viernes, 1 de agosto de 2014

«W Sonatas», de Jorge Grundman (Tríptico)



Las palabras de un poema tienden a disgregarse en melodía en la misma proporción que las notas de una partitura se anudan para evocar un significado. Se llama arte a esta conversión de la materia en otra naturaleza. Las Sontas W de Jorge Grundman (1961) convocan la capacidad emotiva del violín junto al don perifrástico y juguetón del piano con el propósito de dar nombre a los episodios biográficos que el oyente mantenga aún huérfanos de armonía. Más que estados de ánimo, la música figurativa y pletórica de sentidos de Grundman sugiere impulsos. Una música de baile para el alma.

«Lo que inspira la poesía», la primera Sonata W (What Inspires Poetry), es una pieza desalentada. El título evoca, quizá, la carencia de la que parte todo poema. La página vuelta de un cuaderno que traspasa en su vacío el rastro de tinta de lo escrito. O, tal vez, la construcción en el pensamiento de aquella ausencia. Grundman dice que está compuesta «sobre una perspectiva bucólica». Y los sonidos emparientan, sí, con el acento melancólico de Garcilaso. Los días —los sonidos— se entrelazan para moldear siempre una ausencia. Un desamparo. El gozo, también, que dejó atrás lo que no está.

«Warhol in Springtime» echa a correr. Cuesta abajo, el piano; dedos que se persiguen en los glissandi. Cuesta arriba, el violín; su anhelo de transformarse en suspiro. Es repetición, también, delirio. Música que sujeta con las manos el dobladillo de su falda, la levanta y muestra la flexión cristalina, casi agua, de las piernas al danzar. «White Sonata», la tercera obra, se sienta en la butaca del costado que incomprensiblemente quedó vacía y mientras se deslizan los acordes va contándole episodios, anécdotas, acontecimientos de una infancia al oyente —sin que nadie les chiste— que dan nombre a su propia infancia.