sueña con versos verdaderos escritos por un carmelita. Descalzo.
miércoles, 25 de marzo de 2015
«hay un rastro», de Elías Moro
El tránsito de la escritura de Elías Moro por la memoria de la guerra, desde los presagios que trae la nieve hasta la lluvia sobre los yertos rostros, apela al sentido de la derrota en tiempos de victorias triviales. La poesía de hay un rastro levanta la losa donde descansa lo que nadie debe olvidar. Lo que despierta el sentido de la tragedia, que posiblemente sea la mayor pérdida provocada por el ictus generalizado que sufre el presente. Este es un libro que no ha perdido la esperanza de mostrar a los lectores la vigencia del sentido de lo trágico.
martes, 24 de marzo de 2015
«Alfabeto», de Inger Christensen (1935-2009)
Podría haber sido un naranjo. Sendero de un jardín con tres naranjos. También la cabeza erudita de una vaca. Pero Inger Christensen elige para empezar a dibujar lo real la A del árbol de los albaricoques. La visión nunca avanza en línea recta. Cada letra emerge con la misma dimensión de todas las letras anteriores juntas. Una manera de evocar con versos la trama insondable. Todas las letras, hasta 14. El soneto que contiene todos los sonetos. No escribe «el soneto existe», lo escribe. Los lazos que entrecruzan la belleza y la destrucción. Una playa donde el mar practica caligrafía.
domingo, 22 de marzo de 2015
Cuaderno de tapas rojinegras \ 33
Los días nacen de sí mismos. No los arrastra el tiempo ni se engarzan en un tren mercancías que cruza el paisaje sin que alcance a distinguirse un vagón de otro. Cada día crea su propia identidad, su carácter único. Y así se ha de vivir, sin otros días antes y sin que importe que vengan otros días después. Sin pensar en ellos, porque aún no existen. Están por crear. Vive solo el día de hoy, el que se concibe desde el amanecer con palabras y con deseos. Solo las horas que se crean con la voluntad de ser transitadas.
sábado, 14 de marzo de 2015
Habla Zurita
Raúl Zurita. Barcelona, 13 de marzo de 2015
Habla Zurita hacia adentro. Como si recordara lo que va a decir en lugar de decirlo. Y dice: «Un idioma es la única posibilidad de resurrección. Los vivos interpretamos al hablar una partitura escrita por los muertos». Cavila Zurita con sus silencios. Y si la meditación no le alcanza para concluir una frase, se queda a medias aguardando. Y piensa: «Hablar es dejar hablar». Recita Zurita hacia afuera. Con voz que emerge donde no estaba. Con voces que se cruzan fugaces disputándose la palabra «yo». Y deja dicho: «La poesía es la posibilidad de lo que no tiene ninguna posibilidad».
jueves, 12 de marzo de 2015
Becqueriana / 64
La lluvia aprendió música en la calle. De un palo que golpea un tronco. De una teja desprendida que abolla el coche de un concejal. De una piedra que impacta con el cristal de la ventana. Sus sonidos son severos, rotundos. Nacen del abandono y de la injusticia. Maullidos en el fondo del callejón. Ulular en los corredores del edificio en ruinas. Graznar de aves famélicas. La lluvia no tuvo otro maestro que la intemperie ni otra compañía que el desprecio. De ahí su ira. Entramos en casa chorreando, sin paraguas, las ropas empapadas, el deseo a flor de piel.
lunes, 9 de marzo de 2015
Becqueriana / 63
A donde uno se dirija o de donde venga, sabe que existe alguien que está a la espera. Y lo está también quien va o regresa. La espera es víspera de celebración. Es presentimiento. Es vecindad de la plenitud. No es ausencia, ni incertidumbre, ni insatisfacción. La espera es, solo, predisposición para el encuentro. Saber que no hay tarea que no quede interrumpida cuando se produzca, ser consciente de que el tiempo solo existe de manera provisional hasta el momento. Que luego todo ha de empezar siempre desde el principio. Esta convicción es la espera. El gozo del gozo prometido.
sábado, 7 de marzo de 2015
El pabellón dorado [9]
Caminar es conocer. No cuando los pasos reboten contra las losas, tintineen, se agoten. Al encontrarse, se pierdan. Entonces la marcha desatiende, nada hay más opaco que la lisura de una calzada. Más ignorante. El bastón no descubre. Raya. Descorazona lo nimio que resulta lo fácil. Ensalzar lo fácil. La canción de los guijarros entrega la humildad de sus notas a quien la escucha. Los susurros de la arena, el chasquido de la pizarra. La condición nómada que los movimientos le devuelven al alma mineral. Caminar es ver con los pies. Sentir en las plantas lo agreste y lo cándido.
jueves, 5 de marzo de 2015
El pabellón dorado [8]
Que no puedas verlas.
¿Las manzanas?
Las manzanas en el cuadro. Las ha
dibujado tu hermano.
Veo las manzanas. Las toco, las
huelo, me gustan.
¿Pero en el cuadro?
También las veo. ¿Dan ganas de
tocarlas, de olerlas, de morderlas?
Claro.
¿Ves como las veo?
