lunes, 28 de septiembre de 2009

«Noviembre», de David Mamet, en el Teatro Goya (díptico)






Lo obvio: espléndida selección y dirección de actores, están estupendos; y lección técnica de Mamet, que empieza en situación de clímax y va subiendo y subiendo lo inaudito hasta extenuar al espectador. Más interesante será fijarse las sombras. Noviembre se construye en paralelo a American Buffalo, y en esta comparación —sugerida por la propia obra— empiezan las dudas. Primera: en American Buffalo actuaban personajes —singulares, intensos, redondos, diría Foster—, cuyas únicas referencias eran su sórdida vida. Quizá fuera una imagen de la América urbana y escondida; pero la obra era un auténtico poema de amor en mitad del vertedero.
(2)
Los personajes de Noviembre se deben a la farsa que interpretan, no a sí mismos. La virtuosidad de Mamet dándole vuelta a los argumentos exige que sean no sólo planos, sino unívocos en diversos niveles simultáneos: prodigio técnico, sin duda. Sin embargo, el teatro pierde; gana el espectáculo. Segundo: American Buffalo arraigaba en la realidad más profunda de los individuos y de la sociedad; Noviembre navega sobre la espuma de las contingencias políticas (todas locales y todas comprensibles, por cierto). Aquélla entroncaba con la gran corriente del realismo norteamericano; ésta con el costumbrismo. No va más allá. El espectáculo arrasa.

viernes, 25 de septiembre de 2009

(Tercer paréntesis, y último)

(El azar del diseño de cubiertas de libros ha emparentado Doménica con Trasto, dos novelas en busca de una trilogía. Ambas nombran en el título a la víctima de una traición. La traición del amor, en una; la de una amistad, la otra. En las dos —contadas en primera persona— el personaje principal, que trastoca la vida anodina del narrador, aparece mediada la lectura —en Doménica irrumpe en la sala donde está el maestro de Palfre a mitad del párrafo central del capítulo cuatro, de siete—. ¿Y la tercera? No se titula Gebé, como debiera; pero ya está escrita.)

jueves, 24 de septiembre de 2009

Un inicio de novela y dos paréntesis

El día 30 de septiembre de aquel año, seis meses antes de la guerra, recibí mi primer salario como maestro suplente en el colegio infantil de Palfre, el único que había en esta localidad de la Baja Liboria. Cuando llegué al cuarto que tenía alquilado en la casa de doña Nataline cerré la puerta, corrí los visillos y de espaldas a la ventana que daba a la calle abrí el sobre que había traído, desde el colegio, apretado en un puño dentro del bolsillo del pantalón. Saqué los billetes y los esparcí, junto a las monedas, por la mesa. Volví...
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(Doménica tiene 45.404 palabras distribuidas en siete capítulos. Recuerdo cuándo empecé a escribirla, desde el primer instante con este título. Hacia las siete de la mañana del 15 de septiembre de 2005 me desperté con la historia completa en la cabeza y con el nombre de la protagonista. Inmediatamente me puse a redactar en la mente. Seguía en la cama porque la hora no aconsejaba otra cosa. Cuando lo escrito en la cabeza rebasaba la capacidad de memoria, me levanté. Eran las siete y media, según anoté en el cuaderno donde empecé a transcribir tal cual está el primer párrafo.)
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(El 15 de septiembre, aquel año, fue el primer día del curso. Es decir, tuve que interrumpir la escritura para ir a trabajar. Este incidente resultó esencial en la concepción de la novela. Durante unas horas conviví con un párrafo. Durante los días siguientes tomé notas sobre el argumento soñado. Estructuré el primer capítulo y me di cuenta de que el párrafo cobraba protagonismo. El capítulo uno quedó proyectado en catorce párrafos. Me sentí feliz con el número, que repetí en los demás. Una tarde lo puse en endecasílabos, un verso por cada párrafo. Escribí el soneto del primer capítulo.)

lunes, 21 de septiembre de 2009

Otoño

La víspera del otoño es el chaleco. Y unas virutas de aluminio en la aleación de la luz. Imperceptibles casi, si no fuera por la apetencia de las sombras en los edificios. Convertido ya el verano en la lista de la compra de una persona desmemoriada, la víspera del otoño inaugura congresos de alta poesía en los encuentros casuales dentro del ascensor: el tiempo que se nos va... Resuelta ya la incógnita del verano, la promesa del otoño de regresar a los jerséis y a las tardes de lectura sabe a poco. A casi nada. A apetencia de las sombras.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Sociología del charco

