Mi padre trabajó en una estación que queda alejada de la ciudad que le da nombre. Ahí teníamos nuestra vivienda. Toda la gente que vi durante mi infancia estaba en tránsito. O esperaba para irse, o regresaba, también yéndose de inmediato. O se asomaba a la ventanilla para pedir que le llenara la cantimplora en el grifo del andén. Eran unos minutos efervescentes. Estruendo de locomotoras, precipitación de personas, voces, bultos, confusión. Después, la nada. Me hice una idea extraña de la vida de los demás, que solo duraba unos instantes. Nacían para esa vorágine y desaparecían después para siempre.

