JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

sábado, 29 de noviembre de 2014

Becqueriana / 56


El modo cómo las olas se lanzan contra las rocas y su golpe retumba con un sonido grave, intenso, estremecedor, y su impulso y fuerza se fraccionan en una lluvia de gotas que humedece la impasibilidad de las piedras, tiene algo erótico. Un erotismo primitivo, agreste, germinal. Como el de los volcanes y su incandescencia. Como el de un géiser y su desmesura. Un erotismo no de los cuerpos, sino de la naturaleza. De las selvas. De los ríos cuando devienen cascada. De las tormentas. Escuchamos el retumbar de las olas también dentro de las venas. Ese desbordamiento. Ese exceso.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Becqueriana / 55


Los días de lluvia imprimen un pequeño diccionario. Con sus tapas de color de nube, el papel con tacto de agua y la tipografía de moras silvestres en los taludes del camino. Cada tarde sale de la imprenta un nuevo volumen que se añade a la colección en los estantes de la memoria. Nuevas palabras, nuevas definiciones. Las escriben los gestos. Las manos en la melena. Un pie adentrándose por la pernera de los pantalones. Hombros contra otros hombros de quien baila de espaldas. Cada inventada caricia requiere un término. Su etimología. Los prefijos. Una manera intensa de ser vivida.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El inmortal


La mayor parte de mi obra periodística permanece desconocida. Es curioso, aunque sepa que todos mis artículos antes o después serán compuestos por los tipógrafos e impresos de madrugada, la mayor parte sigue inédita. Escribo necrológicas. Cada día ocupo mañana y tarde en este oficio con el que me gano la vida. Hablo de políticos, de artistas, a veces también de deportistas, pero en este caso no tengo nunca demasiada prisa en acabarlos. Sintonizo la radio cuando trabajo. Un canal de noticias. Cuando informan de un óbito, busco al personaje en el archivo, añado la fecha y llamo al periódico.

domingo, 23 de noviembre de 2014

«Almacén. Dietario de lugares». Editorial Polibea. Madrid, 2014 110 páginas



El tiempo sienta mal. Envejece. Los lugares rejuvenecen. El tiempo desanima. El espacio anima. El espacio exterior, el interior, el galáctico, el subterráneo, el secreto, el recordado, el visionario… siempre animan a emprender, o reemprender, su conocimiento. El tiempo se repite. Nos repite. El lugar nos crea y nos recrea. Nos funda y constantemente nos refunda. Mirar con los ojos del tiempo es constatar identidades, mirar con los ojos del lugar es descubrir lo diferente. El tiempo nos aleja, aunque parezca que nos acerque, siempre nos aleja. En el lugar estamos y aunque no estemos tenemos la capacidad de imaginárnoslo. 

El lugar encarna el huidizo tiempo presente. Su inexistencia como tiempo (cómo en un punto se es ido y acabado) cobra corporeidad en el espacio. El espacio detiene el tiempo. O al menos podemos creer que lo detiene. Que lo subyuga. Que lo atenúa. Al menos. El espacio funda la memoria, la conforma, la ordena; el tiempo le pone un post-it encima con un número. El tiempo es pronombre numeral, el lugar es sustantivo, verbo, adjetivo y adverbio. El tiempo conduce —nos condena— a la angustia. El espacio, cada lugar que hacemos nuestro con palabras, nos redime de la condena.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Desencantados Encantes


Detecto una anomalía en mi percepción de las cosas, ya solo me acuerdo de lo que no está. He ido a los Encantes. Voy todos los miércoles, pero desde hace mucho ya no lo cuento. Quizá desde que trasladaron a esta nueva ubicación, casi vanguardista, la sórdida y polvorienta campa donde los objetos se revolcaban. Tengo la impresión de que cada vez es menos rastro y hay más anticuarios enmascarados, aunque tampoco estoy seguro. Me cuesta, sí, concentrarme en lo que veo. Si me despisto, acabo contemplando solo los puestos y lotes que alguna vez vi en el otro lado.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 27


Llega de ninguna parte, ordena el viento a su favor, un estrépito que reclama todas las atenciones mientras se le ve correr con estruendo, una cinta de película mal regulada, y en un tris ya ha desaparecido camino de ninguna parte. Deja la mente pensativa. Desorientada. A quién trae, a quién se lleva. Las ramas de los árboles y los setos que acompañan su pasar de manera enloquecida poco a poco regresan a la quietud. Las dos vías recobran su resignación de trazos que añoran encontrarse. Ha pasado el tren. Su intensidad. Queda el eco de los símbolos. Un hueco.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 26