Foto MCP
Un chaparrón de madrugada deja el dibujo geométrico de las losas en la acera encharcado: vasos sanguíneos racionalistas, fractal apóstata. Y allí donde el terreno ha cedido, el agua se acomoda como quien se dispone a ver un programa de televisión. Yo mismo, asomándome a su campo de visión, debo de ser el primer presentador de la mañana. Alguien, por cierto, que no tiene nada que decirle a un charco. Pero como sigue mirándome con mi propia cara de desconcierto, por romper la tensión, le sonrío. Veo que se arrellana entre las losas hundidas: empieza a disfrutar con mi vacío.

viernes, 18 de septiembre de 2009

¿Y por qué lees eso?

Basta escribir un día sobre algo leído al azar, para que no haya página abierta que no hable de lo mismo. En ¿Para qué sirve la literatura? escribe el profesoral Antoine Compagnon sobre nuestros días y los que se avecinan: «En lo sucesivo la lectura deberá estar justificada, no sólo la lectura corriente... sino también la lectura culta». Ahora veo mejor el embrollo: lectores e intelectuales ya sólo leen si está justificado que lean (¿por su profesión? ¿por su periódico? ¿por sus colegas?, por quien sea). ¿Sólo los no lectores que leen se atreverán a leer sin justificación alguna?

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Lecturas de no lectores

Conforme avanzo por el vagón del metro voy viendo repetida la misma chocante fotografía que a toda página publica un periódico gratuito. Me entran ganas de volver a la boca de entrada y solicitar el ejemplar que acabo de rechazar. En el metro todos los que no leen periódicos leen el periódico gratuito. Y quienes tienen aspecto de lectores de periódico miran, como yo, las fotografías desde lejos o los anuncios del vagón. La sociología trastorna cualquier filosofía: sólo se ve leer a los no lectores. La situación me reconforta: tanta metafísica autocomplaciente le habían echado al concepto de «lectura».

lunes, 14 de septiembre de 2009

El público lector que no lee y el público que no lee lector

Julien Gracq en 1951
Con cierto retraso (ferroviario, posiblemente) leo los fragmentos que un suplemento adelanta del opúsculo de Julien Gracq (1910-2007) La literatura como bluff. Emociona su lucidez. Y su indisciplina crítica. Tanto que dan ganas de decir que todo sigue igual. Pero la sociología nunca se detiene. Hoy aquel «público que no lee» lee y compra libros. Y le proporciona argumentos a los reseñistas. Porque quien ha dejado de leer es el público lector (intelectuales, profesores, estudiantes, periodistas, políticos...). Ha dejado también de comprar libros (a lo sumo se los pide al editor). O directamente prefiere ser «público que no lee» lector.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Signos

Foto GCC
Entomólogo de las mañanas de sábado, temprano, —a la espera siempre de encontrar una aurata, un dorcus, un lucanus entre la maleza— escudriño el vacío de las calles en busca de un signo que capturar. Sueño con que lo impregne el timol desinfectante del estilo y con que lo atraviese una aguja dorada en la caja cibernética del coleccionista de textos. Le añadiré un título y en letra muy menuda, al pie, le adscribiré un género. Y cuando cierre la caja, el brillo del cristal y la hondura del receptáculo le darán, al signo que no era nada, existencia poética.

jueves, 10 de septiembre de 2009

«A propósito de los cuerpos», de Elena Román, en Littera Libros




En la tradición del poema en prosa laten las iluminaciones que lo convirtieron en aquel artefacto literario capaz de arrasar el corazón del lector. Elena Román (1970) interpreta en su libro la partitura original con tres instrumentos precisos: una maraña retórica urdida con delicada e incisiva técnica, la ironía de una mirada que sorprende lo invisible oculto en lo cotidiano y el sesgo exacto de la distorsión. Todo en armonía para hablar de lo que la idea de «cuerpo» olvida: esa extraña colección de apéndices, vericuetos y odres que lo forma. «Porque hay que ser canoa para entender al río».

