jueves, 20 de septiembre de 2012

1660


Paolo Veronese lo había pintado exhausto, tumbado a la sombra de una encina, mientras Venus le acaricia el cabello con inocencia. Le basta la luz para dar brillo a los cuerpos encandilados. No ha necesitado untar su pincel en el magenta de la ira ni en el cobalto de los celos. No precisa darle voz al desengaño ni quitarle sordina a los gritos del cinabrio. Las manos enamoradas dibujan solo los rizos del cazador cansado. Pero el libreto es como la vida, no se detiene. No se ensimisma. Sigue y persigue el candor hasta convertir el placer en su ruina.