Como se desprende el humo de la llama e impregna las paredes con su halo de gélida negrura, así queda mi alma después de que al amor haya ardido con la estridencia y la intensidad de su brillo. Era mi cuerpo, al conocerle, una pila de leña seca sobre la que se sentó, distraído, a fumarse el tiempo. Una simple chispa, aquellas palabras que me dijo en latón que confundí con oro, bastaron para que prendiera la hoguera. Hay en el centro del erotismo una llamarada que parece tan consistente como los pilares del templo. Pero está hecha de aire.