martes, 8 de septiembre de 2009

Mentiras de entonces

Algunos domingos, cuando salgo para ir a ver un partido de fútbol, el joven que fui abandona mi aura y me mira extrañado: ¿tú? ¿Si a ti no te ha gustado nunca el fútbol? ¿Si preferiste siempre un libro? Ya, ¿y qué?, le digo. De hecho, no estoy seguro aún de que me guste, pero me contaron y creí tantas mentiras (por ejemplo: al sabio cuya senda seguí que ahora amaña premios para él y sus amigos) sobre el mundo que he decidido comprobarlas todas. Y ahora me toca ésta: verificar si también era mentira que el fútbol atolondra, enajena.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Jacarandá a la orilla del río y paseantes

Sobre las losas del pavimento, los pétalos de la flor del jacarandá que pisan los niños cuando corren al tuntún brillan como constelaciones distraídas. No se los lleva el río taciturno, ni los arrastra el viento que no sopla. Ay los pétalos de luz violeta que ensucia el polvo que despiden los corredores vespertinos y el que arremolinan los ciclistas adolescentes. Bajo el jacarandá me agaché por elegir uno para mi cuaderno de poeta. Quería manchar con su color serio, grave, trascendente la blancura que no rasgan las palabras. Como si fueran de peces muertos me cautivaron sus ojos lánguidos.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Me desgarra el corazón

Junto a las puertas del recinto de la Alhambra, una bochornosa mañana de verano. El guía les había dejado solos mientras retiraba las entradas. «Es muy bonita, ya verás», decía Brunhilde, animosa como siempre; «una ricura —subrayaba Mathilda con voz aflautada—, mira qué fotos en la guía». Helmuth insistía en su desánimo. No hay aquí dentro nada que me resucite, iba diciéndose camino del monumento, cuando al pasar junto a un abedul del jardín tuvo una idea que le rejuveneció. Saca una navajilla y sobre la corteza graba en cinco palabras sus obras completas: das zerreißt mir das Herz.

martes, 1 de septiembre de 2009

Poesía


: El viajero, que en el andén desconocido extraña la luz que no logran ocultar las marquesinas de hierro forjado que buscan convertir la estación en un recipiente de agua tibia que acoja, sosiegue y mitigue el desorden que supone la mera existencia de otros lugares y otros seres, la vastedad de destinos que confluyen en el pespunte que son dos raíles que avanzan por el territorio regresando siempre, abre la libreta y traduce las listas lumínicas no enjauladas a un garabato azul mientras le contempla con desdén un letrero entre la oficina del jefe de estación y la consigna.

viernes, 28 de agosto de 2009

Revisión de agosto

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Foto GCC
Como si la inmortalidad fuera conocida con el apodo de agosto quería que llegara ese mes, de niño, porque todo lo detenían sus días tórridos, sus playas hieráticas. No había médicos en verano, ni noticias, ni se sentía que pudiera ocurrir nada. El plazo sin tiempo. Las ideas infantiles siempre se quedan abandonadas en la cabeza como capillas ahumadas y polvorientas en iglesia de pocos fieles. Pero de las fuentes de agosto mana el mismo río. Mi amigo Elías lo dice en dos versos del poema «Visión de agosto»:
porta el aire un sabor a agua
remota, como de noviembre.

martes, 25 de agosto de 2009

«Conté las letras. Había exactamente cien. Pensé que eso debía ser importante», Sylvia Plath en «La campana de cristal»

Tras las campanadas de las cuatro se despierta con frío y entorna la ventana que había dejado de par en par. A las siete se levanta para cerrarla. El cristal acalla el griterío ansioso de los pájaros. Dos goterones de pintura manchan el esmalte del marco. A veces anquilosan la intensidad de lo vivido y otras consiguen que renazca. Las formas todo lo trastornan con su anhelo de sentido. Son la niña que se asoma a la alacena en busca del tarro de compota, pero se asusta porque no ve a nadie. Si al menos hubiera un fantasma, entraría acompañada.

