Suelo decir, por resumir, que la vega entera es mía y que siempre lo ha sido. En verdad solo repito palabras del abuelo cuando, siendo muy niño yo, me alzaba hasta los asientos de la calesa y encendía un puro mientras el cochero ajustaba las cinchas de los caballos. Me aburrían aquellos paseos, donde solo oía contar que tal tierra fue de su padre, aquella de su madre, la otra la compró con ahorros que hizo prescindiendo de ir a las ferias. De ahí lo absurdo que resulta que digan ahora que son suyas por haberlas trabajado toda una vida.

