Con frecuencia he oído hablar de sacerdotes sin fe y de médicos que pierden la aptitud. No sé si mi caso resulta en algo similar. Soy orfebre. O lo fui durante años. Tuve un pequeño taller con una tienda minúscula. Pero un día aborrecí el oro. Sentía disgusto ante la plata. El lapislázuli ya no me encandilaba. Y tuve que abandonarlo porque los materiales que he empezado a utilizar para mis joyas —madera, pizarra, avellanas— carecen de prestigio. Ahora extiendo un trapo en el suelo y ordeno las piezas que nadie mira. Quizá sean los compradores quienes carezcan de vocación.
miércoles, 1 de abril de 2026
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