lunes, 10 de agosto de 2009

De sueños y generaciones

Jesús Aguado y su generación. Pensilavania, octubre de 2006. Foto JAC
En un libro de relatos de Jesús Aguado que leo en sueños encuentro uno —«Cuento, este sí, para los verdaderos destinatarios de los cuentos»— donde me conmueve una frase que llena de fulgor mi duermevela: «El alcohol de los colores que no sabe a borrachera». Nada más despertar pienso: escribiré una pastilla de texto con esta frase. Pero el recuerdo del sueño me lo impide, en él la había escrito Jesús Aguado. Zafer Şenocak, turcoalmán de 1961, escribe: «Sólo puedo escribir una historia si sé que la historia me pertenece solamente a mí». Exactamente: el delirio platónico de nuestra generación.

sábado, 8 de agosto de 2009

Jarque. Una elegía

Foto GCC
Algunas tardes de invierno que creía idas para siempre por el sumidero del tiempo han regresado hoy para quedarse con la tenacidad de los símbolos. Tardes en las que el equipo deambulaba desorientado, entonces los ojos se desviaban hacia su figura erguida, tanto que a veces chocaba la flexibilidad con la que sorprendía al adversario, y hacia el modo cómo trazaba las líneas con magnetismo, con armonía. El fútbol no es más que un simulacro de la vida: en espera siempre del instante que detendrá el asedio. Pero en el juego hay domingo siguiente. En la vida, memoria y mito.

Flauta con acompañamiento de ventalles y ventilador en la iglesia de Palau

Flautín renacentista, pícaro, brinca entre abanicos que repican y aspas que zumban. Lo miran los fieles hieráticos, pero la música no se ve. La ve sólo el niño que ha entrado con una salamanquesa recién nacida que acaba de capturar con un bote que guarda en el bolsillo. Deja que asome lo justo para contemplar su piel transparente, de ángel. La ve la niña que molesta a los ensimismados porque los mira y pregunta en voz alta. Flauta barroca, Bach, Telemann, alfombras tendidas para pies calzados. No se ve la música, pero miran cómo forma volutas que no se deslizan.

lunes, 3 de agosto de 2009

¿La crisis?

Se sienta en el escalón, bajo el porche de un café. El atadillo de paraguas lo deja apoyado cuidadosamente contra una columna. Ha de retirar las piernas para que aparque una camioneta cuyo conductor no quiere andar demasiado hasta la barra. En el pañuelo donde guarda las monedas cuenta el resultado de las dos ventas tras una mañana de caminar el barro de las calles de Duala. Victorine sabe que la jornada no le da para un refresco. Lo dibuja con un dedo sobre la arena y su imaginación se lo bebe. Luego, al levantarse se golpea con el parachoques.

sábado, 1 de agosto de 2009

Filosofía de andar por el verano

Llego a la estación a las 13:05. Compruebo que sale un tren a las 13 y otro a las 15 horas. Creo que el tren más próximo es el de las 13 y se me atraviesa un pensamiento: «Si hubiera llegado cinco minutos... Si el autobús... Si el vecino... Si el bocadillo...». Cuando veo que no consigo salir de esta lógica angustiosa, lo pienso mejor: de las 13:05, sin duda alguna, el tren más próximo es el de las 15. Una hora y 55 minutos es una minucia al lado del abismo insalvable que me separa de las 13 horas.

martes, 14 de julio de 2009

Escaparate y maniquí al atardecer

Bajo un cartel de Rebajas late el corazón desaliñado del apetito. Cuando la ola se retira, con su inercia mínimas caracolas, cristalillos y pedacitos de concha brillan mientras bailan rumorosos sobre la arena. Cualquier frasco inútil sirve para guardar una pequeña colección de destellos. Atrapados, recobrarán su ningún valor, salvo para quien los ha ido recogiendo. Y cuando olvide el bote sobre el mostrador donde lo ha dejado para guardar en el monedero el cambio, otra ola barrerá la arena con su espuma y su fragor. Bajo un cartel de Rebajas late un corazón de plastilina que nadie ha modelado.

viernes, 10 de julio de 2009

Una vida en tres libros (díptico)


