La recibe de espalda. Mi nombre es Rosa. Ni se da la vuelta.
El gerente y propietario de Industrias Cárnicas James Joyce S.L. abrillanta la
plata del rótulo con un paño de algodón fino. He venido por el anuncio. Y sin siquiera girarse, después de
esparcir su aliento por las letras y seguir frotando, recita: Aguja, aleta, babilla, brazuelo, cadera…
siga, siga. Rosa se azora, tartamudea: cadera,
cadera… carri-carrillada… contra… costillar. Por primera vez se da la
vuelta el señor Joyce: ¡bravo! Culata, espaldilla, falda, llana, lomo…
siga, siga. Rosa ahora no duda:
Morcillo, morrillo, pecho, pescuezo… Aplaude: ¡Bravísima, contratada!
jueves, 9 de marzo de 2017
martes, 7 de marzo de 2017
Becqueriana / 102
A mano se escriben los versos. Con los dedos se cuentan sílabas y con el lápiz se tacha la palabra que puede ser sustituida por otra que tenga más puntería. La lista de la compra, ya sin sílabas contadas, pero también en verso y con tachaduras. A pluma queda sobre el cuaderno el retrato del día, al natural. A bolígrafo, en un billete de autobús, sin ninguna modificación, el aforismo del instante. Un paseo por la playa o el ascenso a un monte tras un día de lluvia, con el rastro de las pisadas sobre el lugar.
domingo, 5 de marzo de 2017
Becqueriana / 101
Escribes. La luz se arremolina en el suelo, junto a las sillas vacías, alrededor de los zapatos nostálgicos de los pies. Tus labios escriben en el papel de la piel palabras nuevas que ya conozco y palabras conocidas que nunca he sentido. El tiempo se tumba en el sofá con una novela policíaca en las manos. Estás escribiendo. La brisa baila un lento con las cortinas recogidas en un extremo de la ventana. La humedad de los labios inventa sensaciones en la espalda, un caligrama de estremecimientos que brilla a la caída del sol. Escribes. El día cierra los ojos.
viernes, 3 de marzo de 2017
Becqueriana / 100
Ríos navegables, los cuerpos nacen en las recónditas montañas del deseo. Un pequeño salto, una corriente, un fluir por entre las rocas de arroyo menudo, un murmullo de cauce bajo la frondosidad de un bosque. El agua crea al cuerpo. Y la ilusión lo ensancha, profundiza su lecho, estremece su superficie. Así, la seducción traza en la llanura de la tarde meandros de suaves curvas, un serpenteo que alarga el recorrido, que marea al tiempo. El anhelo forma en el río un delta, un mar de dunas que fotografían al mar. Un encuentro de aguas. La exaltación de ese encuentro.
miércoles, 1 de marzo de 2017
Becqueriana / 99
La ventana dispersa por el cuarto
la luz del poniente como si preparara la base cromática de un lienzo. La
música. La música la elige un estado de ánimo. Hoy vengo latina, le ha dicho al oído cuando ha entrado en sus
brazos al bajar del autobús. El vestido. El vestido lo han elegido las
preferencias que descubre cuando se miran. Se han descalzado. Sobre la madera
del suelo los pies acompasan los latidos que golpean ya en el pecho. Hoy he estudiado latín para ti, le dice.
Sonríen. Bailan. Afuera, la noche se asoma, como acostumbra, sorda y ciega.
domingo, 26 de febrero de 2017
1980- «Ciudades indefensas»
En la sala de los prerrafaelitas,
una Ofelia flotando en un lecho de flores atrae la mirada de una muchacha
menuda que, escéptica, sonríe ante la escena. En la esquina, en un taburete, la
vigilante —en el pecho una placa con el logotipo del museo y un nombre, Sylvia
Plath—, se alarma: Siempre tendrá treinta
y un años Ofelia, para la eternidad.
