Todos los trenes parten hacia el norte. Mi ciudad es un tope de vía. Detrás de la estación se alzan los astilleros y se extiende la playa. Más allá, un pueblo de pescadores cuyos hijos regentan pequeños comercios. Cuando llega un libro a la biblioteca, más perdido que orientado, y al abrirlo leo Londres o París o Chicago, no sé qué imaginar. Cierro los ojos y veo cruzar el Vaporcito por la bahía. No guardo gran cosa en la maleta, para no arrastrar peso. Cuando creo que el tren no va a llegar nunca al andén, silba a lo lejos.