En el Verdi reponen Mishima, una vida en cuatro capítulos (1985). Sus productores, que ocupan un cuerpo tipográfico en el cartel mayor que el director, son Coppola y Lucas, sinónimos del cine de entretenimiento. La película, sin embargo, estremece: la música de Philip Glass, una interpretación soberbia, un espléndido guión. Hay algo que emociona más: las secuencias entretejen el argumento de tres títulos de Mishima. Tres cuartas partes escenifican obras literarias; una cuarta parte evoca la alucinada biografía. Esta proporción: ¿sería posible hoy? Apuesto a que rodada ahora, una película sobre Mishima mostraría más mundos sórdidos, más subrayados, ninguna literatura.
(2)
Desde la época del estreno de Mishima la literatura ha sufrido en la sociedad —en el valor que la sociedad otorga a sus mitos— un constante y acelerado desprestigio. ¿Por qué? Se me ocurren al menos tres razones emparentadas entre sí: el auge de las ciencias sociales empeñado en conquistar el lugar que siempre habían ocupado filosofía y literatura en la conciencia de la realidad (y la actitud cainita de tantos científicos sociales); la pérdida de su valor como símbolo de cohesión e identidad de un pueblo (acaso porque ya no queden pueblos); y su desaparición de los currículos escolares.

martes, 7 de julio de 2009

Pinzas de colores

¿Por qué compraba pinzas de colores si luego, cuando tendía, las sacaba de la cesta alargando el brazo hacia atrás, sin mirar siquiera un instante la que sus dedos seleccionaban? A Gerôme le parecía la misma prosa de los anuncios, de los periódicos, de las novelas. Las palabras igualmente lanzadas al recipiente de la hoja sin ton ni son. El mismo caos que el tráfico en las avenidas de París. No tendía Gerôme por ayudar a su madre, sino para ofrecer poesía desde el patio de vecindad; soñaba que la armonía cromática entre pinzas y ropas encandilaba algún corazón desconocido.

sábado, 4 de julio de 2009

«Vagas noticias de Klamm», de José Sanchis Sinisterra, en la sala Beckett

Citas de Beckett, citas de Pinter, citas de Brecht, citas de Melville... autocitas. ¿Son memoria o listas de enlaces en una ideación hipertextual? Citas siempre vacías: la máquina de los ruidos, la de escribir, Klamm: son retórica de lo que fue teatro. La obra parece remontar, con la misma devoción, el curso de las décadas. Hasta los setenta: sociedad, parodia, épica y hasta una interpretación de alumnos de taller de teatro del instituto. ¿Y Klamm? Citas: única noticia. Tanto conocimiento para arropar errores de principiante: un final tan desangelado. La idea, sin embargo, me enternece: erudición teatral e ingenuidad dramática.

jueves, 2 de julio de 2009

A vueltas con la vida recién estrenada: incomprensiones de quien no ha merecido comprensión. (Tríptico)

Encuentro en El silencio de la tragedia, de Hertmans, la explicación de cuanto quise escribir en la novela: mostrar la imposibilidad del presente para concebir con sentido trágico sus tragedias. El pensamiento inflamado, enfático, en clave de burda comedia del personaje que encarnaba esta imposibilidad iba escrito en un lenguaje inflamado, enfático, tópico. ¿De otra manera debería haberlo hecho para contentar a mis reseñistas futuros? ¿O no se han dado cuenta ellos de que el libro está escrito en dos tonalidades? ¿Ha de escribir uno con previsión de las ideas preconcebidas y los prejuicios estéticos en los reseñistas al uso?

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Dice Hertmans que «ya no hay exterioridad, ningún lugar fuera de nosotros para penar por las tragedias de nuestro tiempo». Es posible, aunque la novela parte de la existencia en el presente de un lugar fuera de la subjetividad para penar los sinsentidos; es decir, un lugar del que se ha desterrado la ironía autocomplaciente y la risa cegadora. El Holocausto tiene para nosotros la perdida dimensión cósmica de las tragedias antiguas, pues muestra el último gran duelo entre los hombres y los dioses: la pretensión humana de incluir el exterminio entre los parámetros cartesianos de la racionalidad (nuestro dios).

