En ocasiones el viento arranca un pétalo a la flor más débil de la rama, y mientras el resto permanece en la corola, sujeto al círculo primordial, la ráfaga de repente lo eleva por encima de la planta y lo empuja para que recorra velozmente el espacio que dejan los frutales entre sí, y salte después sin ningún esfuerzo la empalizada del huerto y se aleje por senderos y campos aledaños que nunca había visto, hasta que la ventolera disminuye y el pétalo invierte su dirección y el aire lo deja caer, despacio, en dirección a las aguas del río.

