domingo, 17 de mayo de 2009

Mompou

Barcelona, composició decorativa, 1932. Óleo.
En cuanto uno se detiene a observar los cuadros de Josep Mompou (1888-1968) expuestos en La Pedrera descubre no pocas paradojas en el remanso de su coherencia. La que más sorprende: que siendo un pintor culto que encubre las citas con discreción y elegancia, su mirada hacia la realidad coincida siempre con la tópica del paisajista de fin de semana. Su afición a las naturalezas muertas contrasta con una aspiración colorista inquietante. La distancia sentimental que impone a los motivos, propia del convencionalismo burgués, no logra ocultar un aire cosmopolita. Y al revés, su cosmopolitismo se tiñe de tristeza provinciana.