martes, 29 de noviembre de 2011

Cupidesca cuatro

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La monogamia es uno de los acuerdos sociales que menos comprometen. De hecho, hoy día un escritor con un adulterio entre las manos no sabría cómo ganarse la vida. Casi ni los abogados matrimonialistas. Ahora bien, la monogamia presenta una exigencia máxima cuando el cónyuge es el poder. En doble sentido: quien lo consigue sólo acepta para sí la monogamia, y los súbditos penalizan cualquier asomo de bigamia. El poder sigue siendo monógamo, como en tiempos ancestrales. Y sin embargo, ya nadie, por sí solo, puede encarnar la sociedad actual, ni ofrecer una biografía que apasione más de diez minutos.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Cupidesca tres

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Abre la caja de espejuelos y quiere ver dentro la mano. La cierra. Cuando de nuevo acaricia la tapa busca ver dentro los ojos, y hace por verlos. La guarda en el primer cajón de la mesilla de noche, cubierta por los pañuelos limpios. La compró en un mercadillo de artesanos durante las vacaciones, en una isla. No colocó nada en su interior, pero si la abre allí está lo que quiera contemplar. La mano, sus ojos, una palabra que le hubiera gustado escuchar aquella tarde, mientras llovía. Luego la cierra y ya no está vacía, la caja, los días.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Cupidesca dos

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Como si Amor, de blanco y con pajarita negra, fuera el barman ideal. Para aquella tarde, en la coctelera te colocó a ti, enterito, tu mejor tú, el de la botella que guarda siempre en segunda fila. Añadió un chorro de crepúsculo de verano. Generoso. Un vasito de olas rompiendo contra las rocas, y otro de brisa de levante, húmeda y sensual. Lo mezcló, cerró la coctelera y le dio un golpe seco. Volvió a abrirla para echar unas gotitas de palabras dulces y espolvoreó caricias. Cuando fue a verterlo en mi cuarto, entre su espuma apareció un desaprensivo mosquito.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cupidesca uno

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—Sólo soy una chica.
—¿Y por eso no hay nada más que hablar?
—Y usted un hombre casado.
—Pero además somos personas, y un hombre y una mujer siempre pueden inventarse a sí mismos.
—Tonterías.
—¿Por qué? Nada hay escrito. La vida está siempre por vivir.
—¿Usted se cree esas pamplinas?
—Claro que me las creo. Todo puede empezar ahora mismo. ¿Quieres probarlo?
—No soy más que una chica. Es verdad que en un momento dado puedo ser el no va más. Los momentos son así. Pero, los días son otra cosa, y la vida está llena, llena, de días.

lunes, 21 de noviembre de 2011

«Arrojar piedras», de Javier Pérez Walias, en La isla de Siltolá








Llueve en las calles, Javier Pérez Walias (1960) se ha puesto el sombrero y sale de casa. El poema extenso se titula «La ciudad» y aparece en el centro del libro como el fiel en una balanza. Camina por las calles, llueve. Cuando pasa, reconoce los lugares, pero su mirada apenas se detiene. Ve abiertas ventanas de sí mismo a las que se asoma, desde fuera, y entre las sombras distingue sus gestos, una caricia, una mano al hombro, su biografía allí escrita sobre la piel de los charcos. Escritura también, el paseo por la ciudad camino de sí mismo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Anotación 555

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Contemplo mi sapo en el terrario por comprender su humanidad, la que a diario veo me resulta tan incomprensible. Quien corta cables para encontrárselos cortados. Quien no entra para decir que no puede entrar. Quien calla delante y habla detrás. Quien se irrita con las soluciones porque le han dicho que solo hay problemas. Quien únicamente acepta lo que los suyos hacen. Quien corre a delatar el vacío de su existencia en tu nombre. Cuando se ha bajado a la sentina, ya todo el barco apesta a agua podrida y no hay donde respirar, pero ¿cómo abandonarlo en alta mar?

jueves, 17 de noviembre de 2011

NY Nocturne (Tribute to Yvonne Jacquette)

Yvonne Jacquette. East River View with Broolkyn Bridge, 1983

Desde el balcón se ven a lo lejos las luces del puente, las únicas que cruzan la cinta negra del río. Por las orillas se diría que alguien ha enhebrado un hilo de resplandores a lo largo de la avenida. Las ventanas, en los bloques de oficinas, brillan como la sonrisa desdentada de un viejo. Es mi ciudad. La manta de la noche la cubre para que tenga dulces sueños. A veces me imagino, desde aquí arriba, que yo misma soy la madre que se preocupa para que las calles no se destapen. Hasta que se apague la última luz.

martes, 15 de noviembre de 2011

«Siete años», de Peter Stamm, en Acantilado






Peter Stamm (1963) traza la biografía de un buen tipo que de vez en cuando se convierte en un canalla. No se trata del que parece bueno y resulta el malo de la película, sino del bueno que al mismo tiempo es malo. Siento predilección por estos personajes cuya ambigüedad retrata con tanta exactitud nuestra época. Es un canalla al que perdonamos porque tiene la delicadeza de desvelarnos su intimidad, eso siempre provoca empatía. Y explica cuánto sufre, cómo las circunstancias son las que le conducen y otros quienes deciden por él. El lector asiente, justifica; se muere por justificarlo.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Luna de noviembre


