Inicio una partida de ajedrez contra mí mismo. El farol de la calle dibuja un bulto sobre la silla vacía donde ubico a mi contrincante. Las ranas cantan en la alberca. La noche todavía no ha acabado de poseerlo todo. Es el tiempo de regresar a casa. Algunas veces a esta hora cerraba las cortinas que ahora permanecen abiertas. Muevo las piezas con fidelidad académica, sigo las pautas de la salida que practico. Me defiendo, desde el lado opuesto, junto a la ventana, como si desconociera mi propia estrategia. Mientras se suceden los movimientos, decido qué sombra deseo encarnar hoy.

