JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO / LIBROS / ESCRITURAS

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Inocencias | | | |



Dora la mañana la punta más alta en la copa de los árboles. También acaricia las almenas de la torre al pasar ante el viejo monasterio. Los guijarros del camino bostezan cuando avanzo, aún somnolientos. No alcanza la luz a mi sombrero, aunque oscile con los vaivenes, ni a los troncos que acarreo montaña abajo. Son los últimos que cortaron ayer los leñadores, mientras se les echaba la noche encima. Al partir, todavía duermen. No son como los pájaros. Cuando regrese, ya habrá otra pila esperándome. El sol no se descompasa, ya baña por entero los árboles y los prados.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Inocencias | | |



El saco de grano que cargo a mis espaldas, ¿qué pensará de mí? La azada con la que lo esparzo, ¿qué espera de la vida? El gato que sale corriendo tras el amago de perseguirlo, cuando se tumbe a dormir en su rincón, ¿qué sueño no considerará satisfecho? La pareja de golondrinas que alimenta sus polluelos sobre la puerta del granero, ¿qué previsión tiene para su viaje de regreso en otoño? Al pedrusco que sujeta la cobertura del pozo, ¿qué recuerdos le atormentan cuando cae la noche? Quizá cavile demasiado y, tal como hago yo, nada se preocupe de nada.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Inocencias | |



Inicio una partida de ajedrez contra mí mismo. El farol de la calle dibuja un bulto sobre la silla vacía donde ubico a mi contrincante. Las ranas cantan en la alberca. La noche todavía no ha acabado de poseerlo todo. Es el tiempo de regresar a casa. Algunas veces a esta hora cerraba las cortinas que ahora permanecen abiertas. Muevo las piezas con fidelidad académica, sigo las pautas de la salida que practico. Me defiendo, desde el lado opuesto, junto a la ventana, como si desconociera mi propia estrategia. Mientras se suceden los movimientos, decido qué sombra deseo encarnar hoy.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Inocencias |



Por las noches dejo la guitarra tumbada en el sofá. Y cuando apago las luces, de madrugada, después de haber ensayado durante horas complicados arpegios, sé que la arropa el silencio que a mí me cierra los ojos. Mis amigos se ríen de mí cuando me ven conversar con ella. Dicen, ingenuos, que hablo solo. No hay día en el que entre en el sueño sin haber escuchado cómo sus cuerdas, rozadas quizá por una corriente de la casa, trazan algunas notas al azar. Aquellas desde las que, a la mañana siguiente, parto en la canción que empiezo a escribir.