viernes, 26 de junio de 2026

53 Miradas



La primera vez se me cayó al suelo. Salió del dedo disparado cuando, nerviosa, me di cuenta de que era él quien se había detenido al pie de la ventana. Le reconocí por su sombra, que no tuvo problemas para colarse entre los barrotes y posarse en el alféizar. Al oír el ruido, se quedó tenso, y luego se relajó. Ahora cada vez que aparece, mi dedal rueda por las baldosas y a veces hasta me pincho, porque sigo cosiendo, pero atenta solo a los sinuosos movimientos que percibo al otro lado y sé que me cuentan silencios que comprendo.