sábado, 19 de abril de 2014

Becqueriana / 48


Suena la orquesta. Las flores que adornan el pabellón, pizpiretas trasnochadoras, miran a todas partes. La luna sonríe en el tragaluz. El coro de ancianas de la aldea ocupa sus sillas en el fondo de la pista. Polillas alrededor de una lámpara, los niños revolotean bajo el escenario. El celofán de colores con el que han recubierto las bombillas se despega con el calor y desvirtúa la atmósfera del baile. Los músicos a lo suyo. La cantante deja que la falda se le suba poco a poco. Cuando salimos a bailar la fiesta ha desaparecido. Ya solo existe la inmediatez.