Fátima mira alrededor, cuando ve que no hay nadie se inquieta: ¿Se dirige a mí? Cautelosa, la vigilante
le devuelve la sonrisa: O al revés, quizá sea la
eternidad la que haya tenido treinta y un años.
martes, 21 de febrero de 2017
1979-«Puerca tierra»
La tarde se viste de gala. La
gente se arremolina ante los Recreativos Naturaleza. El campeón nacional de
ping-pong, el gran Pierre de Ronsard, ha aceptado enfrentase a John, el pastor
paladín de la Alta Saboya y nuestro héroe. Qué gran partido. Sirve Ronsard un céfiro que John contrarresta con carretilla. Siguen: lirio, uno; orina, otro. Ámbar; estiércol.
Altozano; leña. Máxima igualdad. Si
ataca con alba, se atrinchera con cuervos. Si se defiende con marfil, contrataca con gallinas. Jardín;
fogón. Coral; matojo. Qué
intensidad de juego entre el maestro y nuestro adalid. Diamante; zapatillas. Sin tiempo para respirar. Rosa; patata.
sábado, 18 de febrero de 2017
1978-«El imitador de voces»
A los juzgados, por favor. El joven taxista de agitado cabello se
da la vuelta. Le encara: ¿A los juzgados?
A ver, explíqueme por qué. Thomas lee la tarjeta de identidad que replica
el temblequeo del diésel: «Blaise Pascal». Mira la fotografía. El rostro,
aunque mejor peinado, coincide. Insiste: ¿Podría
llevarme, por favor, a los juzgados? Sobresaltados los ojos, el conductor
da un golpe de ira contra el volante: Eso
tendrá que explicármelo antes. Thomas duda: ¿Explicárselo, cómo? Se revuelve aún más la revuelta melena: ¡A los juzgados, como si fuera tan fácil!
Se araña las mejillas: ¿Quién puede
juzgarnos?
martes, 14 de febrero de 2017
1977- «La hora de la estrella»
—Servicios de Lampistería Kafka, le habla Frank. ¿En qué
puedo ayudarle?
—Aquí Clarice. Verá. Es urgente. Tengo un problema.
—¿Un escape?
—Exacto. Muy perspicaz.
—Bien. ¿Se trata de un personaje?
—Sí y no. ¿Cómo explicárselo?
—Con palabras, señora.
—Claro. Es un personaje, pero no es un personaje. Es el
narrador.
—¿Usted no, verdad?
—En absoluto. Es un hombre. Ha de morir con su personaje,
pero no es un personaje.
—Lo entiendo.
—Fantástico.
—¿Y se ha escapado?
—Claro, tras fallecer el personaje. No sé cómo acabar la
novela.
—¿Ha guardado sus datos?
—¿De un simple narrador? Ni siquiera sé el nombre.
viernes, 10 de febrero de 2017
1976-«¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?»
Estás rendido, chaval. Y mientras lo dice Miguel de Cervantes
Saavedra, jefe de camareros en la Cervecería Realidad, apoya el mentón sobre el
palo de la escoba a modo de pedestal ligero. Ahora barro, señor —promete Raymond sentado sobre una mesa por
recoger con una caña en la mano. El horizonte se abre a un oleaje de colillas
pisoteadas, cáscaras de altramuz, cuentas arrugadas, paquetes vacíos y un
sinfín de bultos indeterminados. Ahora
mismito, señor —le repite a su espalda de navegante que rema contra la
marejada. Descansa, chaval, hoy limpio
yo. Nada hay que rejuvenezca más que la deshonra.
lunes, 6 de febrero de 2017
1975- «Mortal y rosa»
Paco —con voz trémula le llama Juan Ramón Jiménez, el anciano jardinero municipal—, das unas zancadas que no hay quien te siga. Aguarda un instante, muchacho. Quiero despedirme. Me jubilan. Regresaré al pueblo. Uno ha de morir donde le reconozca la tierra en la que se echaron sus padres para concebirlo. Siempre he pensado así. Ha sido mi desgracia. Solo a ti puedo contártela. Tantas rosas como han florecido en mi jardín y camelias que he consentido hasta el capricho, tantos aromas y sin embargo ninguno me ha devuelto la gracia que perdí un día y no supe recuperar.
jueves, 2 de febrero de 2017
1974-«El mono gramático»
—Guillaume Apollinaire, comandante de vuelo. ¿Deseaba algo, joven?