(3)

Estos personajes de la novela que no son nadie (así señala el reseñista, enfadándose conmigo) por fuerza han de ser nadie: carentes de la conciencia crítica que hoy exige la tipificación del fenómeno: el héroe que se enfrenta a los nazis. Han de ser nadie para encarnar el pavor y la parálisis que preludian el sometimiento ante la nueva ley racional (divina): el exterminio como superación de la especie. Sólo quien se arrogue la muerte del profesor se alzará sobre el dios vencido de la conmiseración. Sólo quienes comprendan al arrogante serán premiados con el sentido de la nueva racionalidad.

lunes, 29 de junio de 2009

«Retrato de Shunkin», de Tanizaki





En esa suerte de historia universal de las pasiones amorosas paradójicas que forman las novelas breves de Junichiro Tanizaki (1886-1965), Retrato de Shunkin se plantea y desarrolla como el amor asimétrico entre la dama aristocrática, genial y ciega, y el criado lerdo y servicial. De hecho el amor se funda en la imposibilidad de la existencia de la pareja. Cuando Tanizaki ha convencido al lector de la necesidad de esta asimetría para mantener el sentimiento, la historia da un giro y los personajes descubren que aún quedaba amor por desvelar: el más sublime, el que nace en la completa simetría.

jueves, 25 de junio de 2009

Los tranvías

Estambul. Foto de Damiel
Para José Antonio Montano, que anduvo buscando a Ohelah por calles encharcadas
Desprecia los tranvías. Ohelah prefiere caminar durante horas por las calles de Estambul desde el supermercado donde trabaja. Soporta con paciencia los grupos de niños que le salen al paso para molestarla de algún modo, transige con los vendedores ambulantes que la asaltan en las aceras, procura no tropezar en el empedrado ni perderse por las callejas que toma para ir escribiendo con sus pasos, sobre un mapa imaginario, el nombre dulce del amado: AASHIQ. Tras rodear la plaza que dibuja la Q, se siente abandonada por la vida y espera a que el primer tranvía que pase la recoja.

lunes, 22 de junio de 2009

Summertime (Gershwin, 1935)

El verano que abre las ventanas y que entorna las puertas me impedirá verla. El verano que brinca entre las piernas de las muchachas alzándoles las faldas y que descubre el torso sudoroso de los repartidores la ocultará. El verano que distribuye su gelatina por los cuartos y que inunda las calles con una luz caprichosa que parece no gastarse nunca le devolverá a mis manos la condición inútil de la utilidad. El verano se erguirá sobre la pira para que arda, melancolía, tu peso de manta antigua y el chapoteo constante de la lluvia en los canalones de hojalata.

sábado, 20 de junio de 2009

Vida de novelista (y 5): el buhonero

Una novela es un vertedero. Quien la escribe acumula desperdicios de tiempo en su prosa. Entierra entre inmundicias amontonadas un sinfín de instantes en los que tuvo que decidir una palabra. En los que una palabra daba cuerpo o no a un personaje y su peripecia. Estos —es decir, el argumento— devoran cuanto cae en su escombrera. Es lo que encuentran los críticos cuando buscan algo que decir por sesenta euros. Uno novela es el légamos que deja en la ribera la crecida. Hay quien lo ve todo enrunado; hay quien remueve el cascajo y descubre lúcido los instantes abandonados.

viernes, 19 de junio de 2009

Vida de novelista (4): el añorado

Ignoro las razones por las que un joven decide convertirse en novelistas, y a poco que piense también desconozco los motivos que me han llevado por este frecuentado camino. La novela ha sido siempre, para mí, la manera más fácil de no tener que escribir poesía. Lo que me justificaba, como si fuera un escolar que no ha hecho los deberes. Callar hubiera sido más sencillo. Lo he anhelado. El silencio: mi fracaso más pertinaz. Apagar el fuego con fuego. Quizá, pero el fuego de la novela es agua tibia —reconforta, elude— frente al vértigo del poema. Peor: su añoranza.

miércoles, 17 de junio de 2009

Vida de novelista (3): el itinerante

Llego a una ciudad para presentar la novela. La víspera un periodista me ha hecho una entrevista telefónica. Como guardo celosamente explicaciones y respuestas para el acto, le respondo merodeos, trivialidades. Compro el diario local y veo la página con desagrado. Va ilustrada con una foto de otra época, bajada de Internet, borrosa. A su hora, en un ilustre palacio, desvelo las esencias del libro ante una docena de personas que miran insondables. Un fotógrafo me asedia. Al día siguiente, sin embargo, nada se publica. Me pregunto si me habré equivocado. Pero no: la realidad y yo compartimos gustos anacrónicos.