El otoño es un cronista de cielos. Carga su cámara con las lluvias de noviembre y se la echa al hombro por los caminos, entre los campos, en los claros. Allí donde una hondonada consigue reunir un poco de agua planta su puesto de reconocimiento. Cada bache, cada charco, cada balsa se convierte en un observatorio de estrellas. La quietud es vidrio; la transparencia, nitrato de plata. El otoño es un artesano de espejos. Y cuando cesa el temporal salgo a recorrer la exposición de sus obras fotográficas. El vuelo de una gaviota, de las nubes, de los deseos ignotos. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Cuaderno de tapas rojinegras \ 25


He bajado del autobús en una calle desconocida de una ciudad de la que solo sé el nombre. Tal vez lo recuerde de un verso leído alguna tarde de lluvia mientras tumbado en el sofá alargaba la manta de algodón hasta los pies justo antes de que empezara a refrescar. Nada más. Transeúntes en todas direcciones. Por encontrar un signo que me guíe busco en las sombras. En el cielo también. Un campanario, una torre, un árbol alto quizá. Echo a andar hacia el norte. Los escaparates me reflejan, pero nadie en la multitud me mira. Solo soy un extraño.

martes, 11 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 十


De paseo por el bosque la cabaña que habito se alza con paredes diáfanas, posee una galería hacia el atardecer y está cubierta por una techumbre imperceptible. Va siempre conmigo. Una casa en mitad del llano, bajo el pinar, sobre la duna. Sus tejas son palabras; las columnas, el recuerdo de un poema; la tarima, un xilofón cuando los pies descalzos caminan por la arena. Una casa en la cima, junto a la ribera, con ventanas a poniente. No se desprende nunca de mí. Sus paredes son no tener paredes; su tejado, el oscuro cielo; el mirador, alguien que contempla.

domingo, 9 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 九


Me invitas a tu cuerpo. Agua clara que fluye entre la mansedumbre del prado en el que estoy tumbado. Extiendo los brazos, hundo mis manos en la corriente y se estremecen con el impulso de tus caderas. Sueño con tu cuerpo. Sombra de sauce bajo el corazón del día que la brisa de las caricias airea y desviste. Mi hanfu huye a saltos por la hierba. Alabo tu cuerpo. Coro de aves cantarinas que replica las palabras que te digo y las divulga por bosques y colinas. Como un cántico. Entro en tu cuerpo. Y somos parte de esta naturaleza.

viernes, 7 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 八


Empujado por el prestigio de la montaña quise conocerla en el momento —según decían quienes se asombraban con mi ignorancia— de su mayor esplendor. Tras el deshielo, cuando las hojas del ciruelo empiezan a brotar. Preparé la cesta para un camino solitario y no recuerdo tarea más inútil. A cada paso encuentro quien me ofrezca tajadas de ganso, ollas de mejillones, sopas de jengibre. Me asaltan para que juegue mis ahorros al Nard —si aún fuera al viejo Liubo—, en las noches el estrépito de las fiestas persiste y de madrugada no hay paso que no huelle una inmundicia. 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 七


Pese a no callar, ni en sueños, no suelen los humanos decir nada. O nada que valga la pena caligrafiar con tinta. Y aunque una multitud inquieta se reúna en calles o mercados a murmurar, tiene más valor lo que escriba el paseante que, para oír, se adentra solitario en la fronda. Dicen las aves y los insectos y dicen las flores y los árboles, pero acaso aún mayor locuacidad posean las rocas. No hay formas que desconozcan o no logren evocar, desde el dragón hasta el sapo. Desde la luna hasta una horquilla del pelo, las piedras expresan siempre.

lunes, 3 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 六


El esplendor de los pabellones que me deslumbra en esta montaña sin ningún nombre, o peor, con un nombre errado, me desconcierta. Pregunto al letrado que me hospeda por los poemas que ensalzan el lugar, por las pinturas que lo evocan. Guarda silencio. Me maravilla no solo la arquitectura de las construcciones, sino también su antigüedad. Y aún más la nula reputación. En el balcón las vistas convierten en jardín toda la ladera. Ni siquiera una rama rebelde altera la armonía. Y cuando insisto, solo oigo: Es el fruto de una larga paz. Nadie anhela lo que no conoce, asiento.

sábado, 1 de noviembre de 2014

En el Pabellón de Paredes Imperceptibles 五


El valle primoroso, el cobrizo pedestal de los brotes rosados, el díscolo rumor de aves. No me pregunto tampoco en este momento, tras alcanzar la cumbre a la que con tanto esfuerzo he ascendido por la senda del norte, si realmente estoy contemplando, en este instante, el valle, los ciruelos en flor o las garzas. Las garzas interpretan la partitura de la tarde, enloquecidas por nubes que absorben todos los naranjas del sol. La ladera, con rubor de mejilla levemente azorada, parece levitar. Nada miro. Leo. Absortos mis ojos en los versos donde había conocido el valle antes de conocerlo.