—Encantado de conocerle. Octavio Paz, poeta y diplomático. Solo quería felicitarle por la travesía.
—¿Viaja a menudo?
—Es mi primera singladura hacia Oriente. Nada parecido, ¿verdad?, con su perpetua aventura.
—Bueno, hoy volamos a Delhi, pero mañana dormiré en mi apartamento de París.
—Y al día siguiente, de nuevo las alturas. El resplandor de las alturas.
—Sí, otra vez despegamos rumbo a Delhi.
—¡Delhi, qué profusión de maravillas!
—Bueno, usted ya llevará dos días.
—Lo decisivo es el espíritu errabundo.
—Y que no me olvide de la reunión de propietarios al volver.
martes, 31 de enero de 2017
# 576 oiɿɒƚɘib ,yɒnƨo⅃ ɒǫɒM
Quizá hoy sea la mañana en la que los rótulos informativos de la estación hayan dejado de funcionar. La palabra «destino» se vea tan abandonada como una muñeca en el armario de una joven. La lista de nombres de lugar y horarios se quede en blanco, que es un fondo negro en el que no aparece ninguna letra blanca. Tampoco la voz disciplinada de la megafonía acuda a solventar el desconcierto. Los puestos de información permanezcan con la persiana bajada. Las taquillas no hayan abierto. Y, sin embargo, cada pocos minutos llegue un tren y parta, nadie sabe hacia dónde.
jueves, 26 de enero de 2017
# 575
No hay casi nada en el interior de un instante. Apenas ha dejado algo atrás e idéntica nimiedad le aguarda por delante. Mecanismo que repite con indiferencia un proceso. Un engranaje que solo emite chasquidos regulares como prueba de que está en marcha. De que rueda. Sin que se sepa qué genera su discreto latido. O cómo urde la secuencia insignificante de instantes esa permanencia a la que denominamos vida. La esencia que tuvieran desaparece pronto, la densidad se va evaporando, el relato del que formaban parte quedó deshecho, un manuscrito anegado un día de crecida. Y, sin embargo, perdura.
martes, 24 de enero de 2017
# 574
En la calle mojada, sobre las losas que la lluvia ha charolado durante la tarde, quedan las huellas de mi caminar, un rastro opaco en un mar de brillos. Al girarme por casualidad, las he visto y me he detenido a observarlas. La línea que he recorrido en el espacio llega hasta el lugar donde estoy y desde donde veo la ausencia de cualquier línea hacia delante. Reflejos en la humedad de la piedra que mezclan los colores de rótulos, marquesinas y fachadas sin que nadie los haya pisado. Así concibo la vida cuando me paro a contemplarla. Ese instante.
domingo, 22 de enero de 2017
# 573
Baja el río con los bolsillos de su gastada gabardina llenos de piedras. Recuerdos de la agreste montaña donde nació, unas. Rocas que arrancaba en los parajes por donde fue joven torrente al que nada detenía. Emblemas de las llanuras por donde ha transitado silbando canciones de moda con el hatillo al hombro, otras. Minerales de colección que se llevaba de paseo cauce abajo, a los que proporcionaba, además, un nuevo aspecto, suave y elegante. Llega el río a su desembocadura con el macuto lleno de guijarros. Tantos que los confunde, a veces, antes de quedarse con las manos vacías.
viernes, 20 de enero de 2017
# 572
Es el espacio el que crea las palabras. Son el espacio y el deseo. Lo que rodea, lo enmarcado, lo que fluye cuando pasa la corriente río abajo y alguien se queda contemplándola desde el puente con el pensamiento absorto. Lo que dice entonces, esa expresión. También la que se pronuncia sin acertar a veces en el sonido, entre los cañaverales, a mitad de un abrazo, cuando los dedos se esparcen por la nuca y la mano se aferra a la cintura. Una palabra, casi gemido. Lenguaje con el que se comprende lo incomprensible. La vida, quizá. Cauce y anhelo.