A veces pienso que ves mejor que
nosotros.
Mejor no, como vosotros.
Pero que no puedas ver las que ha
dibujado tu hermano.
¿Tienen algo especial?
Son manzanas. Pero están tan bien
hechas. Tan reales.
Es lo que imagino. Tendrás que
colgar más alto el cuadro.
¿Más alto?
Claro. Igual las confundo y
muerdo una.
martes, 3 de marzo de 2015
El pabellón dorado [7]
La palabra luz es la más difícil de comprender si aparece entre las voces que se refieren a algo. Su sonido escueto y vertiginoso cuando se pronuncia ilumina como un súbito destello, pero continúa dejando fuera de la claridad lo que en apariencia vuelve visible. Una epifanía. O mejor, el sueño de un resplandor capaz de moldear el amorfo fluir de la tiniebla. La palabra luz emerge entonces, dicha, para dar corporeidad a lo que no se puede ver. Y es en ese no verse de donde extrae los signos adversos a la razón. Los signos afines a la música.
domingo, 1 de marzo de 2015
El estante (cronológico) de los discos
Carol King, Creedence Clearwater Revival, Lou Reed, Grateful Dead, Neil Young, Focus, Traffic, Kevin Coyne, Frank Zappa, King Crimson, Tom Waits, Leonard Cohen, Paolo Conte, Thelonious Monk, Gonzalo Rubalcaba, Wynton Marsalis, João Gilberto, Chico Buarque, Maria Bethânia, María Dolores Pradera, Chavela Vargas, Cesária Évora, Rodrigo Leão, Bola de Nieve, Amancio Prada, El Camarón de la Isla, Wim Mertens, Philip Glass, Ludovico Einaudi, Johannes Ciconia, Leoš Janáček, Claude Debussy, Erik Satie, Federic Mompou, John Cage, Charles Ives, Morton Feldman, Luigi Nono, Luciano Berio, Elliott Carter, Virgil Thomson, Steve Reich, György Kurtág, Jorge Grundman, Lhasa de Sela, Lula Pena, Silvia Pérez Cruz.
jueves, 26 de febrero de 2015
Elogio de los elogios
Un elogio es a la realidad lo que la maqueta de una promoción a los pisos por construir que vende una inmobiliaria. La ensoñación de un ideal. Será porque me entretengo más de lo conveniente delante de las maquetas —hubo una tienda de trenes en miniatura en cuyo escaparate perdía los horarios viendo dar vueltas a uno— los elogios me gustan. No recibirlos, que incomodan siempre, sino verlos aparecer. De hecho, ni siquiera importa que sean, por lo general, un simple espejismo. Sin una utopía debajo, por inocente que sea, parece que solo exista lo que vierten los críticos literarios.
domingo, 22 de febrero de 2015
Elogio de febrero
Las tardes de febrero son las de un niño que se aventura a lanzarse, en el parque, por el tobogán de los mayores y a subirse en el columpio de los grandes. Cada día conquistan un trozo nuevo de jardín cuya hierba revive con sus dorados. Y como se hace con los pequeños, a quienes una señal detrás de la puerta señala su incesante crecimiento, hay quien traza líneas de su avance. Le ayudan en este presentimiento de la primavera los almendros, cuyas tímidas flores de nieve rosada fulguran en mitad del invierno. Todos esperan lo que ellas ya poseen.
miércoles, 18 de febrero de 2015
Elogio de la fotografía
Fotografía de Edu Barbero, Tiempo visible, pág. 165
Decir con lo dicho. Y que resulte recién dicho. Nunca antes pronunciado. Ese milagro. Descubrir fuera, donde no está, lo que solo está dentro. Y verlo ahí afuera, solo porque ha sido mirado. Encuadrado. Fijado. Verlo ahí. Lo que solo está adentro, ahí afuera, donde no hay nada suyo. Decir con lo ajeno como si se estuviera diciendo con lo propio. Sin apropiarse de ello. Sin siquiera acercarse. Mirando únicamente. La mirada como delatora. Como narradora de acontecimientos cuyo relato no está. Se escribe al verlos. Al mirar. Al encuadrar. Al disparar. Una manera de multiplicar el tiempo al dividirlo.
viernes, 13 de febrero de 2015
Elogio de las librerías
Asunto de cierta antigüedad y
renombre es vivir dentro de la literatura. Aspirar a convertirse en poema tiene
sus precedentes. Hoy, tan ciegos ya de visiones, por fortuna quedan aún las
librerías. Cada vez menos, pero ahí están. Las de nuevo, desmejoradas, algo patéticas
de tanto que quieren gustar, tan con el pie cambiado; las de viejo, algunas
verdaderos arrecifes dispuestos a hacer naufragar cualquier época venidera. Como
textos dadaístas, los estantes escriben versos espontáneos y efímeros que
vibran en la memoria. Como textos sagrados, sacuden las conciencias con
epifanías. Cuando uno sale no se reconoce en quien ha entrado.
