El aforismo tiene dos genealogías. La principal deriva de la escritura sapiencial. Pero existe otra que emparienta con los textos casi disueltos de presocráticos y poetas antiguos: frases, versos sueltos, fragmentos. Esta entrecortada tradición, más gesto que dicción, más impresión que significado es la que alienta la escritura aforística de Juan Manuel Uría (1976), cuyo libro es apertura constante, serpentear del pensamiento, oleaje de las sensaciones: «Es la mar la depositaria de gran parte de mi mirada. En cada ola se cifra una respuesta a una cuestión que no logro concretar, que solo sé que existe en mí porque respiro».