miércoles, 18 de enero de 2017
# 571
Solo me sosiego cuando descubro que no importa si la casa donde estuve cenando esa noche era en este o en aquel edificio, en esta o aquella manzana, ahí o en otra calle, tal vez en esta vida. Si el Café donde tantas tardes humearon amontonadas como la hojarasca abría sus puertas aquí o era más allá, quién sabe, si después de que el hábito me condujera durante tantos años ahora ya ni siquiera soy capaz de determinar un punto, ni pensándolo. Pero en realidad, tampoco importa, porque el pasado pertenece a la imaginación. Es el contenido de la fantasía.
lunes, 16 de enero de 2017
# 570
Los sueños empiezan al despertar. Despliegan la energía necesaria para ponerse en pie. Desde el espejo le recuerdan a la persona que mira quién es. Porque un sueño exige a alguien que lo sueñe. Con voluntad, con carácter, con convicción, con insistencia y con alegría de soñarlo. Son la luz que vierte la ventana sobre el pensamiento con el propósito del pintor que elige sus símbolos en la paleta de los colores claros. La armonía que se distingue y recrea entre los sonidos. Las palabras con las que se comprende cuanto acontece. Es la certidumbre de que la vida existe.
sábado, 14 de enero de 2017
Maga Losnay, dietario # 569
La vida está fuera y está dentro. Está en lo que transcurre y en lo que no ha ocurrido. En las conversaciones y en los silencios. Aparece donde todos la buscan y donde nadie se imagina que pueda estar. Se piensa la vida como una línea ferroviaria cuyas marcas sean estaciones donde se sube o baja. Nada más extraño a la vida. También los trenes corren por ella, pero la vida vive, sobre todo, por debajo y por encima, a ambos lados, muy lejos o extremadamente cerca. Es aquello que late en una palabra, en una mirada, durante un instante.
jueves, 12 de enero de 2017
Sombra C
Pensó que había tratado con sombras, o tal vez con frases pronunciadas por alguien que en realidad no era nadie. De aquel momento solo quedaba, sin embargo, lo que le habían dicho. Lo que había escuchado, aunque confundiera qué con quién. Ni siquiera un rostro ligado a una expresión. Ni siquiera un rostro ligado a nada. Sombras diluidas en la súbita llegada de un anochecer invernal. Si se hubiera ausentado el tiempo, podría no darle importancia. Amontonarlo en el desván de lo que ha pasado como si no hubiera ocurrido. Pero con tantas frases, bloques de hielo en el deshielo.
martes, 10 de enero de 2017
Sombra B
Una idea es la sombra de una voz. Estaba a punto de copiar en twitter esta frase que creía elocuente cuando recordé algo. Iba por un sendero lleno de guijarros. La molestia que notaba al andar y el rechino que producían mis pasos me incomodaban. Descubrí junto al camino una senda de arena cuya calma supuso un alivio. Aunque mi sombra se extendiera a lo largo de los guijarros, no la oía. Pensé, ¿existe un silencio más acendrado que el de la sombra de dos personas que hablan? ¿Que el de la sombra del orador contra la pared? La borré.
sábado, 7 de enero de 2017
«El sujeto boscoso» / Secuela y 3 / Sombra A
Si al observar el trazo que realiza sobre el suelo o el pavimento se considera la sombra como charco, entonces cabría definir la presencia como lluvia. Al igual que la lluvia obliga a comportamientos inhabituales del sujeto, que ha de abrir el paraguas, en el caso de que disponga de uno, o en su ausencia, ha de modificar el paso, la ruta, la posición del cuerpo y de la ropa y, sobre todo, la desatención de la mirada hacia cuanto no sea lluvia, así también cualquier presencia condiciona lo que ocurre. Y la sombra —el charco— será su olvidadiza memoria.
jueves, 5 de enero de 2017
Pequeño Auto de la noche de Reyes
—¡Que envoltorio más bonito!