De todos tus meses, luna, acaso al que más quieras sea al que menos caso hacemos. El poco agraciado, el peor vestido. El que estorba: en las calles ya están colgando los racimos de luces navideñas. El mes que parece una rancia sala de espera. Y no sé por qué, luna, sospecho que este es tu mes predilecto, acaso con el que más disfruta tu frío corazón de luz desvaída. O al menos, el único mes por el que haces esto, asomarte a la ventana de mi estudio para que cada año te fotografíe, solo a ti, luna de noviembre.

jueves, 10 de noviembre de 2011

La coartada

A los catorce años empezó a preparar la coartada. Fue un día en el que se entretuvo, llegó tarde y en el instituto habían cerrado ya la puerta. Se quedó merodeando por la calle, sin hacer nada, sólo pensando. De puro aburrimiento comenzó a memorizar qué diría cuando le pillaran. A todos; a su tutor, a su padre, a sus compañeros. Al día siguiente nadie le preguntó nada, así que tuvo que añadir un apéndice: las razones de que no lo hubiera confesado la víspera. Al otro, el silencio lo complicó aún más, pero él siguió ideando justificaciones, hasta hoy.

martes, 8 de noviembre de 2011

«Tan bella, tan cerca», de José Manuel Mora Fandos, en La isla de Siltolá (díptico)


Parece que la vida cotidiana sea aquella sobre la que no vale pana decir nada, como si vivir de otra manera estuviera al alcance de cualquier prosa. José Manuel Mora Fandos se propone en este libro su elogio. Quizá más, su comprensión. Digo quizá porque el autor en ningún momento declara sus objetivos, no es un ensayo al uso. Crea un mosaico de breves, delicados y lúcidos tratados que, juntos, sugieren otra forma de entender la vida cotidiana. Compartir, leer, concretar, narrar son los verbos que vertebran la experiencia diaria, Mora Fandos los presenta, pero al lector le toca machihembrarlos.
(2)
Parece que decirlo todo —de hecho, insistir en decirlo todo— sea la única manera de decir algo. No es ya una cuestión de una pedagogía desbocada, sino patológica. Casi publicitaria. Cómo se agradece, por lo tanto, cuando alguien, al escribir, calla. Deja que sea el silencio que reina en la mente del lector quien ensamble las piezas. Así ha escrito Mora Fandos este libro, y sobre todo un capítulo, «Espacios y paisajes», pequeña colección de relatos de vida cotidiana en 3D cuya finalidad no es convencernos de nada (se agradece tanto), sino adiestrar nuestra mirada para ver más con ella.

sábado, 5 de noviembre de 2011

El silencio

Lo había dejado en alguna parte. Estaba seguro. En un bolsillo de la americana. Los fue vaciando. El mechero, un pañuelo, la cartera. O de los pantalones. Ahí descubrió doblado un billete de metro. Se le ocurrió mirar la fecha, pero no reconoció los números. Estuvo a punto de tirarlo a la papelera, aunque rectificó a tiempo. Aquella fecha, ¿qué le decía? Nada. Inmediatamente cesó la búsqueda. No lo había descuidado sobre la cómoda de la habitación, ni en los cajones del despacho. Ya lo había descubierto. Observó de nuevo la fecha y estuvo esperando. Nada, no le dijo nada.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Búfala de Palau


La primera vez que había tenido noticia de las búfalas fue hace años en un restaurante de Bolonia, donde se me presentaron en forma de mozarela. Desde entonces, uno ya se ha acostumbrado al gusto ácido de su queso y hasta las reconoce en los logotipos que lo etiquetan. Cosa distinta es seguir un sendero trufado de unas bostas descomunales, colonizadas por miles de escarabajos que patean felices, y de repente encarar en el paisaje un trazo negro e intenso y una frente bien corneada que se yergue para observarle a uno con desconocida altivez. Pausadamente, las búfalas se alejan.

martes, 1 de noviembre de 2011

«Metro», de Federico Abad (tríptico)


Federico Abad resuelve las estrofas clásicas, aún las más intricadas, con una flexibilidad que impresiona. Consigue engastar una escritura contemporánea, casi coloquial, en formas que sólo se han dominado en épocas áureas. Es una botella de oxígeno —ave fénix— para la moribunda métrica: el metro también sirve para hablar del metro. O dicho al revés, del metro también se puede hablar en metro. Y el resultado produce una sonrisa intelectual, que de hecho no procede de lo que se cuenta en los poemas, sino del modo cómo se adapta el relato poético a la tradición implícita en las formas métricas.
(2)
La ironía de este libro da un paso un poco más allá en la propia formulación de la ironía: no busca el contenido, sino la relación —casi podríamos decir hipertextual— con la memoria del lector. Reconozco que este fenómeno ocurre sólo en la memoria de lectores con alguna formación, pero me he fijado un poco más, y he visto que consigue rizar el rizo: el lector aprendiz (para quien están escritos los poemas, en apariencia) percibe inconscientemente esa ironía, al sonreír por un contenido irónico plagado de rimas y ritmos, que no reconoce, pero que no le resultan tampoco desconocidos.
(3)
Es el lenguaje quien genera lenguaje, y el poeta es un mero reponedor en las estanterías del sentido. Va ordenando el lenguaje que nace de sí mismo para que parezca que lo ha hecho él. Ahora bien, nada crea más impotencia en el lenguaje que la liberalidad. Al lenguaje hay que ponerle horario, límites, disciplina y charcos en los que no pueda mojarse. Es decir: trabas. Métrica. Cuanto más compleja la dificultad, mayor brillo tiene esa capacidad del lenguaje de sortear todos los inconvenientes para crear sentido. Y existir en él. Y esta es la lección que imparte este libro.