Si me encaramo desde el alféizar, en el piso, consigo ver el trazo del camino hasta la ribera. Los alisos negros, luego, lo ocultan. Los sonidos dependen del viento. Cuando sopla del este trae el rumor de la corriente y me acaricia el rostro su humedad. Si viene del oeste trae el hedor de los espartos y a veces arena que seca la boca y se clava en la garganta. Dentro de la casa, no sé por dónde ha de regresar ni cuándo. Tampoco fuera tengo certeza alguna, pero en el momento que ocurra, más breve habrá sido la espera.