—¿Para quién es, mamá?
—¡Y qué grande! ¿No es un poco demasiado grande este
paquete?
—Sí, sí. Pero ¿qué pone en la tarjeta?
—A ver, a ver…
—Seguro que no es para mí.
—Aquí hay un nombre…
—¡Qué nervios!
—Aquí hay escrito un nombre, es verdad.
—Dilo ya, mami, porfa.
—Aquí pone… chan, chan… ¡Luisito!
—¡Es para mí!
—De parte de tu tío Jorge, pone en la tarjeta.
—¡Qué bien, qué bien!
—Tranquilo. No lo rompas todo.
—Mami… es… un monopatín.
—Sí, es muy chulo.
—Ya.
—Es muy… nuevo.
—Sí, pero ya tengo uno. Mi monopatín.
martes, 3 de enero de 2017
Becqueriana / 98
Los cuerpos, las palabras. Tan opuestos como parecen y sin embargo tan idénticos. El cuerpo frente al espejo abre el cuaderno de las palabras. Las palabras caligrafiadas en la piel despiertan al cuerpo, lo arrancan. Tan semejantes. Un cuerpo escribe con sus sensaciones las palabras más intensas sobre otro cuerpo. Su prosa memorialista desgrana en una caricia lo vivido y en un clamor condensa lo que siente. Una palabra provoca en la piel sensaciones que solo los cuerpos saben deletrear. Su lirismo estremece. Cuerpo y palabra, regalos del tiempo, los únicos que saben silenciarlo. Que le dan sentido al lugar.
domingo, 1 de enero de 2017
Año (dicen) Nuevo
—Bueno.
—Sí… bueno.
—Ya está.
—Sí, está.
—Aquí. Ya está aquí.
—Sí, aquí.
—Ya hemos llegado.
—Sí, hemos llegado.
—Ya podemos decir que hemos llegado.
— Sí señor. Hemos llegado. Aquí.
—Bueno.
—Sí, qué bueno.
—Bueno… mi «bueno» no era ese. No era «qué bueno». Era:
«bueno».
—Ah. Sí… bueno.
—No era qué bueno.
—Era… bueno.
—Exacto. Ahora sí. Ya hemos llegado.
—Sí, hemos llegado.
—Bueno.
—No es qué bueno.
—No.
—Ah, ¿no estás contento?
—No puedo saberlo.
—No puedes saberlo.
—Exacto. Por eso digo «bueno». Bueno, ¿y ahora qué?
—Pensé que estabas contento.
—No.
—Pensé qué bueno que habíamos llegado.
jueves, 29 de diciembre de 2016
Bye, bye 2016
Me voy, has dicho y te he mirado con indiferencia. Esperaba algo más de este momento, has
añadido sentencioso. Como si una cámara te estuviera grabando. Al fin y al cabo, hemos estado un tiempo
juntos. Ni siquiera me has arrancado un trivial gesto de asentimiento. Pero
has insistido, acaso plantando unas semillas de rencor: Hay cosas que no te hubieran ocurrido sin mí y que ahora lamentarías no
haber hecho. He estado a punto de explotar, pero me he prometido que no replicaría
nada. He continuado en silencio. Algo de
cariño, o piedad. Eso quería. Y te has ido.
martes, 27 de diciembre de 2016
El cuento de un Cuento Navideño
Al salir de Charing Cross las locomotoras embetunan el rectángulo de cielo que el muchacho contempla a través de la claraboya como única noticia del día, desde la embetunada madrugada hasta la noche embetunada, cuando por fin sale, molido, de la fábrica de betún Warren. No tiene aún los doce años, aunque él lo afirme, y ha de subirse a un taburete para alcanzar la mesa donde encola etiquetas. Taburete que le libra de caminar todo el día con los pies mojados por el agua que el río cuela en el almacén. Le llaman «Charles, enano», él mira y sonríe.