lunes, 15 de junio de 2009

Vida de novelista (2): el efímero

De mis veranos de adolescente recuerdo la pregunta que todos repetían nada más verme llegar al pueblo donde iba a pasar las vacaciones: ¿Cuándo te vas? En mis veraneos de novelista recién llegado al oficio choco con una pregunta igual de frustrante: ¿Qué está escribiendo? El libro, que aún huele a tinta, está sobre la mesa, la posibilidad de que algún día lo lea quien me interroga me parece remota; sin embargo, he de responder a esta cuestión palpitante. Miento: un escritor siempre tiene algo cociéndose en el horno. Presentar novelas es lo único que amputa la voluntad de escribirlas.

sábado, 13 de junio de 2009

Vida de novelista (1): el impostor

Se publica una reseña francamente desfavorable. La leo en un café y me asalta una repentina euforia. Desvelado el intruso que hay en mí, nada temo. Uno llega al mundo literario desde la ingenuidad. Ha escrito un libro. Lo manda a un editor, lo presenta a un premio. Se publica, quizá le paguen bien, lo que no recibieron ni Pessoa ni Kafka. Una sospecha empieza a corroerle: ¿me habré colado en un mundo al que no he sido invitado? Un crítico me señala: ¡soy un impostor! Me siento como un personaje de Jim Thompson tras el tercer güisqui en ayunas.

jueves, 11 de junio de 2009

Pastiche literario sobre hechos verídicos en recuerdo del poeta Jorge Gomes Miranda

Abre el ojo de buey que me permite contemplarlo cuando mira cómo mis entrañas zarandean su colada. Me vacía con gesto malhumorado, por las molestias en su espalda. Apila la ropa sobre la tapa del cesto. El montoncito crece en pobre equilibrio. Entonces suena el timbre. Al erguirse, una mitad de su cuerpo gira hacia la puerta del lavadero y la otra se lanza sobre la torre de ropa que amenaza con desplomarse. La cabeza no entiende al cuerpo y se golpea con un borde de aluminio. Sangra. El cartero aguarda con un paquete. Encuentra el libro cuando lo abre.

lunes, 8 de junio de 2009

Azulejo sanitario y escombros


Al fondo del pasillo, quizá con los pies descalzos para que el frescor de las losas compense el bochorno de las noches de verano. O quizá arrastrando las zapatillas por el corredor, con frío, sin despertar aún el cuerpo mientras se orina, a oscuras, con los ojos cerrados. O con los ojos prendidos del ventanuco por donde se airea o de la cortina ennegrecida de la ducha, con tal de evitar la mirada del espejo. Siempre al fondo del pasillo la silenciosa e inhábil construcción de la intimidad con secreciones. Penosas soledades que sin miramiento descubre la empresa de derribos.

domingo, 7 de junio de 2009

Europa

Lo veo venir: van a echar la culpa de la abstención que se avecina a los ciudadanos. Para los ciudadanos Europa es parte de la vida cotidiana —quién no ha viajado por sus ciudades en los vuelos baratos, quién no tiene amistades por todo el continente, quién no lee sus periódicos en Internet, quién no admira una escritora o un futbolista... de Europa como si fuera suyo—, y, sin embargo, ¿dónde está el marco político que ampare esta comunidad de facto? ¿En qué candidatura? Estas elecciones son como preguntarle a un homo sapiens qué chimpancé quiere que le represente.

viernes, 5 de junio de 2009

Tonteos

Isabel: eso que tu llamas tonteos son poemas, sin duda alguna; y lo que contemplas como entretenimiento de ordenador sobre las piernas en el sofá no es otra cosa que escritura. Posiblemente lo otro, la otra escritura que soñamos como un corpus precioso y perfecto no sea ya más que un espejismo. No hay más escritura que la que escribimos cada día. Y ésta se construye siempre a nuestras espaldas, por la sencilla razón de que si la hiciéramos a propósito nunca descubriríamos nada. Resulta evidente, ¿no? ¿Cómo vamos a descubrir qué si escribimos a propósito para descubrir algo nuevo?