Le parece poco tal vez la arena prosaica del sendero y con un giro de riendas conduce
al precioso alazán, cuyo sudor brilla con los rayos que la arboleda filtra, hacia la
vegetación que crece pletórica en los márgenes. Espoleado por las botas del jinete, sus
pezuñas pisotean plantas y flores, arranca pedazos de tierra tierna que se esparcen por
la verdura ensortijados de raíces, asusta a flemáticos insectos que de repente huyen
como disparos. Dicen que, enamorado, visita a la hija del vigilante del pantano, sin
faltar ni un día. Si no rechaza pronto al pretendiente, arrasa nuestro paisaje.
domingo, 1 de febrero de 2026
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