domingo, 25 de diciembre de 2016
25 de diciembre
De la Navidad han quedado en mí recuerdos que nunca he vivido. Copos dulcemente revoloteando en el aire. Árboles blancos, calles blancas, gorros de piel con orejeras. Las películas. Las obligatorias en el canal único, también las que se veían en familia, en silencio para asistir a una conversación ajena, nunca sostenida por ninguno de los presentes, pero escuchada por todos. Como esa nieve que añadía puntitos blancos a la pantalla y nunca apareció tras el cristal, aquellas emociones desmesuradas, aquellas lágrimas en el momento del perdón. Huecos sentimientos que con el tiempo han creado vacíos en las vivencias actuales.
viernes, 23 de diciembre de 2016
s
Tiempo después ya iba solo a la feria. A primera hora, con la pista de los autos de choque vacía, uno de los empleados, enfundado en un mono azul lleno de grasa, seguramente muy joven aunque me pareciera un adulto, nos juntaba a los chavales del barrio para contarnos sus aventuras. Ahora sé que solo era el tópico del marinero que tiene en cada puerto un amor. Algo más explícito, quizá. Escuchábamos en silencio sus explicaciones. Le oía sin tener ni idea de qué hablaba, pero entendiéndolo. Mi yo se adiestraba, ya sin contrariedades, en el gusto por lo ininteligible.
miércoles, 21 de diciembre de 2016
o so
Años después me permitieron subir a los autos de choque. Como no había que elegir mi yo lo agradecía. Solo necesitaba salir corriendo tras el toque de bocina y conseguir un coche sin conductor antes que los demás. No era difícil. Por la tarde, cuando me dejaban montar, no había excesiva concurrencia. Al volver a sonar la sirena, uno apretaba el pedal del acelerador a fondo y… Se diría que la gracia estaba en lograr una buena colisión. Pero a mí lo único que me gustaba era conducir, zigzaguear, sortear coches y rehuir lo que a todos entusiasmaba. Segunda contrariedad.
lunes, 19 de diciembre de 2016
«El sujeto boscoso» / Secuela 2 / Yo soy
Mi yo aprendió a ser mío en el tiovivo de la feria que instalaban cada año en un descampado del barrio. Cuando sonaba la sirena y se detenían, abandonaba la mano de mi madre y corría a elegir dónde ser yo sobre un artilugio del carrusel. Los caballos, que bajan y subían, nunca me interesaron. El camión de bomberos era atractivo, sí, pero demasiado disputado. Escogía siempre una especie de jeep destartalado que, si no iba yo, rodaba vacío, sin ningún chico al volante. Este fue mi primera contrariedad: ¿por qué aquello que prefería no le gustaba a nadie más?
viernes, 16 de diciembre de 2016
Narciso C
Una de sus fantasías secretas preferidas
al entrar en la habitación de un hotel —solía trabajar en la sede, un pequeño
despacho al fondo, junto a los servicios, lo que le gustaba porque al cabo del
día todos los empleados acababan saludándole, y solo le mandaban de viaje a
algún simposio profesional cuando el jefe de su jefe o su jefe no podían o el
lugar no estaba a la altura, lo que no le importaba demasiado porque adoraba
coger aviones y subir a trenes— era no verse reflejado en el espejo al dejar la
llave encima de la mesa.
miércoles, 14 de diciembre de 2016
Narciso B
Nunca había estado seguro de que aquella fuera una opción interesante, y menos cuando vio al tipo del concesionario hablarle meneando un palillo en la boca y supo que el taller estaba a varios kilómetros, o que el descuento que anunciaban en el periódico se había quedado enseguida en nada. Tampoco la marca le ofrecía fiabilidad, pero mientras se preguntaba qué hacía en aquel lugar y debatía con su propio error, se vio, sin saber cómo, delante del modelo. Quiero decir, se vio a sí mismo allí, de pie, reflejado en la chapa metalizada. Y no pudo decir que no.