martes, 10 de febrero de 2015
Elogio de las manos entrelazadas
Quien escribe sostiene una calavera en una mano y formula la pregunta que carece de respuestas. ¿Símbolo o realidad? Sin lo real, el hilo del símbolo se escapa de la mano del niño que lo sujeta y se pierde en el cielo de una tarde de domingo. Sin valor simbólico, lo real resulta mera mecánica, espurio ejercicio. Pero símbolo y realidad rara vez ligan. Habrá que hacerlos ligar. Eso, la escritura. Y para aprehenderla, fuera de ella, observo algunos pequeños gestos que al tiempo son realidad y son símbolos. El que siento con mayor emoción: caminar con las manos entrelazadas.
viernes, 6 de febrero de 2015
Elogio de los números
No me aburre ojear libros de física. En su intrincada formulación hay algo que fascina, la certeza de que existe ahí un conocimiento, pero que es, para mí que solo los contemplo, inaccesible. Me llama la atención siempre que en las fórmulas matemáticas que los nutren apenas hay números. Y eso sí lo entiendo. Porque los números cada vez son menos ese latigazo frío y preciso de lo objetivo. La vida los carga de significados, es decir, se convierten en nociones subjetivas. Los números acaban por decir cosas nuestras y también cosas por nosotros. Náufragos del mar de la semántica.
lunes, 2 de febrero de 2015
Elogio de la poesía
pura entre impureses
JM
Si algún valor conserva todavía es el de carecer de cualquier valor. Lo valioso le resulta nimio. Su mérito es mayor cuanto menos vale. De ahí que los mejores nunca coincidieran con quienes mostraban pecharas predispuestas a las medallas. No es milicia. Ni privilegio. Ni aristocracia. A veces un joven, otras un oficinista, un lunático, qué sé yo, alguien al margen. Alguien casi por casualidad, se diría. Lejos siempre. Su acierto solo en manos del desacierto. Cuanto más se apunta, más se yerra. Amiga solo de quien más tiempo pierde. Una impureza, ahora, entre tanta vocación de interesadas, pragmáticas, purezas.
viernes, 30 de enero de 2015
Becqueriana / 62
La cocina, un rectángulo lleno de milagros. La fuente con frutas. El tarro de la miel. El bote del café molido. El plato con galletas de avena. La panera con las rebanadas recién cortadas. El recipiente con membrillo. Una ventana al patio. La dicha recuerda lugares más hermosos para ubicarse, sin pensar que la humildad suele ser más generosa. Desde la cafetera se desprende un aroma que invita a conversar con alegría. En la bandeja las formas del bizcocho de chocolate imitan a la perfección la felicidad. Una palabra que guardará la servilleta donde se registra el prodigio del momento.
miércoles, 28 de enero de 2015
Becqueriana / 61
Las manos siempre han querido ser pájaros. Ya no solo ala de ave, sino ellas mismas, en sí mismas, pájaro. Conocen las manos las ondulaciones, el fluir en el aire, la dicción de los vientos, la respiración de los pájaros. Y aspiran a serlo. También saben posarse como pájaros. Sobre el hombro, con precisión; sobre la cabeza, con dulzura; sobre los labios, con delicadeza. Saben alanzar la rama y agitarla un instante casi imperceptible cuando se posan, ese estremecimiento que se siente cuando las alas de la mano rozan la mejilla, acarician el cuello, caminan por la espalda. Ese pájaro.
lunes, 26 de enero de 2015
El pabellón dorado [6]
Una manzana es el chasquido de la carne jugosa cuando hincan los dientes en ella su voracidad. La tersura en la mano que la ha acerado a la boca. El aroma ácido a tierra que desprende. Es la tarde remansándose y alrededor una bandada de estorninos al posarse en las ramas del eucaliptos más alto. Un lápiz también puede ser una manzana, se dice. Si al dibujarla el rumor del grafito sobre el papel se condensa en una imagen que carecerá de cuanto convierte en manzana una manzana. Quizá también lo sea. El papel cruje, es terso. No es jugoso.
viernes, 23 de enero de 2015
El pabellón dorado [5]
La oscuridad es el envés de una visión. Es la visión concebida como atmósfera. Como líquido. Como humo. Como sima. Es el interior de un envoltorio. El relleno de una tarta que aguarda en una repisa del obrador. Lo que se transporta en un baúl que recorre la línea ferroviaria apilado junto a una ventana. Que no contempla. La parte rugosa del tapiz que no trasluce los tintes. Donde están anudadas las costuras de lo real que la mirada no ve. La negrura de los ojos que la ven. De los ojos que solo acceden al dorso de la claridad.
miércoles, 21 de enero de 2015
El pabellón dorado [4]
No hay más lugar que el que alcanzan los dedos a desentrañar. La piel rugosa de los revestimientos. La aspereza de las paredes donde la pintura se ha ido secando en su correoso noviazgo con el tiempo. Las maderas cuya suavidad busca compañía. Quien deja la mano sobre la mesa de nogal, quien acaricia el abedul de las molduras de la silla. La impresión fría del cristal, su seductora perfección de realidad superpuesta. La rugosidad desengañada del barro. El puchero, el cántaro, las orzas. Cuando palpar es conocer, el horizonte está concentrado en la materia. No hay ideas, solo asimiento.
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