lunes, 12 de diciembre de 2016
«El sujeto boscoso» / Secuela 1 / Narciso A
Ha dejado las gafas de sol sobre una piedra. El móvil, al lado. Se quita la camisa, sudada, y la extiende sobre unos matorrales para que se oree. Al acercarse a la fuente de manera instintiva, con la mano, se ordena el cabello y con índice y pulgar se retira de la comisura de los labios restos de saliva reseca. El camino de ascenso hasta el lugar ha sido arduo. Se arrodilla junto al cauce y donde corría el agua le sorprende una cavidad seca en la que solo hay botellas vacías, bolsas con basura y botes de hojalata descoloridos.
sábado, 10 de diciembre de 2016
«El sujeto boscoso», de Vicente Luis Mora
Junto a los cuadros, en la pared de la Casa Museo, enmarcado en negro con cenefas esculpidas en la madera, un rectángulo de latón, y dentro, el movimiento de sombras de los visitantes, machas que solo se distinguen por el color de una vestimenta o el volumen del cabello. Pieza del siglo XVII, choca con las pinturas que le rodean. Un bodegón donde frutos parecen perder frescura cada día que pasa. Un retrato que no oculta ni un solo atributo del cansancio. Y sin embargo, frente a frente, el latón solo devuelve fisonomías de fantasma. Como se mira la realidad.
jueves, 8 de diciembre de 2016
«El bajísimo», de Christian Bobin
Bajo la maleza se mueve con estrépito de hojas un roedor huidizo cuando el cayado abandona el cuidado del mendicante y queda atrapado entre los matorrales tras un rumor de ramas. La sombra de la encina apacigua. Basta extender la mano para entretenerla con sus frutos. El camino que le ha traído hasta el lugar, lo alejará. Sin nombre, sin que alguien haya incrustado una piedra y luego otra, lo despreciará la memoria. Cuando se levante para continuar, el lugar volverá a ser de nadie. Y sin embargo, con qué suavidad lo tamiza la luz y lo airea la brisa.
martes, 6 de diciembre de 2016
«Trenes». Litoral nº 262
Cuando se inventó el ferrocarril los poetas realistas descubrieron una metáfora para el paso del tiempo. Los días serían las estaciones de un viaje que no admite descansos. Muchas veces, sin embargo, se tiene la sensación de que los días pasan, sí, pero que uno sigue en el andén esperando el tren al que ha de subirse. Que es el tiempo el que transita, como un expreso pasa por las estaciones sin siquiera aminorar la marcha y uno lo ve pasar sentado en el banco junto al inútil equipaje de quien no consigue alzarlo hasta la plataforma de ningún vagón.
sábado, 3 de diciembre de 2016
Therigatha. Edición de Jesús Aguado
Mettika vuelca el cuenco donde penan las limosnas y ya vacío, lo ve lleno. Sama anduvo veinticinco años detrás de sí, igual que una sombra, hasta encontrarse. Uttama medita siete días en posición de loto y al levantarse la jornada había despejado sus brumas. Addhakasi gana con su cuerpo cada noche una moneda menos y empieza a comprender. Sukka se sienta a predicar en las tabernas, llueve sobre las rocas. Soma está convencida de que la verdad no tiene género. Vasitthi duerme en el vertedero angustiada por la pérdida de su hijo. Vijaya cierra los ojos para ver más allá.
jueves, 1 de diciembre de 2016
Biografía de la mirada (& VIII)
Solo con un aumento consigue verlas, mientras caligrafía las letras sobre el cuaderno, pero con el cansancio a veces abandona la lupa a un lado, sobre la mesa, ensanchado grietas y manchas antiguas, y escribe de memoria. Al amparo de la niebla perpetua de su vista. Y cuando han quedado ahí, en el papel, las palabras desaparecen de su cabeza volátil, tan suya como en ocasiones propiedad de un desconocido. Ahí permanecen para quien quiera leerlas, pero no para él, que las repasa, lupa en mano, una y otra vez, sin identificar trazos ni nociones, inútil paleógrafo de sí mismo.
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